jueves, 11 de junio de 2020
REIVINDICAR A CAP ATACANDO A CALDERA
Gehard Cartay Ramírez
Colaboradores y amigos del fallecido ex presidente Carlos Andrés Pérez vienen adelantando una campaña de reivindicación postmortem de su trayectoria como líder político y jefe de Estado en dos oportunidades.
Me parece lógico y natural que así sea. Al fin y al cabo, muchos de ellos lo acompañaron desde altas posiciones y, por lo tanto, se sienten comprometidos con sus actos y ejecutorias. Creo, además, que por elemental lealtad a su memoria están obligados a hacerlo.
Hasta aquí lo que hacen está bien. Lo que está mal es que muchos de ellos –la mayoría, tal vez– pretenden hacer su tarea hagiográfica a favor de CAP intentando destruir la imagen del también fallecido ex presidente Rafael Caldera, de tal suerte que presentan al primero como un héroe y al segundo como un villano. Y esto es condenable desde cualquier punto de vista, aparte de constituir una superchería y un concepto sin sustento histórico serio y analítico.
Vayamos al asunto de fondo: si ellos creen de verdad que CAP tuvo los méritos y aciertos que le atribuyen, entonces no tiene ningún sentido maltratar a Caldera como figura histórica para reafirmar aquella tesis. Bastaría que quienes asuman la reivindicación histórica del expresidente Pérez la cimenten sobre sus méritos y virtudes a lo largo de su carrera política y del ejercicio presidencial por casi una década, y no –insisto– a partir de la absurda intención de destruir la trayectoria del ex presidente Caldera.
Por lo demás, esos defensores de CAP, al asumir esta insensata actitud, han incurrido en exageraciones y opiniones tan descabelladas como antihistóricas. Alguno de ellos llegó al colmo de afirmar que Caldera y Copei habían sido un invento de Rómulo Betancourt (¡!), una aseveración grotesca que, como es obvio, no resiste el más mínimo análisis.
Hay otros que, entre medias verdades y medias mentiras, a pesar de que se refieren a los aciertos y los errores de CAP, terminan a la larga incurriendo también en el inútil empeño de agredir a Caldera para elevar a su jefe. Uno de ellos, Carlos Blanco, ex ministro de Pérez y miembro del que fue su entorno más cercano, escribió recientemente un artículo donde hace referencia a importantes capítulos de la segunda presidencia de CAP, sus problemas con AD y Lusinchi, las conspiraciones militares, las reformas económicas que intentó adelantar y el proceso que lo destituyó como presidente y lo llevó a juicio posteriormente. Como telón de fondo de toda esta situación, Blanco reseña una gran conspiración “gomecista” –así la llama– contra Pérez, encabezada por Uslar Pietri y Los Notables, a la cual, mediante un fugaz proceso alquimista, termina vinculando a Caldera.
Y luego va más allá para llegar al objetivo final: la inquina contra Caldera como medio de exaltar a CAP. Así, presenta al dos veces ex presidente socialcristiano como un malagradecido con Pérez, quien le habría dado “consideraciones especiales”, entre ellas la de presidir la Comisión Bicameral de Reforma Constitucional. ¿Se olvida, acaso, que tal fue una decisión del entonces Congreso de la República y no de quien era jefe de Estado, con todo y la importancia que podía tener su opinión? Y por cierto, ¿había entonces alguien más calificado que Caldera para presidirla, siendo un constitucionalista destacado, vicepresidente de la comisión que elaboró el proyecto de la Constitución de 1961, jurista y hombre de leyes, aparte del consenso parlamentario que su nombre tuvo al momento de la designación?
No se queda allí el exministro de CAP. Repite la monserga del “aborrecimiento” de Caldera contra Pérez “por diversas razones psicológicas, políticas e históricas”, pero sin sustentarlas, tarea imposible, por lo demás. Estampa luego una frase francamente dramática y tele novelesca: la de que cuando Caldera “percibió débil” a CAP… “le saltó a la yugular”. Por supuesto que no podía faltar otra frase marmórea: la vuelta de Caldera a la presidencia “no tenía el carácter de una nueva propuesta sino de una revancha” (¡!).
Después se refiere a una reunión que sostuvo, junto a otras personalidades, con el ex presidente Caldera, antes de la intentona golpista de noviembre de 1992, donde le plantearon que se reuniera con CAP para que ambos “abortaran la crisis tipo mamut que se avecinaba”. Al preguntarles si Pérez sabía de esa reunión, lo que negaron sus contertulios, Caldera habría respondido que no podía hacerlo (“moralmente no puedo”, dice que dijo). Resulta obvio que aquella no era una iniciativa de CAP, por lo que no implicaba ningún propósito de rectificación ni de diálogo con quien, como Caldera, había insistido en un cambio de rumbo por parte del gobierno. Tal vez esas serían sus razones morales, si la frase que se le atribuye fue cierta. En todo caso, la verdad es que esta cita resulta francamente inelegante –por decir lo menos–, sobre todo porque el ex presidente ya no está físicamente, mientras se pone en su boca algo que, si no fue verdad y aunque lo fuera, solo podría él mismo confirmar o negar.
Lo que sí está documentado y comprobado es que Caldera se opuso desde el principio al paquete de medidas económicas que CAP puso en práctica en los primeros días de su segunda gestión. Así mismo, en múltiples oportunidades Caldera le planteó la necesidad de rectificarlas, mediante políticas de consulta con todos los sectores de la vida nacional. Ya se sabe que Pérez no oyó ninguna de esas recomendaciones en los años 1989, 1990 y 1991.
Por lo tanto, la posición de Caldera era sumamente conocida en relación a la política económica del gobierno de entonces. Aún así, también está registrado en los medios de comunicación que en 1989, luego de El Caracazo y de una célebre intervención suya en el Senado, Caldera –invitado por CAP– no tuvo problema en acompañarlo a Atlanta, Estados Unidos, a una reunión con el Centro Carter, a los fines de tratar sobre las medidas que debían tomarse luego de aquella eclosión social.
Esa es la historia, y no serán las hipótesis de algunos la que puedan cambiarla. En consecuencia, si los amigos y seguidores de CAP piensan seguir con su campaña para reivindicarlo están en su derecho, por supuesto, pero no a partir de otra campaña en paralelo, en este caso, contra Caldera y sus ejecutorias.
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
miércoles, 26 de febrero de 2020
LA VERDADERA INVASIÓN
*Gehard Cartay Ramírez
El régimen y algunos de sus colaboracionistas insisten a cada rato en denunciar que Estados Unidos prepara una inminente invasión al país.
También existen opositores que la anuncian como si fueran ellos quienes pueden decidirla, y hasta le reclaman a Guaidó que no la ha solicitado. Por lo visto, creen que eso es algo igual a pedir una pizza a domicilio.
Una intervención armada de Estados Unidos pareciera algo improbable ahora. Este 2020 es un año electoral y una acción de esa naturaleza sería un riesgo muy costoso para el presidente Trump, así parezca que tiene su reelección en el bolsillo. Además, tratándose de la primera potencia militar del mundo, Estados Unidos diferencia una invasión armada de una intervención militar. La primera supondría entrar a un país con sus fuerzas de infantería, apoyadas por la aviación y la marina, además de sus satélites y sofisticados medios de información. Una segunda podría ser una operación selectiva, destinada a atacar blancos y objetivos muy precisos para liquidarlos, sin que un solo soldado suyo pise el territorio de que se trate.
En cualquier caso, esa es una decisión exclusiva del gobierno de Estados Unidos, previa aprobación del Congreso. En esa materia más nadie puede decidir y sólo sería puesta en marcha si ellos la consideran vital para su seguridad, en caso de que la misma sea vulnerada. Aquí se aplica aquello de que “los mirones son de palo”. Ni más ni menos. Además, y como resulta lógico, no van a venir a matar o dejarse matar, mientras unos cuantos venezolanos se calan resignadamente la narcodictadura que los oprime y otros desde el exterior solicitan la intervención armada a través de las redes, con tanta irresponsabilidad como ingenuidad.
La única verdad es que ya Venezuela está invadida. Nuestro país está abierta y criminalmente intervenido por gobiernos extranjeros que manejan el poder de aquí como si estuvieran en sus propios países. Algunos constituyen un verdadero ejército de ocupación, como los cubanos, actuando como gerifaltes en las Fanb. Otros, en menor grado pero no por ello con menor influencia, son asesores militares, como esos cientos de rusos que ya han sido denunciados. Y todo ello, sin que no falten los camaradas de la guerrilla colombiana, que hoy gobiernan extensas porciones del sur del país, los terroristas musulmanes de Hezbolá y los depredadores chinos e iraníes que saquean diversos y valiosos minerales, propiedad de los venezolanos.
Así, el régimen ha terminado siendo una colonia de todos esos gobiernos extranjeros, traición de lesa patria iniciada por Chávez cuando entregó la soberanía y los recursos del país a la dictadura cubana, embelesado por Fidel Castro. Su sucesor ha empeorado la dependencia neocolonialista e imperialista de su jefe. Y sin embargo, tiene el tupé de acusar a sus adversarios de ser seguidores del imperio gringo.
Por cierto, qué tragicómico papel el de algunos supuestos opositores que también acusan a Guaidó y a la oposición mayoritaria de promover una invasión militar de Estados Unidos. Lo dicen sin dedicar una sóla palabra a la verdadera intervención extranjera que sufrimos –esta sí, real y auténtica– por parte de Cuba, Rusia, China, Irán, el terrorismo musulmán y la narcoguerrillera colombiana. Hasta leí por allí a uno de ellos advirtiendo que luchará “hasta morir” si los gringos invaden. ¡Pero calla cobardemente ante los verdaderos imperialistas que hoy mancillan nuestra patria!
Lo que debe estar claro es que Guaidó y la oposición mayoritaria, aparte de sus acciones internas, vienen adelantando una exitosa operación de apoyo internacional, cosa por todos conocida. Simplemente agregaría que la misma no significa pedir una intervención armada, sino una ofensiva diplomática y humanitaria, a fin de presionar por todos los medios para lograr una salida que ponga fin a la dictadura madurista y sus crímenes de lesa humanidad, entre ellos, constante violación de los derechos humanos, asesinatos de opositores, creciente número de presos políticos incomunicados, torturas y vejaciones, así como la persecución judicial contra líderes de la disidencia.
Hoy día ningún gobernante puede hacer lo que quiera en su país, sin incurrir en violaciones a la Declaración de los Derechos Humanos, los Tratados Internacionales y el Derecho de Gentes. Hoy día los mandatarios tienen límites en el ejercicio de sus gobiernos, y ningún país puede permanecer indiferente a la suerte de otros en donde, por ejemplo, se conculquen los derechos humanos, se cometan crímenes de lesa humanidad o se desconozcan los principios democráticos.
La soberanía, pues, no existe en los términos concebidos por las dictaduras y los gobiernos que aspiran a convertirse en estas. Y es lógico que así sea: no puede utilizarse la soberanía para excusar los crímenes y delitos de los gobiernos genocidas, forajidos, terroristas, narcotraficantes y antihumanitarios. Frente a estos últimos, la comunidad internacional tiene perfecto derecho a intervenir, bien por las vías diplomáticas, jurídicas y económicas o, incluso, por las vías de hecho, es decir, militarmente.
Ningún gobernante puede pretender, a estas alturas de la historia, convertir a su país en un coto cerrado para atentar contra su pueblo o contra los demás, para violar los derechos humanos o para poner en peligro la paz y el orden internacional.
Martes, 25 de febrero de 2020.
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
lunes, 27 de enero de 2020
A propósito del 104 aniversario de su natalicio
CALDERA, “EL CHIVO EXPIATORIO”
* Gehard Cartay Ramírez
Resulta simplista y absurdo atribuirle a Caldera la culpa única y exclusiva de que Chávez llegara al poder, cuando fueron múltiples las causas de este hecho. Sin embargo, han querido convertirlo en el "chivo expiatorio" del caso, y han acudido a todo tipo de mentiras y medias verdades
Fieles a esa tendencia presente en algunos venezolanos –la de no asumir nunca sus propias responsabilidades, achacándoselas a otros–, a cada rato se esgrime la peregrina tesis de culpar en exclusiva al expresidente Rafael Caldera por la llegada de Hugo Chávez Frías al poder en 1998. Y la razón de tan grotesca campaña obedece a un sólo hecho: su decisión de haber sobreseído al jefe golpista de 1992.
Esa campaña absurda, por cierto, comenzó con retardo de varios años y sólo a partir del momento en que el chavismo en el poder puso de bulto sus trágicos errores y graves yerros. Tal vez si Chávez hubiera sido un buen presidente y su gobierno enfrentado y resuelto los más acuciantes problemas en una época de altos precios petroleros durante una década, ahora tendríamos pleno derecho a preguntarnos si esa campaña canalla contra Caldera habría surgido. A lo mejor no, porque, en realidad, ella comenzó cuando el régimen castrochavista mostró su verdadera naturaleza e inició su tarea de destrucción nacional que hoy muestra un país arruinado en todo sentido.
En todo caso, resulta absurdo desde cualquier punto de vista que a Rafael Caldera, venezolano de excepción, elegido por los venezolanos en dos oportunidades como presidente de la República y con una de las mejores obras de gobierno en la historia nacional, fundador del Partido Social Cristiano Copei, prestigioso intelectual y parlamentario, impulsor de la moderna legislación del trabajo en Venezuela y América Latina, constitucionalista, profesor universitario, sociólogo y escritor, se le pretenda linchar postmortem porque sobreseyó a Hugo Chávez, obviando la extensa y meritoria carrera pública del líder socialcristiano al servicio de los venezolanos y de su país.
Habría que ser muy mezquino y superficial para reducir así la provechosa trayectoria de Rafael Caldera pretendiendo juzgarlo sólo por un hecho que algunos consideran –equívocamente– la única causa de que el militar golpista de 1992 haya sido elegido presidente, olvidando que tal fue la decisión de una mayoría de venezolanos en 1998 y que luego lo reeligieron en 2000, 2006 y 2012.
Caldera no eligió a Chávez:
Según esta inadmisible versión, la voluntad de aquellos electores no tendría entonces ninguna importancia frente a la medida ejecutiva del presidente Caldera con respecto al teniente coronel Chávez, lo que lo convertiría en el único responsable de su elección en 1998. Por eso mismo, esta disparatada versión, que establece una relación de causalidad sin ninguna lógica ni razón, olvidaría entonces incluir entre los otros “culpables” de tal elección a los propios padres de Chávez –por haberlo concebido– y a sus abuelos, bisabuelos y antecesores “hasta más allá del más nunca”.
