martes, 13 de febrero de 2018

EL PATRIMONIO HISTÓRICO BARINÉS

La antigua Cárcel Colonial de Barinas, donde estuvo preso José Antonio Páez, convertida en Casa de la Cultura desde 1969.


EL PATRIMONIO HISTÓRICO BARINÉS

(Y la necesidad de una política para rescatar lo poco que queda)
                                                 Gehard Cartay Ramírez

“La Venezuela de 1859 era un país surcado de injusticias, sin duda, pero al cual podríamos simbolizar por la ciudad de Barinas, verdadera perla del arte colonial. En la América Española de la primera mitad del siglo XIX ninguna otra ciudad progresó tanto como ella. Los incendios reiterativos y la guerra endémica destruirían a Barinas. El tabaco ‘cura negra’, el más famoso del mundo, los hatos, las artesanías que habían costado siglos yacían sólo en el recuerdo, el bochinche los liquidó en pocas décadas”.
                                                 Domingo Alberto Rangel
                              (“Entre gochos y maracuchos”, página 134)
La larga cita que sirve de epígrafe a este artículo ilustra contundentemente el esplendor de la ciudad de Barinas en los años finales del siglo XVII y comienzos del siguiente, todo lo cual se redujo a cenizas con las guerras de la Independencia  y la Federación para dar paso a un triste y famélico villorrio a finales de los años 1800.
Son numerosos los testimonios de historiadores que hablan de ese pasado esplendoroso. Y es que, sin duda, por aquellos años, la nuestra era una ciudad comparable con la propia Caracas, capital de la Capitanía General de Venezuela. Algunos, incluso, la llamaban “la segunda Caracas”. Por eso no es una exageración la afirmación del escritor Domingo Alberto Rangel cuando califica a Barinas como una “verdadera perla del arte colonial” de entonces y afirma, a continuación, que “en la América Española (…) ninguna otra ciudad progresó tanto como ella...”
Barinas fue tenida en aquel tiempo como una de las ciudades de mayor progreso en el continente. Desafortunadamente, todo eso lo liquidó el turbión de las guerras mencionadas. Barinas fue entonces, como ninguna otra, la ciudad que ofrendó el mayor de los sacrificios.
Por esas razones, son muy escasas las edificaciones coloniales que puede exhibir actualmente. Las más importantes -el Palacio del Marqués, la Catedral y las actuales Casa de la Cultura y Museo Arvelo Torrealba, más unas pocas casonas en la antigua Calle Real (la actual Calle Bolívar)- se mantienen aún en pié, salvadas milagrosamente de las llamas que acabaron con Barinas en los tenebrosos días de la llamada Guerra Federal.
Lamentablemente, siglo y medio después, la negligencia, el desprecio por su valor histórico y la ineptitud de funcionarios insensibles e inescrupulosos parecen condenarlas definitivamente a una nueva etapa de ruina y abandono. Lo afirmo así porque produce pena ajena constatar la reciente remodelación del Palacio del Marqués, hecha por gente que desconoce su valor arquitectónico e histórico, y el deterioro de la llamada Casa Pulideña, actual Museo Arvelo Torrealba.  
Las otras dos instalaciones mencionadas aparentemente escapan al deterioro de las anteriores. Afortunadamente, en 1995, iniciamos el rescate de la Catedral, obra que fue continuada por mi sucesor y que, aún hoy, espera por su definitiva conclusión. La Casa de la Cultura -la antigua Cárcel Colonial- ha sido sometida recientemente a una restauración y esperamos que se haya respetado su arquitectura original. Por cierto que en 1993, siendo Gobernador de Barinas, decreté la creación de una Comisión para la Conservación del Patrimonio Histórico regional, integrada por distinguidos paisanos y especialistas, cuyo objetivo era sistematizar un estudio sobre la materia y posteriormente producir los proyectos que permitirían la conservación de todas estas riquezas culturales e históricas, incluyendo los hallazgos arqueológicos, sometidos a un vulgar saqueo durante muchos años. Por desgracia, quienes vinieron después abandonaron esta iniciativa.
En un futuro cercano, cuando superemos la actual etapa de destrucción nacional, corresponderá a un gobierno regional preocupado por los valores de la Barinidad rescatar nuestro patrimonio histórico, comenzando por tareas de conservación y manteniento de la casona colonial que hoy es sede del Museo Arvelo Torrealba y revertir la antihistórica y absurda remodelación del Palacio del Marqués, que fuera por muchos años sede del Poder Ejecutivo del Estado.
Ciertamente que el Palacio del Marqués de la riveras del Boconó y del Masparro debería ser transformado en el Museo de la Historia Regional, al cual acudan los barineses y sus hijos, así como estudiosos e investigadores, para conocer nuestro devenir como pueblo, al mismo tiempo que reciba turistas y visitantes en general, con idéntico propósito.

La Iglesia Nuestra Señora del Pilar de Barinas.

sábado, 10 de febrero de 2018

¿ELECCIONES A LA NICARAGÜENSE?



¿ELECCIONES A LA NICARAGÜENSE?
Gehard Cartay Ramírez
El régimen chavomadurista quiere continuar en el poder aplicando el método de Daniel Ortega en Nicaragua para “ganar” las próximas elecciones.
Ese método es muy sencillo: el régimen inhabilita los candidatos que considere peligrosos y escoge aquellos que supuestamente le harían más fácil la tarea, apoyándose –desde luego– en las muy manoseadas políticas de fraude electoral que aplica desde 1999, a través del manejo de un CNE al servicio de sus bastardos intereses, de un registro electoral a su conveniencia y de un proceso automatizado sobre el cual también ejerce un exclusivo y tramposo control.
Pero, además, aquí en Venezuela se adelanta también un proceso inconstitucional y antidemocrático dirigido a “ilegalizar” los partidos políticos que el régimen ordene, a través de decisiones contrarias al Estado de Derecho. Y es que, en lugar de facilitar la presencia de organizaciones partidistas, consustanciales al sistema democrático y además formidables mecanismos de participación popular, el CNE chavomadurista los inhabilita, les pone trabas a su funcionamiento y si no fuera porque aún quieren disfrazarse de “demócratas” ante el mundo, hace rato los hubieran eliminado para consagrar un sistema de partido único al estilo castrocomunista.
Ya se sabe que, en paralelo, los tribunales de “justicia” chavomadurista también intervienen en el funcionamiento interno de los partidos políticos, a fin de beneficiar a algunos de sus dirigentes y perjudicar a otros, siempre dentro del objetivo final de debilitarlos en beneficio del régimen. (Lamentablemente, no han faltado sectores de esos partidos que han incurrido en el error de judicializar pleitos domésticos que bien podían resolverse aplicando los estatutos partidistas y respetando la democracia interna.)
Por desgracia, Venezuela debe ser uno de los poquísimos países del mundo donde el organismo electoral, en lugar de promover la participación de los votantes y de los partidos políticos –tal y como lo obliga la Constitución–, se dedica a desestimular y bloquear a los primeros y a inhabilitar a los segundos.
Como ya se anotó antes, se dice que el CNE mantiene un registro electoral amañado, con nóminas de electores fantasmas que algunos estiman en varios millones, y que serían una especie de “colchón” de ventaja del PSUV en cada proceso electoral. Pero no sólo eso. Dispone también de un sistema computarizado para votar, mecanismo hoy en desuso en casi todas partes por prestarse a trampas y chanchullos. (¡El propio Bill Gates, inventor del Microsoft, ha advertido que todo sistema computarizado puede ser programado para producir resultados previamente determinados!)
Por supuesto que todas estas maniobras pueden ser derrotadas –y lo han sido en otros países– sólo si una masiva avalancha de votos opositores impide la trampa y el fraude, independientemente del candidato que se escoja, aunque desde luego este debería estar entre los mejores. Está comprobado que no hay fraude electoral que valga si la votación contra un régimen tramposo es masiva, desbordada y contundente.
Porque, amigo lector, esa decisión tiene que llevar aparejada necesariamente la defensa del triunfo obtenido, ya en las calles o donde sea. Allí está la clave del porqué una masiva afluencia de electores puede vencer el fraude del régimen. Esa misma presencia multitudinaria de votantes en las mesas puede derrotarlo también en las calles, a través de una vigorosa protesta popular que desconozca las tentativas de fraude y haga respetar la voluntad popular.
No sería, por cierto, la primera vez. En 1992 y 1993 –y perdóneseme la referencia personal– en Barinas lo logramos cuando derrotamos un fraude que intentó despojarme de la gobernación limpiamente ganada en aquellas elecciones. Lo mismo sucedió en Sucre, con la también candidatura triunfante de Ramón Martínez. En ambos casos, la presencia de la mayoría del pueblo en las votaciones y luego en las calles derrotó el fraude electoral que se pretendía cometer. En otros países hay también claros ejemplos al respecto.
Quienes siempre hemos sostenido que la lucha debe ser a través de las vías electorales, así como de una vigorosa protesta callejera y del acompañamiento permanente a los venezolanos en su lucha por liberarse de esta maldición que ha resultado el chavomadurismo, estamos obligados también a luchar para eliminar las prácticas fraudulentas del régimen y su CNE.
Pero también estamos obligados a entusiasmar a todos los electores a votar, a fin de reducir al mínimo el abstencionismo, que siempre ha sido un aliado de los propósitos continuistas del chavomadurismo.
Sólo en estos términos podremos vencer a quienes han destruido al país y robado el futuro a nuestros jóvenes.   
@gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 06 de febrero de 2018.
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viernes, 9 de febrero de 2018

