viernes, 31 de agosto de 2018


EL PEOR RÉGIMEN DE NUESTRA HISTORIA
Gehard Cartay Ramírez
Nunca antes hubo un régimen tan incapaz, inepto, corrupto e insensible como el actual, pese a que, desde 1999, manejaron una montaña de petrodólares como ninguno otro en nuestra historia.
Nunca tuvimos un presidente peor evaluado que el actual, cuyo único mérito histórico será haber superado en esa escala a Julián Castro, quien desgobernó Venezuela entre 1858 y 1859, y al que siempre se le tuvo como el más infame de todos los gobernantes en nuestra historia republicana.
Y es que, luego de casi dos décadas de ininterrumpido y abusivo ejercicio del poder por parte del castrochavomadurismo, son inocultables sus signos del cáncer terminal: una economía en ruinas (hambre, miseria, desabastecimiento, escasez, alto costo de la vida, hiperinflación), inseguridad como nunca, huída de millones de venezolanos hacia otros países y una desvergonzada corrupción en todas las escalas oficiales (desde la más alta hasta la más baja) y privadas. Ciertamente, Venezuela nunca estuvo peor que ahora, lo cual ya es mucho decir.
Lo que estamos presenciando en estos trágicos días es la demostración más escandalosa de que hoy en Venezuela no hay gobierno, sino un régimen dictatorial –tutelado por otra dictadura foránea– signado por la corrupción, el saqueo y su propósito criminal de destruir el país. ¿O alguien, a estas alturas, puede dudarlo?
Así las cosas, nadie sensato puede pretender que este régimen va a ocuparse de resolver los problemas que ha creado desde 1999, sobre todo si hay que concluir forzosamente que hoy el principal problema de Venezuela es precisamente ese mismo régimen.
No han faltado quienes señalan que, más allá de tan colosal ofensiva de destrucción nacional y del vulgar despojo que el régimen nos ha hecho a todos –empobreciéndonos cada vez más–, hay motivaciones mucho más sombrías. No faltan economistas serios y prestigiosos han llegado a afirmar, incluso, que detrás de todo este colosal desastre castrochavomadurista hay una gigantesca operación de lavado de dineros sucios, provenientes de mafias oficialistas vinculadas a negocios ilícitos. Tal vez tengan razón, porque con gente de esta ralea todo es posible.
Otros han señalado que se trata de un plan estructurado desde Cuba con el propósito de extraerle a Venezuela todos sus recursos financieros y económicos hasta arruinarla completamente. Así, la dictadura castrocomunista podría mantenerse por un tiempo más, gracias a sus sirvientes chavomaduristas, quienes desde el principio han demostrado que actúan siempre en su beneficio, así eso signifique traicionar a su país, lo que, en efecto, han hecho. Puede que a los más descreídos esto pueda parecerle un argumento de película de ficción, pero a la mayoría nos consta que es una realidad que ya dura varios años.
Por cierto que ese saqueo y explotación de nuestros recursos por parte de la dictadura cubana y sus lacayos de aquí forma parte, como resulta lógico suponer, de un proyecto de dominación absoluta sobre Venezuela, lo que nos ha convertido en una colonia suya. Y no deja de ser paradójico que un país extenso y rico como el nuestro sea dominado, desde una isla pequeña y pobre, por una dictadura de las peores que ha sufrido Latinoamérica y que se ha convertido históricamente en un parásito de otros países para poder subsistir (antes la extinta Unión Soviética y ahora Venezuela).
Por desgracia, y a pesar del largo tiempo transcurrido, todavía hay sectores de la oposición que no han terminado de entender esta realidad y juegan a ser adversarios del régimen dentro de un supuesto juego democrático. Algunos cínicos se hacen los desentendidos para continuar sus negociados con el régimen, y otros parecen no darse cuenta, tal vez por pendejos o estúpidos, vaya usted a saber.
Como lo ha afirmado Fernando Egaña en reciente artículo de opinión esos sectores de la oposición “se agotan en la minucia del día a día, y soslayan por completo el contexto general, sin el cual los asuntos particulares, o no se comprenden en lo absoluto, o se comprenden de una manera peligrosamente equivocada”.
Lo cierto es que ese proyecto de dominación castrocomunista y sus cómplices chavomaduristas ha arruinado y destruido a Venezuela en estos casi 20 años de desgracias y vicisitudes para casi todos nosotros. Eso nadie lo discute hoy día, ni siquiera ellos mismos, que culpan del desastre que crearon –porque resulta imposible ocultarlo o negarlo– a una supuesta “guerra económica”, a “la derecha”, al “imperio”, a “la oligarquía” y al largo etcétera de excusas y chivos expiatorios que siempre citan para no asumir sus trágicos errores y traiciones.
Tampoco podría siquiera discutirse que el actual régimen pasará a la historia –insisto– como el peor de todos en nuestra vida republicana, no sólo por haber empobrecido y destruido a Venezuela, sino por haberlo hecho para beneficiar a la cúpula dictatorial de otro país, lo cual no puede merecer otra calificación como no sea la de traición a la patria.
   @gehardcartay
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Miércoles, 29 de agosto de 2018



