martes, 13 de agosto de 2019

LA MALDICIÓN DEL POPULISMO
Las recientes primarias para escoger los candidatos presidenciales en las próximas elecciones en Argentina han demostrado que en ese país, y tal vez en algunos otros de Latinoamérica, el populismo goza de buena salud.

La posible vuelta del peronismo al poder con la Kirchner y su candidato presidencial títere, si es que las cosas continúan como van, demuestran que la maldición que ha significado el legado de Juan Domingo Perón y del peronismo para los argentinos sigue hipnotizando a muchos de sus compatriotas.

Y es que, a pesar de haber arruinado a un país que en el siglo XIX y en las primeras décadas del XX fue competidor agropecuario y cuasi industrial de los Estados Unidos, la psicología social de una gran mayoría de argentinos no se ha liberado del influjo de aquel líder militarista y populista, no obstante, insisto, haberle dejado como herencia una profunda crisis económica y social que aún no ha sido superada, luego de setenta años.

El populismo seduce a la gente con mercaditos, baratijas, ayudas y espejitos, que bien pueden ayudar en algún momento, pero no resuelven nunca la situación de pobreza y subdesarrollo, sino que más bien la agravan. Pero es el camino más fácil para seducir a muchos ingenuos y para eternizar a los gobernantes.

Para los populistas el mensaje es aquel que le guste a la gente, adornado con mentiras y engaños, o sea, decir solo lo que la gente quiere escuchar. En cambio, decir la verdad por dura que sea y no engañar con falsas promesas, exigir esfuerzos y sacrificios -si fuera el caso-, ofrecer trabajo justo y bien remunerado y no ayudas demagógicas, imponer disciplina fiscal, decencia administrativa, reducción del tamaño del Estado y crecimiento del sector productivo privado, eso no les gusta a los populistas: ellos no quieren que el Estado comparta su poder con la sociedad, porque los debilita, e impide su dominio vitalicio (caso Chávez en Venezuela, por ejemplo).

En otros casos, el populismo se sustenta en la demagogia y la mentira. Ocurrió así en Perú y Venezuela en los años ochenta y noventa del siglo pasado.

En Perú, en 1990, el candidato Mario Vargas Llosa perdió las las elecciones porque con toda honestidad le adelantó a sus paisanos que, si ganaba, su gobierno tomaría duras medidas y tendrían que apretarse los cinturones porque vendrían sacrificios, si querían salir adelante. (El primer gobierno de Alan García, entonces un populista de marca mayor, había hundido al Perú en una severa crisis.) En cambio, el otro candidato presidencial, un oscuro ingeniero de raíces japonesas y rector de una universidad privada poco conocida, de nombre Alberto Fujimori, ofreció que con él las cosas mejorarían y que habría abundancia y progreso, todo ello sin decir cómo lo haría. Al llegar al poder, aplicó el programa de gobierno de Vargas Llosa, y la verdad es que, al cabo de algunos años, no le fue mal al Perú.

Pero su elección de entonces la había producido una mentira descomunal, así como la derrota de Vargas Llosa se debió a que había sido sincero con sus electores. A los peruanos, como a la gran mayoría de los seres humanos, no les gustaba que le pidieran sacrificios, sino todo lo contrario.

En nuestro país, en 1988, Carlos Andrés Pérez llegó al poder con un programa populista ofreciendo retornar a la abundancia de la “Venezuela Saudita” de principios de los años setenta -durante su primer gobierno (1974-1979)-, cuando se dispararon como nunca los precios petroleros y las arcas fiscales se anegaron de petrodólares.

Pero eso era algo imposible 15 años después: Venezuela, bajo el gobierno de Lusinchi, estaba endeudada como nunca, los precios petroleros habían bajado y las reservas internacionales se habían agotado. Y CAP lo sabía. Lo sabía tanto que, en tal ocasión, al lado del programa de gobierno que ofreció a los venezolanos prometiendo lo imposible, tenía bajo la manga otro programa secreto de gobierno, con duras medidas económicas y sociales que, por supuesto, ocultó deliberadamente mientras fue candidato de AD. Pero fue el que aplicó en su segunda gestión.

La denuncia la hizo internamente por aquellos días Humberto Celli, entonces secretario general de AD, y luego se la ratificó en una entrevista a Mirtha Rivero, quien la incluyó en su libro “La rebelión de los náufragos” (Editorial Alfa, 2010, Páginas 64-71).

Y todavía no habíamos llegado a lo peor del populismo chavomadurista!

Ya hablaremos de eso.

LAPATILLA.COM

viernes, 2 de agosto de 2019

Crónicas del Olvido
“BAQUIANO, VOLANDO RUMBOS”