LA CAIDA DEL VERGONZOSO MURO DE BERLIN
Gehard Cartay Ramírez
El pasado 29 de noviembre se cumplieron 28 años de la caída del Muro de Berlín.
Tal acontecimiento pareció haber pasado inadvertido. Sin embargo, pocos hechos puntuales de la historia moderna dicen tanto como este, por lo ominoso y vergonzoso para el género humano y porque su derrumbe significó también el derrumbe del comunismo soviético y europeo.
Conocí a Alemania en mayo de 1973, invitado a un seminario para dirigentes de las Juventudes Demócratas Cristianas de América Latina, evento celebrado en la entonces República Federal de Alemania (RFA), llamada Alemania Occidental, en contraposición a la Alemania del Este o Alemania Comunista, cuyo nombre oficial era el de República Democrática Alemana (RDA).
Eran los años de la Guerra Fría y existían dos Alemanias. Una, la RFA, la verdaderamente democrática y progresista, gobernada alternativamente por demócratas cristianos y socialdemócratas. Aquel era un país en franco proceso de desarrollo, gracias a una poderosa economía social de mercado, unida a una democracia estable y vigorosa, cuyo fundador, luego de la tragedia nazi de Adolfo Hitler, fue un estadista singular: Konrad Adenauer (1876-1967).
La otra Alemania, en cambio, era un protectorado de la Unión Soviética -cuyo apellido de Democrática le quedaba grande por ajeno-, con un régimen de partido único (el comunista, desde luego), sin libertades, sin progreso económico y sumida en la pobreza y el desconsuelo. Entre ambas naciones había un pronunciado contraste y la mejor comprobación del fracaso de su modelo comunista, al lado de un exitoso sistema democrático y de economía social de mercado puesto en marcha por la Alemania Occidental.
Para subrayar aquel chocante contraste, el gobierno títere de la Unión Soviética en la República Democrática Alemana había construido en 1961 un muro que partió en dos mitades a Berlín, la histórica capital alemana antes de la división. Así, los comunistas convirtieron en una verdadera cárcel la parte oriental de Berlín, impidiendo el tránsito de sus ciudadanos hacia Berlín occidental, que pasó a ser una especie de isla dentro de la Alemania Comunista, sostenida por Estados Unidos e Inglaterra, gracias a lo cual pudo sobrevivir al cerco soviético al finalizar la II Guerra Mundial. Fue merced al famoso puente aéreo por donde le llegaban alimentos y medicinas. Aún así, pocos años después, Berlín occidental, a pesar del aislamiento y del muro, logró prosperar y desarrollarse a tal punto que los berlineses del sector oriental comenzaron a escapar hacia el sector occidental, como lo venían haciendo desde la posguerra, buscando la libertad y el progreso.
El Muro de Berlín -derribado en 1989, diez y séis años después de mi visita al mismo- fue conocido también como el Muro de la Vergüenza, aunque la jerigonza burocrática comunista lo bautizó "Muro de protección antifascista" (¿?). La historia, por supuesto, adoptaría el primer nombre, nacido del sentimiento popular, en tanto que el otro sería olvidado rápidamente. Lo cierto fue que, al tratar de saltarlo o escapar de algún modo, centenares de personas perdieron la vida en su fuga hacia la libertad.
Estuve entonces allí, en compañía de Alfredo Salazar (Venezuela), Iván Garay (Nicaragua) y Alberto Manzano (Venezuela).


