domingo, 9 de abril de 2017

AHORA MÁS QUE NUNCA



AHORA MÁS QUE NUNCA
Gehard Cartay Ramírez
Si alguien tenía alguna duda de que Venezuela padece hoy un régimen dictatorial, la reciente sentencia golpista de la Sala “Constitucional” del TSJ la disipó.
Porque, sencillamente, la única verdad es que el TSJ no tiene potestad para despojar a la Asamblea Nacional de sus facultades. Tamaño abuso no aparece en ninguna de las atribuciones constitucionales que le señala el artículo 266, al igual que no aparece por ningún lado la figura del “desacato” que ellos han inventado para acabar con el parlamento venezolano. Todo es una simple superchería.
Lo peor es la manera como resolvieron el impasse, según Maduro: el Poder Ejecutivo le ordenó al TSJ revisar la sentencia y recular en todo lo actuado. Y lo hizo por TV, como para que no quedaran dudas de que aquí no hay división de poderes, sino un régimen totalitario.
Por eso mismo, intentaron acabar con el Poder Legislativo, lo que -aquí y en cualquier parte- constituye un vulgar golpe de Estado. Ya lo venían haciendo por partes. Desde el mismo momento en que los venezolanos elegimos la nueva Asamblea Nacional (AN) en diciembre de 2015, y le dimos la mayoría de sus dos terceras partes a la oposición democrática, el régimen madurista se propuso desconocerla, con la abierta obsecuencia del Tribunal Supremo.
Desde entonces, casi todas las leyes aprobadas por la AN fueron automáticamente declaradas nulas por el TSJ, sin otra razón como no sea la de desconocer al Poder Legislativo y suplantarlo. Por eso mismo cometieron la barbaridad de “recibirle” la Memoria y Cuenta a Maduro, aprobarle créditos presupuestarios y, en definitiva, asumir las competencias legislativas, todo ello en abierta violación de la Carta Magna.
Con estos antecedentes, ningún venezolano informado podía extrañarse de tan criminal acción. Lo digo porque desde hace varios años el país ha retrocedido en todos los órdenes y ya no somos la democracia que fuimos entre 1958 y 1998.
Ahora estamos sometidos a una dictadura postmoderna, si cabe el término, más propia de un mundo globalizado, sin que pueda sustraerse de la observación internacional y sus respectivas presiones. Y porque si bien es cierto que internamente existe la censura y autocensura en la mayoría de los medios de comunicación social, la internet y las redes sociales permiten todavía denunciarla aquí y afuera como lo que es. El mundo entero lo sabe, y el régimen chavomadurista ya no puede seguir ocultando su propia naturaleza dictatorial.
La oprobiosa decisión del tribunal de marras terminó de quitarles la careta de “demócratas” con la que han intentado ocultar su condición de golpistas genéticos. No hay que olvidar, a este respecto, que el chavismo nació de un golpe de Estado el 4 de febrero de 1992, cuyos proyectos de decretos, si hubieran triunfado, configuraban una dictadura militarista y fasciocomunista. 
Ya se sabe que en 1998 aquel lobo se disfrazó de inocente oveja para ganar las elecciones. Por supuesto que quienes fueron engañados sabían que aquellos eran una cáfila de golpistas redomados. Pero la hipocresía del candidato felón (que negó entonces ser socialista; calificó a Cuba como una dictadura; y se comprometió a respetar la democracia, la propiedad privada y el pluralismo) llevó a muchos ingenuos a apoyarlo. Ya sabemos que aquellas promesas eran puras mentiras y que luego en el poder hizo todo lo contrario de lo que ofreció al país entonces.
Estamos, pues, ante un régimen de facto, que actúa al margen de la Constitución y del Estado de Derecho, ante lo cual el pueblo venezolano debería hacer uso del artículo 350 de la Constitución, que lo autoriza a desconocer “cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”. Claro: esta es la letra, pero hay que ponerle música. “Y ahí está el detalle”, como decía Cantinflas.
Por de pronto, ahora que la dictadura está atorada, la señora Fiscal General de la República, una vez que hizo la denuncia “de la ruptura del hilo constitucional” por parte del TSJ, deberá adelantar el enjuiciamiento de sus miembros, a fin de condenarlos por su actuación violatoria de la Constitución.
Y la Asamblea Nacional deberá, ya, “declarar la nulidad de las designaciones de los magistrados express, exigir la liberación de los presos políticos, destituir a todos los miembros de la Sala Constitucional y desautorizar uno a uno los actos írritos que decretó el ejecutivo sin someterlos a su control”, tal como lo ha propuesto el constitucionalista Tulio Álvarez.
Ahora más que nunca.
@gehardcartay
LA PRENSA de Barinas - Martes, 04 de abril de 2017.
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martes, 4 de abril de 2017