(Vida y obra de Alberto Arvelo Torrealba)
**Alberto Hernández**
1.-
Alberto Arvelo Torrealba era de los pocos mortales que le conocía las mañas al diablo, por eso se hizo Florentino para encararse con él y probarse. Asumió la personalidad del cantador llanero para hacerle frente a la historia de su país, la que vivió con creces desde su vocación de escritor, abogado y diplomático.
Aunque –según estudiosos de su obra y vida- prefería al oscuro por la calidad de su tono, verbo y fuerza.
Viaja uno lector por los llanos, por la historia cercana de este país y por la vida de un hombre que a diario suena en Venezuela. Alberto Arvelo Torrealba es, precisamente, llanos, país y existencia y de esta manera lo registra Gehard Cartay Ramírez en su libro “Baquiano, volando rumbos (Vida y obra de Alberto Arvelo Torrealba)”, publicado por el Fondo Editorial de la Alcaldía del Municipio Barinas, 2017.
Es una lectura apaciguada por el talante del sujeto estudiado. Un libro que completa el tránsito de quien es el autor de una obra cimera. Una obra sembrada en el país que lee y en el país que recita de memoria sus versos. Es un libro donde la política, la poesía, la geografía, la hidrografía y el alma de una tierra arropa con gracia la versatilidad de un artista que hizo de su lar nativo icono, representación, savia y asunto, para que el país supiera de sus secretos, de sus arranques de vitalidad terrena. Es un libro enjundioso donde hablan muchos personajes. Donde se mueven y también viajan muchos nombres y apellidos que han construido o afectado, de alguna manera, la historia de esta geografía mestiza.
2.-
Gehard Cartay Ramírez es barinés como Arvelo Torrealba. Fue gobernador de su patria chica entre 1974 y 1992. Abogado y escritor, se dedicó a seguirle los pasos a este viajero impenitente que sigue siendo Arvelo Torrealba, porque de muchas maneras está en la voz de los venezolanos y araucanos de este lado y del lado colombiano. Su obra continúa diciendo, hablando, cantando, recitando, declamando. Es una poesía para eso, para añadirle a la tierra rural, a los ríos, al campo la gracia que ha perdido en la ciudad. Aquel terruño olvidado por quienes nacieron en él. Una tierra a la que se le puede seguir cantando en otro tono, sin necesidad de regresar al espíritu de aquellos que la siguen viviendo. El ejemplo está en Efraín Hurtado, quien construyó una poética del llano vista desde su formación académica sin dejar de tocar lo que le atañía como nacido en él.
Alberto Arvelo Torrealba es un clásico de la palabra del monte, de la palabra cerrera, orejana, vibradora como los caños y correnteras que cruzó y navegó. Es un bonguero que, como los personajes de Gallegos, sabía de la hondura, orillas y barrancos de las diferentes corrientes de los estados llaneros de Venezuela. Su poesía se asentó en ellas y de allí su paisaje y sus personajes.
Para quienes podrían amanecer con al ceño fruncido, es relevante afirmar que nadie que viva alejado de los asuntos de la “llaneridad” escribiría como Gallegos o como Arvelo. Pero se impone decir que su paso por este mundo dejó calcada, herrada, marcada la bestia, los demonios y los ángeles que sobrevuelan aquella tierra plana en la que apareció este país.
Por esa y muchas razones es preciso hacer un registro de autores y obras de quienes han nacido y escrito acerca de las cosas de los llaneros y sus vidas viajeras, trashumantes o detenidas en el mismo lugar.
3.-
El tomo de Gehard Cartay convida al lector a revisar los capítulos que cuentan la existencia del poeta y prosista barinés, quien fuera abogado, diplomático, ecologista, viajero y atento observador de la conducta de sus paisanos.
Este libro, para leer corrido o consultar, se extiende sobre el cuero seco de la historia que mucha gente de hoy, sostenida por el mal uso de la tecnología, desconoce. Una historia que se revela en estas páginas desde “La Venezuela de 1904”, pasando por la miseria de Barinas, Juan Vicente Gómez, Rómulo Gallegos, el liceo Caracas donde estudió el autor y algunos de los futuros gobernantes de la Nación. Igualmente, estudia Cartay todas las obras de Arvelo, desde “Música de cuatro” hasta “Lazo Martí, vigencia en lejanía”, que escribió, esta última, en su lecho de enfermo. Por supuesto, “Florentino y el Diablo” ocupa un espectro más amplio por ser la obra más importante del escritor barinés.
Datos y más datos dan cuenta de este exigente trabajo de Gehard Cartay. Me atrevo a decir que el más completo sobre el autor de los contrapunteadores de los llanos de este país olvidadizo.
“Caminos que andan” es un estudio de los ríos llaneros. Es un ensayo, una investigación que revela el carácter de este hombre que desde que escribió su primer trabajo no ha dejado de ser nombrado en casi todo el país. Su “Florentino y el Diablo” fue llevado a grabación. José Romero Bello y el Carrao de Palmarito hicieron de esa obra espacio de atracción cultural en medio mundo. Y así, desde “Doña Bárbara” y “Cantaclaro”, de Rómulo Gallegos, hasta la “Cantata Criolla”, de Antonio Estévez, el cantador anónimo, después Florentino Coronado, luego Florentino a secas, es la huella más honda que representa, junto con “El alma llanera”, el espíritu y ánima de quienes nacieron en esos potreros y aún recuerdan haber nacido allí.
Baquiano, Arvelo Torrealba sigue siendo entonado por coros, orfeones, orquestas y cantantes solistas que han hecho de ese poema, de esa copla, parte del espíritu de Venezuela.


sábado, 8 de junio de 2019


Informan los escasos medios de comunicación social existentes que le han cambiado el nombre al estado Vargas. Era, por cierto y como lo ha recordado el escritor Rafael Arráiz Lucca, la única entidad federal venezolana que llevaba el nombre de un prócer civil.

Por esa razón y muchas más, se trata, sin duda, de otro atropello a la civilidad, dado que el sabio José María Vargas, aparte de haber sido presidente de la República (1835-1836), fue también rector de la Universidad Central de Venezuela entre 1827 y 1832 (UCV).