09 de febrero de 2018




lunes, 5 de febrero de 2018

LA DIFÍCIL LUCHA OPOSITORA



LA DIFÍCIL LUCHA OPOSITORA
Gehard Cartay Ramírez
Dura y difícil ha sido la lucha opositora contra la dictadura chavomadurista.
No es fácil combatir por medios democráticos a quienes usan métodos antidemocráticos. No es fácil combatir contra quienes se han apropiado del Estado venezolano y utilizan inescrupulosamente todos sus recursos para consolidarse en el poder e implantar aquí una dictadura de factura castrocomunista.
No es fácil combatir a una cúpula podrida que, a fuerza de corromper, se ha asegurado el control de todas las instituciones públicas y las usa en función de perpetuarse en el poder. No es fácil combatir a una coyunda de corruptos e ineptos que han destruido al país, apoyados en la cúpula militar y en el malandraje de todo tipo, con el sólo propósito concupiscente de disfrutar el poder y enriquecerse groseramente, como lo han hecho desde 1999.
Dentro de este difícil cuadro ha actuado y le toca actuar a la oposición democrática venezolana, con sus aciertos –los menos– y sus errores –los más– y en contra de poderosas adversidades.
Ahora, en 2018, los desafíos que debe enfrentar son cruciales. Por una parte, la crítica desmesurada y muchas veces cómplice del régimen –sea o no intencional– por parte de ciertos opositores contra la dirigencia de la oposición y sus actuaciones, que conforma lo que Fernando Mires, politólogo chileno y amigo de Venezuela, denomina cretinismo político, por cuanto sólo critican a los adversarios del madurismo sin ofrecer alternativas realistas para salir de la pesadilla que sufrimos los venezolanos.
Por la otra, la presencia en la oposición –y particularmente dentro de la MUD– de intereses inmediatistas y subalternos, que se agotan en sus aspiraciones personales, legítimas o no, pero inviables ahora, por cuanto la transición que viene exigirá un liderazgo sólido, con experiencia, sapiencia y habilidad, con amplitud y sin sectarismo, aunque no figure hoy en las fulanas encuestas y los novatos lo puedan descalificar por “viejo” o “dinosáurico”. O la siempre presente aberración de la antipolítica (es decir, la reacción contra los políticos), que parió a Chávez y su desastre actual, y ahora pretende sacar de su sombrero mágico otra fórmula –con rostro, pero muda–, como si el país estuviera para pruebas de ensayo y error.
Por si fuera poco, la oposición democrática tiene otro reto fundamental: participar o no en unas probables elecciones presidenciales en marzo o abril próximos. El problema es que esos comicios han sido “convocados” por un órgano inconstitucional y fraudulento, como lo es la “constituyente” madurista. Y esto, para comenzar, no es algo que pueda obviarse. Tampoco puede obviarse una convocatoria nueve meses antes de la toma de posesión del próximo presidente, violando así expresas disposiciones constitucionales.
Y menos aún podría obviarse que con este CNE y sin garantías plenas de unas elecciones limpias y transparentes, a la oposición democrática le resultaría cuesta arriba participar. Por lo tanto, lo menos que puede hacer su dirigencia es exigir un cambio radical de las condiciones electorales para poder participar. Si el supuesto diálogo o negociación con el régimen va a continuar, esa debe ser una condición ineludible, entre otras más.
Por lo que a mí respecta, no me cansaré de repetir –en este espacio y en otros– que nuestra vía para el cambio del régimen es y debe seguir siendo electoral, acompañada, eso sí, de la protesta en las calles, de la denuncia frontal y del acompañamiento a los venezolanos en la tragedia humanitaria que hoy a todos, de una forma u otra, nos afecta, herencia del chavomadurismo.
Pero eso no significa renunciar a la exigencia de imparcialidad y pulcritud que debe caracterizar al CNE y las elecciones que convoque. Y este es un nudo gordiano que la dirigencia opositora democrática debe cortar antes de ir a otro proceso eleccionario.
No es fácil, como afirmé al comienzo de estas líneas, la lucha opositora en las actuales condiciones, sobre todo si lo que tenemos a mano es únicamente el arma del voto. Y si otros lo han logrado (Europa Oriental, algunos países africanos, Nicaragua, Chile, y antes Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay), nosotros también podríamos, pero se requiere inteligencia, experiencia y realismo, así como cero cretinismo político, sin dirigentes buchiplumas, mucho menos políticos pendejos (viejos o novatos) y mercachifles “opositores”.
¡Cuánta falta nos hace aquí un Patricio Aylwin para liderizar la derrota de la dictadura y encabezar una transición exitosa hacia la democracia!
 @gehardcartay
El Blog de Gehard Cartay Ramírez
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) -Martes, 30 de enero de 2018.
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viernes, 26 de enero de 2018

EL ESPÍRITU DEL 23 DE ENERO DE 1958

El llamado entonces "Espíritu del 23 de enero de 1958", reflejado en esta foto histórica: de izquierda a derecha Rafael Caldera, líder del Partido Social Cristiano Copei, Rómulo Betancourt, líder de Acción Democrática, Jóvito Villalba, líder de Unión Repúblicana Democrática, Gustavo Machado, líder del Partido Comunista de Venezuela y el periodista Fabricio Ojeda, presidente de la Junta Patriótica de 1958.



EL ESPÍRITU  DEL 23 ENERO


La epopeya civilista (1958)

 

 (Tercer Capítulo del libro de Gehard Cartay Ramírez Orígenes ocultos del chavismo. Militares, guerrilleros y civiles, Editorial Libros Marcados, Caracas, 2006) 

 

La unidad nacional


Nunca antes en la historia venezolana -con excepción del 5 de julio de 1811- se había registrado un ambiente de unidad nacional como en la fecha del 23 enero de 1958. El país se sobrepuso a sus divergencias políticas e ideológicas con una facilidad pasmosa. La razón se supone que estriba en el deseo indiscutible de marchar hacia adelante, sin detenerse en razones ideológicas y doctrinarias.

La sola integración de la Junta Patriótica es un ejemplo de la veracidad de tal afirmación. Allí confluyeron jóvenes líderes de AD, URD, COPEI, PCV e independientes, todos absolutamente comprometidos en la tarea de derrocar la dictadura. Su gesto, desde luego, no fue de ninguna manera el desarrollo de una estrategia de lucha de largo alcance, sino un pronunciamiento que se produjo cuando ya las condiciones  clamaban, a viva voz, que los días de Pérez Jiménez estaban contados. Y sea dicho esto sin desmedro de la valiente actitud de quienes la integraban.

No hay que olvidar que Venezuela venía entonces de hondas fracturas de todo tipo. Si bien es cierto, por ejemplo, que en 1936 hubo un ambiente parecido, en aquel momento la tradición autoritaria -personificada por la tiranía gomecista- tuvo una repercusión de tal trascendencia que impidió a sus promotores (entre ellos, al joven líder popular Jóvito Villalba) plantear exigencias de mayores montas, entre ellas, la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Nueve años después se produjo el golpe de estado de octubre de 1945. Esa circunstancia, sin embargo, dividió al país en bandos prácticamente irreconciliables, incapaces de forjar posteriormente una unidad táctica para enfrentar con éxito la dictadura perezjimenista. Sería el pueblo -generalizando en todo sentido la definición del término- quien habría de unir planteamientos y métodos de lucha.

Visto con la frialdad de la distancia histórica, resulta ridículo que alguien -entonces o después- pudiera abrogarse el protagonismo del 23 enero de 1958. Igual ocurrirá treinta y un años más tarde, cuando explote el Caracazo. Son, sin duda, insurgencias comunitarias, no prevenidas ni organizadas, sino auténticos movimientos populares que cada cierto tiempo -al igual que los terremotos y otros  movimientos telúricos- brotan para que no se olvide que el pueblo también es protagonista, por encima de sus dirigentes o de quienes afirman serlo.

Pero en 1958, a diferencia de 1936, el movimiento popular produjo un auténtico ambiente de unidad nacional. Alguien podría plantear que históricamente los conductores políticos del momento indujeron a tal propósito, pero no es verdad. Fue, ciertamente, al revés. Sucedió que a  la par que el pueblo, como sujeto colectivo, abría senderos de lucha, sus dirigentes también lo hacían. Y ello porque todos venían de un proceso de profunda reflexión autocrítica.

En su primer discurso a la Nación, por ejemplo, el contralmirante Wolfgang Larrazábal, Presidente de la Junta  de Gobierno advirtió claramente cómo el protagonismo del pueblo era el que había logrado la caída del régimen. “El carácter nacional de la hora que vivimos -afirmaba en su alocución- se comprende en todo su alcance cuando sabemos que la Junta de Gobierno y la autoridad que ella ejerce no son el fruto de una conspiración singular, ni de la hazaña de un partido determinado, ni del predominio de una clase social, ni de la presión de grupo parcial alguno, sino la culminación de un estado colectivo de conciencia que aglutinó, para una acción concurrente, a todos los factores civiles y militares, animados de un espíritu sano para pensar y de una voluntad honesta para actuar”(1).