LA REFUNDACIÓN DE COPEI



LA REFUNDACIÓN DE COPEI
Gehard Cartay Ramírez
Habrá que trabajar ahora por la refundación de Copei, luego de los resultados del domingo pasado.
Quienes luchamos por la validación del partido, a pesar del gran trabajo que hicimos en medio de maniobras de baja calaña y de una gran confusión inducida desde afuera y desde adentro, lo hicimos en función de un último esfuerzo para salvar a Copei.
Fue una dura lucha enfrentando adversarios externos -los del régimen (CNE) y los de cierta oposición que volvió con sus mañas históricas- y también un discurso desde dentro del partido, opuesto a la revalidación, pero sin plantear otra alternativa.
No podía faltar, por supuesto, el cuento chino de que con la revalidación estábamos haciéndole el juego al régimen. Argumento absurdo por donde se le analice, pues todos los partidos democráticos también vienen revalidando su situación en el proceso en marcha desde hace cuatro semanas, y otros lo van a seguir haciendo.
(Y todo ello para no entrar en el terreno grotesco de los insultos y las descalificaciones, nada socialcristianas por cierto, de cipayos, chavistas, agentes del régimen, etc. Quienes hemos combatido a este régimen desde su intento golpista en 1992, sin acercarnos nunca a sus jefes ni haber elogiado a los autores de aquella felonía, no podemos aceptar este tipo de agresiones gratuitas, y menos cuando son una mentira paranoide para justificar una posición interna. Pudieran haberlo hecho con nobleza y sin faltar a la verdad histórica.)     
Habrá entonces que producir un gran debate sobre la crisis de Copei y procurar soluciones radicales a la misma. No se puede seguir perjudicando al partido en nombre de intereses personales o grupales que, en el fondo, no están motivados por la reconstrucción del socialcristianismo como movimiento partidista.
Personalmente no he apoyado ninguna de las dos facciones en pugna. Creo que ambas le han hecho un daño inmenso al partido social cristiano, agravando aún más un proceso deterioro que ya tiene, al menos, tres décadas en desarrollo. De allí que sean múltiples las causas y múltiples los responsables, si se hace un examen autocrítico sincero, lo que hasta hoy no ha sido posible. Cada bando interno acusa al otro y nadie asume sus responsabilidades ni errores.
Por esto mismo se ha perdido entre algunos dirigentes el sentido de hermandad partidista e ideológica. De allí que hayan surgido disputas internas -que siempre las hubo-, pero con el agravante de que luego no se respetaran a los vencedores y a los vencidos. No incurro en el error de señalar a nadie en particular, porque se trata de un proceso mucho más complejo de lo que pueda dictar la ojeriza de unos contra otros o la acomodaticia posición de quienes se consideran exentos de responsabilidad.
Lamentablemente se abandonó también la democrática tradición de respetar los resultados de las elecciones internas. En lugar de reconocer el triunfo del otro y asumir la derrota propia, se procedió a judicializar los pleitos domésticos. Hoy estamos en una fase crítica de todo este proceso, precisamente cuando es necesaria la presencia de un partido demócrata cristiano fuerte, en sintonía con la gente y sus problemas.
Copei debe conquistar su futuro, rescatando su historia como lo que fue hasta hace algún tiempo: una escuela política en la que nos formamos muchos dirigentes, iniciados en las luchas estudiantiles y luego en las vivencias democráticas del partido.
Por esa razón surgió una brillante generación de relevo, tal vez la mejor formada en su momento -dicho sea apartando la modestia-, pero a la cual, antes y después, diversas causas le negaron la posibilidad de asumir la conducción del país.
Esa escuela política nos enseñó el valor de la confrontación democrática, el respeto por las ideas ajenas, la tolerancia, la necesidad del relevo y la rotación en el liderazgo, la primacía del diálogo y el sentido exacto de que la lucha política no es una guerra de exterminio, sino una competencia donde se gana y se pierde, por lo que el triunfador siempre está obligado a respetar al vencido y valorarlo como alguien necesario.
Ojalá la responsabilidad y el espíritu socialcristiano hagan posible la recuperación de uno de los más importantes partidos de masas de la historia contemporánea, que hizo una innegable contribución a la democracia y una sólida obra de gobierno al servicio de los venezolanos.
Volveremos sobre este tema.   
@gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 28 de marzo de 2017.
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lunes, 27 de marzo de 2017