No debería extrañarnos, desde luego. Los venezolanos padecemos desde hace 20 largos años un régimen perverso y antipatriótico que ha pretendido eliminar la conciencia civil de nuestra gente e imponer, al costo de lo que sea, el más brutal militarismo que hayamos conocido, ¡y vaya que se trata de un récord, incluso en este país que ha soportado más 150 años de gobiernos militares desde 1830!

No resulta, por lo tanto, una casualidad que Vargas haya sido el primer presidente civil víctima de un golpe de Estado, comandado por el coronel Pedro Carujo, precursor del chavomadurismo y quien encabezó el atentado contra el Libertador en 1828. Por cierto que el general José Antonio Páez derrotó entonces a los golpistas y repuso en su cargo al sabio Vargas. Tal vez la decisión de quitarle su nombre al estado donde nació signifique también una reivindicación de aquella acción golpista. Así honrarían una vez más al golpismo que, como se sabe, inspiró el nacimiento del chavomadurismo.

Pero no debe extrañarnos, insisto. Un régimen tan funesto como el actual, que ha reducido la historia nacional a las figuras militares de Bolívar, Zamora y Chávez -y decretado el olvido de los héroes civiles, Vargas entre ellos-, se regodea con estas perversiones. No hay que olvidar que en el mismo Palacio de Miraflores hace años, después que arribó el chavismo al poder, fue sustituido un busto del escritor Rómulo Gallegos -primer presidente electo por el pueblo venezolano- y en su lugar colocado otro del general Cipriano Castro, quien ocupó ese mismo cargo por la puerta trasera del golpe de Estado entre 1899 y 1908. El presidente Gallegos, como se sabe, fue derrocado por los militares en 1948, nueve meses después de haber tomado posesión del cargo. Ese simple gesto habla por sí sólo del militarismo rampante que llegó al poder con Chávez y su cúpula podrida.

Por cierto, no creo, como afirman algunos, que tratar este tema sea un elemento de distracción sobre los graves problemas del país. Habría que ser muy estúpido para que un asunto como este nos haga olvidar el drama diario que vivimos los venezolanos en esta hora aciaga…

viernes, 7 de junio de 2019

Este es un libro sumamente interesante: trata sobre la tragedia política, económica y social de Zimbabue, un país africano dirigido por una dictadura militar. Para variar, su anterior tirano, Robert Mugabe, era admirado por Hugo Chávez, y hasta le entregó una réplica de la Espada de Bolívar, al igual que hizo con otros dictadores a que también lo embelesaban. El libro –escrito por Philip Haslam y Russel Lamberti– narra cómo aquel país, que fue uno de los más adelantados de África en los años ochenta, tocó fondo bajo una dictadura militar de más de 30 años. Lo asombroso es que el régimen chavomadurtista ha resultado una copia de la tragedia de aquel país, aunque peor en muchos aspectos, especialmente en cuanto a la híper inflación. Si la de Zimbabue llegó ser la más alta del mundo en su momento, la de Venezuela la ha superado con creces. Pero no sólo eso. El traductor del libro, el venezolano Federico González Daboín, le escribió a uno de los autores: “¿Conoces lo que ha sucedido en Venezuela durante los últimos 20 años? Si cambias las palabras Zimbabue por Venezuela y zimbabuenses por venezolanos, ¡tendrás otro libro! Pero sería una versión más aterradora, porque hay que agregar tecnología; supuestos carteles de la droga; corrupción en el manejo del petróleo, oro y recursos naturales; relaciones con Irán (uranio), Rusia (oro), China (recursos naturales) y Cuba (dinero y petróleo) También hay que mencionar la violencia promovida por “colectivos” afectos al Gobierno, que incluyen milicias impunes por asesinatos, robos y secuestros…” Philip Haslam, uno de los autores, menciona en el prólogo los desmanes que sufre Venezuela “en manos de un gobierno civil-militar corrupto”. Y menciona los millones de venezolanos que han abandonado su patria, huyendo de la tragedia que la asola; la ineficacia de las tres reconversiones monetarias hechas por el régimen; el hambre y la desnutrición generalizadas; la pobreza creciente que afecta a la clase media y empobrece aún más los más pobres; la descomunal crisis de los servicios públicos (los “apagones” prolongados, la falta de agua, de gas y de gasolina –en un país que hasta hace poco la exportaba, junto al petróleo y el gas, y que hasta vendía electricidad a sus vecinos); etc, etcétera). Vale la pena leerlo porque, aunque trata sobre la catástrofe de Zimbabue, allí se retrata también la que ahora sufrimos en Venezuela.

sábado, 25 de mayo de 2019

136 aniversario del natalicio de Alfredo Arvelo Larriva

Ayer se cumplieron 136 años del natalicio del eximio poeta bariniteño Alfredo Arvelo Larriva. No hubo ninguna conmemoración oficial ni particular al respecto, a pesar de ser nuestro bardo paisano uno de los poetas más importantes del siglo XX venezolano. Pero ya se sabe que para el chavomadurismo la historia se reduce a tres nombres: Bolívar, Zamora y Chávez. Y del mundo civil absolutamente nadie merece ser recordado porque, sencillamente, no existe para el régimen.