Rómulo Betancourt también lo plantearía sin esguinces y con indudable antelación futurista como una estrategia sensata y realista en su libro Venezuela, política y petróleo, escrito durante  su tercer exilio, al insistir en la necesidad de producir un esfuerzo unitario capaz de aglutinar al pueblo detrás del objetivo de restaurar la democracia. “Estamos convencidos -escribió entonces- de que será posible estabilizar en nuestro país gobiernos de derecho, nacidos del sufragio libremente emitido, si en el futuro se aplica, por los partidos nacionales (Acción Democrática, Unión Republicana Democrática, COPEI y por los que pudieran fundarse en el porvenir), así como por los demás sectores organizados de la colectividad, -y aquí cita una frase textual de Huxley- una política por lo menos no tan suicida como la que seguimos en el pasado.  En lo que a AD se refiere, hemos analizado nuestros propios errores, y los ajenos, y por lo que nos corresponde estamos seguros, plenamente seguros, de no reincidir en ellos”(2). Y ya presidente, precisamente en su discurso de toma de posesión pronunciado el 2 de febrero de 1959, lo reafirmaría con estas singulares palabras: “Derrocado el despotismo, Venezuela demostró, en forma que desmantela definitivamente  la tesis acerca de la vocación anarcoide de su pueblo, elaborada por sociólogos improvisados al servicio de las  dictaduras, su capacidad para el disfrute y ejercicio de las formas democráticas de gobierno y de vida. Demostró ser vieja en los usos de la sociedad civil, como lo decía el Libertador Bolívar en su Carta de Jamaica...”(3)

Rafael Caldera, otra figura estelar de 1958, y también después dos veces electo Presidente de Venezuela, ofrece un testimonio similar en su último libro Los causahabientes: De Carabobo a Puntofijo: “Muchas enseñanzas ofreció a los dirigentes del país, el trayecto transcurrido desde el 18 de octubre de 1945 hasta el 23 de enero de 1958. Entre las más importantes fue la de que los luchadores políticos que se combatieron encarnizadamente y que se negaban el uno al otro el pan y la sal, comprendieron que con sus interminables controversias comprometían la estabilidad institucional, olvidando que tenían algo en común que cuidar y era no solamente la integridad y la salud de la patria, sino la libertad, ese don precioso que una vez perdido es difícil de reconquistar y que demanda, para su mantenimiento, un acuerdo básico, un principio de solidaridad. En las cárceles de la dictadura, en los caminos del exilio, en las calles de la persecución y del atropello, los adecos, los copeyanos, los comunistas, los dirigentes de todos los colores y de todas las tendencias se encontraron, padeciendo la misma desgracia, y se comprometieron a luchar para que esta situación humillante no volviera a repetirse más”. Y agrega que, por todo esto, “en  el ánimo colectivo se vio brotar un sentimiento fundamental para conquistar el porvenir: la negación del odio, el propósito de entendimiento, la conciliación indispensable para fundar las bases de una Venezuela mejor”(4).

El testimonio del escritor y político Arturo Uslar Pietri también apunta en esta misma dirección, al declarar -a su salida de la Cárcel Modelo de Caracas- la madrugada del 23 de enero de 1958: “Esta noche estamos viviendo horas de una inmensa importancia histórica. Acaba de ocurrir algo que escasamente tiene precedente en toda la agitada historia de nuestro país. Un país entero en todas sus clases sociales, en todas sus tendencias de opinión, se ha puesto de pie como un solo hombre, para decir cívicamente: No queremos y no estamos dispuestos a soportar tiranías”(5).

También el después presidente Luis Herrera Campíns opina en sentido similar. En un ensayo titulado Transición política, publicado en ocasión del vigésimo aniversario del 23 de enero de 1958, el político socialcristiano define a este último como “una conjunción de factores humanos, sociales, económicos y políticos (que) permitió que el país  se quitara de encima el yugo arbitrario”. E insistiría más adelante que “1958 fue posible porque hubo compartimiento general de voluntades en torno al objetivo estratégico y la combinación de tácticas confluyentes que permitieron la presencia de fuerzas disímiles para lograr el derrocamiento de la dictadura”(6).


Hubo, desde luego, dentro de aquel ambiente de unidad nacional -bautizado entonces como el espíritu del 23 de enero- algunas notas discordantes en torno a la velocidad o la profundidad de los cambios. Pero el propósito central era el mismo y, lo que es más importante aún, la tónica la daba el propio pueblo actuando como sujeto colectivo. Por eso, afortunadamente, no tuvieron éxito las tendencias más extremistas  que se agitaban dentro de AD y el PCV, ni tampoco las corrientes de derecha incrustadas en las Fuerzas Armadas. El hecho de que entre ambas no existiera comunicación, sino, por el contrario, un profundo antagonismo contribuyó de manera fundamental a que ninguna se impusiera, aparte, por supuesto, de la escasa o ninguna fuerza popular que representaron en ese momento. Eran, en verdad, núcleos excesivamente minoritarios, sin fuerza de calle, sin audiencia y con una casi nula capacidad de convocatoria.


La otra gran verdad histórica es la de que las Fuerzas Armadas, como institución, sólo actuaron cuando ya no tuvieron a la mano más excusas para seguir apoyando a Pérez Jiménez. Los comandantes de fuerza que finalmente acceden a dar el golpe de estado, indudablemente presionados por el pueblo, son los mismos que el dictador había designado pocos días antes, por lo que se supone que eran gente de su entera confianza. Y la misma figura de Wolfgang Larrazábal Ugueto -un militar ajeno a la polémica, acomodaticio y sumamente simpático que nunca se enfrentó al entonces Presidente de la República- es la mejor demostración de que la institución armada sólo actuó obligada por aquellas extraordinarias circunstancias, en medio de la entonces insoportable  podredumbre política, social y económica que hizo naufragar al régimen dictatorial.


Unido a lo anterior, hay que destacar el deterioro de la situación  económica durante los dos últimos años de la dictadura. La verdad es que, en términos generales, el crecimiento económico bajo el gobierno perezjimenista se debió fundamentalmente al gasto público. Esto fue lo que permitió la política pantagruélica de grandes obras públicas, mientras los sectores agrícolas y manufactureros se deprimieron notablemente. Pero, ciertamente, el gasto público distorsionó gravemente el crecimiento alcanzado en esta etapa, al concentrarse aquel en grandes obras de vialidad  y en el inicio de las industrias siderúrgica y petroquímica. Lamentablemente, otros sectores de la producción y áreas fundamentales como la educación, la salud y los servicios públicos, no obtuvieron un tratamiento similar. La consecuencia no podía ser otra sino el deterioro educativo y sanitario, la proliferación de cinturones marginales urbanos y el aumento del desempleo, cuya tasa estaba por el orden del ocho por ciento para 1957. Toda esta situación, unida al progresivo deterioro de los precios petroleros a partir de 1956, contribuyó rápidamente al desgaste del gobierno y del crecimiento del descontento popular en los meses previos a la caída del régimen. Lógicamente que los sectores más golpeados fueron las clases humildes y, en cierto, modo, la siempre crítica clase media.