jueves, 9 de agosto de 2018


LA VENEZUELA AGONIZANTE
Gehard Cartay Ramírez
No  deja de ser una cruel ironía y una estafa monumental a quienes los han venido apoyando, que Maduro haya reconocido el absoluto fracaso del régimen en todos los sentidos.
Nada nuevo, por cierto. Eso lo sabemos desde hace bastante tiempo: han sido 20 años de destrucción sistemática del país, de desintegración de la familia, de siembra permanente del odio entre los venezolanos, de liquidación de la democracia, de ruina del aparato productivo del país (incluida PDVSA), de empobrecimiento generalizado de la población, de migración forzada de millones hacia otros países, de saqueo inmisericorde de nuestras riquezas y de corrupción gubernamental como nunca antes; en fin, de muerte, hambre y miseria.
Por desgracia, Venezuela agoniza en todo sentido. Somos un país que marcha hacia su disolución, si no detenemos este desastre castrochavomadurista cuanto antes. El país ha colapsado en todo sentido, no existe gobierno que atienda los múltiples y gravísimos problemas  que nos aquejan y los solucione, o, al menos, lo intente. Los que detentan el poder son una cáfila de ineptos y corruptos, más ocupados en terminar de saquear el erario público y de mantenerse como sea y a costa de lo que sea, que en gobernar en función de detener la marcha del país hacia el caos. Sufrimos una anomia funcional en todo sentido y estamos entrando ya en las tenebrosas arenas movedizas de la anarquía.    
Hoy nadie duda que todo cuanto el chavismo reprochó a sus antecesores lo ha repetido su régimen de manera colosal. Perversiones y errores trágicos como el criminal manejo de la espectacular riqueza petrolera, sus corrompidos manejos financiero milmillonarios, el colosal endeudamiento de la República y la vergonzosa e inaceptable entrega de nuestros valiosísimos recursos de todo tipo, no solo a la dictadura castrocomunista de Cuba, sino a poderosos intereses rusos, chinos e islámicos terroristas, conforman la destrucción de nuestra soberanía nacional.
Los ya 20 largos años del régimen actual han sido más que suficientes para que el país haya sufrido un grave retroceso en materias que habían registrado avances entre 1958 y 1998. Y no se trata de hechos aislados o de iniciativas hemipléjicas. Se trata, por el contrario, de una estrategia planificada de antemano para destruir la institucionalidad y la alternabilidad democráticas, y sustituirlas por un sistema político de carácter autocrático y autoritario, cuya instancia fundamental la constituye el proyecto de permanecer en el poder por siempre, lo que, obviamente, no lograrán jamás.
Pero han creado nuevos y gravísimos problemas. Hoy en Venezuela campea el hambre a todos los niveles, producto del alto costo de la vida que nos ha empobrecido a todos y de la pavorosa escasez de alimentos, que afecta millones de familias venezolanas y especialmente a sus niños. Muchos enfermos se mueren porque no hay medicinas o son muy costosas. La mortalidad infantil ha alcanzado cifras africanas ya. Las enfermedades abundan, mientras los hospitales no sirven.Todos los servicios públicos han colapsado. Vivimos una tragedia humanitaria que cada día se profundiza más, lo que explica que una séptima parte de la población esté huyendo hacia otros países. Venezuela pierde un valioso capital humano y la fuga de cerebros se ha vuelto lamentable y crítica.
¿Seguirán soportando los venezolanos esta calamidad en que se ha convertido el castrochavomadurismo, alargando su estoicismo y masoquismo como hasta ahora, acostumbrándose pasivamente a los crímenes de lesa humanidad que en su contra todos días comete la cúpula podrida en el poder?
Ojalá que no. Ojalá que demuestre ser el bravo pueblo que ha sido en otros momentos estelares de su historia. Porque ningún pueblo puede ser cómplice de su destrucción, ni aceptar que una minoría lo condene al hambre, la muerte y la pobreza.
La protesta legítima contra toda injusticia es un derecho humano por excelencia si queremos luchar por nuestra libertad y calidad de vida. Así de sencillo.
@gehardcartay
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Miércoles, 01 de agosto de 2018.


