jueves, 12 de abril de 2018

VOTAR PARA ELEGIR


VOTAR PARA ELEGIR
Gehard Cartay Ramírez
El problema no es votar o abstenerse. El problema es votar para elegir. Y eso exige garantías plenas de que, en efecto, será reconocida la voluntad popular.
En mi caso particular no he sido abstencionista. Por el contrario, he votado en todos los procesos electorales desde que me convertí en elector, salvo en 2005, cuando los partidos opositores acordaron abstenerse. Por lo demás, en mi caso personal, debo insistir en que los cargos políticos que he ejercido siempre han sido por elección popular.
De modo que creo en el voto. Pero creo en el voto efectivo. Lamentablemente, hay que admitir que, desde 1999, ese voto ya no tiene la efectividad que establecen la Constitución Nacional y las leyes electorales. Lo que ocurrió entonces es que la oposición democrática estaba obligada a participar en todas esas elecciones anteriores, aún sin garantías plenas, para convencer a la opinión pública internacional de que no era una oposición golpista, argumento que el régimen utilizó hasta el cansancio en su contra.
Hoy en día, esa misma opinión pública internacional –la ONU, la OEA y casi un centenar de gobiernos extranjeros– es la que ahora sostiene que el sistema electoral venezolano está viciado y no garantiza la voluntad del pueblo, dados su falta de transparencia, sus trampas y el apoyo incondicional del CNE al régimen de Maduro.
La pregunta, a estas alturas, es la de si continuaremos asistiendo a la farsa electoral del chavomadurismo o si, por el contrario, estamos obligados a seguir exigiendo garantías plenas para que nuestro voto elija realmente y que no se perderá por las marrullerías del actual organismo electoral.
Así de sencillo, amigo lector. Y por eso insisto en que el problema no es votar o abstenerse. De lo que se trata es de establecer mecanismos y políticas que garanticen a todos los venezolanos que las elecciones serán limpias y transparentes, y no como hasta ahora, convertidas en una especie de caja negra, cuyo contenido sólo conocen el régimen y su CNE.
Hay al menos tres cosas concretas que deben corregirse a este respecto. En primer lugar, un nuevo CNE, designado de acuerdo a los artículos 295 y 296 de la Carta Magna. Desde el año 2000 se han venido designando rectores adscritos al régimen, violando la Constitución Nacional. Ya es hora de acabar con estas prácticas ventajistas, y así hay que exigirlo.
Segundo: hay que auditar el actual registro electoral y abrir uno nuevo con participación de los venezolanos residentes en el exterior. El registro electoral actual está viciado en extremo para favorecer al régimen.
Tres: debe revisarse la automatización del proceso electoral, especialmente luego de las denuncias de la empresa Starmatic sobre vicios e irregularidades al respecto. Tal vez debería pensarse en volver al proceso manual, utilizado hoy en la mayoría de las democracias avanzadas del mundo, visto que todo proceso automatizado es susceptible de ser programado para que produzca determinados resultados.
(Sobre las múltiples irregularidades y vicios de CNE y los procesos electorales convocados desde 1999 recomiendo el libro ¿Elecciones auténticas en Venezuela? Un análisis sobre la imparcialidad, el registro y el sistema automatizado, escrito por Antonio Canova González, Rosa E. Rodríguez Ortega y Tomás Arias Castillo, profesores universitarios y especialistas en temas electorales y administrativos)
Hay tiempo para plantear y resolver estos tres aspectos, pues las elecciones auténticas deben ser convocadas para diciembre de 2018, de acuerdo con lo señalado por la Constitución Nacional. Y ello se explica suficientemente por cuanto se pretende convocar el proceso electoral presidencial ahora en mayo, nueve meses antes de la fecha en que debe posesionarse el nuevo presidente de la República.
Por eso insisto en que debemos continuar la lucha por lograr plenas garantías electorales en Venezuela. Es nuestro derecho y nuestro deber. Y si yo estuviera en el lugar del candidato  Henry Falcón estaría planteando tales exigencias como absolutamente indispensables para participar en un nuevo proceso electoral para elegir al presidente de la República.
Ciertamente lo menos que podemos exigir como electores es que se respete nuestro voto, es decir, el voto de todos. Y por eso hay que insistir ahora en este asunto vital, antes de cualquier otro proceso electoral.
   @gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 03 de abril de 2018.
LAPATILLA.COM