Esta irracional versión implicaría también desconocer la lucha del propio golpista para llegar al poder, sus cualidades y su estrategia a tales efectos y, sobre todo, su capacidad para haber convencido a millones de venezolanos a fin de que lo eligieran presidente, no obstante su reconocida condición del golpista y de traidor al juramento de lealtad que hizo a la Constitución de 1961, cuestiones que todo el mundo sabía entonces. Nada de eso importaría, a fin de cuentas: sólo la decisión de Caldera, al sobreseerlo, lo convertiría en el único culpable de que llegara a ser presidente de la República en 1998.
Por cierto que en 1969, durante su primer gobierno, el presidente Caldera puso en marcha la pacificación del país, mediante la cual los alzados en armas contra la institucionalidad democrática, luego de su derrota política y militar y del propio reconocimiento de su fracaso, fueron indultados e incorporados al debate político y electoral, así como legalizados sus partidos –Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y Partido Comunista de Venezuela (PCV)–, otorgándoseles garantías para su actuación y desenvolvimiento, una vez que ellos mismos anunciaron su decisión de reintegrarse a la lucha cívica y democrática.
Fue así como en las elecciones de 1978, apenas cinco años después, el ex comandante guerrillero Américo Martín se lanzó como candidato presidencial por el MIR. De igual manera, en los comicios de 1983 y 1988, otro ex comandante de las guerrillas derrotadas, Teodoro Petkoff, aspiró la presidencia de la República por el partido que fundó, Movimiento Al Socialismo (MAS), una escisión del PCV. Ambos también fueron diputados y algunos de ellos ministros (Petkoff con Caldera en su segundo gobierno), incluyendo a Germán Lairet –condenado y preso por la sangrienta insurrección armada contra el gobierno del presidente Rómulo Betancourt, conocida como "El Porteñazo"–, quien formó parte del gabinete de Carlos Andrés Pérez en su segunda gestión.
Haciendo un ejercicio de especulación similar, esos que hoy condenan al Caldera por considerarlo el único culpable de la elección de Chávez en 1998, ¿también lo habrían culpado si Américo Martín y Teodoro Petkoff hubieran sido electos presidentes en aquellas ocasiones? Tal vez sí, pero para ello esos dos ex guerrilleros tenían que haber ganado las elecciones de entonces, como pasó con el golpista de 1992, es decir, haber convencido a sus electores, ya que la simple medida de sus indultos no les habría bastado de ninguna manera para llegar al poder.
Pero no es así en el caso de Chávez, según la truculenta versión que pretende linchar a Caldera en su pretendido “tribunal de la Historia”. Porque, insisto, esa descabellada tesis sólo apunta a Caldera como el único culpable. Se trata de una argumentación maniquea y, por tanto, antihistórica. Porque a sus sostenedores no les importa que hubiera sobreseído –nunca indultado– a Chávez varios años antes de su elección en 1998 y de sus posteriores reelecciones, ni que entonces no figurara en ninguna encuesta.
Las razones del sobreseimiento a los golpistas:
Tampoco les importa que el propio CAP iniciara esa larga cadena de sobreseimientos tan temprano como el dos de abril de 1992, apenas dos meses después de la primera intentona golpista en su contra (1).
Tampoco les importa que el propio CAP reincorporara al Ejército a casi el 90 por ciento de los oficiales golpistas, según lo denunciara después el general Carlos Julio Peñaloza, entonces comandante de aquel componente de las Fuerzas Armadas Nacionales.
Tampoco les importa que los tribunales militares hicieran dejación de sus deberes en el juicio que se les abrió a los oficiales comprometidos, luego de la intentona golpista.
En todo caso, se esté o no de acuerdo con esa decisión del entonces presidente Caldera –con la que concluyó la serie de sobreseimientos a los oficiales golpistas, iniciada, insisto, por el propio CAP–, habría que analizar las razones que la motivaron.
Una primera podría ser la insólita compasión por los felones que entonces atentaron contra la Constitución y la institucionalidad democrática y que encontró eco inmediato entre el liderazgo democrático –incluyendo, por supuesto, al mismísimo gobierno que aquellos intentaron tumbar–, en diversas instituciones públicas y privadas y en la mayoría de la opinión pública.
La verdad es que aún cuando las intentonas golpistas de 1992 no contaron en su momento con un masivo apoyo popular, la detención de sus participantes los “victimizó”, con lo cual un cierto sentimiento de compasión hacia ellos se apoderó de numerosos sectores de la vida nacional. Esa circunstancia, y los ya crecientes signos de desprestigio e impopularidad de CAP y su gobierno, trajeron aparejadas numerosas solicititudes por su liberación que empezaron a hacer distintas personalidades e instituciones.
Una segunda razón podría ser la necesidad de normalizar la difícil situación interna de las Fuerzas Armadas, luego de los dos intentos golpistas, algo que cualquier gobierno tenía que procurar, tanto el del presidente Pérez, el de su sucesor Velásquez y, por supuesto, el que sería elegido en diciembre de 1993. La institución castrense se encontraba agrietada y dividida como pocas veces y amenazados seriamente su apoliticismo, su carácter no deliberante y su subordinación al poder civil y democrático. Tenía entonces que hacerse un gran esfuerzo por reinstitucionalizarla y unificarla, neutralizando cualquier factor perturbador.
Tanto el gobierno de CAP como el de Velásquez lo intentaron de manera inmediata –sin éxito el primero, por cierto. Pero con muchísima más razón tenía que hacerlo el próximo gobierno a iniciarse en febrero de 1994. Por lo tanto, esa fue una de las principales motivaciones tácticas que tuvieron algunos de los más importantes candidatos presidenciales para haber prometido públicamente la liberación de los golpistas, lo que significa que cualquiera que hubiese ganado las elecciones de diciembre de 1993 habría continuado esa política de sobreseimientos.
Y eso fue, ni más ni menos, lo que hizo luego el presidente Caldera, triunfador en aquellos comicios. Los hechos demostraron que fue acertada tal decisión, pues bajo su segundo gobierno, entre 1994 y 1998, no hubo nuevas intentonas golpistas, ni rebeliones o alzamientos militares de ningún tipo. Fue así como Caldera ejerció a plenitud su condición de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales, desde el primero hasta el último día de su período constitucional, con la institución castrense en absoluta normalidad, después de los difíciles años inmediatamente anteriores, debido al resurgimiento del fantasma del golpismo en los medios castrenses.
Cuando ahora, muchos años después, algunos critican la decisión de Caldera de sobreseer a los oficiales golpistas que aún estaban detenidos –excluyendo las que en idéntico sentido tomaron los presidentes Pérez y Velásquez en su momento–, se obvian las razones de fondo que esos tres presidentes tuvieron para proceder de esta manera. E injustamente se acusa, de manera perversa y exclusiva, sólo al líder socialcristiano al vincular esas medidas, decididas en 1994, con el triunfo de Chávez Frías casi cinco años después.
Pero no sólo eso. Se pretende también desconocer que durante la segunda gestión del presidente Caldera (1994-1998) Venezuela vivió un clima de tranquilidad y paz generalizadas, sin duda alguna muy necesarias luego de los gravísimos hechos que se presentaron en 1989 y 1992, para citar apenas los años más terribles por las consecuencias de violencia y muerte que trajeron aparejados, sin excluir aquellos otros que conformaron una inquietante incertidumbre política, sólo concluida entonces con la destitución y posterior enjuiciamiento de CAP.
Por supuesto que tampoco les importa que la gran mayoría de la opinión pública de esos días –como ya se señaló antes– estuviera de acuerdo con el sobreseimiento presidencial, ni que importantes candidatos presidenciales prometieran en sus campañas que pondrían en libertad a los oficiales golpistas si llegaban al poder; ni que la propia jerarquía de la Iglesia Católica así lo solicitara públicamente en su momento.
Nada de eso les importa: el único culpable y el único que se equivocó fue Caldera, al sobreseer a Chávez. Quienes votaron por el candidato golpista –sabiendo quién era el personaje– no tendrían entonces ninguna responsabilidad. Solamente Caldera.
Tampoco serían culpables los más de cuatro millones de electores que se abstuvieron entonces, el 43 por ciento del total de venezolanos con derecho a votar. La cifra de esos abstencionistas superó incluso los votos que obtuvo Chávez (3.673.161). Fue la abstención más alta que se había registrado hasta el momento. Y es que, aparte de la abstención histórica –por lo general insignificante durante los primeros 30 años de la República Civil–, esta de ahora había aumentado debido al desinterés, la apatía y la irresponsabilidad de muchos venezolanos que no se sentían en modo alguno comprometidos con el futuro del país.
Seguramente para muchos de ellos, Caldera también sería el único culpable de la elección del golpista Chávez en 1998 y del desastre que significó su llegada al poder; pero nunca quienes irresponsablemente ni siquiera cumplieron con su deber ciudadano de sufragar entonces.
Siembra de vientos, cosecha de tempestades:
Los que han querido linchar postmortem a Caldera tampoco toman en consideración el sostenido proceso de deterioro político, económico y social del sistema democrático, iniciado durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez entre 1974 y 1979, y que dos décadas después terminó llevando al poder al golpista sabaneteño, como consecuencia del resentimiento, la frustración y el descontento de una gran cantidad de venezolanos que decidieron elegirlo presidente en 1998 (2).
Ese proceso de destrucción nacional, pronosticado a tiempo por Juan Pablo Pérez Alfonso en 1974, se inició cuando en Venezuela se produjo el espectacular aumento de los precios del petróleo en los meses finales de 1973, como consecuencia de la guerra entre Israel y Egipto. Era aún presidente Caldera, pero en diciembre de ese mismo año sería elegido para sustituirlo el líder opositor y secretario general de AD, Carlos Andrés Pérez. Fue este último quien instrumentó un conjunto de medidas dirigidas a administrar aquélla masa inmensa de recursos financieros nunca antes obtenida por el país. Pero, contra todo lo que aconsejaba la sensatez, CAP (1974-1979) terminó derrochando tan descomunal riqueza y, de paso, endeudando al país como nunca antes.
La situación se agravó en los años posteriores, a pesar de algunos logros gubernamentales. Pero estos fueron opacados por el crecimiento de la pobreza y la corrupción. Y un país sin memoria, deseoso de retornar a la riqueza súbita de la primera gestión de CAP –en cierto modo ofrecida por él entonces–, volvió a elegirlo presidente en 1988, con unas desgraciadas consecuencias, totalmente distintas a lo que él había prometido y a lo que habían creído (y deseado) sus votantes.
A partir de entonces, la crisis nacional se agudizó. Mostrará sus primeros signos de gravedad con la explosión social que significó el llamado Caracazo en los primeros días del segundo gobierno de CAP. Tres años después, en 1992, se producirán –sin éxito inmediato– las dos sucesivas intentonas golpistas. Y en 1993 el enjuiciamiento y destitución del presidente Pérez, la posterior interinaria del historiador Ramón J. Velásquez en la presidencia y, finalmente, la elección de Caldera por segunda vez como Jefe del Estado al derrotar al bipartidismo de AD y Copei. Eran suficientes advertencias en torno a lo que sobrevendría después.
Mientras tanto y en paralelo, alimentada por quienes luego serían sus primeras víctimas, se desarrollaría una feroz campaña dirigida por sectores de la antipolítica contra el sistema democrático y sus partidos. Al desprestigiar a ambos, se quiso abrir espacio a sectores de la plutocracia caraqueña con aspiraciones de poder. En ese empeño, los grandes medios de prensa y TV hicieron su trabajo de convencimiento colectivo. Pero, como lo hemos dicho en otra parte (3), esos sectores, al final, se convirtieron en los "cachicamos" que trabajaron para las "lapas" golpistas de 1992, a quienes luego también ayudarían a llegar al poder en las elecciones de 1998, creyendo que podrían utilizarlos para sus fines políticos y económicos.
El castrochavismo militarista y las culpas compartidas:
De manera que resulta imposible convertir a Caldera en el único responsable de lo que pasó entonces, aunque no faltan tampoco quienes lo culpen de lo sucedido desde entonces. Sin embargo, se trata de culpas compartidas entre los diversos factores políticos, empresariales y militares que, de una manera u otra, en distintos tiempos y escenarios, a veces sin coordinación entre ellos, formaron parte de una gran conspiración de mil cabezas y tentáculos.
A este respecto, como ya se ha señalado, hay que destacar algunas de primer orden, entre las cuales sobresale la responsabilidad de CAP como presidente, al pretender en 1989 imponer un paquete económico sin anestesia, a pesar de que sus promesas electorales como candidato presidencial de AD, apenas unos meses antes, en 1988, se basaban en la falsa premisa del regreso a la abundancia que caracterizó su primer gobierno. A tales efectos, como lo denunció en su momento Humberto Celli, presidente de AD, Pérez hizo redactar dos programas de gobierno, uno como instrumento electoral para captar votos, y otro –mantenido en secreto– que contenía las duras medidas que adoptaría, una vez que tomara posesión de la presidencia de la República, tal como efectivamente ocurrió (4).
Corresponden igualmente a CAP la gravísima responsabilidad de no haber abortado a tiempo la conspiración de Chávez y su logia golpista, sobre la cual fue advertido desde 1990; y no haber aprendido las lecciones del Caracazo de 1989 y de los dos intentos de golpe de Estado en febrero y noviembre de 1992 en su contra.
En cuanto a estos últimos dos aspectos, resulta cuando menos inaudito que aquel líder que con mano firme dirigió la política antiterrorista y anti golpista del gobierno de Betancourt en los inicios de los sesenta del siglo pasado, actuara luego, en su segunda gestión presidencial, con tanta incuria y autoconfianza ante una situación que, a la postre, terminó arrollándolo y hundiendo al país en una vorágine de violencia política e institucional.
Porque no hay que olvidar que a CAP le advirtieron con tiempo los organismos de inteligencia civil y militar sobre el golpe de Chávez y él subestimó la información y no hizo absolutamente nada por impedirlo. Tampoco debe olvidarse que los entonces presidentes CAP y Ramón J. Velásquez sobreseyeron casi 300 de estos oficiales golpistas. Lo peor es que hay quienes votaron por el golpista de 1992 y ahora culpan a Caldera. Sus problemas de conciencia pretenden aliviarlos buscando un "chivo expiatorio" a quien endosarle su irresponsabilidad.
Igualmente hay que subrayar la responsabilidad de la cúpula militar de aquel momento, que dejó actuar por su cuenta a los golpistas pensando tal vez que ellos podían ser los beneficiarios de la felonía de 1992. Por cierto que fueron ellos mismos –desconociendo una expresa orden del presidente Pérez– los que autorizaron la breve intervención televisada en vivo del jefe golpista, lo que le permitió darse a conocer y que lo lanzó a la fama con su célebre “por ahora…”
También hay que destacar la responsabilidad del presidente Jaime Lusinchi (1984-1989) en el descuido de la institución castrense, por no haber tomado medidas correctivas al respecto, pues, incluso, a finales de agosto de 1988 hubo una intentona golpista contra su gobierno –fracasada por divergencias entre los oficiales conspiradores– e, incluso, en las altas esferas de su gobierno se sabía de movimientos conspirativos en las Fuerzas Armadas Nacionales, por lo menos a partir de 1985.