    



miércoles, 1 de agosto de 2018


LA AUTÉNTICA NATURALEZA DEL RÉGIMEN
Gehard Cartay Ramírez
No invento el agua tibia si digo que el mayor problema de nuestra oposición es no haber descubierto a tiempo la verdadera naturaleza del régimen que destruye a Venezuela desde hace ya 20 largos años.
Por lo tanto, si esta es una realidad y el diagnóstico estuvo desacertado por tanto tiempo, se explicarían entonces los errores y equívocos cometidos en todo este tiempo por la dirigencia opositora. Lo grave es que existen quienes no se han dado cuenta aún de la retorcida naturaleza del castrochavomadurismo y pretenden, por lo tanto, adversarlo como si estuviéramos en una democracia normal y ante un adversario respetuoso de la Constitución, del Estado de Derecho y del Principio de la Legalidad.
No es así, por desgracia. Sucede que enfrentamos un tipo de dictadura que para la ejecución de los despropósitos que la caracterizan se apoya en sus órganos “judiciales” y “electorales”. Por ello, no deja de ser una ingenuidad mayúscula pretender, por ejemplo, que con el actual CNE los adversarios del régimen puedan ganar una elección como la presidencial, que no implica la entrega de parcelitas de gobierno insignificantes y previamente neutralizadas. 
Un hecho que agrava toda esta marcha acelerada del régimen hacia el más absoluto autoritarismo es la gigantesca tragedia política, social y económica que han creado ellos mismos, nunca antes vivida en Venezuela. Porque, en lugar de ejecutar medidas para intentar detener esa mega crisis, quienes por ahora están en el poder sólo se ocupan de aferrarse a este como garrapatas, sin importarles los perversos mecanismos que usan mientras terminan de saquear los recursos del país. Y todo ello en medio de una vulgar orgía de violaciones a la Constitución y las leyes y en un obsceno ejercicio de inescrupulosidad, corrupción y propósitos absurdos, entre los cuales no descartan la eliminación política del adversario. 
¿Cuáles son los elementos que caracterizan a este autoritarismo creciente sobre Venezuela? Señalemos, por ahora, apenas dos muy elocuentes.
Por una parte, estamos frente a un régimen que no oculta su deseo de prolongarse indefinidamente en el tiempo. Toda dictadura siempre busca ese objetivo, pues consideran que no tienen fecha de vencimiento. Ahora, cuando saben que la mayoría de los venezolanos los rechaza, entonces realizan elecciones a su medida, inhabilitando partidos políticos y candidatos que no les convienen, institucionalizando el fraude electoral y pretendiendo crear una oposición leal al régimen y, por tanto dócil y domesticada.
Por la otra, no puede olvidarse que toda dictadura, en especial si representa una involución al haber obtenido el poder por la vía de los votos -casos de Mussolini y Hitler, entre otros-, desmantela la democracia y sus instituciones para ponerlas al servicio de su objetivo de permanecer en el poder a costa de lo que sea.
En este propósito, por paradójico que parezca, las democracias -afirmaba el intelectual francés Jean François Revel- siempre son presa fácil, por la sencilla razón de que constituyen el único sistema que puede destruirse desde adentro utilizando, maliciosamente eso sí, sus propios mecanismos, tal como ocurre en Venezuela desde que el chavismo ganó las elecciones en 1998, luego de haber intentado criminalmente llegar al poder por la vía del golpe de Estado.
¿Habrá que recordar, otra vez, la permanente actitud represiva del régimen, que no sólo incluye la utilización siniestra de sus tribunales y fiscalías, sino también de sus organismos policiales y de la cúpula de la Fuerza Armada? ¿Habrá que citar, nuevamente, el creciente número de presos políticos, exiliados y perseguidos que hoy son clara demostración de la naturaleza dictatorial del régimen?
¿O habrá que recordar también su abierta estrategia para liquidar finalmente a la actual Asamblea Nacional, electa en diciembre de 2015 por la inmensa mayoría de los venezolanos, tan sólo porque ya no es un instrumento ciego a su servicio y ahora la conceptúan como un obstáculo para sus propósitos de eternizarse en el poder, obstaculizándola en el ejrcicio de sus funciones?
¿Habrá que citar también la judicialización de la política o la politización de la justicia para perseguir y condenar a los adversarios del régimen, violando flagrantemente la Constitución Nacional?
Si queremos derrotar este régimen hay que entender su verdadera naturaleza y actuar en consecuencia. De esta gran verdad dependerá que podamos desmontarlo cuanto antes, por el bien de Venezuela. Y no podemos equivocarnos al respecto.
@gehardcartay
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Miércoles, 25 de julio de 2018.