martes, 3 de abril de 2018

LA ENFERMEDAD DEL PODER


LA ENFERMEDAD DEL PODER
Gehard Cartay Ramírez
Luego de haber arruinado al país, saqueado sus riquezas y con el 90 por ciento de los venezolanos en contra, la cúpula podrida del régimen, enferma de poder, pretende prolongar su dictadura.
No otra cosa significan las recientes declaraciones de la presidenta de la fraudulenta constiuyente madurista cuando señaló que ellos “más nunca entregaran el poder”.
Y es que cual garrapatas pegadas de la ubre gubernamental, esta cáfila de corruptos quiere continuar esquilmando a los venezolanos, como si no estuvieran suficientemente ahítos de petrodólares y narcodólares. Ya se sabe, sin embargo, que “Dios ciega a quienes quiere perder”: están tan enfermos con el poder, y envilecidos con sus inmensas riquezas mal habidas, que pretenden alargar –como sea– su ya larga estadía en él, a pesar de que cada día crece la indignación popular en su contra.
Sin embargo, enfermos de codicia también, aspiran terminar de raspar la olla. Lo harán mientras puedan, porque ellos saben que les queda poco tiempo. Y como no tienen que hacer maletas con los dólares robados a nuestro pueblo, como sí lo hizo Pérez Jiménez en 1958, ya que en estos tiempos de banca digital sus fortunas están a buen resguardo en varios paraísos fiscales, entonces pretenden continuar mancillando a los venezolanos, sometiéndolos a las peores condiciones de vida que han sufrido en mucho tiempo.
Mientras les llega el momento de ser echados del poder, la cúpula podrida chavomadurista ya ha sacado del país –con suficiente antelación– a sus familias, con preferencia hacia el “odiado” imperio yanqui o a Europa. Milmillonarios, residen en costosas  mansiones o apartamentos, mientras sus hijos estudian en universidades caras y su tren de vida es opulento y desvergonzado (famosos restaurantes, vestimenta de marca, extravagantes compras, ostentosos vehículos y yates, flamantes aviones, etc.), como si fueran descendientes de una monarquía ladrona y rica en el exilio. Entre tanto, los chavistas pobres de vaina reciben la miserable bolsa de los Clap.
 No deja de ser una monumental hipocresía y un cinismo descarado que la cúpula podrida chavomadurista no haya enviado sus familiares a Cuba o Corea del Norte, siendo como dicen ser socialistas y anticapitalistas. Si acaso, y parece que no son muchos, tal vez algunos estén en China o Rusia, hoy neocapitalistas. Pero, la verdad, los revolucionarios del régimen prefieren Estados Unidos y su detestado “capitalismo neoliberal y explotador”.
Por eso mismo, no deja de ser también un colosal monumento a su condición de farsantes incurables la muy demostrativa circunstancia de que no hayan inscrito a sus vástagos en las universidades piratas fundadas por ellos aquí, desde que llegaron al poder. Por lo visto, tampoco quieren que sus afortunados herederos se gradúen en las profesiones chimbas que allí se ofrecen.
Todo esto demuestra que, al final, en Venezuela el llamado socialismo del siglo XXI es otra gigantesca estafa histórica, como lo ha sido en Cuba o lo fue en la desaparecida Unión Soviética o en la anterior China, reconvertida hoy al capitalismo salvaje, aunque con una dictadura comunista hasta nuevo aviso.
Pero, como bien se sabe, en cada una de esas dictaduras la cúpula siempre vivió de manera opulenta, enriquecida por el saqueo criminal de los recursos de cada país, mientras a los pobres les echaban las migajas de su festín baltasariano. Dicho en otras palabras: ellos milmillonarios, mientras el pueblo llano sufría hambre y pobreza, tal cual sucede en la Venezuela actual.
Nunca los venezolanos le perdonarán al chavomadurismo haber arruinado uno de los países más ricos del mundo. Nunca le perdonarán que los empobrecieran como lo han hecho desde 1999. Nunca le perdonarán que hayan destruido miles de industrias y empresas agropecuarias, liquidando así el aparato productivo nacional. Nunca le perdonarán que los hayan sometido al hambre, la escasez de comida y medicinas, la inseguridad, el desempleo y el empeoramiento de su calidad de vida, mientras la cúpula chavomadurista se ha enriquecido groseramente.
A esa cúpula, por supuesto, le importa un comino la desgracia que ahora sufren los venezolanos como consecuencia de 18 años de destrucción del país desde el poder. A ellos sólo les importan ellos mismos. Si no fuera así, sus familiares estarían aquí, sufriendo también la crisis. Pero resulta todo lo contrario: hoy viven como magnates mil millonarios fuera de Venezuela, mientras en Venezuela sobrevivir es cada día más difícil.
Todo esto demuestra que la enfermedad del poder los contaminó hace tiempo, y como a muchos otros -según lo ha demostrado la historia- también los terminará llevando a la extinción.
@gehardcartay
LA PATILLA.COM
Martes, 27 de marzo de 2018.