El actor fundamental, por tanto, fue el pueblo. La Junta Patriótica -cuyo papel fue tan importante- no tuvo empacho en reconocerlo en uno de sus primeros comunicados, una vez derrocada la tiranía: “Así tenemos que fue el pueblo de Venezuela en toda su integridad quien derrocó la dictadura”(7).Y esa, y no otra, es la verdad histórica. Acaso el 23 de enero de 1958 sea una de las pocas veces donde el pueblo venezolano asumió su propio protagonismo. En otras ocasiones, la falsedad de historiadores inescrupulosos e interesados le asignaron roles que nunca tuvo en verdad. Así sucedió, por ejemplo, en la desgraciada etapa de la Guerra Federal o en los bufos comicios electorales convocados desde 1830  hasta 1947. En esas ocasiones el pueblo fue el gran invocado pero nunca pasó de ser el eterno  convidado de piedra.


El 23 de enero 1958 las cosas cambiaron y el pueblo esta vez sí fue el verdadero y principal actor de aquellas jornadas.


 


La tarea de Wolfang Larrazábal


Sin proponérselo, obra de la más absoluta casualidad, el  contralmirante Wolfang Larrazábal (8) entró en la historia venezolana la madrugada del 23 de enero de 1958, al ser escogido por sus compañeros de armas para presidir la Junta Militar de Gobierno que sustituyó a Pérez Jiménez. La razón fundamental no fue otra que su antigüedad como oficial. No en balde se trata del único militar del siglo XX venezolano que firmó, consecutivamente, las actas de instalación de las tres Juntas Militares surgidas a raíz de los golpes de estado de 1948, 1952 y 1958.


Hombre simpático, bonachón, dotado de un gran carisma popular, sin mucho brillo intelectual y de modestos orígenes, Larrazábal cumplió a cabalidad el papel que le asignaron en ese difícil año que fue 1958. La verdad es que presidió aquella fugaz transición con gran dignidad, rodeado de un gabinete ministerial integrado por figuras de prestigio(9), hábilmente asesorado por políticos brillantes y veteranos, y apoyado, además, en un impresionante respaldo de las masas populares que, paradójicamente, no logró aglutinar para triunfar en las siguientes elecciones presidenciales, en las cuales llegó segundo tras la candidatura ganadora de Rómulo Betancourt.

Sus 10 meses de gobierno fueron, sin embargo, convulsos y difíciles, producto de la marejada popular que trajo consigo la caída de la dictadura, la cual, por cierto, no fue la resultante de un típico golpe de estado, sino más bien de una suerte de rebelión popular light. Anótese, además, a este respecto, la particularidad de que los partidos políticos no tuvieron participación organizada y activa en los hechos que derrocaron a la dictadura. Las razones han sido anotadas páginas atrás. Y esto es tan cierto que cuando se desencadenan los hechos, sus líderes fundamentales (Betancourt, Caldera y Villalba) estaban en Nueva York y apenas sus dirigentes más jóvenes habían tenido una actuación importante en los últimos días del gobierno perezjimenista. De modo que las jornadas populares fueron espontáneas y silvestres, sin dirección vertical y precisa. Esto, desde luego, presionó a los militares a apurar el golpe de estado del 23 de enero.

Tal vez la designación de Larrazábal como Presidente de la Junta de Gobierno influyó en que los cauces no se desbordaran en los turbulentos meses siguientes, como ciertamente aspiraba el sector extremista del PCV. Larrazábal fue escogido, como ya se ha anotado, por ser el militar de más alta graduación el 23 de enero de 1958, pero, además, por no ser un oficial controversial o polémico. Por lo demás, los militares que en un primer momento integraron la Junta de Gobierno fueron oficiales que hasta última hora guardaron fidelidad a Pérez Jiménez(10), sin real liderazgo en los medios castrenses y aparentemente sin ambiciones de perpetuarse en el mando. Los que sí encabezaban tendencias dentro de las Fuerzas Armadas, bien sea de derecha o de izquierda, estaban en prisión o en el exilio por las conspiraciones descubiertas y fracasadas en los primeros días de enero.

Mientras tanto, desde Nueva York llegan noticias de una interesante reunión celebrada entre Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera. El Nacional del 24 de enero los muestra en una fotografía donde aparecen sonrientes, brindando con champaña por la caída de la dictadura. Un joven y apuesto Caldera mira a la cámara con su mejor sonrisa, mientras Villalba, complacido, observa la copa en manos del líder socialcristiano y Betancourt, más zamarro y serio, dirige también su mirada de profundidad más allá del fotógrafo, se diría que hacia los lectores. La imagen, en cierto modo, reflejaba lo que sería el devenir político y electoral de los meses y años siguientes.                                                                                                                                                             
La Junta de Gobierno ofreció en su primer comunicado a la opinión pública mantener el orden, la tranquilidad y la armonía de todos los sectores sociales; plenas garantías de respeto a la ley y la justicia; convocar elecciones libres; libertad a los presos  políticos y anulación del pase a retiro de los oficiales que participaron en las conspiraciones de enero de 1958(11).
Acto seguido, la Junta Militar se transforma en Junta Cívico-Militar, al ser incorporados los civiles Blas Lamberti y Eugenio  Mendoza en sustitución de los coroneles Abel Romero Villate y Roberto Casanova, quienes salen expulsados hacia Curazao. La violencia se apodera de las calles. Una multitud enardecida asalta e incendia el edificio de la tenebrosa Seguridad Nacional, así como las instalaciones del diario oficial El Heraldo. Son saqueadas igualmente las residencias de Pérez Jiménez, Llovera Páez y Vallenilla Planchart y lo mismo sucede con las casas de los personeros importantes del recién caído gobierno dictatorial en el interior del país.

La situación obliga a la Junta de Gobierno a tomar rápidas medidas contra los elementos corruptos de la tiranía, empezando por el propio Pérez Jiménez.  “Es   un hecho público y notorio -afirma en el Decreto No. 28 del 6 de febrero de 1958- que durante la permanencia en el poder del régimen depuesto por el reciente movimiento cívico militar, se dispuso ilegalmente de los bienes nacionales, se usó indebidamente de las influencias oficiales para el enriquecimiento ilícito y además se cometieron diversos delitos contra la cosa pública”, y siendo que “el sistema personalista que imperó en el país hace recaer principalmente en el ex Presidente de la República la responsabilidad de los referidos hechos”, la Junta dispone que, “sin perjuicio de las acciones y derechos que corresponden al Estado y a los particulares contra cualquier funcionario de acuerdo con el ordenamiento jurídico vigente, se ocupen preventivamente todos los bienes que aparezcan a nombre de quien ejerció la Presidencia de la República durante el lapso comprendido entre el 19 de abril de 1953 y  el 22 de enero de 1958”. Del cumplimiento de tal decisión queda responsabilizado  el Procurador General de la República, con lo cual, a su vez, se da inicio al juicio de extradición del ex dictador que se  le seguirá implacablemente en los próximos tres años. También se iniciarán las investigaciones de los ministros, gobernadores y demás altos funcionarios del anterior régimen en todo cuanto se refiera a delitos contra la cosa pública.