Aquí no se ha dicho todavía todo lo que sucedió desde entonces, pero la historia, juez implacable, seguramente pondrá las cosas en su sitio en la misma medida en que avance el tiempo y se conozcan algunos capítulos desconocidos de la trama golpista, casi siempre presente en la institución armada, aunque siempre fracasada.
Por todas estas razones y muchas otras más insisto en que resulta simplista y absurdo atribuirle a Caldera la culpa única y exclusiva de que Chávez llegara al poder, cuando fueron múltiples y diversas las causas de este hecho. Sin embargo, han querido convertirlo en el "chivo expiatorio" del caso, y han acudido a todo tipo de mentiras y medias verdades, con ofensas e insultos incluidos, llegando, incluso, al ridículo de inventar la ficción de que Caldera era “padrino de bautismo” de Chávez, por lo cual le dictó la medida del sobreseimiento en cuestión.
Sin embargo, la historia no será tan simplista para enjuiciar a Caldera con tanta ligereza como irresponsabilidad. Por ejemplo, y perdóneseme la insistencia al respecto: ¿por qué no se ha señalado la evidente responsabilidad de CAP al no haber evitado el golpe de Chávez en febrero de 1992, cuando a él se lo habían informado los cuerpos de inteligencia civil y militar? O también: ¿por qué no se señala que quien inició la cadena de sobreseimientos a los golpistas fue el propio CAP, seguido de Velásquez y finalmente Caldera?
En lo que se refiere a las relaciones del ex presidente socialcristiano con el propio Pérez, la situación interna de Copei o sus enfrentamientos con Eduardo Fernández y Oswaldo Álvarez Paz, también hay mucha tela que cortar, si se analiza objetivamente. En fin, ese tema de que Caldera es el único "culpable" de todo lo que ahora padecemos pareciera más bien destinado a evadir la responsabilidad de los que votaron y eligieron a Chávez en 1998, en 2000 e, incluso, aquellos que lo hicieron en 2006 y 2012. Tal vez eso les alivia su peso de conciencia.
Las otras “culpas” de Caldera:
La verdad es que si fueran ciertas todas las falacias que se han inventado sobre la responsabilidad de Caldera en determinados hechos y sucesos, sin duda que sería el hombre más influyente de la Venezuela de la segunda mitad del siglo XX. Y a los hechos me remito.
A Caldera se le pretende responsabilizar –por ejemplo– por la derrota de Eduardo Fernández, candidato presidencial copeyano en 1988. No fue entonces, según esa tesis, el candidato presidencial de AD, Carlos Andrés Pérez, quien lo venció, sino el fundador de Copei, aún sin haberse postulado. En este caso, al parecer no importaría en lo absoluto si la estrategia electoral de Fernández fue o no atinada; ni si su mensaje sobre una democracia nueva fue acertado o no; o si sus cuñas televisadas contra la “vieja política” (CAP, Caldera y Luis Herrera) no consiguieron aceptación entre la mayoría de los electores, vistos los resultados. Sólo Caldera sería el que lo derrotó, según afirman sus obstinados acusadores.
A Caldera se le pretende endosar que “justificó” en el Congreso el intento de golpe de Estado del cuatro de febrero de 1992, cosa que es absolutamente falsa, y apenas bastaría leer o escuchar su discurso de entonces para comprobarlo. “El golpe militar (…) felizmente frustrado (…) es censurable y condenable en toda forma”, dijo entonces en aquella ocasión.
A Caldera se le pretende responsabilizar igualmente del juicio y posterior destitución del presidente Pérez en 1992, conjuntamente con los llamados Notables que encabezaba Arturo Uslar Pietri (quien, por cierto, jamás coincidió políticamente con Caldera, sino que, además, lo adversó siempre), pretendiendo desconocer que aquella decisión fue tomada por diversas instituciones –como la Fiscalía General, la Corte Suprema de Justicia y el Congreso de la República– y varios partidos políticos, incluyendo a parlamentarios de Acción Democrática, cuyo Comité Ejecutivo Nacional inmediatamente expulsaría a CAP de sus filas, admitiendo tácitamente su culpabilidad entonces.
A Caldera se le pretende responsabilizar de la derrota de Oswaldo Álvarez Paz, candidato presidencial de Copei en 1993, sin tomar en cuenta la perogrullada de que el ex presidente fue quien ganó esas elecciones abanderando un amplio frente electoral. Álvarez Paz, por cierto, había sido elegido como el candidato del Partido Social Cristiano Copei.
A Caldera se le pretende responsabilizar de haber “traicionado” al partido que fundó y de que este haya perdido la influencia que tuvo entre los venezolanos años atrás, a pesar de que el proceso de deterioro de Copei venía profundizándose desde hacía al menos diez años, por diversas razones. El descalabro final ocurrió en 1998, cuando, después de que este partido había elegido a la alcaldesa Irene Sáez como candidata presidencial, resolvió quitarle el apoyo para respaldar a última hora al gobernador de Carabobo Henrique Salas Römer. Por cierto, ya estaba entonces por finalizar el segundo período de gobierno del presidente Caldera.
Son capítulos muy importantes de la historia venezolana reciente que, insisto para terminar, si fuera cierto que la sola voluntad de Rafael Caldera los produjo, no habría duda de que sería el venezolano con mayor poder durante los últimos cincuenta años del siglo XX.
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(1) Ese sobreseimiento favoreció a un grupo de 30 oficiales del Ejército, entre ellos, Henry Rangel Silva (quien luego sería ministro de la defensa con Chávez y gobernador de Trujillo a la fecha), Jesús Rafael Suárez Chourio (posteriormente comandante del Ejército) y Rodolfo Clemente Marcos Torres (ministro de finanzas y hoy gobernador de Aragua). Fue publicado en la Gaceta Oficial No. 34.936, de fecha dos de abril de 1992, dos meses después del intento golpista del 4 de febrero de ese mismo año.
(2) Teodoro Petkoff, comandante guerrillero en los años sesenta —quien se acogería a la política de pacificación del presidente Caldera en 1969—, candidato presidencial del MAS en 1983 y 1988, y posteriormente ministro de planificación de su segundo gobierno, denunciaría luego lo que denominó “una conseja perversa y de mala fe, que pretende que el Presidente Caldera es el culpable del triunfo de Chávez y del ciertamente desastroso y amenazante presente que vivimos, por haberlo liberado”. A su juicio, la medida en cuestión “fue una decisión políticamente correcta: para reequilibrar las fuerzas armadas, para canalizar los impulsos insurreccionales hacia el juego democrático y, sobre todo, porque nadie podía suponer hasta mediados del año electoral que el teniente coronel era un aspirante con posibilidades de llegar al más alto sitial del poder público. Pero la mala fe proviene de que la mayoría de quienes sostienen esto se olvidan de mirarse a sí mismos. De no ver cuánto hicieron por suicidarse como fuerzas políticas hegemónicas por varios decenios; ese lento suicidio —quince, veinte años— que llevó a la nación a la más cruel distribución de la riqueza, a la galopante corrupción aupada por los vientos sauditas —que algunos medios se ocuparon de magnificar en aras de la antipolítica—, a la apatía y la desesperanza de las mayorías por partidos que habían perdido sus ideologías originarias y su fervor militante, burocratizados y alejados del sentir popular. ¿No tienen ninguna culpa del desastre que vivimos en esta noche chavista sino la tendría la medida puntual y, repito, correcta, de aquel temprano perdón calderista en busca del sosiego y la paz nacionales?” (Prólogo del libro de Rafael Caldera "De Carabobo a Puntofijo, Los causahabientes", séptima edición ampliada, Caracas, Libros Marcados, 2013, p. 7).
(3) Véase mi libro "Cómo se destruye un país", editado por Los Libros de El Nacional, Colección Actualidad y Política, Serie Ensayo, 271 páginas, Caracas, 2009.
(4) Mirtha Rivero, "La rebelión de los náufragos", entrevista con Humberto Celli, ex presidente de AD, capítulo siete, páginas 64 y siguientes, Editorial Alfa, Caracas, 2010.
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
miércoles, 22 de enero de 2020
EL 23 DE ENERO DE 1958
* Gehard Cartay Ramírez
(Tomado de mi libro "Orígenes ocultos del chavismo". Militares, guerrilleros y civiles", Editorial Libros Marcados, Caracas, 2006)
Ningún régimen es eterno, ni siquiera las más férreas dictaduras. El nazismo prometió gobernar mil años y apenas duró poco más de una década. Pérez Jiménez, por supuesto, no se propuso metas tan ambiciosas, pues era un hombre pragmático y realista. Sin embargo, nadie duda que acarició la idea de ejercer el poder por unos cuantos años.
1957 presenta los primeros atisbos del destino final de la dictadura. Surge, por una parte, la búsqueda afanosa de una fórmula “constitucional” que le permita a PJ continuar en la Presidencia de la República. El apresuramiento en la redacción de la Constitución de 1953 les hizo pasar por alto el establecimiento de la reelección presidencial. Ahora esta situación les preocupa, no tanto porque tengan muchos escrúpulos, sino por guardar las apariencias, sobre todo de cara a la comunidad internacional. Tampoco creen en la elección popular, como lo han demostrado en la ocasión anterior. Los juristas del régimen deberán buscar una fórmula que les permita resolver esta situación.
Pero también surgen nuevos elementos con los cuales no contaba el dictador. Comienza a despertarse una sutil y tibia reacción frente al régimen, y será nada menos que la Iglesia Católica la que tirará la primera piedra en mayo de 1957, cuando el Arzobispo de Caracas, monseñor Arias Blanco, publica su carta pastoral criticando la difícil situación de los trabajadores venezolanos y haciendo duras observaciones a la actitud del gobierno perezjimenista. El mes siguiente se constituye la llamada Junta Patriótica, promovida por Fabricio Ojeda (Independiente), José Vicente Rangel (URD), Guillermo García Ponce (PCV), Pedro Pablo Aguilar (Copei) y Moisés Gamero (AD). Su propósito central es luchar por el respeto a la Constitución de 1953, contra la reelección de Pérez Jiménez y por la celebración de elecciones libres y pulcras. En agosto es detenido por la Seguridad Nacional el doctor Rafael Caldera, conjuntamente con otros líderes de Copei. En el frente económico también hay descontento: se han acumulado deudas millonarias a contratistas, comerciantes, industriales y proveedores en general y la mora del gobierno en cancelar tales obligaciones multiplica el malestar hacia otros sectores que dependen de aquellos.
Mientras tanto, el régimen busca salidas a la próxima crisis institucional que significa la encrucijada de 1957. La preocupación la acrecienta la caída de otros dictadores amigos de Pérez Jiménez, como Perón, Odría, Remón y Rojas Pinilla, mientras Batista se acerca a su fin. Hay, sin duda, un mal ambiente para las tiranías, algo impensable poco tiempo atrás cuando estaban en pleno apogeo. La fórmula final adoptada por el régimen es la de celebrar un plebiscito, a fin de consultar al pueblo sobre la permanencia o no de Pérez Jiménez como presidente y también la de su Congreso. La verdad es que el dictador no quiere elecciones y busca vías de más fácil control para perpetuarse.
El plebiscito se celebrará el 15 de diciembre bajo absoluto control oficial y sus resultados, por tanto, fueron los que quería PJ, con lo cual quedaba ratificado como Presidente de la República para el período 1958-1963.
Pero a partir de este momento las cosas se complicarán severamente para el régimen. La fórmula mediante la cual se busca “legitimar” la permanencia de aquel gobierno por más tiempo será, a la postre, la causa final de su caída a los pocos días. Producirá, en efecto, una reacción en cadena, cada vez más intensa, entre sus opositores, los cuales comienzan a organizarse y a realizar algunas acciones concretas, luego de varios años de calma. Y se produce también un hecho trascendental: la conspiración militar que comienza a fomentarse entre los jóvenes tenientes, mayores y capitanes descontentos con la dictadura y decididos, al igual que aquellos de 1945, a participar en el cambio de rumbo que comienza a hacerse imprescindible en estos meses finales de 1957.
El 1o. de enero de 1958 estalla una rebelión militar encabezada por el Coronel Hugo Trejo en Caracas. No tendrá éxito por su equivocada estrategia de movilización y a pesar del apoyo de la aviación de Maracay que sobrevuela ese día la ciudad capital, pero políticamente abrirá la brecha para lo que sobrevendrá después. Demostrará ciertamente las profundas grietas que se han abierto entre las Fuerzas Armadas y Pérez Jiménez, las cuales se profundizarán en breves días de tal manera que conducirán a la caída del dictador. En efecto, cuatro días después son detenidos numerosos oficiales comprometidos en la conspiración que avanza ya resueltamente. El mismo día Pérez Jiménez anuncia cambios en su gabinete, debidos a la presión del Alto Mando Militar.
El día siete se producen manifestaciones estudiantiles en varias partes del país. El día nueve zarpan del Puerto de La Guaira cinco destructores de la armada venezolana en abierto desafío al gobierno. El diez de enero vuelve a plantearse una nueva crisis ministerial y sale del gabinete Laureano Vallenilla Lanz y Pedro Estrada de la jefatura de la Seguridad Nacional, dos aliados de confianza del presidente. Ambos abandonarán entonces precipitadamente el país. Los militares plantean que el general Llovera Páez encabece el nuevo gabinete.
El día quince Pérez Jiménez adopta la contraofensiva al asumir personalmente el Ministerio de la Defensa y ordenar la detención del ministro titular hasta entonces, general Rómulo Fernández, quien ha sido el portavoz de las exigencias de las Fuerzas Armadas. Inmediatamente lo envía en un avión militar hacia la República Dominicana.
El país comienza a levantarse por los cuatro costados: centenares de detenidos políticos abarrotan las cárceles, los estudiantes manifiestan todos los días, los empresarios y los intelectuales comienzan también a protestar. El mundo se le viene entonces encima al dictador. Ha perdido ya, efectivamente, el control de la situación. Su caída es cuestión de días.
Sin embargo, Pérez Jiménez no se rinde tan rápidamente. Está dispuesto a resistir y continúa tomando decisiones al efecto: clausura liceos y universidades, reprime manifestaciones, ordena constantes purgas en el mundo militar, detiene a importantes líderes de la sociedad civil, en fin, persigue a sus enemigos en un desesperado intento por someterlos. Pero estos tampoco se amilanan. Por el contrario, se sienten asistidos por la opinión pública y por núcleos importantísimos de las propias Fuerzas Armadas.