sábado, 24 de marzo de 2018

EL CASO VENEZUELA: MILITARISMO COMO REGLA; CIVILISMO COMO EXCEPCIÓN

"Los causahabientes", pintura de Tito Salas, donde aparecen los presidentes venezolanos del siglo XIX. Apenas cuatro fueron civiles.


EL CASO VENEZUELA:

MILITARISMO COMO REGLA;

CIVILISMO COMO EXCEPCIÓN



Conferencia de Gehard Cartay Ramírez en el Foro
 Del Militarismo a la libertad,
organizado por la Cátedra de Derecho Constitucional de la Universidad Central de Venezuela.

Caracas, 21 de febrero de 2018


Agradezco a la Cátedra de Derecho Constitucional de la Universidad Central de Venezuela, nuestra Alma Mater, su invitación a participar en este foro y a todos ustedes por su asistencia.
El tema, sin duda, está muy presente en nuestra historia republicana, con su carga trágica, penosa y recurrente dentro del proceso de formación política, social y cultural de Venezuela como nación.

Militarismo sobre civilismo
Porque, desgraciadamente, este que fue el país que liberaron Simón Bolívar y el ejército patriota, en el devenir del tiempo se convirtió sin embargo en un país casi siempre regido por opresores, por caudillos que no creían en la libertad, ni en el Estado de Derecho, ni en las formas constitucionales, ni siquiera en el simple respeto a la dignidad de la persona humana, que es la base fundamental de cualquier pensamiento humanista.
Basta hojear los libros de historia venezolana para darnos cuenta de esta dramática realidad. La Independencia, que comenzó siendo una gesta civil, y que por fuerza tuvo luego que convertirse en una gesta militar, terminó siendo usurpada por el militarismo. Los nombres de los próceres civiles que la iniciaron pronto fueron olvidados y sustituidos por los próceres militares. Y tanto es así, que desde la escuela se nos enseña, casi automáticamente, que los únicos héroes que ha tenido este país son los héroes militares (Bolívar y su estado mayor).
Por ninguna parte aparecen aquellos héroes civiles. Muchos los descubrimos luego, cuando ya estábamos en la universidad y empezamos a leer a Juan Germán Roscio, quien junto a Francisco Isnardi fue el redactor del Acta de la Independencia, y más tarde integraría la comisión redactora de la primera Constitución de la República de Venezuela, sancionada el 21 de diciembre de 1811. Tampoco aparecían en primer plano próceres civiles como el sacerdote chileno José Cortés de Madariaga, figura fundamental de los sucesos del 19 de abril de 1810 y luego diplomático al servicio de la causa patriótica hasta su muerte en 1826, ni el diputado barinés Manuel Palacio Fajardo, firmante del Acta de la Independencia quien también cumplió funciones diplomáticas en Estados Unidos y Europa, y figuraría igualmente como miembro del Congreso de Angostura y Ministro de Relaciones Exteriores y de Hacienda, designado por Bolívar en 1819. Y así como ellos, otros civiles destacados terminaron siendo ignorados en nuestra historia independentista.
El general José Antonio Páez, fundador de la República de Venezuela, dos veces presidente y quien repuso en su cargo al presidente civil José María Vargas, luego de ser derrocado por un golpe de Estado.
Lo que advino después fue la comprobación de que el país, luego de la Independencia, había caído en manos del autoritarismo y del caudillismo militaristas. Y tendrían que transcurrir muchos años –yo diría, sin exagerar, que tuvimos que llegar a 1959, siglo y medio después– para conocer lo que era una república civil.
El general Antonio Guzmán Blanco dominaría el poder durante la segunda mitad del siglo XIX.
Así, por ejemplo, durante el siglo XIX, luego de alcanzada la Independencia, sólo hubo cuatro presidentes civiles en Venezuela.
El primero fue el doctor José María Vargas, ilustre rector de esta universidad, quien ejerció el cargo entre el nueve de febrero de 1835 y el 24 de abril de 1836 –año y dos meses– y en el interregno fue derrocado por un golpe de Estado comandado por los generales Santiago Mariño, Diego Ibarra, Pedro Briceño Méndez y el inefable comandante Pedro Carujo, quien lo hizo preso.
Vino después Manuel Felipe Tovar, quien estuvo en la Presidencia entre el 12 de abril de 1860 y el 20 de mayo de 1861, un año y un mes. Más tarde, el académico Juan Pablo Rojas Paúl, del cinco de julio de 1888 al 19 de marzo de 1890, un año y ocho meses. Lo sustituiría otro civil, a quien muchos tienen como militar, pero no lo fue: el doctor Raimundo Andueza Palacio, quien ejerció la Presidencia de la República desde el 20 de marzo de 1890 al 17 de junio de 1892, dos años y tres meses.
Hubo, desde luego, algunas interinarias ejercidas por otros civiles, entre los cuales tal vez el más reconocido sea Andrés Narvarte, pero que, en general, sumaron también muy poco tiempo y demostraron una vez más el desprecio y la poca relevancia que se tenía por las figuras civiles.