Larrazábal tiene igualmente que enfrentar las agudas divisiones que afectan al frente militar. Hay fuertes y no disimulados  enfrentamientos entre las tendencias liderizadas por el teniente coronel Hugo Trejo y el general Jesús María Castro León. Este último, en particular, asume la defensa integral y absoluta de los militares frente a lo que él denomina “campañas de tutelaje y de depuración” contra los oficiales, al tiempo que exige que los civiles no se inmiscuyan en las Fuerzas Armadas. Como quien lo dice es nada menos que el Ministro de la Defensa, cunde entonces  lógicamente la preocupación entre los sectores democráticos. El presidente Larrazábal se mueve hábilmente para tranquilizar los ánimos y decide entonces resolver la situación mediante una inteligente maniobra en dos tiempos: por ahora -apoyado en el ministro Castro León y los militares miembros de la Junta- enfrentará a Trejo ofreciéndole la cárcel o una embajada. El joven militar optará por esta última y sale hacia Costa Rica. El próximo defenestrado será Castro León, mes y medio después.

Desde principios de febrero han comenzado a retornar los líderes exilados. Primero llegará Villalba, luego Caldera y después Betancourt.  Son recibidos por multitudes delirantes, integradas por militantes de todos los partidos. Hay en verdad un ambiente unitario impresionante y en este aspecto son insistentes los discursos de los que retornan. El contralmirante Larrazábal los recibe en Miraflores y se reúne frecuentemente con todos ellos. 

Mayo será un mes particularmente tumultuoso en aquel país tan sensible y agitado. El punto de ebullición lo pondrá la visita del entonces vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, quien viene de una accidentada gira por diversos países latinoamericanos, en cada uno de los cuales su presencia fue también  violentamente  protestada. Y Caracas no será la excepción. En aquel momento el anterior favoritismo descarado de EEUU hacia las dictaduras latinoamericanas era rechazado abiertamente por el continente suramericano. Los sectores universitarios venezolanos serán los promotores del abierto rechazo al visitante, desencadenándose varias manifestaciones violentas que a duras penas logran controlar los cuerpos policiales. La situación es de tal gravedad que el gobierno del presidente Eisenhower exige a la Junta garantías de seguridad a la vida de Nixon, luego de que el vehículo de este fuera apedreado y él mismo escupido por iracundos manifestantes. Mientras tanto, mil infantes de la Marina  estadounidense merodean por el Caribe, luego de los problemas que ha traído la gira de mister Nixon. Se habla, incluso de una pronta invasión. Al final, cuando los ánimos se apaciguan y Larrazábal controla la situación, el mismo presidente venezolano despedirá al líder norteamericano en el aeropuerto de Maiquetía. Lo que sí es cierto es que buena parte de los venezolanos le han cobrado así al gobierno de Estados Unidos su apoyo irrestricto durante largos años al dictador recientemente depuesto.

En mayo saldrán de la Junta de Gobierno los dos civiles. Se habla de un abierto enfrentamiento con el Presidente de la misma. La verdad es que ambos se sienten atemorizados por el giro  izquierdista de los acontecimientos y la frivolidad con que, casi siempre, asume los asuntos de gravedad el contralmirante Larrazábal(12). Son sustituidos por otros dos independientes de prestigio: Arturo Sosa, hijo, y Edgar Sanabria, quien venía fungiendo como secretario.

En junio caerá Castro León, la otra cabeza de la conspiración militar. El entonces Ministro de la Defensa no compartía la política de Larrazábal frente a los partidos políticos, particularmente AD y el PCV. Era partidario de una línea más dura e intransigente, motivado por su animadversión hacia Betancourt, y también ferviente creyente de la tesis militarista dentro de las propias Fuerzas Armadas. De allí que pensaba que debía constituirse una nueva Junta de Gobierno, integrada por civiles y militares, pero con abierta preponderancia de estos últimos.

El historiador y ex presidente  Ramón J. Velásquez afirma en su libro ya citado que se hablaba en esos días de un pliego entregado por Castro León a la Junta de Gobierno con cuatro exigencias categóricas: “1) supresión de AD y del PCV; 2) censura de prensa; 3) aplazamiento por tres años de elecciones y 4) formación de un nuevo gobierno, de acuerdo con las Fuerzas Armadas”(13). El presidente Larrazábal, la Junta y los ministros se trasladan a Macuto, a fin de apoyarse en las fuerzas navales, ante cualquier eventualidad, mientras en Caracas civiles armados registran la residencia particular de Betancourt, otros detienen a Fabricio Ojeda, Enrique Aristiguieta Gramcko, Guillermo García Ponce y Antonio Requena, miembros de la Junta Patriótica, y los conducen al Palacio de Miraflores, controlado por los alzados. Mientras tanto, estudiantes y gente del pueblo toman las calles en concurridas manifestaciones de apoyo a la Junta. Castro León intenta negociar y llama a la sede ministerial a Jóvito Villalba y a Rafael Caldera. Pero política y militarmente está aislado, pues los comandantes del Ejército, la Fuerza Aérea y la Marina están al lado de Larrazábal. A las pocas horas renuncia al ministerio y sale al exterior, acompañado de algunos de sus seguidores.

Sin embargo, el frente militar no se tranquilizará todavía. En septiembre estallará otra conspiración encabezada por los tenientes coroneles Moncada Vidal y Ely Mendoza, quienes habían sido expulsados a raíz de la insurgencia de Castro León. El movimiento golpista, a pesar de tener amplias ramificaciones, no tuvo éxito y fue dominado con relativa facilidad.

Cabe destacar que una gran manifestación popular en El Silencio el día ocho de septiembre sirvió de justa protesta contra el golpismo.  Allí intervinieron como oradores Gustavo Machado (PCV), Rómulo Betancourt (AD), Rafael Caldera (COPEI), Fabricio Ojeda (Junta Patriótica) y el dirigente sindical Gustavo Lares Ruíz. Por su parte, Larrazábal anunciaría a la Nación que los militares golpistas serían degradados públicamente y enjuiciados por traidores a la patria.



Las elecciones de 1958

La promesa de elecciones cuanto antes se cumpliría al pié de  la letra. Con ese propósito, tan temprano como el 1o. de marzo se instalaría la comisión redactora del Estatuto Electoral, presidida por el doctor Rafael Pizani, recién llegado del exilio(14). En mayo ya está listo el proyecto en cuestión, siendo promulgado inmediatamente por Larrazábal. Simultáneamente cada partido reinicia sus tareas reorganizativas y proselitistas, en medio de un ambiente contagioso y festivo.

Comienzan entonces a sonar los nombres de posibles candidatos presidenciales. Las apariencias unitarias se mantienen cuidadosa e hipócritamente, al mismo tiempo.  En agosto ya se  habla de una candidatura unitaria de todos los partidos, un proyecto utópico e inviable, destinado a fracasar desde sus inicios. Pero el sainete se monta y se mantiene como una esperanza ante aquel país donde la unidad está tan de moda en esos días.

La dificultad estriba en que se pretende conseguir un venezolano símbolo de todas las virtudes ciudadanas y que, al mismo tiempo, tenga un amplísimo consenso nacional. Se trata, en verdad, de una misión imposible. Sin embargo, será un grupo de eminentes  profesores universitarios quienes planteen primero a Rafael Pizani como ese posible candidato presidencial. En cambio, representantes de las fuerzas económicas proponen a José Antonio Mayobre, un destacado economista, mientras maestros y estudiantes asoman la candidatura de Julio de Armas, médico y ex rector de la UCV. Los partidos URD y COPEI, por su parte, mencionan el nombre de un eminente venezolano, el doctor Martín Vegas, pero encuentra el rechazo de AD, que maquiavélicamente les propone -sin apoyarlo de verdad- la candidatura de Larrazábal, asesorado por una especie de consejo de gobierno a la suiza, cuestión que, a su vez, aceptan los primeros. En realidad, los partidos tratan de ganar tiempo para lanzar, a la postre, sus respectivas candidaturas.