La Junta Patriótica llama a la huelga general para el 21 de enero. Ese día no circulan los periódicos en apoyo a la rebelión en marcha. La gente sale a las calles en Caracas y el gobierno decreta el toque de queda a las cinco de la tarde. En la noche del 22 de enero, la Marina y la guarnición militar de Caracas resuelven apoyar el golpe contra Pérez Jiménez, con lo cual se sella definitivamente el final de la dictadura.
En las últimas horas de aquel día y en las primeras del siguiente, PJ apela a sus compañeros de armas, contacta a oficiales en puestos de comando, trata de revivir viejas lealtades, se aferra desesperadamente al poder. Pero al darse cuenta de que ya no cuenta con suficiente apoyo, resuelve huir por avión en horas de la madrugada hacia la República Dominicana.
Se cerraba así una etapa convulsa y compleja de la reciente historia venezolana. Y el hasta entonces hombre fuerte de aquellos años, el líder militar más destacado e influyente después de Juan Vicente Gómez, también comenzaría el destierro más largo vivido por venezolano alguno en nuestra historia.
* Gehard Cartay Ramírez
(Tomado de mi libro "Orígenes ocultos del chavismo". Militares, guerrilleros y civiles", Editorial Libros Marcados, Caracas, 2006)
Ningún régimen es eterno, ni siquiera las más férreas dictaduras. El nazismo prometió gobernar mil años y apenas duró poco más de una década. Pérez Jiménez, por supuesto, no se propuso metas tan ambiciosas, pues era un hombre pragmático y realista. Sin embargo, nadie duda que acarició la idea de ejercer el poder por unos cuantos años.
1957 presenta los primeros atisbos del destino final de la dictadura. Surge, por una parte, la búsqueda afanosa de una fórmula “constitucional” que le permita a PJ continuar en la Presidencia de la República. El apresuramiento en la redacción de la Constitución de 1953 les hizo pasar por alto el establecimiento de la reelección presidencial. Ahora esta situación les preocupa, no tanto porque tengan muchos escrúpulos, sino por guardar las apariencias, sobre todo de cara a la comunidad internacional. Tampoco creen en la elección popular, como lo han demostrado en la ocasión anterior. Los juristas del régimen deberán buscar una fórmula que les permita resolver esta situación.
Pero también surgen nuevos elementos con los cuales no contaba el dictador. Comienza a despertarse una sutil y tibia reacción frente al régimen, y será nada menos que la Iglesia Católica la que tirará la primera piedra en mayo de 1957, cuando el Arzobispo de Caracas, monseñor Arias Blanco, publica su carta pastoral criticando la difícil situación de los trabajadores venezolanos y haciendo duras observaciones a la actitud del gobierno perezjimenista. El mes siguiente se constituye la llamada Junta Patriótica, promovida por Fabricio Ojeda (Independiente), José Vicente Rangel (URD), Guillermo García Ponce (PCV), Pedro Pablo Aguilar (Copei) y Moisés Gamero (AD). Su propósito central es luchar por el respeto a la Constitución de 1953, contra la reelección de Pérez Jiménez y por la celebración de elecciones libres y pulcras. En agosto es detenido por la Seguridad Nacional el doctor Rafael Caldera, conjuntamente con otros líderes de Copei. En el frente económico también hay descontento: se han acumulado deudas millonarias a contratistas, comerciantes, industriales y proveedores en general y la mora del gobierno en cancelar tales obligaciones multiplica el malestar hacia otros sectores que dependen de aquellos.
Mientras tanto, el régimen busca salidas a la próxima crisis institucional que significa la encrucijada de 1957. La preocupación la acrecienta la caída de otros dictadores amigos de Pérez Jiménez, como Perón, Odría, Remón y Rojas Pinilla, mientras Batista se acerca a su fin. Hay, sin duda, un mal ambiente para las tiranías, algo impensable poco tiempo atrás cuando estaban en pleno apogeo. La fórmula final adoptada por el régimen es la de celebrar un plebiscito, a fin de consultar al pueblo sobre la permanencia o no de Pérez Jiménez como presidente y también la de su Congreso. La verdad es que el dictador no quiere elecciones y busca vías de más fácil control para perpetuarse.
El plebiscito se celebrará el 15 de diciembre bajo absoluto control oficial y sus resultados, por tanto, fueron los que quería PJ, con lo cual quedaba ratificado como Presidente de la República para el período 1958-1963.
Pero a partir de este momento las cosas se complicarán severamente para el régimen. La fórmula mediante la cual se busca “legitimar” la permanencia de aquel gobierno por más tiempo será, a la postre, la causa final de su caída a los pocos días. Producirá, en efecto, una reacción en cadena, cada vez más intensa, entre sus opositores, los cuales comienzan a organizarse y a realizar algunas acciones concretas, luego de varios años de calma. Y se produce también un hecho trascendental: la conspiración militar que comienza a fomentarse entre los jóvenes tenientes, mayores y capitanes descontentos con la dictadura y decididos, al igual que aquellos de 1945, a participar en el cambio de rumbo que comienza a hacerse imprescindible en estos meses finales de 1957.
El 1o. de enero de 1958 estalla una rebelión militar encabezada por el Coronel Hugo Trejo en Caracas. No tendrá éxito por su equivocada estrategia de movilización y a pesar del apoyo de la aviación de Maracay que sobrevuela ese día la ciudad capital, pero políticamente abrirá la brecha para lo que sobrevendrá después. Demostrará ciertamente las profundas grietas que se han abierto entre las Fuerzas Armadas y Pérez Jiménez, las cuales se profundizarán en breves días de tal manera que conducirán a la caída del dictador. En efecto, cuatro días después son detenidos numerosos oficiales comprometidos en la conspiración que avanza ya resueltamente. El mismo día Pérez Jiménez anuncia cambios en su gabinete, debidos a la presión del Alto Mando Militar.
El día siete se producen manifestaciones estudiantiles en varias partes del país. El día nueve zarpan del Puerto de La Guaira cinco destructores de la armada venezolana en abierto desafío al gobierno. El diez de enero vuelve a plantearse una nueva crisis ministerial y sale del gabinete Laureano Vallenilla Lanz y Pedro Estrada de la jefatura de la Seguridad Nacional, dos aliados de confianza del presidente. Ambos abandonarán entonces precipitadamente el país. Los militares plantean que el general Llovera Páez encabece el nuevo gabinete.
El día quince Pérez Jiménez adopta la contraofensiva al asumir personalmente el Ministerio de la Defensa y ordenar la detención del ministro titular hasta entonces, general Rómulo Fernández, quien ha sido el portavoz de las exigencias de las Fuerzas Armadas. Inmediatamente lo envía en un avión militar hacia la República Dominicana.
El país comienza a levantarse por los cuatro costados: centenares de detenidos políticos abarrotan las cárceles, los estudiantes manifiestan todos los días, los empresarios y los intelectuales comienzan también a protestar. El mundo se le viene entonces encima al dictador. Ha perdido ya, efectivamente, el control de la situación. Su caída es cuestión de días.
Sin embargo, Pérez Jiménez no se rinde tan rápidamente. Está dispuesto a resistir y continúa tomando decisiones al efecto: clausura liceos y universidades, reprime manifestaciones, ordena constantes purgas en el mundo militar, detiene a importantes líderes de la sociedad civil, en fin, persigue a sus enemigos en un desesperado intento por someterlos. Pero estos tampoco se amilanan. Por el contrario, se sienten asistidos por la opinión pública y por núcleos importantísimos de las propias Fuerzas Armadas.
La Junta Patriótica llama a la huelga general para el 21 de enero. Ese día no circulan los periódicos en apoyo a la rebelión en marcha. La gente sale a las calles en Caracas y el gobierno decreta el toque de queda a las cinco de la tarde. En la noche del 22 de enero, la Marina y la guarnición militar de Caracas resuelven apoyar el golpe contra Pérez Jiménez, con lo cual se sella definitivamente el final de la dictadura.
En las últimas horas de aquel día y en las primeras del siguiente, PJ apela a sus compañeros de armas, contacta a oficiales en puestos de comando, trata de revivir viejas lealtades, se aferra desesperadamente al poder. Pero al darse cuenta de que ya no cuenta con suficiente apoyo, resuelve huir por avión en horas de la madrugada hacia la República Dominicana.
Se cerraba así una etapa convulsa y compleja de la reciente historia venezolana. Y el hasta entonces hombre fuerte de aquellos años, el líder militar más destacado e influyente después de Juan Vicente Gómez, también comenzaría el destierro más largo vivido por venezolano alguno en nuestra historia.
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
martes, 14 de enero de 2020
UNA REFLEXIÓN EN LOS 74 AÑOS DE COPEI
Gehard Cartay Ramírez
El Partido Social Cristiano Copei llega a los 73 años de su fundación en muy difíciles circunstancias.
Diversas y múltiples causas han colocado ahora al partido en la situación más dramática de toda su historia. Por fortuna, y lo demuestran los hechos, los partidos no se mueren de infarto, sino de mengua.
Se diría que no hay nada que celebrar ahora. Copei es hoy un partido judicializado, dependiente de decisiones del alto tribunal que no tienen otro propósito como no sea liquidarlo por etapas.
Copei es hoy un partido dividido en varios toletes, con una dirigencia que no está a la altura de las circunstancias y que parece no haber entendido su papel en esta hora crucial que vive Venezuela.
Algunos de ellos hablan de unidad y hasta se atreven a reclamarla a la oposición y sus demás partidos. Sin embargo, ¿cómo pueden hacerlo si su propio ejemplo y sus absurdas actitudes no muestran otra cosa que un partido sin unidad alguna, resquebrajado y desgarrado afectiva y realmente? No tiene entonces moral ninguno de ellos si no son capaces de reencontrarse y reconciliarse entre ellos mismos.
Por todo ello, la recuperación de Copei esperará aun algún tiempo, pues no parece factible mientras la dictadura venezolana se mantenga. Pero, más temprano que tarde, cuando esta ya no exista, corresponderá a la base copeyana –presente en cada pueblo y en cada región del país– iniciar el rescate del partido, por encima de sus actuales dirigentes decidir.
Dios mediante así tendrá que ser y corresponderá a la militancia copeyana salvar a la institución partidista. “Salvar el partido” fue la consigna durante la tiranía perezjimenista, cuando algunos dirigentes traicionaron a Copei y se plegaron al gobierno de turno. Esa misma consigna debe ser la de hoy, cuando atravesamos circunstancias aún más difíciles.
Se impondrá entonces retornar a la madurez institucional y volver al camino de la grandeza frente a Venezuela, como tantas veces lo demostró Copei a lo largo de estas siete décadas.
Porque si de algo podemos estar orgullosos los copeyanos es justamente del servicio que el partido le ha prestado a Venezuela desde 1946, ya sea en la oposición o en el gobierno. Y cuando el pueblo venezolano nos confió el poder al elegir presidentes a dos venezolanos de excepción, como Rafael Caldera y Luis Herrera Campíns -y posteriormente eligió también gobernadores y alcaldes postulados por Copei-, se hizo una obra de gobierno fructífera y positiva para todos, sin excepciones ni mezquindades.
El Partido Social Cristiano Copei fue durante mucho tiempo una escuela de formación ideológica y un digno taller para la fragua de líderes nuevos a todos sus niveles, especialmente entre los más jóvenes, todo lo cual sirvió para que su juventud partidista se destacara como una de las más brillantes.
Como en sus inicios, tal vez hoy Copei vuelve a ser un proyecto de futuro, si por tal se entiende su recuperación y posicionamiento entre los venezolanos. Porque en este país siempre ha existido, y sigue existiendo, un amplio espacio para un vigoroso movimiento social cristiano. Y si no es Copei el que lo llene, tal vez sea otro movimiento, inspirado en la Democracia Cristiana y con líderes renovados, el que asuma esa posición.
Ojalá la responsabilidad y el espíritu socialcristiano hagan posible la recuperación de uno de los más importantes partidos de masas de la historia contemporánea, que hizo una innegable contribución a la democracia con una sólida obra de gobierno al servicio de los venezolanos.
13 de enero de 2020
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
miércoles, 18 de diciembre de 2019
Con ocasión del noveno aniversario de su muerte:
CAP: ANVERSO Y REVERSO
*Gehard Cartay Ramírez
- Un político carismático, controvertido y audaz, pero demasiado confiado en sí mismo y en un liderazgo que siempre sobreestimó, todo lo cual lo llevó al dramático final de su actuación pública
Un liderazgo carismático, controvertido y audaz:
En los últimos años se viene acentuando una especial campaña para reivindicar, postmortem, a Carlos Andrés Pérez, lo cual no deja ser en cierto modo algo natural por parte de seguidores y admiradores.
Pero siendo la suya una figura que ya pertenece a la Historia, y por tanto digna de investigación y discusión, resulta conveniente también una aproximación que aborde tanto sus aspectos positivos como negativos, siempre dentro del marco de un análisis lo más objetivo posible, si es que resulta factible hacerlo.
CAP fue, sin duda, un líder carismático, controvertido y audaz. En mi opinión, sus dos cualidades fundamentales fueron la valentía con que afrontó los desafíos que su accidentada carrera política le planteó; y su condición de demócrata toda prueba, demostrada en cada tramo de aquella. En cuanto a esta última cualidad, demostró también el olvido de agravios en su contra y practicó una generosa política de tolerancia y amplitud hacia muchos de sus antiguos adversarios, con excepción de algunos: Rafael Caldera, Luis Herrera Campíns y Eduardo Fernández, por citar los más importantes.
Fiel escudero de Rómulo Betancourt desde los días de la llamada Revolución de Octubre de 1945, acompañó a su jefe como secretario privado cuando el primero ejercía la presidencia de la Junta Revolucionaria de Gobierno, producto del golpe de Estado contra el general Isaías Medina Angarita. Desde entonces se convirtió prácticamente en su sombra, no sólo en las tareas del poder, sino luego, durante el exilio de ambos bajo la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez (1953-1958) –el otro Pérez andino y tachirense que también fue presidente– y, posteriormente, a partir del retorno democrático en 1958, cuando Betancourt resultó electo presidente. Fue por esos difíciles años el implacable Ministro de Relaciones Interiores contra la subversión, el terrorismo y las guerrillas castrocomunistas, aunque la ofensiva para derrotarlos la cumplieron las Fuerzas Armadas Nacionales.