Una República de generales-presidentes
Los demás presidentes del siglo XIX fueron generales, unos de la Independencia y otros de la Federación, pero todos, sin duda alguna, imbuidos por la idea del militarismo, entendido como la preponderancia de los militares en la concepción y el desarrollo del gobierno y sus ejecutorias, y por supuesto bajo la ecuación clásica del mando militar que no es otra que la de mandar y obedecer.
El general Juan Vicente Gómez, dictador por 27 años.
A finales del siglo XIX se iniciará la hegemonía militar andina en el mando supremo de la República con el general Cipriano Castro, entre 1899 y 1908, a quien sustituirá el general Juan Vicente Gómez, luego de derrocarlo y por 27 largos años, con algunos civiles –“hombres de paja”– encargados de la presidencia, como el historiador José Gil Fortoul y otras figuras, pero sin el brillo intelectual del larense.
Después de la muerte de Gómez, cuando al fin se dignó fallecer en su cama de Maracay con el país en el puño de su mano, lo sucederán como herederos otros dos generales andinos, pues tales eran las condiciones para gobernar la Venezuela de la primera mitad del siglo pasado: generales y andinos, ambas concurrentes.
Ellos fueron el general Eleazar López Contreras (entre el 17 de diciembre de 1935 y el 05 de mayo de 1941), causahabiente directo del general Gómez, cuyo gobierno, sin embargo, abrirá algunas rendijas democráticas; y el general Isaías Medina Angarita (entre el 05 de mayo de 1941 y el 18 de octubre de 1945), designado por su antecesor, quien también hizo contribuciones importantes a la causa democrática, aunque ninguno de ellos se atrevió a abrir esas puertas de par en par para que el pueblo fuera el sujeto de su propio destino.
De tal manera –y esto lo digo para los más jóvenes, porque los que no lo somos tanto lo sabemos– que sólo fue siglo y medio después de lograda la Independencia cuando Venezuela tuvo un Presidente elegido por el pueblo en 1947 en la figura de un civil, el escritor Rómulo Gallegos, a quien podemos considerar otro héroe del civilismo.
El presidente civil Rómulo Gallegos, junto al coronel Delgado Chalbaud, jefe del golpe de Estado que lo derrocó en 1948.
Pero Gallegos sólo estuvo nueve meses como Presidente de la República (15 de febrero de 1948 al 24 de noviembre de 1948), pues fue derrocado por los militares, a través de un golpe de Estado institucional, y no estoy incurriendo en una contradicción: aquel fue un golpe de Estado que las Fuerzas Armadas Nacionales ejecutaron como institución, es decir, como un todo, sin que hubiera discrepancias importantes –o al menos no se conocieron– sobre la necesidad de que el sector militar reasumiera el control de la República.
Luego advino la llamada Década Militar, entre el 24 de noviembre de 1948 y el 23 de enero de 1958, iniciada por el entonces coronel Carlos Delgado Chalbaud, asesinado en 1950, y continuada por el entonces coronel y después general Marcos Pérez Jiménez.
Esa ha sido la historia de este país durante siglo y medio: ciento cincuenta años bajo la égida del militarismo y del autoritarismo, del control del gendarme necesario y del caudillismo militar.
De modo que para nosotros la democracia ha sido un bien exótico y extraño. Y digo para nosotros, los venezolanos como pueblo, en el devenir de la historia. Este ha sido un largo trecho de tiempo, donde –como le es consustancial al militarismo– todo aquello venía acompañado siempre de la guerra y de la violencia. Según el historiador Manuel Landaeta Rosales, citado por Manuel Caballero 1, solamente entre 1828 y 1888, hubo en nuestro país cuarenta “revoluciones”, entendidas estas como simples movimientos para cambiar gobiernos por la fuerza de las armas.