Cito a continuación una parte de mi libro "Baquiano, volando rumbos. Vida y obra de Alberto Arvelo Torrealba" (2017), donde menciono la relación entre ambos poetas y primos: "El primo Alfredo Arvelo Larriva: En 1924, cumplidos los veinte años, el joven Arvelo Torrealba fue enviado a Caracas a realizar sus estudios secundarios. Barinas carecía entonces de institutos educacionales que ofrecieran tal posibilidad y en las ciudades cercanas donde funcionaban institutos de educación media, como Barquisimeto o Mérida, no residían familiares o amigos de confianza. Caracas era en aquel tiempo una ciudad pequeña -no llegaba a los doscientos mil habitantes-, apacible y agradable, con un atrayente clima y un ambiente ideal para el estudio y la reflexión. Tenía también, a pesar de su tamaño, una cierta vida cultural, en la medida en que el gomecismo la permitía, es decir, siempre que no estorbase los planes del dictador para perpetuarse en el poder. En la capital de la República vivía el poeta Alfredo Arvelo Larriva, sobrino y amigo de don Pompeyo. Alfredo, a quien confiaron finalmente el cuidado del primo adolescente, le llevaba 20 años y era ya un poeta consagrado en los círculos literarios y en la prensa caraqueña. Había publicado dos libros de poesía -Enjambre de rimas, en 1906, y Sones y canciones, en 1909-, aparte de escribir con frecuencia en la prensa capitalina y en algunas publicaciones especializadas, como El Cojo Ilustrado y La Lectura Semanal. Perteneció a la segunda generación modernista venezolana, junto a Jesús Semprún, Luis Correa, Alejandro Carías, Sergio Medina y José Tadeo Arreaza Calatrava. “La época en que escribió -reseñaría años después otro barinés, el también poeta Rafael Ángel Insausti-, saturada de la influencia de Rubén Darío, explica algunas excelencias y algunos defectos y debilidades de su poesía. Pero al revés de innúmeros hispanoamericanos que vivieron y murieron en olor de imitación, él intentó desde sus primeros poemas definir y acentuar las cualidades de que estaba inconfundiblemente dotado (…) Supo singularizar su verso, ágil, ecoante, conciso, viril por la fuerza de su textura y por el prurito de crearse a cada paso dificultades, no más que para saborear los placeres de la lid y del vencimiento (…) Había nacido para las grandes audacias, de esas que casi cambian la fisonomía de los idiomas. Lástima que se satisficiera con poco”.

La de Arvelo Larriva fue, sin duda, una personalidad trágica. En 1905, estando en Ciudad Bolívar, de paso para el Territorio Amazonas, muere su adversario en un lance personal. Permanecerá luego ocho largos años preso en las cárceles de Ciudad Bolívar, Maracaibo y Caracas. En ese tiempo publica los dos libros señalados y en 1911 funda la revista Sagitario. En marzo de 1913 sale en libertad, pero ese mismo año vuelve a la cárcel, esta vez por conspirar contra la dictadura gomecista, al lado del general Román Delgado Chalbaud, quien vive exilado en Francia. Ocho años después, en agosto de 1921, sale en libertad. Entre 1922 y 1927 residirá en Caracas, pero se trasladará con cierta frecuencia a Barinitas. Será entre 1924 y 1927 cuando Arvelo Torrealba entrará en contacto directo y personal con su primo Arvelo Larriva. Debió ejercer, desde luego, una enorme influencia sobre el estudiante, pues aparte del parentesco, Arvelo Larriva tenía su representación legal. Muchas seguramente fueron las tertulias entre el poeta en ciernes y el poeta ya consagrado, y tal vez por eso en los primeros versos del más joven se nota un cierta influencia del bardo bariniteño. Sin embargo, el poeta Arvelo Larriva viajará a Europa en 1927, y aún cuando volverá en 1928, cumpliendo tareas conspirativas bajo la jefatura del general Román Delgado Chalbaud, una vez fracasada la aventura del Falke en las costas de Cumaná, se trasladará en 1929 a Colombia y México, luego a Barcelona y, finalmente, a Madrid, donde morirá el 13 de mayo de 1934, a los 51 años de edad, víctima de un infarto". .

martes, 16 de abril de 2019

Arvelo y Cartay, dos hombres de palabra

 • Sábado 13 de abril de 2019
“Baquiano, volando rumbos”, de Gehard Cartay Ramírez
Baquiano, volando rumbos
Gehard Cartay Ramírez
Ensayo biográfico
Fondo Editorial de la Alcaldía de Barinas
Barinas, 2017
ISBN: 978-980-7771-03-0

I

La intención de esta crónica es la de celebrar con mi aplauso la aparición del ensayo Baquiano, volando rumbos, de la autoría de Gehard Cartay Ramírez, escritor de muchos rumbos y valía. Se trata de un hermoso relato de la vida y obra del poeta nacional Alberto Arvelo Torrealba (uno de ellos), un libro lleno de horizontes reveladores de las cosas más sencillas y desconocidas del autor de Florentino y el Diablo. Es pues, la obra de Cartay un lugar donde el retrato del poeta Arvelo se multiplica y se va como el tañío de los copleros a los distintos rincones que el espíritu del hombre dispone para sus emociones más profundas.