Inicialmente, por los lados de los partidos AD, URD y COPEI, quienes pueden ser sus abanderados fingen desinterés o simplemente guardan prudente silencio. Betancourt opta por lo primero y Caldera y Villalba por lo segundo. El ex presidente y líder de AD anuncia solemnemente -en el gigantesco mitin que lo recibió apenas llegó al país- que “viene animado de los más limpios propósitos” y anuncia que al terminar aquel acto iría al cementerio, “donde sobre la tumba de sus padres y de sus compañeros muertos en la lucha, juraría ser un hombre sin ambiciones personales ni deshonestas”(15).

Pero tales son palabras que nadie cree. Betancourt viene resuelto a ser presidente -esta vez por el voto popular-, y con la zamarrería y habilidad que nadie le negaría nunca construirá su propia candidatura. Primero vencerá los obstáculos dentro de su mismo partido, y luego derrumbará los muros de la amplia desconfianza que su figura despierta en muchos sectores del país. Internamente, debe enfrentar la insurgencia de los jóvenes adecos, entonces marcadamente impregnados por el marxismo. Muchos de ellos ni siquiera conocen personalmente a Betancourt. Pero lo sienten ya como un político entregado al reformismo, sin aliento revolucionario, demasiado contemporizador y calculador, todo lo cual es rigurosamente cierto. Será esa la camada que luego dividirá a AD y fundará al MIR, liderizados por su mentor Domingo Alberto Rangel. Por si fuera poco, el ex presidente Rómulo Gallegos -en declaraciones a El Nacional del 11 de octubre de 1958- se pronuncia por la candidatura de Larrazábal, quien, a su juicio, debe encabezar un gobierno coaligado entre AD, URD y COPEI.

La Convención Nacional del partido, reunida del 10 al 17 de agosto, será el escenario de fuertes enfrentamientos, no sólo por razones doctrinarias, sino también por la pugna existente entre la llamada vieja guardia y la generación emergente. Pero el tema realmente candente será el de la candidatura. Son tales los debates y tan interminables que la Convención concluye  autorizando entonces a una instancia más reducida -el llamado Comité Directivo Nacional- para que resuelva lo conducente. Y será en este cenáculo, celebrado los días 11 y 12 de octubre, donde sin tropiezos resulta escogido Betancourt como el candidato presidencial de AD. Su candidatura, sin embargo, quedaba condicionada si surgía la tan manoseada “candidatura única”, al tiempo que advertían la necesidad de que el próximo gobierno “se articule, en todo caso, en torno a un programa unitario y de un régimen de coalición, con adecuada representación de los partidos políticos y de los sectores representativos de la colectividad”.

La verdad es que el ex presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno de 1945 está definitivamente de regreso de la política sectaria y puramente partidista. Quiere mostrarse como un estadista maduro, y no como un fogoso líder de plazas públicas. Está absolutamente consciente de los errores que llevaron al desastre a la llamada “Revolución de Octubre”, y no está dispuesto a repetirlos. Los diez años de exilio lo han aleccionado profundamente y ello lo lleva a practicar una política de entendimiento y concordia con sus adversarios(16).

La candidatura de Larrazábal también tomaba cuerpo en esos días. Era, sin duda, la más fulgurante figura pública del momento, dotado de un gran carisma y de sólido apoyo popular en las ciudades más pobladas. Tenía, además, una importante corriente de simpatías independientes, porque muchos pensaban que no debía vincularse a ningún partido. Sin embargo, URD tempranamente lo hará su candidato presidencial, según declaraciones de Jóvito Villalba el 12 de septiembre, acompañado de Alirio Ugarte Pelayo, José Herrera Oropeza y Amilcar Gómez. Y el contralmirante lo aceptará casi un mes después, según lo informa El Universal del 4 de octubre, en declaraciones del también dirigente urredista Luis Miquilena. Con posterioridad, el PCV y MENI apoyaran la candidatura del militar marino. Por cierto que el respaldo de los comunistas lo aceptó Larrazábal -para decirlo de acuerdo a la jerga betancurista- “con el pañuelo en la nariz”, al afirmar que no implicaba ningún compromiso “presente ni futuro” con aquel partido.

Dos días después, la Convención Nacional de Copei lanzará la candidatura presidencial de Caldera como “la que más le conviene a Venezuela”, pero sin cerrarse a una hipotética candidatura de unidad “que mereciese el acuerdo unánime de las fuerzas políticas del País”(El Nacional, 07-10-58). La verdad es que, a diferencia de Betancourt, el líder socialcristiano no tuvo mayores  problemas para ser el abanderado de su partido. Él era, realmente, el punto de confluencia de COPEI, y la suya no era ciertamente una candidatura para ganar sino para consolidar el avance sostenido de su partido. Hubo, desde luego, voces disidentes -entre ellas, las de Luis Herrera Campíns y Rodolfo José Cárdenas- que argumentaban a favor de la postulación de otras  figuras (la de Larrazábal, por ejemplo), pero, en realidad, no tenían entonces mucha fuerza dentro de la parcialidad copeyana. Debe destacarse, así mismo, que influyentes sectores del mundo independiente solicitaron ser oídos entonces por la Convención Nacional de Copei, reunida los días 7 y 8 de octubre, para abogar también por la candidatura de Caldera (17), la cual, al final, también recibiría el apoyo de Integración Republicana (IR), liderizado por Elías Toro, Isaac J. Pardo y Manuel Rafael Rivero, y el Partido Socialista de Trabajadores, comandado por el periodista Rafael Poleo.

La decisión de Larrazábal de aceptar ser candidato implicó su renuncia a la Presidencia de la Junta de Gobierno en fecha 14 de noviembre. Fue sustituido por el profesor universitario Edgar Sanabria, a quien le correspondió conducir el proceso electoral de aquel año y entregar el mando a su sucesor electo en los respectivos comicios. De su fugaz gobierno son recordados dos hechos: la aprobación de la Ley de Universidades y la modificación de la Ley de Impuesto sobre la Renta, ambas, sin duda, de fuerte acento progresista.

En las elecciones de diciembre de 1958 la victoria le correspondería al candidato de AD, el ex presidente Rómulo Betancourt(18). Era una consecuencia lógica de dos factores que se conjugaron para hacer posible su elección como presidente: por una parte, su hábil y brillante estrategia electoral, consistente en derribar reservas y neutralizar enconos, ya en el frente civil como en el militar. Y por la otra, la reanimación intempestiva del aparato partidista de AD, que había sido reducido a la nada por Pérez Jiménez en 1953.

En verdad que haber resucitado a su partido en esos trepidantes meses de 1958 fue una verdadera obra de cirugía política por parte de Betancourt, cuya consigna interna -frente al fenómeno carismático y popular de Larrazábal- fue muy acertada: “organización contra emoción”. Esto es lo único que puede explicar cómo una candidatura con gran rechazo en diversas capas de la población, vista con muchísimas reservas por los militares, capaz de despertar grandes rencores y absolutamente nada carismática en lo personal, pudo derrotar a aquel fenómeno electoral que significaba Wolfgang Larrázabal, ungido entonces como un auténtico héroe popular, adorado por multitudes delirantes y visto por muchos como una especie de salvador de la patria a partir del 23 de enero de 1958.