Luego de la división de Acción Democrática (AD) en 1967, CAP dirigió la campaña de Gonzalo Barrios, candidato presidencial de su partido en las elecciones de 1968, en las que resultó victorioso Rafael Caldera, abanderado del Partido Social Cristiano Copei y sectores independientes. En los años siguientes, tuvo el mérito de revivir a AD y sacarla del marasmo que significó esa primera derrota electoral.
Como secretario general de AD adoptó entonces una línea de oposición dura e intransigente contra el recién iniciado gobierno de Caldera. Así, se opuso férreamente a la política de pacificación argumentando que la misma podía significar la entrega del país a la subversión, lo que sin duda constituía una exageración, como lo demostraron los hechos posteriores. (Ese encono contra las medidas pacifistas y conciliatorias del primer gobierno social cristiano inexplicablemente lo reiteraría, incluso, luego de salir del gobierno y después de diez años de la pacificación ejecutada por Caldera. Dijo entonces que la había criticado en su momento “por tender, lamentablemente, mucho más a dar una imagen de amplitud y generosidad, que efectivamente al objeto de pacificar al país” (1).
Esa agresiva oposición de AD se había manifestado tempranamente con ocasión de las negociaciones para integrar las directivas de las Cámaras del Senado y de Diputados, cuando rechazó un acuerdo que le propuso Copei. Casi de inmediato, AD se opuso a la aprobación de los recursos presupuestarios para el programa de Promoción Popular, prometidos por Caldera en su programa de gobierno, así como a un conjunto de leyes en materia de creación del ministerio de la Vivienda, financiamiento para construcción masiva de viviendas, ordenamiento urbanístico y territorial, financiamiento de la primera etapa del Metro de Caracas, etc., etcétera (2). Se trató de una oposición obstruccionista y contumaz, cuyo sello lo marcaba el propio CAP como jefe de AD.
En los siguientes comicios de 1973, Pérez se convirtió en el candidato presidencial de su partido, una vez que Betancourt anunció que no aspiraría nuevamente la presidencia. Alcanzó la victoria en aquel momento, derrotando a Lorenzo Fernández, abanderado presidencial por Copei, Fuerza Democrática Popular (FDP) y sectores independientes.
Su primer gobierno, entre 1974 y 1978, obtuvo logros fundamentales, como la nacionalización del petróleo, del hierro y del aluminio, el programa de becas “Gran Mariscal de Ayacucho” y numerosas obras en materia de salud y educación. También logró elevar los niveles de empleo, sin que se llegara –como lo proclamaron sus propagandistas– al pleno empleo, es decir, una desocupación laboral inferior al cinco por ciento. Hubo, como ya era tendencia histórica en Venezuela, una inflación moderada, pero en aumento, así como paz social y laboral. Por efectos de los altos precios petroleros se produjo así mismo un aumento del consumo, mientras que, a la par, el Estado también acrecentó sus gastos y elevó sus niveles de endeudamiento.
En ese momento, CAP se convirtió en el gran nacionalizador, y por ello creció descomunalmente el tamaño del Estado y se multiplicó de manera escandalosa la corrupción administrativa. Por contraste, en su segunda gestión (1989-1993) fue el gran privatizador. Se diría que entonces intentó un gobierno totalmente contrario al que encabezó en la primera oportunidad, algo que dice mucho de su pragmatismo audaz y de su voluntarismo como gobernante, incapaz de medir las consecuencias de sus ejecutorias políticas, económicas y sociales.Fiel a su personalidad, en su primer gobierno puso en práctica una frenética e hiperactiva política internacional, muy distante de la sobria actuación de sus predecesores en esta materia. Se caracterizó por su indisimulado empeño en convertirse en líder del llamado Tercer Mundo. Así, Pérez tuvo una destacada participación en las negociaciones mediante las cuales Estados Unidos entregó el Canal de Panamá a este país, así como en los hechos que condujeron a la caída de la dictadura somocista de Nicaragua y al triunfo de las guerrillas sandinistas, comandadas por Daniel Ortega.
En estos propósitos y otros más, CAP superó todos los viajes presidenciales anteriores, lo que le valió no pocas críticas. Pero ese estilo excesivo e indetenible, divorciado a veces de la ponderación y la reflexión que deben ser consustanciales a un gobernante, también se lo imprimió a todas sus facetas como presidente en aquellos años.
...Pero también un liderazgo sobreestimado:
Se ha dicho que “el estilo es el hombre”. En el caso de Pérez se ajusta como anillo al dedo.
Si algo lo caracterizó fue una desmedida confianza en sí mismo –la misma que lo condujo a su final como presidente en 1993–, es decir, la creencia absoluta en que su liderazgo lo hacía invulnerable a cualquier amenaza, lo que, a la larga, también se demostró que no era cierto. Esa condición egocentrista e individualista trajo aparejada consigo una cierta dosis de infalibilidad y, lo que resultaría luego peor, una incapacidad manifiesta para reconocer sus errores y –lo más importante aún– rectificarlos a tiempo.
Quien lea, por ejemplo, sus Memorias proscritas –dictadas a los periodistas Ramón Hernández y Roberto Giusti, aunque luego, al parecer, desautorizadas por el propio CAP– encontrará allí una exagerada conceptualización de su persona y su carrera política. Cierto es que se trata de su propio testimonio de vida y de luchas, y por tanto su narrativa está hecha en primera persona. Pero los juicios sobre sus semejantes siempre giran alrededor de la importancia que tuvo él para esos personajes –nunca al revés–, comenzando por Rómulo Betancourt, de quien dijo haber sido “un hombre indispensable” (3).
Por esa exagerada sobreestimación de sí mismo cometió otro gravísimo error en 1988, cuando fue elegido por segunda vez candidato presidencial de AD. Apeló entonces al recuerdo que mucha gente guardaba sobre su primer gobierno, cuando la abundancia de petrodólares inundó al país, gracias a la lejana guerra entre Israel y Egipto, en 1973. Esa inmensa riqueza, desde luego, no fue creada por los venezolanos, sino consecuencia del citado conflicto bélico. Por desgracia, tal abundancia financiera fue muy mal administrada y su primer gobierno terminaría hundiéndose históricamente por sus colosales yerros, entre los cuales destacaron –como ya se anotó antes– el crecimiento de la deuda externa e interna y el sobredimensionamiento del Estado venezolano y de la corrupción en los más altos niveles oficiales. Esa gestión inició el declive de Venezuela como una nación que estaba destinada a sobresalir entre las primeras del continente, ya que sus tremendas equivocaciones de condicionaron la acción de los gobiernos posteriores.
Sin embargo, insisto, a alguna gente le quedó el recuerdo de la abundancia económica, sin reparar sus gravísimos daños colaterales. Y a ese recuerdo primario y superficial echó mano CAP cuando volvió a ser candidato presidencial en 1988 y ofreció que tal abundancia volvería con su retorno al poder.
Era una promesa incumplible y él lo sabía. Por eso hizo preparar dos programas de gobierno, según lo denunciara posteriormente el entonces presidente de AD, Humberto Celli (4). Uno, que fue su bandera electoral, ofrecía espejismos y fantasías imposibles de cumplir en un país ya sin reservas monetarias, con gravísimos desajustes sociales y económicos, endeudado como pocas veces y afectado por una espantosa corrupción, al término del período presidencial de su compañero de partido Jaime Lusinchi (1984-1988). El otro programa de gobierno, oculto y clandestino, contemplaba un paquete de severas medidas de ajustes que implicarían un sacrificio para todos, pero especialmente para los sectores mayoritarios. Este último fue el que puso en ejecución apenas llegó al poder en febrero de 1989, y que fue la excusa para que se produjera un rápido y extendido descontento general con la explosión social conocida como "El Caracazo", en febrero de 1989, lo que heriría de muerte su segundo gobierno a escasos veinte días de haberse iniciado pomposamente, con los resultados ya conocidos.
Aquella desafortunada idea de formular en paralelo dos programas de gobierno constituyó, sin duda, una estafa a sus electores y a los venezolanos en general. Pero lo hizo fríamente, confiando en que el suyo era un hiperliderazgo como pocos en Venezuela y en el continente.
Fiel a esa absurda creencia incurrió también en otros graves errores. A partir de 1989 no le dio ninguna importancia a la creciente conspiración que lo acechó desde el primer momento y que tenía una vertiente militar y otra civil. CAP irresponsablemente subestimó las dos.
En cuanto a la primera, sus propios órganos de inteligencia civil y militar le advirtieron tempranamente sobre la conjura militar que urdía una logia golpista incrustada desde hacía tiempo en el ejército, la misma que intentaría derrocarlo en febrero de 1992, y más adelante, ya extendida por las fuerzas aérea y marítima, también se repetiría en noviembre de ese mismo año. Confiaba en que por haber enfrentado con éxito –como Ministro del Interior del gobierno del presidente Betancourt– la insurgencia armada del castrocomunismo a principios de los años sesenta, aunado a su conocimiento de las Fuerzas Armadas, podía dominar cualquier tentativa militar en su contra. No fue así. Y aunque no hubo sorpresa propiamente dicha, lo que sí se puso de manifiesto fue que ni el régimen ni el presidente se habían preparado para enfrentar el primer intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992. Una cierta autosuficiencia de Pérez y la actitud capciosa del Alto Mando Militar le permitieron a Chávez y sus golpistas actuar con relativa comodidad.
Lo que sí estuvo entonces fuera de toda discusión fue la actuación valiente e inteligente de CAP mientras se desarrollaba aquella intentona golpista. En poco tiempo les arrebató la ofensiva a los oficiales insurrectos, al aparecer por televisión denunciando los hechos y exigiendo lealtad a la institución armada, todo lo cual confundió y desmoralizó a los golpistas, mientras se producía la sensación de que había retomado el control de la situación y dominado el complot en marcha. La verdad es que, a pesar de todo, CAP fue magnánimo con los golpistas, al igual que todo el establecimiento político de esos días y la gran mayoría de la opinión pública. Aquella fue una compasión inexplicable e injusta frente a un grupo de felones y traidores a la Constitución Nacional y a su juramento como oficiales de las Fuerzas Armadas Nacionales. Los más importantes candidatos presidenciales –a excepción de Caldera, por cierto– prometieron liberarlos. La misma Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica abogó por los golpistas, y hasta el ex presidente Herrera Campíns pidió al presidente Pérez que los pusiera en libertad. Y fue el propio CAP quien inició la larga cadena de sobreseimientos a los golpistas, pues apenas dos meses después de la intentona en su contra sobreseyó a un grupo de oficiales, entre ellos, Henry Rangel Silva (quien luego sería ministro de la defensa con Chávez y gobernador de Trujillo a la fecha), Jesús Rafael Suárez Chourio (posteriormente comandante del Ejército) y Rodolfo Clemente Marcos Torres (ministro de finanzas y hoy gobernador de Aragua) (5). Esa misma cadena de sobreseimientos la continuaría el presidente Ramón J. Velásquez en 1993 y la concluiría el presidente Rafael Caldera en 1994. Pero, en ese momento, el propio Carlos Andrés Pérez fue más allá todavía al reincorporar al Ejército a casi el 90 por ciento de los oficiales golpistas, según lo denunciaría después el general Carlos Peñaloza, a la sazón comandante de esa fuerza.
En todo caso, si CAP pudo entonces dominar las dos tentativas golpistas de 1992, no tuvo en cambio el mismo desempeño exitoso frente a la conspiración civil, adelantada por "Los Notables", dirigidos por Arturo Uslar Pietri, y otros sectores que, a la postre, lograron en mayo de 1993 su destitución por parte del Congreso de la República y su posterior enjuiciamiento ante la Corte Suprema de Justicia. Aquél político realista y exitoso, dos veces presidente de Venezuela por elección popular, menospreció a sus adversarios y sobreestimó su capacidad de maniobra, ya sin contacto con la realidad y demasiado pagado de sí mismo.
Porque en el campo civil, pareciera haberse confiado, como siempre, en su liderazgo. Tal vez por ello no se defendió ni pasó a la ofensiva frente a sus adversarios, a lo que tenía perfecto derecho. Porque si bien es cierto que la suya fue una actitud de absoluto e impecable respeto al Estado de Derecho y a la Constitución, no lo es menos que tuvo a su disposición algunos recursos políticos y jurídicos para salvaguardar –como era absolutamente lógico también– su derecho a continuar como presidente de los venezolanos, elegido en legítimos comicios electorales y por amplia mayoría. Por supuesto que, como se sabe, hizo múltiples contactos al respecto, pero al darse cuenta de que ni siquiera su propio partido lo apoyaba y que las Fuerzas Armadas Nacionales mantenían una actitud institucional, decidió esperar el desarrollo de los acontecimientos, tal como se lo confesó a algunos allegados (6), tal vez confiando en que los hechos, al final, le serían favorables. De nuevo se sobreestimó personalmente y desestimó a sus poderosos enemigos de entonces.
Mientras tanto, el grupo "Los Notables" colocaba el detonante definitivo contra el presidente Pérez: el 11 de enero de 1993 el periodista y varias veces candidato presidencial José Vicente Rangel había consignado ante el Fiscal General de la República, Ramón Escovar Salóm, una denuncia sobre la utilización irregular de 250 millones de bolívares, correspondientes a la partida secreta, y solicitado el respectivo antejuicio de mérito contra el Presidente Pérez y dos de sus ministros.
El 9 de marzo de 1993 el Presidente Pérez se dirigió al país en un mensaje por cadena de radio y TV, asegurando que el dinero en cuestión había sido usado en gastos de seguridad y defensa del exterior, y que no podía revelarlos porque supondría una violación a la ley de la materia. Dos días después, el 11 de marzo, el implacable Fiscal General Ramón Escovar Salom solicitaría a la Corte Suprema de Justicia que decidiera si había méritos para juzgar al Presidente y dos de sus ex ministros, Alejandro Izaguirre y Reinaldo Figueredo, por la presunta malversación de 17,2 millones de dólares. La ponencia del caso se la reservó el presidente del alto tribunal, Gonzalo Rodríguez Corro, quien presentó su proyecto de sentencia el 4 de mayo. En la sesión del 19 de mayo, la Corte Suprema declararía con lugar la solicitud de antejuicio de mérito contra Pérez, Izaguirre y Figueredo.
Al día siguiente, viernes 20 de mayo –y sin esperar el posterior desarrollo del juicio–, el CEN de AD decidiría expulsar del partido a Carlos Andrés Pérez, lo que suponía también una condenatoria tácita en su contra. Parecía que aquella resolución inmediata de la cúpula adeca saldaba así un ajuste cuentas pendiente, por las razones ya señaladas. Y así lo confirmarían los hechos posteriores: terminaba una difícil relación entre CAP y la organización a la que le había entregado buena parte de su vida, porque esa ruptura se caracterizaría por una dura actitud del ya ex presidente contra AD y varios de sus líderes más importantes, tema sobre el que profundizaremos más adelante.