miércoles, 25 de julio de 2018

EN EL BICENTENARIO DEL NATALICIO DE SIMON BOLÍVAR

Discurso de Orden de GEHARD CARTAY RAMÍREZ, diputado al Congreso de la República de Venezuela
ante el Concejo
Municipal del distrito Sosa del
estado Barinas

(Ciudad de Nutrias, 24 de Julio de 1983)

Nunca se pensó que la tranquila cuadra caraqueña donde nació Simón Bolívar, hace hoy doscientos años, entraría en la Historia Universal aquél 24 de julio de 1783.
El cuarto hijo de la familia Bolívar irrumpía al mundo predestinado a conducir la más trascendente revolución del continente latinoamericano. Su existencia, anunciada por los llantos infantiles apenas salido del claustro materno, tiene ya dos siglos entre nosotros y se extenderá hasta el final de los tiempos, como ocurre siempre con quienes logran traspasar el difícil umbral de la inmortalidad.
Aquel niño, recogido tiernamente en el regazo de la madre adolorida, protegido del frío de la Caracas aldeana de entonces, entra a la vida desguarnecido e indefenso, sin presagiar en modo alguno la gloria a la que se hará merecedor durante y después de su agitada existencia. Pertenece a una familia aristocrática, llegada a Caracas hace más de doscientos años, con raigambre española y cuantiosos medios de fortuna.
La suya no será, sin embargo, una infancia feliz. Cuando el pequeño Simón apenas cuenta dos años de edad muere su padre y luego, a los nueve años, fallece su madre. Vendrán después tutores y maestros, escogidos entre los mejores de Caracas. No en balde, Andrés Bello y Simón Rodríguez serán sus más importantes preceptores, tanto en la educación formal como en la siembra de ideas revolucionarias y transformadoras.
A los quince años, el joven Bolívar viaja a Europa por primera vez. Conoce a España y Francia y se casa en Madrid en 1802. Regresa a Caracas ese mismo año. Sin embargo, su temprana viudez lo obliga al año siguiente, en 1803, a retornar a Europa y allí vivirá tres años y ocho meses. Conoce entonces Francia, Italia, Austria, Bélgica, Holanda y Alemania. También visita Estados Unidos y regresa a su ciudad natal en 1807. Con su prodigiosa inteligencia, Bolívar recoge conocimientos y experiencias para su futura actuación como estadista y guerrero.
Tras el movimiento independentista de 1810, Bolívar -acompañado de Bello y López Méndez- vuelve nuevamente a Europa, esta vez a Inglaterra. Viaja en misión diplomática, como representante del nuevo gobierno.
Cuando regresa a su tierra, ya estará templado su carácter, madura su inteligencia y decidida su voluntad en favor de la titánica lucha por la libertad de América. El Bolívar frívolo que gastó inmensas fortunas entre mujeres, fiestas y placeres de Europa, cede ante el Bolívar revolucionario y austero que necesitará como conductor el proceso de liberación. Estamos ahora ante el pensador, el ideólogo, el genio militar, el líder y el estratega de una empresa ambiciosa y audaz como pocas en el mundo.
La Primera República tendrá en él un leal servidor de las armas. No desempeñará entonces ningún cargo importante. Cuando aquella cae por la fuerza de las circunstancias y se entrega luego el mando de las fuerzas patriotas a Francisco de Miranda, el futuro Libertador continúa en un discreto segundo plano. Aunque no lo convence la conducción del veterano Generalísimo, asume plenamente delicadas funciones militares. Son los días en que toma a Valencia siendo apenas un joven coronel. Son los días en que el terremoto de Caracas desafía su ira juvenil y él -con palabras de ocasión que luego le atribuyeron y que tal vez buscaban apaciguar los ánimos- promete que “si la Naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Son los días en que siendo jefe político y militar de la plaza de Puerto Cabello sufre su primera derrota militar ante las fuerzas realistas de Monteverde.
Luego vendrá la confusión total, el caos y finalmente la capitulación del General Miranda. El brillante militar que capitaneó legiones victoriosas en los campos de batalla de Europa, no acierta como conductor de las escasas tropas patriotas. Son muchos los errores de una revolución que, por otra parte, carecía de respaldo y apoyo popular. Con Miranda cae la República, y luego de capitular ante Monteverde, resuelve salir de Venezuela, con destino a Curazao. Cuando llega al Puerto de La Guaira es apresado por un grupo de jóvenes oficiales y de civiles, encabezados por Bolívar. Aquel fue un capítulo penoso y confuso, que decidió el fatal destino del Precursor de la Independencia. Al parecer, Miranda y Bolívar nunca tuvieron buenas relaciones. Miranda fue entregado entonces a los realistas, y algunos historiadores han asegurado que de inmediato el oficial español Domingo de Monteverde le concedió al futuro Libertador un salvoconducto para salir al exterior. Miranda, por su parte, fue llevado a España, donde morirá cuatro años después en las mazmorras del Fuerte de las Cuatro Torres en La Carraca, cerca de Cádiz.   