II

Respetables escritores venezolanos como Alexis Márquez Rodríguez con Aquellos mundos tersos; Orlando Araujo con Contrapunteo de la vida y la muerte, que le valió el Premio Nacional de Literatura; Humberto Febres Rodríguez con En negra orilla del mundo, y más recientemente Frank Pérez Contreras con Caminos del desamparo, Florentino y el Diablo (poesía y códigos poéticos de Arvelo Torrealba), pero ninguno, sin soslayar sus aportes para la comprensión de la obra de Arvelo, pudo develar la verdadera estatura intelectual y creadora del poeta de Música de cuatro: educador, jurisconsulto, ensayista, diplomático y, aunque suene redundante, poeta, gran poeta, como lo ha hecho Gehard Cartay, al descubrir las edades con que Arvelo Torrealba cultivó su vida, a su paso por este lado del planeta; todo esto gracias a la investigación disciplinada que durante años realizó para darse la mano con el hombre de la palabra encantada que el llano canta en verano y en invierno.

III

Baquiano, volando rumbos, fue editado por el Fondo Editorial Municipal de la Alcaldía de Barinas en 2017, y como cosa curiosa, por lo novedoso en la ensayística universal, Cartay Ramírez logra el cuerpo del libro como si desenvolviera papeles antiguos, rebosantes de poesía, para la historia de la literatura venezolana, la figura total de Alberto Arvelo Torrealba, la palabra que eterniza al hombre con su tierra, que inventó para vivir en poesía.

IV

Ya Arvelo venció, definitivamente, al Diablo, que lo tenía, entre cantos y lejanías. Su permanencia en la ciudad natal (Barinas) es relatada con bonitura por Cartay Ramírez, sus idas y venidas, siempre con la poesía a flor de labios; la vida estudiantil del poeta en Caracas también es minuciosamente narrada, donde fue condiscípulo de unos que fueron presidentes, ministros, científicos y grandes escritores.

V

Baquiano, volando rumbos, es para mí obra definitiva para el conocimiento integral del hombre que marcó los caminos de su vida con la poesía y el amor por su tierra nativa. Espero que se encienda una vela en el cuarto oscuro y aparezca una editorial que se interese en hacer una edición con un tiraje considerable, porque Baquiano, volando rumbos, es hasta ahora como un secreto, por lo limitado de su edición; la obra de Cartay Ramírez, abogado, político y escritor, bien vale la pena, va mi aplauso.
Alberto José Pérez

Alberto José Pérez

Poeta, editor y comentarista literario venezolano (El Samán, Apure, 1951). Ha publicado unos veinte libros de poesía, crónicas de libros y entrevistas. Sus últimos títulos son Un poeta como yo (Ediciones Mucuglifo), Confesionales (El Perro y La Rana), En la alta noche (Fondo Editorial del Caribe), La revelación del otro (El Perro y La Rana) y Pequeña antología (Editorial La Espada Rota). Es colaborador permanente de Contenido,suplemento literario del diario El Periodiquito. Ha sido galardonado con el Premio Único de Poesía de la Bienal de Literatura de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y con el Premio Nacional de Poesía “Centenario de Enriqueta Arvelo Larriva”. Fue distinguido por la Red de Escritores de Venezuela con el premio “Compañero de Viaje”, en reconocimiento a su contribución a las letras nacionales. Reside en Santa Clara (Barinas).

Sus textos publicados antes de 2015
166 • 171 • 174 • 181 • 187 • 188 • 195 • 201 • 205 • 210 • 211 • 216 • 228 • 230 • 239 • 246 • 249 • 260 • 263 • 264 • 265• 266 • 271 • 273 • 276 • 280 • 289 • 296
Editorial Letralia: XIII. Experimento de letromancia (coautor)