Ese mismo 20 de mayo de 1993 el Senado de la República –de conformidad con el ordinal 8o. del Artículo 150 de la Constitución Nacional– acordó autorizar el enjuiciamiento del presidente Pérez. En el mismo acto resolvió que el Presidente del Congreso, senador Octavio Lepage (AD), se encargara transitoriamente de la Presidencia de la República, e invitó a la Cámara de Diputados a una sesión conjunta para juramentarlo. De inmediato, Lepage se trasladó al Palacio de Miraflores donde Pérez le entregaría el cargo, mientras el Congreso resolviera finalmente sobre la persona que lo sustituiría en el ejercicio de la Presidencia.
AD: “un cascarón vacío, un fracaso total”:
Un capítulo dramático fue su relación con Acción Democrática. A diferencia de Betancourt, CAP no le concedió la importancia y la jerarquía histórica que el máximo líder le asignó siempre al partido. Si aquel dijo en alguna ocasión que se sentía más orgulloso de haberlo fundado que de haber sido presidente en dos ocasiones, Pérez seguramente que pensaba lo contrario.
En ese razonamiento influía, desde luego, la sobreestimación que siempre hizo de su propio liderazgo, aspecto al cual nos hemos referido anteriormente, y que también lo llevó en sus dos gobiernos a duros enfrentamientos con la cúpula adeca y hasta con el propio Betancourt en los años finales de su primera gestión. CAP no se sometió entonces a los dictados del Comité Ejecutivo Nacional de AD, ni tampoco lo haría en su segunda presidencia.
En ambas ocasiones, al lado de prominentes dirigentes de su partido, también designó como ministros a figuras independientes, vinculadas a las altas finanzas y grupos económicos poderosos. Esa preferencia se profundizó entre 1989 y 1993, cuando incorporó a jóvenes tecnócratas sin vinculaciones políticas ni partidistas, quienes concibieron y ejecutaron un paquete de medidas neoliberales, en acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, sin consultar a la dirección de AD y sin reparar los costos sociales que traía consigo. Todos estos hechos agriaron aún más su relación con la dirigencia adeca.
Porque en este aspecto también hubo diferencias de fondo entre Betancourt y CAP. El primero siempre se caracterizó por dar preeminencia a lo colectivo por encima de lo individual, y la mejor demostración fue la de haber fundado un partido, desligándose así de la propensión caudillista que siempre animó a los hombres de poder en la historia venezolana. Pérez, en cambio, demostró siempre una exagerada tendencia personalista, la misma que lo llevó a desentenderse de su partido en las dos oportunidades que ganó la presidencia de la República.
En sus últimos años –luego de su expulsión de AD el 20 de mayo de 1993, precisamente al día siguiente en que el máximo tribunal declaró con lugar su enjuiciamiento como presidente de Venezuela–, CAP no se ahorraría dicterios, críticas y serios cuestionamientos hacia ese partido y sus principales líderes, incluyendo al propio Rómulo Betancourt, de quien dijo que en sus últimos años “sufría un deterioro intelectual grave” y “una declinación personal importante (7)”. Incluso, de cierta manera sugirió que, en algún momento, Betancourt pudo sentir celos de “mi posición y significación internacional” (8).
Al ex presidente Jaime Lusinchi, luego de señalar que había tenido “gran estimación” por él, no vaciló en calificarlo como “un pobre diablo” (9), sin condiciones para gerenciar el país. “Yo me comprometí con su candidatura a pesar de que consideraba que iba a ser un problema en la Presidencia”, agregó. “Lusinchi demostró que no era un hombre para el poder (…) Blanca Ibáñez exacerbó en Lusinchi el odio, el resentimiento, el orgullo (…) Lo volvió un camorrero” (10).
Al que fuera candidato presidencial de AD en 1978, Luis Piñerúa Ordaz, le endosa toda la responsabilidad de esa derrota, aunque CAP era entonces presidente y aquel veredicto popular envolvía también un juicio condenatorio a su gobierno. Sin embargo, esa circunstancia nunca la llegaría a reconocer. A su juicio, la candidatura de Piñerúa “era débil por sus características personales, sobre todo influenciado por la tónica que había asumido Betancourt” (11). “Hice una campaña tremenda a favor de Piñerúa, que casi le permite el triunfo. Fue la dureza de Piñerúa lo que nos perdió” (12), agregó a continuación. A Octavio Lepage, quien lo sustituyó brevemente como presidente, lo acusó de estar poseído de “una ambición tremenda”(13).
A Acción Democrática la definió luego y en repetidas ocasiones como “un cascarón vacío” (14), donde “no hay democracia interna (…) Esta es la triste y cierta razón de su desastre” (15). Eran conceptos de una dureza implacable en sus labios: “AD fue un gran proyecto político venezolano, pero ya terminó su ciclo, ahora pertenece a la historia. Una historia buena, pero cuyo final ha sido espantosamente malo. Un fracaso total. Es una minoría, después de haber sido una mayoría evidente y portentosa. No volverá a ser mayoría”(16).
Los años finales: entre la amargura y la desazón:
Obviamente que si entonces fueron muy duras esas opiniones sobre compañeros y amigos de toda una vida y sobre el partido del que fuera dos veces candidato presidencial, no lo serían menos sus descalificaciones y ataques contra adversarios como Rafael Caldera, Luis Herrera Campíns y Eduardo Fernández, con quien compitió por la presidencia en 1988.
Su animadversión contra Caldera, por ejemplo, es verdaderamente dramática y aparece en cada página de las muchas en las que Pérez se refiere al también dos veces expresidente socialcristiano por elección popular. (Invito al lector a que las lea en el libro "Carlos Andrés Pérez: Memorias proscritas" que he venido utilizando como apoyo bibliográfico en este ensayo.) Y todo ello a pesar de que algunos aún hablan de que era Caldera el que “odiaba” y le tenía “envidia” a CAP. La realidad es que fueron muchas más las menciones negativas de este contra Caldera, y probablemente un estudio hemerográfico de sus declaraciones y comentarios podría corroborarlo.
Quienes hoy lo elevan a los altares del martirologio y hasta lo presentan como “el constructor de la Venezuela moderna” sólo se limitan a una versión hagiográfica del polémico personaje, obviando sus elocuentes errores y apelando a una superchería para calificarlo como tal. Porque la verdad es que la Venezuela moderna fue construida por muchos otros más, especialmente desde 1935: civiles y militares, líderes de partidos políticos, sectores independientes, gente del sector público y privado, trabajadores y profesionales, en fin, venezolanos y extranjeros que dieron sus mejores esfuerzos para que el país iniciara su ascenso hacia el progreso y desarrollo que se truncaron a partir de 1999, con la llegada del castrochavismo al poder.
Ese tipo de calificativos, absolutos y extremos, son casi siempre producto de la exageración y la falta de profundidad en los análisis históricos. A Rómulo Betancourt, por ejemplo, lo llamaron nada más y nada menos que “el Padre de la Democracia”, como si esta necesitara de padre y madre, y, si así fuera, en este caso la última no aparece por ningún lado. Como lo escribió con su habitual agudeza Manuel Caballero, uno de los más autorizados estudiosos de la figura de Betancourt, esa denominación “es un insulto a la memoria que se pretende así halagar: desde el primer momento de su ser político, Rómulo Betancourt insurgió contra el paternalismo gomecista” (17).
En el caso de CAP, al igual que en los otros presidentes que ha tenido la República de Venezuela, su actuación como político y su legado como gobernante tendrán el juicio de la Historia, por lo general más reposado, sabio y justo que el que le podamos intentar hacer sus contemporáneos o los subsiguientes e inmediatos analistas. Nada es más cierto que aquel adagio según el cual la Historia siempre coloca los hechos en sus justos términos, más allá del halago o la inquina con que se juzgan casi siempre por la inmediatez del tiempo.
Notas:
(1) Alfredo Peña, "Conversaciones con Carlos Andrés Pérez", Editorial Ateneo de Caracas, 1979, página 243.
(2) Un análisis de mayor profundidad puede conseguirse en mi libro "Caldera y Betancourt, Constructores de la democracia", primera edición de 1987 (Ediciones Centauro, Caracas) y segunda edición de 2018 (Editorial Dahbar, Caracas).
(3) Ramón Hernández y Roberto Giusti, "Carlos Andrés Pérez: Memorias proscritas", Los Libros de El Nacional, Colección Ares, Caracas, 2006, página 577.
(4) Mirtha Rivero, "La rebelión de los náufragos", entrevista con Humberto Celli, ex presidente de AD, capítulo siete, páginas 64 y siguientes, Editorial Alfa, Caracas, 2010.
(5) Ese sobreseimiento favoreció a un grupo de 30 oficiales del Ejército y fue publicado en la Gaceta Oficial No. 34.936, de fecha dos de abril de 1992, dos meses después del intento golpista del 4 de febrero de ese mismo año.
(6) "La rebelión de los náufragos", entrevista al exministro Reinaldo Figueredo Planchart, página 423 y siguientes.
(7) "Carlos Andrés Pérez: Memorias proscritas," obra citada, página 278.
(8) Ibídem, página 275.
(9) Ibídem, página 290.
(10) Ibídem, página 291.
(11) Ibídem, página 273.
(12) Ibídem, página 272.
(13) Ibídem, página 355.
(14) Ibídem, página 419.
(15) Ibídem, página 311.
(16) Ibídem, página 419.
(17) Manuel Caballero, "Rómulo Betancourt, político de nación", página 15.
CAP: ANVERSO Y REVERSO
*Gehard Cartay Ramírez
- Un político carismático, controvertido y audaz, pero demasiado confiado en sí mismo y en un liderazgo que siempre sobreestimó, todo lo cual lo llevó al dramático final de su actuación pública
Un liderazgo carismático, controvertido y audaz:
En los últimos años se viene acentuando una especial campaña para reivindicar, postmortem, a Carlos Andrés Pérez, lo cual no deja ser en cierto modo algo natural por parte de seguidores y admiradores.
Pero siendo la suya una figura que ya pertenece a la Historia, y por tanto digna de investigación y discusión, resulta conveniente también una aproximación que aborde tanto sus aspectos positivos como negativos, siempre dentro del marco de un análisis lo más objetivo posible, si es que resulta factible hacerlo.
CAP fue, sin duda, un líder carismático, controvertido y audaz. En mi opinión, sus dos cualidades fundamentales fueron la valentía con que afrontó los desafíos que su accidentada carrera política le planteó; y su condición de demócrata toda prueba, demostrada en cada tramo de aquella. En cuanto a esta última cualidad, demostró también el olvido de agravios en su contra y practicó una generosa política de tolerancia y amplitud hacia muchos de sus antiguos adversarios, con excepción de algunos: Rafael Caldera, Luis Herrera Campíns y Eduardo Fernández, por citar los más importantes.
Fiel escudero de Rómulo Betancourt desde los días de la llamada Revolución de Octubre de 1945, acompañó a su jefe como secretario privado cuando el primero ejercía la presidencia de la Junta Revolucionaria de Gobierno, producto del golpe de Estado contra el general Isaías Medina Angarita. Desde entonces se convirtió prácticamente en su sombra, no sólo en las tareas del poder, sino luego, durante el exilio de ambos bajo la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez (1953-1958) –el otro Pérez andino y tachirense que también fue presidente– y, posteriormente, a partir del retorno democrático en 1958, cuando Betancourt resultó electo presidente. Fue por esos difíciles años el implacable Ministro de Relaciones Interiores contra la subversión, el terrorismo y las guerrillas castrocomunistas, aunque la ofensiva para derrotarlos la cumplieron las Fuerzas Armadas Nacionales.
Luego de la división de Acción Democrática (AD) en 1967, CAP dirigió la campaña de Gonzalo Barrios, candidato presidencial de su partido en las elecciones de 1968, en las que resultó victorioso Rafael Caldera, abanderado del Partido Social Cristiano Copei y sectores independientes. En los años siguientes, tuvo el mérito de revivir a AD y sacarla del marasmo que significó esa primera derrota electoral.
Como secretario general de AD adoptó entonces una línea de oposición dura e intransigente contra el recién iniciado gobierno de Caldera. Así, se opuso férreamente a la política de pacificación argumentando que la misma podía significar la entrega del país a la subversión, lo que sin duda constituía una exageración, como lo demostraron los hechos posteriores. (Ese encono contra las medidas pacifistas y conciliatorias del primer gobierno social cristiano inexplicablemente lo reiteraría, incluso, luego de salir del gobierno y después de diez años de la pacificación ejecutada por Caldera. Dijo entonces que la había criticado en su momento “por tender, lamentablemente, mucho más a dar una imagen de amplitud y generosidad, que efectivamente al objeto de pacificar al país” (1).
Esa agresiva oposición de AD se había manifestado tempranamente con ocasión de las negociaciones para integrar las directivas de las Cámaras del Senado y de Diputados, cuando rechazó un acuerdo que le propuso Copei. Casi de inmediato, AD se opuso a la aprobación de los recursos presupuestarios para el programa de Promoción Popular, prometidos por Caldera en su programa de gobierno, así como a un conjunto de leyes en materia de creación del ministerio de la Vivienda, financiamiento para construcción masiva de viviendas, ordenamiento urbanístico y territorial, financiamiento de la primera etapa del Metro de Caracas, etc., etcétera (2). Se trató de una oposición obstruccionista y contumaz, cuyo sello lo marcaba el propio CAP como jefe de AD.
En los siguientes comicios de 1973, Pérez se convirtió en el candidato presidencial de su partido, una vez que Betancourt anunció que no aspiraría nuevamente la presidencia. Alcanzó la victoria en aquel momento, derrotando a Lorenzo Fernández, abanderado presidencial por Copei, Fuerza Democrática Popular (FDP) y sectores independientes.
Su primer gobierno, entre 1974 y 1978, obtuvo logros fundamentales, como la nacionalización del petróleo, del hierro y del aluminio, el programa de becas “Gran Mariscal de Ayacucho” y numerosas obras en materia de salud y educación. También logró elevar los niveles de empleo, sin que se llegara –como lo proclamaron sus propagandistas– al pleno empleo, es decir, una desocupación laboral inferior al cinco por ciento. Hubo, como ya era tendencia histórica en Venezuela, una inflación moderada, pero en aumento, así como paz social y laboral. Por efectos de los altos precios petroleros se produjo así mismo un aumento del consumo, mientras que, a la par, el Estado también acrecentó sus gastos y elevó sus niveles de endeudamiento.