La verdad es que tanto en el siglo XIX, así como durante la mayor parte de la primera mitad del siglo XX, se produjeron numerosos enfrentamientos armados o montoneras, como también se les llamaba entonces, en las cuales cualquier “general” alzado con los peones de su hacienda o de su pueblo tomaba el poder por la fuerza de las armas. Varias veces se repitieron estas situaciones durante aquellos turbiones recurrentes de violencia.
Precisamente voy a citar aquí un texto del poeta Alberto Arvelo Torrealba, tomado de un hermoso libro suyo sobre el también poeta Francisco Lazo Martí. Al referirse a los enfrentamientos armados ocurridos entre 1892 y 1901, Arvelo Torrealba señala que entre esos años “hubo ocho revoluciones armadas y que, durante los siete meses que duró la primera de estas, la Legalista, sangría impuesta a la patria para impedir que Andueza Palacio prorrogara por dos años su período presidencial, los combates y escaramuzas alcanzaron a ciento ochenta y nueve” 2.
Luego, durante casi toda la larga dictadura gomecista (1908-1935), continuaron los enfrentamientos entre las fuerzas armadas del gobierno y grupos guerrilleros opositores. El historiador Manuel Caballero, ya citado antes, afirmó en varias oportunidades que con la batalla de Ciudad Bolívar, acaecida el 22 de julio de 1903, donde el general Gómez derrota a insurrectos alzados en armas contra el gobierno del general Cipriano Castro –militares aquellos también–, se selló la paz en Venezuela.
Pero no estoy tan seguro de que haya sido así, porque hasta 1931 continuaron los enfrentamientos entre las fuerzas militares del gobierno y los guerrilleros alzados en su contra. Hubo, precisamente a partir de 1903, y luego en 1918, 1919, 1920, 1921, 1923, 1929 y finalmente en 1931, una serie de combates entre los caudillos militares que se oponían a la dictadura gomecista y las fuerzas regulares que la respaldaban.
Nombres, algunos ya casi olvidados, como los de los generales Horacio Ducharne Barrios, Ángel Lanza, Juan Pablo Peñaloza, Emilio Arévalo Cedeño, Rafael Simón Urbina, Matías y Patrocinio Peñuela, José Rafael Gabaldón, Román Delgado Chalbaud y otros, estaban entonces entre los que pretendían salir de Gómez a través de la misma fórmula de la revuelta armada y violenta contra su dictadura.
En 1928 hubo un hito importante al que se refirió hace pocos instantes el doctor Rafael Tomás Caldera: la irrupción de la llamada generación del 28. ¿Qué es lo destacable de aquel hecho, apenas un leve arañazo y un emotivo gesto contra la dictadura, porque la verdad fue que nunca la puso en peligro? Lo que aquel movimiento –encabezado por Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt– le dijo entonces al país fue que era posible realizar una lucha democrática y civilista en Venezuela y desterrar para siempre las prácticas de los generales chopos de piedra, que pretendían continuar manejando a Venezuela a través de sus enfrentamientos armados.
Esa es una de las más importantes conclusiones que hay que sacar de la lucha de la generación del 28 y de sus fundamentos teóricos, elaborados por algunos de sus líderes, entre ellos Betancourt, tal vez el más importante de todos.
Hago estos señalamientos para poner de manifiesto la lamentable experiencia que ha significado para Venezuela y otros países del centro y del sur de América, de Europa –con el fascismo, el nazismo y el comunismo durante casi todo el siglo pasado–, de Asia y de África, la terrible experiencia del militarismo como una desviación de algunos hombres de armas. Por cierto que no todos fueron ni son militaristas, pues algunos mantuvieron y mantienen una actitud de respeto a la dignidad humana, a las formas republicanas, a los principios democráticos y al Estado de Derecho. Lamentablemente, otros muchos, antes y ahora, no actuaron de la misma manera.
El presidente Carlos Andrés Pérez le entrega el sable al subteniente Hugo Chávez, quien intentaría derrocarlo en 1992.