Si algo debe reconocérsele a Betancourt fue el haber aprendido la lección de la Historia y también la de sus propios errores. Entre este sosegado y veterano líder político victorioso de diciembre del 58, que frisa ya los 50 años, y aquel impulsivo y radical joven de 36 que junto a un grupo de ambiciosos y audaces  militares dio el golpe de estado el 18 de octubre de 1945, hay una distancia sideral. Porque si bien este treintañero, que pudo conducir entonces audazmente un proceso azaroso y pleno de vicisitudes, no es menos cierto que no tuvo en aquellos años la suficiente entereza para imponer sus criterios de estadista firme y responsable, dejando que sus compañeros discurrieran -de manera suicida- por un camino lleno de sectarismo anarcoide, ciegos ante las acechanzas y que  pronto tuvo un final, para muchos bien merecido, el 24 de noviembre de 1948.

El cincuentón que ahora vuelve a la presidencia -esta vez con el voto popular- es otro hombre, otro político de factura muy distinta, amansado por el exilio y los efectos de la guerra fría de aquellos años. Tiene ahora también una concepción ideológica decantada -anclado ya definitivamente en los puertos del realismo pragmático-, sin los remilgos marxistas del 28, ni tampoco las veleidades socialistas del 45. Se diría que es, más bien, un socialdemócrata conservador, sin radicalismos, con los pies sobre la tierra.

La reflexión de nueve años largos de exilio lo ha preparado para este momento que ahora tiene delante de sí: sabe que sólo la unidad entre los tres grandes partidos, como base de sólido apoyo a un próximo gobierno, es la clave para reiniciar el ensayo democrático. Pero esto supone derrotar a las tendencias sectarias y hegemónicas que todavía perviven en AD. Por lo que respecta al núcleo fundador férreamente leal a él, Betancourt no tiene problemas. Tal vez ni siquiera con la generación intermedia que liderizan Raúl Ramos Giménez y Domingo Alberto Rangel. Donde está la dificultad mayor será en los sectores juveniles del partido. Estos no estuvieron con su candidatura y desconfían ahora de esta segunda experiencia de gobierno suya.

Pero no es sólo él quien ha cambiado. También Villalba y Caldera lo han hecho. El primero es ahora un político maduro y no el jacobino de años anteriores. Viene del exilio convencido de que la unidad nacional es requisito imprescindible de cualquier futura acción del gobierno. Por lo demás, su posición doctrinaria liberal le facilita derribar las  barreras que antes lo separaban de Caldera y de Betancourt. Y en cuanto a Caldera, está sinceramente convencido de que no pueden volver a repetirse los encarnizados enfrentamientos que AD  y su partido sostuvieron durante el trienio 45-48. Cree firmemente en el  necesario entendimiento con Villalba -en cierto modo ya explorado en 1952- y Betancourt y ya ha comprometido su palabra en Nueva York, al igual que aquellos otros, para proceder a formar un gobierno de amplia unidad nacional.

Del compromiso de los tres nacerá el Pacto de Puntofijo.
                                                                                                                                                                   

    


       NOTAS DEL TERCER CAPITULO

(1) Citado por Sanin (Alfredo Tarre Murzi) en su libro Rómulo Betancourt cuenta su vida, Vadell Hermanos Editores, Caracas, 1984, páginas 313 y 314. Por cierto que Tarre Murzi pone en boca del propio Betancourt la especie de que ese discurso lo escribió realmente Alirio Ugarte Pelayo, entonces secretario de la Junta.
(2)Rómulo Betancourt, Venezuela, política y petróleo, op. cit, página 922.
(3)Rómulo Betancourt, La revolución democrática en Venezuela, Tomo 1, sin mención editorial, página 4, Caracas, 1968.
(4) Rafael Caldera, op. cit., páginas 130 y 131.
(5) Declaraciones citadas en el libro 23 de enero de 1958: Reconquista de la libertad, Ediciones Centauro, Caracas, 1982, página 239.
(6) Véase en 1958: Tránsito de la dictadura a la democracia en Venezuela, Editorial Arte, Caracas, 1978, páginas, 85 y 87.
(7) Op. cit, página 120.
(9) Los ministros de Larrazábal fueron los siguientes: Virgilio Torrealba Silva (Relaciones Interiores); Oscar García Vellutini (Relaciones Exteriores); Arturo Sosa (Hacienda); General Jesús María Castro León (Defensa); Oscar Palacios Herrera (Fomento); Víctor Rotondaro (Obras Públicas); Julio de Armas (Educación); Carlos Luis González (Sanidad); Carlos Galavís (Agricultura y Cría); Víctor Álvarez (Trabajo); Oscar Machado Zuloaga (Comunicaciones); René de Sola (Justicia); y José Lorenzo Prado (Minas e Hidrocarburos). Secretario General de la Presidencia fue designado Edgar Sanabria, quien luego sustituiría a Larrazábal como presidente de la Junta de Gobierno.
(10)Ellos eran, aparte de Larrazábal, quien ejercía la Comandancia de la Marina, los Coroneles Roberto Casanova y Abel Romero Villate, vencedores de la rebelión militar del 1o. de enero en Maracay; el Comandante de la Fuerzas Armadas de Cooperación, Coronel Carlos Luis Araque; y el director de la Escuela Superior de Guerra, Coronel Pedro José Quevedo.
(11)El Universal, 23 de enero de 1958.
(12)A propósito de la tempestuosa visita de Nixon, el periodista,  historiador y ex presidente Ramón J. Velásquez cuenta que Larrazábal,  “al ser interrogado por un periodista acerca del acuerdo aprobado (en contra de la visita del entonces vicepresidente norteamericano) por los universitarios afirmó: “Si yo fuera estudiante, también   protestaría” (Venezuela Moderna: Evolución política en el último medio siglo,   Op. cit., página 208).
(13)Ibídem, página 213.
(14)Junto a Pizani figuran Nicomedes Zuloaga, Luis Gerónimo Pietri, Manuel R. Egaña, Lorenzo Fernández, Luis Hernández Solís, Roberto Gabaldón, Julio Diez, Gonzalo Barrios, Alirio Ugarte Pelayo, Régulo Pacheco Vivas, Ramón Villarroel y José Marcano.
(15) El Universal, 10 de febrero de 1958. 
(16) Un análisis de mayor profundidad sobre el tema está contenido en mi libro Caldera y Betancourt, Constructores de la democracia, ya citado, páginas 215 y siguientes.
(17) Gehard Cartay Ramírez, op. cit., páginas 209 y  siguientes.
(18)Los resultados electorales fueron los siguientes: Betancourt ganó con 1.284.092 votos, seguido por Larrazábal, quien obtuvo 903.479 sufragios y luego Caldera con 423.262 votos. La votación por partido fue la siguiente: AD: 1.275.973; URD: 690.479; COPEI: 392.335 y PCV: 160.791. Las demás fuerzas minoritarias apenas sumaron cerca de 50.000 sufragios.

Betancourt, Villalba y Caldera, los firmantes del Pacto de Puntofijo en 1958.