En ese momento, CAP se convirtió en el gran nacionalizador, y por ello creció descomunalmente el tamaño del Estado y se multiplicó de manera escandalosa la corrupción administrativa. Por contraste, en su segunda gestión (1989-1993) fue el gran privatizador. Se diría que entonces intentó un gobierno totalmente contrario al que encabezó en la primera oportunidad, algo que dice mucho de su pragmatismo audaz y de su voluntarismo como gobernante, incapaz de medir las consecuencias de sus ejecutorias políticas, económicas y sociales.Fiel a su personalidad, en su primer gobierno puso en práctica una frenética e hiperactiva política internacional, muy distante de la sobria actuación de sus predecesores en esta materia. Se caracterizó por su indisimulado empeño en convertirse en líder del llamado Tercer Mundo. Así, Pérez tuvo una destacada participación en las negociaciones mediante las cuales Estados Unidos entregó el Canal de Panamá a este país, así como en los hechos que condujeron a la caída de la dictadura somocista de Nicaragua y al triunfo de las guerrillas sandinistas, comandadas por Daniel Ortega.
En estos propósitos y otros más, CAP superó todos los viajes presidenciales anteriores, lo que le valió no pocas críticas. Pero ese estilo excesivo e indetenible, divorciado a veces de la ponderación y la reflexión que deben ser consustanciales a un gobernante, también se lo imprimió a todas sus facetas como presidente en aquellos años.
...Pero también un liderazgo sobreestimado:
Se ha dicho que “el estilo es el hombre”. En el caso de Pérez se ajusta como anillo al dedo.
Si algo lo caracterizó fue una desmedida confianza en sí mismo –la misma que lo condujo a su final como presidente en 1993–, es decir, la creencia absoluta en que su liderazgo lo hacía invulnerable a cualquier amenaza, lo que, a la larga, también se demostró que no era cierto. Esa condición egocentrista e individualista trajo aparejada consigo una cierta dosis de infalibilidad y, lo que resultaría luego peor, una incapacidad manifiesta para reconocer sus errores y –lo más importante aún– rectificarlos a tiempo.
Quien lea, por ejemplo, sus Memorias proscritas –dictadas a los periodistas Ramón Hernández y Roberto Giusti, aunque luego, al parecer, desautorizadas por el propio CAP– encontrará allí una exagerada conceptualización de su persona y su carrera política. Cierto es que se trata de su propio testimonio de vida y de luchas, y por tanto su narrativa está hecha en primera persona. Pero los juicios sobre sus semejantes siempre giran alrededor de la importancia que tuvo él para esos personajes –nunca al revés–, comenzando por Rómulo Betancourt, de quien dijo haber sido “un hombre indispensable” (3).
Por esa exagerada sobreestimación de sí mismo cometió otro gravísimo error en 1988, cuando fue elegido por segunda vez candidato presidencial de AD. Apeló entonces al recuerdo que mucha gente guardaba sobre su primer gobierno, cuando la abundancia de petrodólares inundó al país, gracias a la lejana guerra entre Israel y Egipto, en 1973. Esa inmensa riqueza, desde luego, no fue creada por los venezolanos, sino consecuencia del citado conflicto bélico. Por desgracia, tal abundancia financiera fue muy mal administrada y su primer gobierno terminaría hundiéndose históricamente por sus colosales yerros, entre los cuales destacaron –como ya se anotó antes– el crecimiento de la deuda externa e interna y el sobredimensionamiento del Estado venezolano y de la corrupción en los más altos niveles oficiales. Esa gestión inició el declive de Venezuela como una nación que estaba destinada a sobresalir entre las primeras del continente, ya que sus tremendas equivocaciones de condicionaron la acción de los gobiernos posteriores.
Sin embargo, insisto, a alguna gente le quedó el recuerdo de la abundancia económica, sin reparar sus gravísimos daños colaterales. Y a ese recuerdo primario y superficial echó mano CAP cuando volvió a ser candidato presidencial en 1988 y ofreció que tal abundancia volvería con su retorno al poder.
Era una promesa incumplible y él lo sabía. Por eso hizo preparar dos programas de gobierno, según lo denunciara posteriormente el entonces presidente de AD, Humberto Celli (4). Uno, que fue su bandera electoral, ofrecía espejismos y fantasías imposibles de cumplir en un país ya sin reservas monetarias, con gravísimos desajustes sociales y económicos, endeudado como pocas veces y afectado por una espantosa corrupción, al término del período presidencial de su compañero de partido Jaime Lusinchi (1984-1988). El otro programa de gobierno, oculto y clandestino, contemplaba un paquete de severas medidas de ajustes que implicarían un sacrificio para todos, pero especialmente para los sectores mayoritarios. Este último fue el que puso en ejecución apenas llegó al poder en febrero de 1989, y que fue la excusa para que se produjera un rápido y extendido descontento general con la explosión social conocida como "El Caracazo", en febrero de 1989, lo que heriría de muerte su segundo gobierno a escasos veinte días de haberse iniciado pomposamente, con los resultados ya conocidos.
Aquella desafortunada idea de formular en paralelo dos programas de gobierno constituyó, sin duda, una estafa a sus electores y a los venezolanos en general. Pero lo hizo fríamente, confiando en que el suyo era un hiperliderazgo como pocos en Venezuela y en el continente.
Fiel a esa absurda creencia incurrió también en otros graves errores. A partir de 1989 no le dio ninguna importancia a la creciente conspiración que lo acechó desde el primer momento y que tenía una vertiente militar y otra civil. CAP irresponsablemente subestimó las dos.
En cuanto a la primera, sus propios órganos de inteligencia civil y militar le advirtieron tempranamente sobre la conjura militar que urdía una logia golpista incrustada desde hacía tiempo en el ejército, la misma que intentaría derrocarlo en febrero de 1992, y más adelante, ya extendida por las fuerzas aérea y marítima, también se repetiría en noviembre de ese mismo año. Confiaba en que por haber enfrentado con éxito –como Ministro del Interior del gobierno del presidente Betancourt– la insurgencia armada del castrocomunismo a principios de los años sesenta, aunado a su conocimiento de las Fuerzas Armadas, podía dominar cualquier tentativa militar en su contra. No fue así. Y aunque no hubo sorpresa propiamente dicha, lo que sí se puso de manifiesto fue que ni el régimen ni el presidente se habían preparado para enfrentar el primer intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992. Una cierta autosuficiencia de Pérez y la actitud capciosa del Alto Mando Militar le permitieron a Chávez y sus golpistas actuar con relativa comodidad.
Lo que sí estuvo entonces fuera de toda discusión fue la actuación valiente e inteligente de CAP mientras se desarrollaba aquella intentona golpista. En poco tiempo les arrebató la ofensiva a los oficiales insurrectos, al aparecer por televisión denunciando los hechos y exigiendo lealtad a la institución armada, todo lo cual confundió y desmoralizó a los golpistas, mientras se producía la sensación de que había retomado el control de la situación y dominado el complot en marcha. La verdad es que, a pesar de todo, CAP fue magnánimo con los golpistas, al igual que todo el establecimiento político de esos días y la gran mayoría de la opinión pública. Aquella fue una compasión inexplicable e injusta frente a un grupo de felones y traidores a la Constitución Nacional y a su juramento como oficiales de las Fuerzas Armadas Nacionales. Los más importantes candidatos presidenciales –a excepción de Caldera, por cierto– prometieron liberarlos. La misma Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica abogó por los golpistas, y hasta el ex presidente Herrera Campíns pidió al presidente Pérez que los pusiera en libertad. Y fue el propio CAP quien inició la larga cadena de sobreseimientos a los golpistas, pues apenas dos meses después de la intentona en su contra sobreseyó a un grupo de oficiales, entre ellos, Henry Rangel Silva (quien luego sería ministro de la defensa con Chávez y gobernador de Trujillo a la fecha), Jesús Rafael Suárez Chourio (posteriormente comandante del Ejército) y Rodolfo Clemente Marcos Torres (ministro de finanzas y hoy gobernador de Aragua) (5). Esa misma cadena de sobreseimientos la continuaría el presidente Ramón J. Velásquez en 1993 y la concluiría el presidente Rafael Caldera en 1994. Pero, en ese momento, el propio Carlos Andrés Pérez fue más allá todavía al reincorporar al Ejército a casi el 90 por ciento de los oficiales golpistas, según lo denunciaría después el general Carlos Peñaloza, a la sazón comandante de esa fuerza.
En todo caso, si CAP pudo entonces dominar las dos tentativas golpistas de 1992, no tuvo en cambio el mismo desempeño exitoso frente a la conspiración civil, adelantada por "Los Notables", dirigidos por Arturo Uslar Pietri, y otros sectores que, a la postre, lograron en mayo de 1993 su destitución por parte del Congreso de la República y su posterior enjuiciamiento ante la Corte Suprema de Justicia. Aquél político realista y exitoso, dos veces presidente de Venezuela por elección popular, menospreció a sus adversarios y sobreestimó su capacidad de maniobra, ya sin contacto con la realidad y demasiado pagado de sí mismo.
Porque en el campo civil, pareciera haberse confiado, como siempre, en su liderazgo. Tal vez por ello no se defendió ni pasó a la ofensiva frente a sus adversarios, a lo que tenía perfecto derecho. Porque si bien es cierto que la suya fue una actitud de absoluto e impecable respeto al Estado de Derecho y a la Constitución, no lo es menos que tuvo a su disposición algunos recursos políticos y jurídicos para salvaguardar –como era absolutamente lógico también– su derecho a continuar como presidente de los venezolanos, elegido en legítimos comicios electorales y por amplia mayoría. Por supuesto que, como se sabe, hizo múltiples contactos al respecto, pero al darse cuenta de que ni siquiera su propio partido lo apoyaba y que las Fuerzas Armadas Nacionales mantenían una actitud institucional, decidió esperar el desarrollo de los acontecimientos, tal como se lo confesó a algunos allegados (6), tal vez confiando en que los hechos, al final, le serían favorables. De nuevo se sobreestimó personalmente y desestimó a sus poderosos enemigos de entonces.
Mientras tanto, el grupo "Los Notables" colocaba el detonante definitivo contra el presidente Pérez: el 11 de enero de 1993 el periodista y varias veces candidato presidencial José Vicente Rangel había consignado ante el Fiscal General de la República, Ramón Escovar Salóm, una denuncia sobre la utilización irregular de 250 millones de bolívares, correspondientes a la partida secreta, y solicitado el respectivo antejuicio de mérito contra el Presidente Pérez y dos de sus ministros.
El 9 de marzo de 1993 el Presidente Pérez se dirigió al país en un mensaje por cadena de radio y TV, asegurando que el dinero en cuestión había sido usado en gastos de seguridad y defensa del exterior, y que no podía revelarlos porque supondría una violación a la ley de la materia. Dos días después, el 11 de marzo, el implacable Fiscal General Ramón Escovar Salom solicitaría a la Corte Suprema de Justicia que decidiera si había méritos para juzgar al Presidente y dos de sus ex ministros, Alejandro Izaguirre y Reinaldo Figueredo, por la presunta malversación de 17,2 millones de dólares. La ponencia del caso se la reservó el presidente del alto tribunal, Gonzalo Rodríguez Corro, quien presentó su proyecto de sentencia el 4 de mayo. En la sesión del 19 de mayo, la Corte Suprema declararía con lugar la solicitud de antejuicio de mérito contra Pérez, Izaguirre y Figueredo.
Al día siguiente, viernes 20 de mayo –y sin esperar el posterior desarrollo del juicio–, el CEN de AD decidiría expulsar del partido a Carlos Andrés Pérez, lo que suponía también una condenatoria tácita en su contra. Parecía que aquella resolución inmediata de la cúpula adeca saldaba así un ajuste cuentas pendiente, por las razones ya señaladas. Y así lo confirmarían los hechos posteriores: terminaba una difícil relación entre CAP y la organización a la que le había entregado buena parte de su vida, porque esa ruptura se caracterizaría por una dura actitud del ya ex presidente contra AD y varios de sus líderes más importantes, tema sobre el que profundizaremos más adelante.
Ese mismo 20 de mayo de 1993 el Senado de la República –de conformidad con el ordinal 8o. del Artículo 150 de la Constitución Nacional– acordó autorizar el enjuiciamiento del presidente Pérez. En el mismo acto resolvió que el Presidente del Congreso, senador Octavio Lepage (AD), se encargara transitoriamente de la Presidencia de la República, e invitó a la Cámara de Diputados a una sesión conjunta para juramentarlo. De inmediato, Lepage se trasladó al Palacio de Miraflores donde Pérez le entregaría el cargo, mientras el Congreso resolviera finalmente sobre la persona que lo sustituiría en el ejercicio de la Presidencia.
AD: “un cascarón vacío, un fracaso total”:
Un capítulo dramático fue su relación con Acción Democrática. A diferencia de Betancourt, CAP no le concedió la importancia y la jerarquía histórica que el máximo líder le asignó siempre al partido. Si aquel dijo en alguna ocasión que se sentía más orgulloso de haberlo fundado que de haber sido presidente en dos ocasiones, Pérez seguramente que pensaba lo contrario.
En ese razonamiento influía, desde luego, la sobreestimación que siempre hizo de su propio liderazgo, aspecto al cual nos hemos referido anteriormente, y que también lo llevó en sus dos gobiernos a duros enfrentamientos con la cúpula adeca y hasta con el propio Betancourt en los años finales de su primera gestión. CAP no se sometió entonces a los dictados del Comité Ejecutivo Nacional de AD, ni tampoco lo haría en su segunda presidencia.
En ambas ocasiones, al lado de prominentes dirigentes de su partido, también designó como ministros a figuras independientes, vinculadas a las altas finanzas y grupos económicos poderosos. Esa preferencia se profundizó entre 1989 y 1993, cuando incorporó a jóvenes tecnócratas sin vinculaciones políticas ni partidistas, quienes concibieron y ejecutaron un paquete de medidas neoliberales, en acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, sin consultar a la dirección de AD y sin reparar los costos sociales que traía consigo. Todos estos hechos agriaron aún más su relación con la dirigencia adeca.
Porque en este aspecto también hubo diferencias de fondo entre Betancourt y CAP. El primero siempre se caracterizó por dar preeminencia a lo colectivo por encima de lo individual, y la mejor demostración fue la de haber fundado un partido, desligándose así de la propensión caudillista que siempre animó a los hombres de poder en la historia venezolana. Pérez, en cambio, demostró siempre una exagerada tendencia personalista, la misma que lo llevó a desentenderse de su partido en las dos oportunidades que ganó la presidencia de la República.
En sus últimos años –luego de su expulsión de AD el 20 de mayo de 1993, precisamente al día siguiente en que el máximo tribunal declaró con lugar su enjuiciamiento como presidente de Venezuela–, CAP no se ahorraría dicterios, críticas y serios cuestionamientos hacia ese partido y sus principales líderes, incluyendo al propio Rómulo Betancourt, de quien dijo que en sus últimos años “sufría un deterioro intelectual grave” y “una declinación personal importante (7)”. Incluso, de cierta manera sugirió que, en algún momento, Betancourt pudo sentir celos de “mi posición y significación internacional” (8).