Caldera, el civilista pacificador
Al finalizar este acto se va a presentar el libro Rafael Caldera, jurista integral, editado por la Editorial Jurídica Venezolana, que contiene tres ensayos, dos de ellos sobre el pensamiento constitucionalista del dos veces presidente socialcristiano, escritos por los doctores Alfredo Morles Hernández y Tulio Álvarez, y uno de mi autoría que trata sobre la paz como tema esencial del discurso y de la acción política de Caldera.
A este punto quiero referirme para terminar mi intervención. La paz ha sido también un bien escaso en Venezuela, como creo queda demostrado al revisar nuestra historia en los siglos XIX, XX y este que ya cumple dos décadas. Apenas la pudieron disfrutar los venezolanos durante breves lapsos en el pasado reciente.
La paz, como todos sabemos, es un bien inestimable. Lo que ocurre es que hay diversas maneras de entender la paz. No es lo mismo la paz en la que creían Caldera y otros demócratas, que la paz como la entendían el general Gómez y sus adictos. Si la paz era la paz de los cementerios, la de los presos políticos de La Rotunda, la de los exiliados errantes, la de aquel país donde nada se movía si el gendarme no lo ordenaba, donde no había discusión de ideas ni universidades abiertas, esa era entonces una paz muerta, sin ningún sentido y que, desde luego, no podía ser nunca preferible a una paz viva, actuante y dinámica.
Pero la paz creadora, la paz que fundó universidades, partidos políticos, sindicatos, prensa libre, instituciones democráticas y aportó conciencia cívica, esa es la paz que realmente merecemos los venezolanos después de las tormentas violentas que hemos sufrido como pueblo.
Desafortunadamente hoy padecemos otra etapa dura y difícil, pues están de regreso los fantasmas que tanto atormentaron a Venezuela durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX. Estamos ante un retorno del militarismo y del autoritarismo, del desconocimiento del Estado de Derecho y de las normas constitucionales y, en general, de la dignidad de la persona humana y del humanismo en toda su significación.
El teniente coronel (r) Hugo Chávez reunido con el general Marcos Pérez Jiménez, penúltimo dictador venezolano. Madrid, 1998.
Por eso se ha dicho, con razón que ese breve intervalo que va de 1959 a 1998 –cuando los venezolanos eligieron a seis líderes civiles como presidentes, dos de ellos reelectos– podría significar en la historia de Venezuela bastante luz y mucho de claridad sobre las formas democráticas y el ejercicio de las libertades públicas y de la ciudadanía.   
No estoy diciendo, por cierto, que fue un período exento de dificultades y errores. Hubo problemas, ciertamente. Aquella fue una etapa en la que surgió otra vez la guerra de guerrillas, inspirada entonces en el fenómeno castrista de Cuba de finales de los años cincuenta, y que aquí intentaron reproducir a partir de 1960, durante el gobierno del presidente Betancourt (1959-1964).