domingo, 14 de abril de 2019


Un libro políticamente incorrecto

Fernando Luis Egaña

“Caldera y Betancourt: Constructores de la Democracia”, publicado en 1987 por el político y escritor venezolano Gehard Cartay Ramírez, con el sello editorial de Centauro, es decir de José Agustín Catalá, puede ser considerado como un libro “políticamente incorrecto”. Es más, como la suma de lo que es un libro “políticamente incorrecto”, en lo que se refiere a la historia de la democracia venezolana. En realidad, no toda su historia, sino la que va desde los albores de la lucha democrática en el siglo XX, hasta básicamente el caudaloso boom de los precios del petróleo, cuando ya finalizaba el tercer período presidencial de la República Civil, el presidido por Rafael Caldera de 1969 a 1974. El tema del libro es la importancia de Caldera y Betancourt en la construcción de la democracia. Al presentarse en 1987, ya Rómulo Betancourt había concluido su “parábola vital”, en 1981, y Rafael Caldera mantenía una intensa actividad como Senador Vitalicio y como líder político, tanto dentro como fuera de las fronteras del partido socialcristiano Copei. Y es evidente que la democracia que tanto costó construir, ya había entrado en un período de aguda crisis y, en no pocos aspectos, de descomposición, que el autor no ignora sino que pondera con angustia. Pero como es mi deber ceñirme al libro que intento prologar, le ahorraré al amable lector mis propias elucubraciones sobre esa accidentada historia que se desenvuelve vertiginosamente en la parte final del siglo pasado. Etapa cuyo examen de activos y pasivos todavía está por realizarse de una manera exhaustiva y desapasionada. Sus pasivos, reales e imaginarios, han sido objeto de machacona insistencia. Sus activos, no. Ese balance hay que hacerlo. Esperemos que Gehard Cartay disponga su talento en esa dirección. La densa apostilla que el autor incorpora al texto original, para precisamente hacer una sucinta evaluación de los tiempos posteriores a 1987, puede indicar que una nueva obra que complete la historia de la democracia, está por concebirse y adelantarse. Ojalá y así sea.
Volviendo, pues, a la “incorrección política”, tenemos que empezar por el principio, o el título del libro: colocar a Caldera antes de Betancourt, por lo menos sería una osadía, y para no pocos una herejía, y ya no tanto en relación con la “historia oficial” del presente, de la cual ambos se encuentran erradicados, sino de eso que llaman la sabiduría convencional o el sentido común. El entonces Senador Vitalicio Rafael Caldera, en sus palabras en la presentación del libro, reconoció claramente que Betancourt es “una figura a la cual correspondió el primer lugar, la primera responsabilidad en el proceso de establecimiento y consolidación de la democracia venezolana”. ¿Cómo es eso que el nombre del “padre de la democracia” vaya después de cualquier otro nombre, al ser historiada la propia democracia? No luce razonable. Incluso luce de mala índole. Más adelante veremos por qué el título seleccionado por Cartay no es una osadía, ni por supuesto una herejía, ni tampoco una distorsión interesada de la realidad histórica. Tiene una justificación que no suele apreciarse, que seguramente no fue apreciada lo suficiente en el tiempo de la publicación del libro, ni con posterioridad, pero que ahora debe plantearse de nuevo, con toda la insistencia de la verdad.
Hace poco me topé con una expresión aleccionadora: el olvido del pasado, implica, inexorablemente, la obliteración del futuro… Es una expresión radical en la que no caben fracturas. Y es una expresión veraz en relación con la tragedia venezolana del siglo XXI. Obliterar significa tachar, borrar, obstruir, devastar, en pocas palabras: anular la posibilidad de un futuro humano y digno, en el sentido que la referida expresión tiene para nuestro país. Obliterado se perfila el futuro de Venezuela, tanto o más de lo obliterado que ha estado su devenir bajo la egida de la hegemonía despótica y depredadora que viene imperando sobre la nación venezolana. Y en gran medida ello se debe al olvido del pasado. Pero no únicamente el olvido natural que se va produciendo con el paso de los años, que desdibuja la memoria y difumina los recuerdos. No. Otro tipo de olvido. Uno manufacturado por y desde el poder. Uno impuesto por las malas y las peores a través de todos los recursos públicos, y aceptado con poca o ninguna crítica por parte de mucha gente llamada a defender la trayectoria de nuestra democracia, pero que prefirió quedarse callada o, peor aún, transmutarse en colaboradores de lo que Manuel Caballero calificó como la pretensión de abolir la historia.

De allí que el conjunto de las nuevas generaciones manifieste una ignorancia crasa y supina –como le gustaba decir al sacerdote jesuita Francisco Arruza--, sobre el proceso de construcción de la democracia en Venezuela, tema central del libro de Gehard Cartay. Y se incluye en ese conjunto, con valiosas excepciones, a quienes han buscado liderar la lucha política desde el relevo generacional. Por eso es tan oportuna la nueva edición de “Caldera y Betancourt”. Cierto que debe reconocerse un interés de nueva data en inquirir sobre la historia de Venezuela, y en particular en relación con los llamados “antecedentes” que explicarían el ascenso de la hegemonía roja. Y hay textos que reflejan ese interés. Pero entre varios de estos, hay tanta tergiversación, tanta acomodación partisana, cuando no falseamiento descarado, tanta basura editorial, para usar unos términos tajantes, que una obra como la de Cartay, seria, bien diseñada, bien documentada, y bien escrita, es un aporte genuino al entendimiento de nuestra conciencia histórica.

El objetivo de estas líneas es enfatizar tres tópicos que son definidos en el libro de una manera esclarecedora, aunque el grueso de la opinión pública considerase las cosas de otra manera. El primer tópico es que sin Acción Democrática y Rómulo Betancourt no habría sido posible la construcción de la democracia venezolana, pero... sólo con Acción Democrática y Rómulo Betancourt, tampoco habría sido posible esa hazaña. A ver: AD con Betancourt como máximo líder es el promotor fundamental de la nueva política del siglo XX. La política de los partidos políticos. Sin éstos, la vieja política, la política de tradición militar –con sus distintas expresiones, desde las plenamente dictatoriales, hasta las inspiradas por un magisterio protocivilista-- habrían permanecido en Miraflores. La construcción de la democracia habría quedado como una quimera, o como un proyecto fallido, en el mejor de los “escenarios”. Sin embargo, si AD y Betancourt hubieran persistido en la aspiración o tendencia  originaria de establecer una hegemonía política, sin opciones reales de alternancia en el poder para otros partidos o corrientes políticas, entonces esa hegemonía, por definición, no habría sido democrática y, probablemente, habría traído de vuelta al factor militar al centro del poder. No estamos especulando sobre hipótesis etéreas. El desenvolvimiento del Trienio (1945-1948) y su truncada conclusión, sin desmeritar ni un ápice su contribución al impulso de un proyecto nacional-democrático, demuestran que las tendencias hegemónicas, más temprano que tarde, terminan contradiciendo las aspiraciones democráticas.
Todo esto quiere significar, que el papel de Copei y Caldera, en el proceso constructor de la democracia, no es uno meramente importante, ni mucho menos auxiliar; es un papel esencial, porque sin Copei y Caldera, no se hubiera consolidado un equilibrio político que hiciera posible la alternancia, vale decir, la verdadera construcción de una democracia perdurable. En otras palabras, Copei y Caldera fueron un componente esencial de la democracia venezolana, tal y como ésta se fue iniciando, desarrollando, arraigando, y desde luego conduciendo al país durante décadas. Ello no menoscaba la relevancia de Acción Democrática y, en especial, de Rómulo Betancourt. Al contrario, la sitúa en una perspectiva de madurez y sana comprensión de la democracia como un sistema de pesos y contrapesos. Y los mismos, por cierto, no se improvisan o decretan, sino que se reconocen y aprovechan para darle piso a la convivencia democrática. El tan comentado “sectarismo adeco” de los primeros años en el poder, no resucitó, tal cual, en el complejo establecimiento de la República Civil. El Pacto de Punto Fijo es una prueba fructífera, y no tanto porque se haya suscrito, sino porque Betancourt y la mayor parte de AD, y Caldera y Copei, a pesar de todos los pesares, lo cumplieron del primer al último día del quinquenio inaugural de la naciente democracia. Quizá quien mejor lo admite y congratula con su elocuencia singular, ha sido el propio presidente Betancourt, como queda reflejado en esta obra. Y esto nos lleva al segundo tópico.