Bolívar sale del país, vía Curazao, rumbo a Cartagena. Allí escribirá su famoso Manifiesto explicando el fracaso de la insurgencia en su país. Allí también reunirá los aportes necesarios para su Campaña Admirable, iniciada el 14 de mayo de 1813, a través de la cual redimirá a su país -por primera vez- de la opresión española, mediante una gesta que le significará el titulo de Libertador, otorgado por la Municipalidad de Caracas el 14 de octubre de 1813.
Será efímera, sin embargo, esa rendija de libertad. Al poco tiempo caerá la Segunda República, a manos del asturiano José Tomás Boves, el único realista a quien sigue el pueblo, y de Morillo y sus 10.000 soldados excelentemente equipados.
Bolívar escapa nuevamente a Cartagena. De allí viaja a Jamaica, donde escribirá también otro documento profético. Sigue viaje a Haití, donde es bien recibido. Comienza a preparar la Expedición de Los Cayos. En 1816 llega a las playas de Margarita. Fracasa en su intentona y regresa nuevamente a Haití. Petión, su Presidente, le reitera su apoyo logístico y político. Así, estimulado y confiado en el futuro, el Libertador se prepara para la batalla final, la misma que lo coronará de gloria en las verdes sabanas de Carabobo el día de la victoria definitiva de la Patria.
Ahora el guerrero se traduce en estadista. Su lenguaje será más social que político: decreta por primera vez la libertad absoluta de los esclavos y legisla sobre la distribución de las tierras para los combatientes. Bolívar reorganiza el gobierno, dicta leyes, fija políticas. El formador de Repúblicas, apaciguado en este tiempo el genio militar, echa las bases del país que ha liberado.
Así, el 15 de febrero de 1819 pronuncia el célebre Discurso ante el Congreso de Angostura, probablemente el más importante que pronunciara en su vida. Expone entonces sus particulares y controvertidas ideas sobre el gobierno: su republicanismo centralista, distante del federalismo; el Senado Hereditario, idea un tanto exótica y ajena a las formas democráticas, por cierto; su filosofía del Poder Moral; la necesidad de la alternancia y el relevo en el poder (“…nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo Ciudadano el Poder. El Pueblo se acostumbra a obedecerle, y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”); su temor permanente ante los abusos de la libertad y la ignorancia de las masas (“Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción); y otras profundas reflexiones sobre la sociología y la psicología del aquel pueblo en formación que serán los venezolanos. Se trata, en suma, de un discurso contrario a toda forma de demagogia, con algunas verdades incómodas sobre las capacidades del pueblo como actor de su destino y otras cuantas advertencias en torno a su futuro.    
Pero no ha llegado aún el descanso para su espada ni para su inteligencia. Desde Angostura, el Libertador piensa en la libertad de América. Organiza El Paso de los Andes y libera entonces a la Nueva Granada.
En 1822 emprende la Campaña del Sur. Liberará a Ecuador y a Perú en los campos de Pichincha, Junín y Ayacucho. Bajo su nombre y por iniciativa del joven Mariscal Antonio José de Sucre, nacerá Bolivia, avanzada sureña del gran país con que el Libertador sueña.
En los próximos años, Bolívar intenta consolidar su obra. Dirige la diplomacia colombiana, redacta y presenta el proyecto de Constitución para Bolivia y convoca el Congreso de Panamá. Sin embargo, al regresar del Sur, gobierna dictatorialmente, justificándose en el estado de anarquía, conspiraciones y deslealtades que consigue por todas partes. Tendrá también otra ocurrencia absurda: proponer una Presidencia Vitalicia, contraviniendo así sus advertencias en tal sentido, hechas en el Discurso de Angostura. Por desgracia, son los años postreros de su carrera política y militar.
En este contexto, todo parece conspirar contra su proyecto de constituir la Gran Colombia, bautizada así por algunos historiadores, aunque nunca fue su denominación oficial. En cada país surgen los caudillismos y los intereses de las dirigencias y las comunidades locales. Páez y Santander no ocultan sus desavenencias. Cada uno, a su manera, se deja influenciar por las oligarquías que los rodean y halagan.
Asume el Libertador, tal vez tardíamente, el control de la gran nación en proyecto. Pero sabe que su gran utopía está condenada de antemano al fracaso. Resignado y convencido de que la realidad y la terquedad de los hechos harán naufragar su proyecto, desiste del mismo.
Dos años después, conforme a su palabra, entrega el mando y comienza a transitar el ciclo final de su existencia.
El 17 de diciembre de 1830, a la una de la tarde, morirá en Santa Marta el más grande venezolano de todos los tiempos. Que entonces sus enemigos lo hayan calificado de demente, dictador o majadero, palidece al lado del reconocimiento de su gloria por las generaciones de americanos que lo hemos sucedido. Como bien lo dijera el escritor Ramón Díaz Sánchez:

El ha sido una luz. ¡Cuán maravillosa experiencia! Rodeado en su cuna de bienes materiales, muere pobre de ellos, pero, ¿es que son más felices los que ven su sepulcro rodeado de aquellos bienes? Lo del morir, como lo del vivir, son hechos, o sentimientos o ideas, relativos. Se vive y se muere en mayor o menor proporción según las obras, no según las riquezas acumuladas. Él, por ejemplo, vivirá mucho más que los seres egoístas que le persiguen. La cercanía de la descarnación -eso que vulgarmente se llama muerte- le rodea de una claridad y le comunica una gran lucidez. Ahora lo comprende todo mejor. Su corazón está vacío de odios y de rencores porque su espíritu y su conciencia están llenos de claridad”.


***

En apretada síntesis, empresa difícil tratándose de la vida y obra de Simón Bolívar, hemos bosquejado los más importantes aspectos de la trayectoria vital del Libertador.
 Se me podría decir, sin embargo, que la vida de Bolívar la conocemos más o menos los venezolanos, casi desde la temprana edad de la infancia. Y es cierto. Sin embargo, y para decirlo con palabras ajenas, “hay cosas que por sabidas se callan y por calladas se olvidan”.
Bolívar, el Padre de la Patria, es ejemplo que debemos evocar los venezolanos de ayer, de hoy y de mañana.

“La vida de Bolívar -ha dicho el Presidente Luis Herrera Campíns- fue un culto a la constancia, sostenida por una ardiente fe en las posibilidades humanas y en su propia potencialidad de constructor de Repúblicas. No lo fatigó nunca la derrota ni lo envaneció la victoria”.

Precisas y exactas palabras del actual Presidente de los venezolanos para describir en su justa medida al más universal de los hijos de Venezuela.