Al ex presidente Jaime Lusinchi, luego de señalar que había tenido “gran estimación” por él, no vaciló en calificarlo como “un pobre diablo” (9), sin condiciones para gerenciar el país. “Yo me comprometí con su candidatura a pesar de que consideraba que iba a ser un problema en la Presidencia”, agregó. “Lusinchi demostró que no era un hombre para el poder (…) Blanca Ibáñez exacerbó en Lusinchi el odio, el resentimiento, el orgullo (…) Lo volvió un camorrero” (10).
Al que fuera candidato presidencial de AD en 1978, Luis Piñerúa Ordaz, le endosa toda la responsabilidad de esa derrota, aunque CAP era entonces presidente y aquel veredicto popular envolvía también un juicio condenatorio a su gobierno. Sin embargo, esa circunstancia nunca la llegaría a reconocer. A su juicio, la candidatura de Piñerúa “era débil por sus características personales, sobre todo influenciado por la tónica que había asumido Betancourt” (11). “Hice una campaña tremenda a favor de Piñerúa, que casi le permite el triunfo. Fue la dureza de Piñerúa lo que nos perdió” (12), agregó a continuación. A Octavio Lepage, quien lo sustituyó brevemente como presidente, lo acusó de estar poseído de “una ambición tremenda”(13).
A Acción Democrática la definió luego y en repetidas ocasiones como “un cascarón vacío” (14), donde “no hay democracia interna (…) Esta es la triste y cierta razón de su desastre” (15). Eran conceptos de una dureza implacable en sus labios: “AD fue un gran proyecto político venezolano, pero ya terminó su ciclo, ahora pertenece a la historia. Una historia buena, pero cuyo final ha sido espantosamente malo. Un fracaso total. Es una minoría, después de haber sido una mayoría evidente y portentosa. No volverá a ser mayoría”(16).
Los años finales: entre la amargura y la desazón:
Obviamente que si entonces fueron muy duras esas opiniones sobre compañeros y amigos de toda una vida y sobre el partido del que fuera dos veces candidato presidencial, no lo serían menos sus descalificaciones y ataques contra adversarios como Rafael Caldera, Luis Herrera Campíns y Eduardo Fernández, con quien compitió por la presidencia en 1988.
Su animadversión contra Caldera, por ejemplo, es verdaderamente dramática y aparece en cada página de las muchas en las que Pérez se refiere al también dos veces expresidente socialcristiano por elección popular. (Invito al lector a que las lea en el libro "Carlos Andrés Pérez: Memorias proscritas" que he venido utilizando como apoyo bibliográfico en este ensayo.) Y todo ello a pesar de que algunos aún hablan de que era Caldera el que “odiaba” y le tenía “envidia” a CAP. La realidad es que fueron muchas más las menciones negativas de este contra Caldera, y probablemente un estudio hemerográfico de sus declaraciones y comentarios podría corroborarlo.
Quienes hoy lo elevan a los altares del martirologio y hasta lo presentan como “el constructor de la Venezuela moderna” sólo se limitan a una versión hagiográfica del polémico personaje, obviando sus elocuentes errores y apelando a una superchería para calificarlo como tal. Porque la verdad es que la Venezuela moderna fue construida por muchos otros más, especialmente desde 1935: civiles y militares, líderes de partidos políticos, sectores independientes, gente del sector público y privado, trabajadores y profesionales, en fin, venezolanos y extranjeros que dieron sus mejores esfuerzos para que el país iniciara su ascenso hacia el progreso y desarrollo que se truncaron a partir de 1999, con la llegada del castrochavismo al poder.
Ese tipo de calificativos, absolutos y extremos, son casi siempre producto de la exageración y la falta de profundidad en los análisis históricos. A Rómulo Betancourt, por ejemplo, lo llamaron nada más y nada menos que “el Padre de la Democracia”, como si esta necesitara de padre y madre, y, si así fuera, en este caso la última no aparece por ningún lado. Como lo escribió con su habitual agudeza Manuel Caballero, uno de los más autorizados estudiosos de la figura de Betancourt, esa denominación “es un insulto a la memoria que se pretende así halagar: desde el primer momento de su ser político, Rómulo Betancourt insurgió contra el paternalismo gomecista” (17).
En el caso de CAP, al igual que en los otros presidentes que ha tenido la República de Venezuela, su actuación como político y su legado como gobernante tendrán el juicio de la Historia, por lo general más reposado, sabio y justo que el que le podamos intentar hacer sus contemporáneos o los subsiguientes e inmediatos analistas. Nada es más cierto que aquel adagio según el cual la Historia siempre coloca los hechos en sus justos términos, más allá del halago o la inquina con que se juzgan casi siempre por la inmediatez del tiempo.
Notas:
(1) Alfredo Peña, "Conversaciones con Carlos Andrés Pérez", Editorial Ateneo de Caracas, 1979, página 243.
(2) Un análisis de mayor profundidad puede conseguirse en mi libro "Caldera y Betancourt, Constructores de la democracia", primera edición de 1987 (Ediciones Centauro, Caracas) y segunda edición de 2018 (Editorial Dahbar, Caracas).
(3) Ramón Hernández y Roberto Giusti, "Carlos Andrés Pérez: Memorias proscritas", Los Libros de El Nacional, Colección Ares, Caracas, 2006, página 577.
(4) Mirtha Rivero, "La rebelión de los náufragos", entrevista con Humberto Celli, ex presidente de AD, capítulo siete, páginas 64 y siguientes, Editorial Alfa, Caracas, 2010.
(5) Ese sobreseimiento favoreció a un grupo de 30 oficiales del Ejército y fue publicado en la Gaceta Oficial No. 34.936, de fecha dos de abril de 1992, dos meses después del intento golpista del 4 de febrero de ese mismo año.
(6) "La rebelión de los náufragos", entrevista al exministro Reinaldo Figueredo Planchart, página 423 y siguientes.
(7) "Carlos Andrés Pérez: Memorias proscritas," obra citada, página 278.
(8) Ibídem, página 275.
(9) Ibídem, página 290.
(10) Ibídem, página 291.
(11) Ibídem, página 273.
(12) Ibídem, página 272.
(13) Ibídem, página 355.
(14) Ibídem, página 419.
(15) Ibídem, página 311.
(16) Ibídem, página 419.
(17) Manuel Caballero, "Rómulo Betancourt, político de nación", página 15.
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
martes, 10 de diciembre de 2019

20 AÑOS DE LA CONSTITUCIÓN DE 1999
Gehard Cartay Ramírez
Este 15 de diciembre se cumplen 20 años del referéndum consultivo que aprobó la Constitución de 1999, mal llamada bolivariana por sus promotores.
Fue aprobada entonces con el 71,19 por ciento de los votos emitidos, mientras que el No obtuvo el 28,81 por ciento. Sin embargo, la abrumadora abstención de aquel día hizo que ese 71,19% sólo representara al 32,20 por ciento de los electores. La abstención oficialmente registrada por el Consejo Nacional Electoral (CNE) fue del 56,60 por ciento, aún cuando razonablemente los medios de comunicación y los analistas políticos dudaron de tal cifra, vistos los efectos devastadores que ese mismo día ocasionó la tragedia del Estado Vargas –cuyos propios resultados electorales, por cierto, nunca se conocieron con precisión– y la pertinaz lluvia que se produjo en Caracas y otras ciudades del centro del país.
La abstención, en este caso particular, adquiere una extraordinaria importancia, pues sumada a los votos negativos totalizó el 67,80 por ciento de los electores. Lo que se estaba aprobando entonces no era cualquier cosa: era, nada más y nada menos, que una nueva Constitución de Venezuela. Sin embargo, apenas el 32,20 por ciento de los electores fueron quienes, finalmente y sin conocerla a fondo, le dieron su voto afirmativo. Lo que ésta situación tiene de significativo no merece mayores comentarios.
Hubo, sin embargo, un hecho gravísimo que prácticamente pasó inadvertido: apenas siete días después de la tragedia de Vargas, el régimen aprovechó el luto y la estupefacción de los venezolanos para aprobar el Decreto Sobre el Régimen de Transición del Poder Público (Gaceta Oficial No. 36.859), el cual, a juicio del constituyente Jorge Olavarría, fue “el golpe de Estado más artero y completo de la historia constitucional de Venezuela y posiblemente del mundo”, pues violó “dos constituciones de un solo golpe: la de 1961, que estaba vigente, y la de 1999, que había sido aprobada pero que se publicaría y entraría en vigencia el 31 de diciembre” (El Nacional, 27-01-2004). Mediante ese decreto –agregó Olavarría– se disolvió al Congreso legítimamente elegido para reemplazarlo por una Comisión Legislativa Nacional socarronamente llamada `Congresillo´, que actuaría como Poder Legislativo y que nadie había elegido. Lo mismo se hizo con las asambleas legislativas de los estados, que fueron sustituidas por comisiones legislativas de cinco miembros”.
El proceso constituyente tuvo como resultado final un texto de discutible calidad y no pocas contradicciones en su articulado y en sus líneas generales. Porque si bien es cierto que pone de relieve la tesis de la democracia participativa, por ejemplo, no lo es menos que concentra –como nunca antes– demasiado poder en el Presidente de la República y centraliza indebidamente la toma de decisiones.
En lo político, aparentes mecanismos de consulta y flexibilización terminaron siendo inútiles al sobrevivir un Poder Legislativo débil, sin capacidad de contrapeso frente a un presidencialismo extremo. Esta última distorsión afectó y paralizó el proceso de descentralización y regionalización iniciado en 1989, ahora sometido al peso aplastante de un Poder Central con mayor dominio que nunca.
En el plano social, por citar otro aspecto fundamental, un articulado “poético” y de buenas intenciones no pasó de allí. Y en cuanto a la economía, una inaudita camisa de fuerza dogmática y contraria a las tendencias mundiales que hoy caracterizan tan compleja materia, terminó por sobredimensionar aún más el papel del Estado interventor y enemigo de la iniciativa privada. Los resultados están a la vista.
Por si fuera poco, la Constitución aprobada satisfizo a plenitud las metas más sentidas del proyecto político y personal del entonces jefe del proceso: estableció la reelección presidencial inmediata y alargó el período a seis años, toda una afrenta al principio de la alternabilidad democrática al establecer un cuello de botella en el relevo del liderazgo nacional. Hoy sufrimos esas nefastas consecuencias.
Algunos expertos en diversas áreas llamaron especialmente la atención sobre otras fallas del texto aprobado, entre ellas, la creación de llamado Poder Ciudadano, por cuanto resta funciones al Poder Judicial, así como en la parte relativa a los derechos humanos, con logros innovadores, sin duda, pero prácticamente irrealizables por la expresa debilidad en el equilibrio de poderes, en razón de la exagerada preeminencia del Poder Ejecutivo sobre los demás. Y en el aspecto económico, la gravísima supresión de la autonomía del Banco Central de Venezuela, lo cual –opinó entonces el ya desaparecido Domingo Felipe Maza Zavala– “afectaría el mejor ejercicio de la política monetaria”. “La autonomía del BCV, agregó el experto económico, es indispensable. Si esa autonomía se somete a una camisa de fuerza, las consecuencias podrían ser muy negativas para lograr el abatimiento de la inflación y el equilibrio monetario”. Palabras proféticas, como se ha comprobado.
Desde luego que el nuevo texto tiene ciertos aspectos positivos, en teoría. La creación de la Sala Constitucional del TSJ es uno de ellos, aunque en la práctica el régimen la convirtió en un vulgar instrumento de sus políticas autoritarias y antidemocráticas. En materia de derechos humanos, la figura del Defensor del Pueblo es muy importante, aunque en los hechos ha resultado una estafa colosal. En el aspecto internacional, se lograron algunos avances, sobre todo en el área de las fronteras. En cuanto a lo político, el establecimiento del régimen refrendario constituyó también una conquista notable, aún cuando no suficiente, así como la creación de los Poderes Ciudadano y Electoral, entre otros aspectos. Todos estos avances –insisto– han sido en teoría, porque en los hechos no se han concretado.
El Poder Militar:
Hubo un asunto que también causó justificada preocupación: el tratamiento de la Fuerza Armada Nacional (FAN) en la Constitución Bolivariana, que terminó creando, aún cuando no expresamente, un nuevo poder: el Poder Militar.
En esta materia hubo un cambio radical en relación con la Constitución de 1961. En primer lugar, se suprimió el principio que impedía a la Fuerza Armada deliberar, lo que abrió una verdadera Caja de Pandora. Igualmente, se eliminó el control civil sobre los ascensos, los cuales ahora sólo dependen de la cúpula castrense y, en última instancia, del Presidente de la República. La de 1961 establecía que los ascensos en los dos últimos grados debían ser aprobados por el Senado. También se eliminó el control administrativo civil sobre los gastos militares. Finalmente, el derecho del voto a los militares –proscrito en anteriores textos constitucionales– resulta un absurdo, sobre todo en un país donde la custodia de los procesos electorales está asignada a la institución armada.
Por supuesto que, al suprimirse todas estas limitaciones al fuero castrense, la FAN se sustrajo del sometimiento al Poder Civil, quedando de manera exclusiva al servicio del presidente de la República, en su condición de Comandante en jefe. No es por casualidad que la influencia militarista que impregna la Carta Magna aprobada en 1999 haya eliminado como objetivos a garantizar por parte de la Fuerza Armada Nacional “la estabilidad de las instituciones democráticas y el respeto a la Constitución y a las leyes, cuyo acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación”, tal cual lo consagraba muy sabiamente la anterior Constitución de 1961.
También la nueva Constitución eliminó la tradicional prohibición del ejercicio simultáneo de la autoridad militar y la autoridad civil, a los fines de allanar el camino de la llamada “unión cívico-militar”, que obviamente oculta el proceso de militarización creciente de Venezuela. También se les atribuyó competencias de policía administrativa y de orden público interno, y se les otorgó a los oficiales superiores el privilegio del antejuicio de mérito, eliminado como fuero militar en todas las Constituciones anteriores desde 1830.
En definitiva, la Constitución que ahora cumple 20 años ha representado un retroceso en muchos aspectos, comparada con otras como las de 1947 y 1961. Su carácter presidencialista, centralista y militarista ha confirmado en la práctica lo que se anunciaba en la teoría.
Por lo tanto, existen muy pocas razones para celebrar ese texto constitucional, sin dejar de advertir que quienes lo han violado de todas las formas y desde sus inicios son precisamente sus creadores. Y esto forma parte de la actual tragedia venezolana.
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
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