No es cierto, como se ha alegado hasta el cansancio, de buena y mala fe,  que Betancourt haya “inventado” a Caldera y a Copei, como una especie de taumaturgo que necesitaba una contraparte formal para la presentación democrática de su proyecto político. Gehard Cartay expone la falsedad de ese alegato, no con opiniones teñidas por su adherencia a la ideología socialcristiana, sino con argumentos documentados según criterios profesionales. Viene a cuento la conseja de que todos tenemos derecho a nuestras propias opiniones, pero no tenemos derecho a nuestros propios hechos. Y los hechos son tercos, como proclamaba Lenin. Para comenzar, la génesis del movimiento socialcristiano en Venezuela tiene una trayectoria y autonomía propias. Siempre en el marco de la apertura que se inicia en 1936, que es el contexto general para todas las iniciativas políticas de aquella época. Y ese nacimiento del movimiento socialcristiano, cuya primera expresión principal es la UNE, no es consecuencia de una directriz foránea, sino que es una expresión profundamente nacional. A través de los años y de formas políticas diversas, esa corriente política desemboca en la fundación de Copei, en 1946, como un partido político de proyección hacia toda las regiones del país, y con la vocación expresa de irse acuerpando para llegar democráticamente al poder. Lo cual lograría al ganar las elecciones de 1968, luego de un proceso continuo de crecimiento político que sobrevivió muchas adversidades, tanto por el fundamentalismo en la dinámica política de origen democrático, como por el ensañamiento de la dictadura militar.