En torno a su figura -ha dicho el ex Presidente Rafael Caldera- los países americanos adquirimos plena conciencia de que invocar su nombre es obligarnos solidariamente a una tarea en la que tenemos mucho que alcanzar y no poco que rectificar”.

He allí el reto, el desafío, la obra inconclusa a que nos convoca Bolívar en esta hora.
A distancia, transcurridos algunos años de su epopeya libertadora, los venezolanos no hemos asumido plenamente su ideario, ni puesto en práctica su proyecto político y social, en cuanto pueda tener correspondencia con las particulares realidades de hoy y muy lejos de algunas incidencias ingratas, si se las analiza en la fría perspectiva histórica.
Bolívar sólo existe para algunos cuando conmemoramos fiestas históricas. Entonces se le cita y se le ensalza. Muchas veces -antes, ahora y seguramente después-, voces hipócritas y falsas asumen su pensamiento como bandera y se escudan detrás de su figura para justificar crímenes y ambiciones bastardas, pretendiendo hablar por él cuando sólo las ideas bolivarianas pueden hacerlo. Prostituyen su mensaje y elevan al Libertador a los altares de lo imposible, tal vez para alejarlo de todos, para hacerlo inaccesible, para pretender convertirlo en prisionero de sus concupiscencias o para erigirlo en mito y religión, todas ellas inaceptables en su caso.
Así hemos ido construyendo un Bolívar falso, muy distinto al Bolívar de carne y hueso, con sus virtudes y defectos. Si regresamos a este, si tomamos su vertiente humana y la asimilamos; si dejamos de lado al Bolívar que se saca a relucir en ocasiones de pompa y protocolo o al que se usa con fines políticos rastreros, tal vez entonces podríamos darnos cuenta de cómo hemos vuelto la espalda a sus angustias y desvelos.
Hagamos a Bolívar mensaje e idea para todos los días, en la medida en que uno y otro sean aplicables en nuestro tiempo. Y ese desafío sólo será posible cumplirlo si traducimos sus sabias lecciones y consejos y —más allá de todo eso— en la medida también en que seamos capaces de construir un país que garantice felicidad y bienestar a sus ciudadanos.
Rompamos, pues, esa tradición del Bolívar anclado a la evocación patriotera y a la retórica inútil. Traigámoslo al hoy. Proyectémoslo al futuro en la medida en que ello sea posible, insisto. Y de su obra y su pensamiento, respetemos lo que perteneció a su época y consolidemos lo que pueda pertenecerle al presente. Hay mucho de actual en su mensaje, como también hay muchas cosas que pertenecen al pasado y deben quedarse allí.
Entre las primeras están, por ejemplo, la construcción de una democracia amoldada a nuestra propia realidad; las ideas y acciones para alcanzar nuestro destino como Nación; la lucha por una moral de servicio público y el alcance de un objetivo nacional, son elementos fundamentales de la doctrina bolivariana aún vigentes. No corresponden, por supuesto, a realidades extrañas a la nuestra, ni tampoco puede juzgárseles como exóticas e inalcanzables. Lo que habría que examinar es si los venezolanos de antes y ahora hemos sido capaces de adelantar lo que el genio de Bolívar nos dejó como líneas maestras de nuestra acción como pueblo.
No cedamos paso al fatalismo para aceptar que somos para siempre incapaces de concretar el proyecto del Padre de la Patria en sus aspectos fundamentales aún vigentes e, incluso de superarlo, si fuera el caso. Aceptemos entonces nuestras fallas. Hagamos autocrítica honesta y sincera. Pero basta ya de lamentarnos. Acerquémoslo al futuro, tomados de su mano y seamos dignos de su obra y su pensamiento esencial.
Bolívar está aún esperando nuestro gesto. Y como lo cantaran los versos de Manuel Felipe Rugeles:

Su extraña voz profética se escucha todavía,
más alta que los Andes, más sonora que el mar.
Cada vez que renace la conciencia del mundo,
su mensaje recobra fulgor de eternidad.

***

Agradezco a la Ilustre Municipalidad del Distrito Sosa del Estado Barinas su generosidad por cederme esta tribuna en ocasión de conmemorar el Bicentenario del Natalicio del Libertador y poder expresar nuestros sentimientos hacia quien, sin duda alguna, es el primer venezolano.
Muchas gracias.