Sin embargo, también es justo decir que hubo conquistas importantes, logros positivos. Uno de ellos fue la incorporación a la vida democrática –especialmente a partir de 1969, cuando se inició el primer gobierno del presidente Caldera– de algunos de quienes se habían alzado en armas en contra de las instituciones republicanas y que, posteriormente, fueron figuras importantes en el debate político plural, ya en el Congreso, en la plaza pública y también en el ejercicio del poder. En 1999 Caldera ejecutaría una segunda pacificación, mucho más polémica que la primera, en esta ocasión para neutralizar las tendencias golpistas presentes en las Fuerzas Armadas Nacionales desde mediados de los años ochenta, y que produjeron las tentativas de dos golpes de Estado contra el presidente Carlos Andrés Pérez en febrero y noviembre de 1992.
Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, firmantes del "Pacto de Puntofijo" en 1958.
Fue así como durante un tiempo significativo –casi tres décadas– estuvieron presentes en la contienda democrática y electoral todas las tendencias políticas e ideológicas, así como las diversas corrientes de opinión, con la garantía de expresas disposiciones legales que, incluso, establecieron la representación proporcional de las minorías, algo que ahora no existe. Y es que, al analizar aquella inédita experiencia republicana de nuestra más reciente historia, cobra especial vigor la innegable contribución del presidente Rafael Caldera (1969-1974 y 1994-1999) a la causa de la paz y del pluralismo democrático en Venezuela.
Caldera, CAP, Lusinchi y Herrera Campíns, los últimos presidentes de la República Civil, reunidos en Mraflores en 1986.
Termino señalando a todos ustedes –especialmente a los más jóvenes– que hoy estamos de nuevo ante una decisión histórica: o continuamos por la vía ya fracasada de los regímenes militaristas, caudillistas y totalitarios; o somos capaces de abrir nuevamente la vía de la lucha por la libertad, la democracia, las instituciones republicanas y el respeto a los derechos humanos, a fin de que Venezuela pueda reiniciar su camino de nación respetada y de digna cuna del Libertador Simón Bolívar.
Muchas gracias.     


         
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1 Manuel Caballero, La peste militar, Escritos polémicos 1992-2007, Editorial Alfa, Caracas, 2007, página 14.
2 Alberto Arvelo Torrealba, Lazo Martí, Vigencia en lejanía, Biblioteca Popular Venezolana, Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, Caracas, 1967.
   
 
Portada del libro "Rafael Caldera Jurista integral", escrito por Alfredo Morles Hernández, Tulio Álvarez y Gehard Cartay Ramírez (Editorial Jurídica Venezolana, Caracas, 2017)


Gehard Cartay Ramírez durante su intervención en el foro "Del militarismo a la libertad", celebrado en la Biblioteca de la UCV el 21 de febrero de 2018.