Caldera no llegó a la presidencia gracias a unas muletas de Betancourt. Y si se aduce que su victoria es efecto de una división de AD instigada por Betancourt, acaso para favorecerlo; Cartay responde con claridad esos peregrinos señalamientos, recordando que el ámbito político de centro, opuesto o distinto a AD, también fue dividido a esos comicios. La expansión política de Copei y del liderazgo de Caldera, se entendía entonces, que lo encaminaría a liderar el gobierno. No fue sorpresivo su triunfo ni podía serlo, dado el historial de constante ascenso de esa parcialidad política y de su figura principal. No obstante, Rómulo Betancourt tiene en relación a Caldera y Copei, un mérito que se debe valorar y que por diversos motivos no se hace: el de darse cuenta que la construcción de la democracia, sobre todo a partir de 1958, requería de modo esencial de la participación activa de los socialcristianos. Pudo no haberlo hecho. Pudo haberse equivocado, por ejemplo, y apostar el sustento de la democracia en Jóvito Villalba y su partido. Pero Betancourt no se volvió a equivocar. Acertó. Y ese acierto es consecuencia del reconocimiento de una realidad política, más allá de sus preferencias. Y esa realidad la constituyó la fuerza y representatividad nacional alcanzada por Caldera y Copei, a lo largo de una dilatada y complicada lucha política. Si además esa realidad no contravenía sus convicciones de estadista y político de raza, mejor todavía. Y estas reflexiones nos conducen al tercer tópico.
Gehard Cartay se explaya con soltura y conocimiento sobre las diferencias entre Caldera y Betancourt, en cuanto a la formación política, sus orientaciones ideológicas, sus peculiaridades al ejercer el liderazgo partidista y gubernamental, y otros aspectos de importancia. Pero lo novedoso de su análisis es que no se limita al amplio tema de las diferencias, sino que también se ocupa de las semejanzas. Por las razones propias de un prólogo –que tiene por finalidad presentar un libro y no esbozar otro--, destaco tres semejanzas que Cartay considera extensamente, aunque no las desglose en la misma secuencia.
La primera semejanza es que Betancourt y Caldera, Caldera y Betancourt, a los efectos de estas consideraciones, el orden de los factores no altera el producto… fueron caudillos políticos. Los grandes caudillos políticos de la democracia venezolana. Un caudillo es un jefe que no tiene par en su colectivo. Lo específico de Caldera y Betancourt es que fueron caudillos civiles. Su arma no era el fusil sino la pluma y el estrado. Su instrumento no era el ejército, de montonera o de academia, sino el partido político. Su proyecto no era simplemente llegar y mantenerse en el poder, sino promover una transformación política, económica y social de la nación venezolana, en el horizonte de una democracia hecha en Venezuela, y sujeta a reglas institucionales. Los caudillos, por más disimiles que sean en innumerables cuestiones, pueden entenderse en tanto caudillos. Se advierten recíprocamente como tales y pueden ponerse de acuerdo, en medio de situaciones extremas que favorecen el conflicto o la confrontación. No será muy académica esta aseveración, pero tampoco es aventurada. La experiencia lo confirma.
Una segunda semejanza es que Betancourt, bisoño aún, entendió que el quehacer político exigía la creación de un partido político. No de una corriente de opinión o de un movimiento de voluntades más o menos convergentes. No. De una estructura política, con una doctrina delimitada, con unos comandos de dirección, con una presencia organizativa a lo largo y ancho del país, y con la explícita vocación de luchar para alcanzar el poder y llevar a la realidad su proyecto de transformación. Caldera también lo entendió de esa manera, y actuó en consecuencia. AD se funda oficialmente en 1941 y Copei en 1946. No sería una insensatez el afirmar que un principio rector de estos dos partidos fue el centralismo democrático. Eufemismo leninista para denominar al partido de masas con un mando vertical, en el que hay espacio para discutir sobre la decisión más conveniente, pero una vez adoptada, se acaban los espacios deliberativos y se impone una línea única de acción. AD demostró ser un partido más heterogéneo que Copei. Sus traumáticas divisiones internas ocurrieron en un tiempo en que importantes voceros copeyanos se ufanaban que su partido era “anti-sísmico”. Pero esto es secundario al asunto principal: ni Betancourt ni Caldera concebían que pudiera existir una actividad política eficaz sino a través de partidos políticos. Y buena parte de sus vidas en el dominio público, estuvieron dedicadas a forjarlos.
Una tercera semejanza tiene que ver con la centralidad de la cuestión social en el discurso y en el obrar político. Desde fuentes intelectuales distintas: el marxismo primero y el reformismo nacionalista después, en Rómulo Betancourt; y la Justicia Social, inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia y el Derecho Laboral de América Latina, en Rafael Caldera; la temática social siempre está en la vanguardia del mensaje. No es una casualidad, ni menos una extraña confluencia desde posiciones ideológicas diferentes. La semejanza rebasa las rígidas categorías de izquierda o derecha, que muchas veces no aclaran sino oscurecen las explicaciones. Gehard Cartay lo sugiere y me permito seguirlo al sostener que la primacía de lo social surge de la propia realidad que vivía Venezuela, cuando las libertades públicas empiezan a permitir que el país se vea en el espejo de una miseria generalizada, de un atraso educativo pasmoso y de una situación de insalubridad pública de proporciones trágicas. El Programa de Febrero, anunciado y comenzado a llevar adelante en el gobierno de transición del general Eleazar López Contreras, es un signo ejemplar de la entrada del drama social en la máxima ocupación oficial del Estado venezolano. ¿Cómo no iban el nacional-revolucionario Betancourt, y el social-laboralista Caldera, asumir ese drama como el núcleo capital de sus respectivas propuestas políticas? Y lo hicieron desde el principio, Betancourt en sus abundantes escritos durante el exilio gomecista, y a su retorno a Venezuela en su infatigable tarea de difusión política; y Caldera desde sus columnas estudiantiles en la prensa, y en su labor universitaria y legislativa como  promotor del concepto del trabajo como hecho social.
El lema fundacional de AD fue “Pan, Tierra y Trabajo”, y el de Copei: “Por la Justicia Social en una Venezuela mejor”. La centralidad de lo social es, como se expresaría ahora: “pública, notoria y comunicacional”… Algunos, en estos años de mengua, creen que están innovando al proponer la consigna de una “democracia social”. No es ni nueva ni original. No sé si sus recientes proponentes estarán al tanto, pero la noción de democracia social se encuentra en los cimientos del proceso de la construcción de la democracia venezolana, tanto en Betancourt como en Caldera. Una dimensión de la importancia de lo social en la lucha política, es su valoración desde una óptica nacional, asentada en nuestra historia, y con la aspiración de superar las extremas necesidades con base a políticas nacionales, no a fórmulas internacionalistas, viniesen de donde viniesen.
Estas apretadas páginas son, apenas, una presentación muy escueta de una obra de trascendencia.  “Caldera y Betancourt: Constructores de la Democracia”, lo es, sin lugar a dudas. Su “incorrección política” en relación a la caricatura de cultura política que impera en Venezuela, puede que la haga llamativa. Pero lo más deseable es que contribuya a que no sigamos olvidando el pasado, y por el contrario lo rescatemos con las luces que merece. Y no quisiera concluirlas sin hacer una referencia a Gehard Cartay Ramírez, político y escritor, quien ha dedicado su vida pública no sólo a la acción política y gubernativa, como parlamentario socialcristiano y exitoso gobernador de su tierra natal, el estado Barinas; sino también a pensar y escribir sobre la historia contemporánea de Venezuela, desde múltiples ángulos y privilegiando el género histórico-biográfico. Mi buen y respetado amigo, Gehard Cartay tiene mucho por hacer en este país que necesita hacerse de nuevo.

Caracas, mayo, 2018

(Prólogo de Fernando Luis Egaña a la segunda edición de mi libro "Caldera y Betancourt, Constructores de la Democracia". Publicado en el "Papel Literario" de "El Nacional", sábado 13 de abril de 2019.)