MENSAJE A LOS COPEYANOS



MENSAJE A LOS COPEYANOS
Gehard Cartay Ramírez
Sin dudas de ninguna especie, los copeyanos debemos revalidar al partido los días sábado 25 y domingo 26 de marzo.
Lo sostengo, porque revalidar al Partido Social Cristiano Copei puede ser la última y más eficaz forma de resolver el conflicto interno que sufre el partido desde hace algún tiempo.
Ha llegado el momento de restablecer la normalidad puertas adentro de Copei. En el partido nadie sobra y todos somos necesarios. Se impone retornar a la madurez institucional y volver al camino de la grandeza frente a Venezuela, como tantas veces lo demostró Copei a lo largo de sus 71 años.
Porque si de algo podemos estar orgullosos los copeyanos es justamente del servicio que el partido le ha prestado a Venezuela durante estas siete décadas, ya sea estando en la oposición o en el gobierno. Y cuando el pueblo venezolano nos confió el poder al elegir presidentes a dos venezolanos de excepción, como Rafael Caldera y Luis Herrera Campíns, se hizo una obra de gobierno fructífera y positiva para todos, sin excepciones ni mezquindades.
Copei ha sido durante esos 71 años una escuela de formación ideológica y un digno taller para la fragua de líderes nuevos a todos sus niveles, especialmente entre los más jóvenes, todo lo cual sirvió para que su juventud partidista se destacara como una de las más brillantes.
Ha llegado el momento de volver a sentir a Copei como una comunidad espiritual, solidaria y comunitaria, por encima de proyectos individuales o grupales. Ha llegado el momento de volver a nuestras raíces socialcristianas en las que se formaron varias generaciones y convivían solidariamente la experiencia y lo novedoso, tras el compromiso fundamental de luchar “por la justicia social en una Venezuela mejor”.  
La oportunidad de revalidar este 25 y 26 de marzo al partido constituye también una ocasión propicia para que los militantes asumamos nuestra responsabilidad de liberarlo de un absurdo conflicto interno. Vale la pena insistir en que Copei no tiene otro dueño que su propia militancia y por encima de ella nadie puede estar.
Tal como lo ha sostenido el jurista socialcristiano Román Duque Corredor “es el Partido y no las facciones el que se juega su futuro después de siete décadas de vigencia como expresión del socialcristianismo”, agregando también que la renovación de Copei “no es una legitimación de la intervención judicial”.
No validar a Copei sí sería facilitar su destrucción, así como la de los demás partidos democráticos, si estos se hubieran abstenido de validarse. Eso sí hubiera sido caer en la estrategia del régimen para acabar con nuestras instituciones partidistas.
Sabemos -por supuesto- de las trabas y obstáculos del régimen y su CNE para bloquear este proceso, pero también sabemos que los partidos revalidados hasta ahora han derrotado esas dificultades. Si ellos han  podido, los copeyanos también podremos.
Y todo ello a pesar de que, en nuestro caso, los obstáculos parecen ser mayores. Uno de ellos es la confusión creada por algunos dirigentes llamando a no validar al partido, sin ofrecer ninguna otra alternativa. El otro es la actitud de gente de otros partidos argumentando que “Copei no va a validar” e invitando a hacerlo por los suyos. Hay que enfrentar ambas desviaciones y alertar a la militancia copeyana al respecto.  
Por todas estas razones, ha llegado el momento en que la militancia copeyana asuma su papel de rescatar la institución partidista y evite su desaparición. “Salvar el partido” fue la consigna de Caldera durante la tiranía perezjimenista, cuando algunos dirigentes traicionaron a Copei y se plegaron al gobierno de turno. Esa misma consigna debe ser la de hoy, cuando atravesamos circunstancias aún más difíciles.
Vayamos, pues, a revalidar al partido este sábado 25 y 26 de marzo y trabajemos todos por el fortalecimiento de nuestro Copei, precisamente cuando es necesaria la presencia de un gran partido demócrata cristiano, en sintonía con la gente y sus problemas.
@gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 21 de marzo de 2017.

miércoles, 22 de marzo de 2017

VACÍO DE LIDERAZGO



VACÍO DE LIDERAZGO
Gehard Cartay Ramírez
En Venezuela, ahora, hay un vacío de liderazgo, es decir, de auténticos conductores enérgicos hacia lo grande y lo bueno.
Los líderes son distintos a los dirigentes. Estos son necesarios y útiles a los pueblos, aunque a veces carecen de coraje, templanza y valentía para conducirlos y orientarlos. Y desde que existen las encuestas, la mayoría de ellos se han convertido en sus prisioneros. Así, han terminado por no conducir a la gente, diciendo lo que, supuestamente, las mayorías quieren. En lugar de conducir, se dejan conducir por matrices de opinión, muchas veces falsas.
El liderazgo, en cambio, es una conducción superior que debe convencer a los pueblos sobre la conveniencia de una posición y sus formas de lucha para alcanzar el triunfo de esos objetivos. En política, como bien se sabe, la meta es el poder. Sólo que, si se trata de un elevado liderazgo moral, el poder no debe ser un fin en sí mismo sino un medio para mejorar la vida de la gente.
Hay varios ejemplos al respecto. Uno de ellos, tal vez el más emblemático, fue el del político inglés Winston Churchill. En los años treinta, y a raíz del ascenso de Hitler al poder en Alemania, Churchill se dedicó, con ocasión y sin ella, a denunciarlo como una amenaza contra el mundo libre y, en particular, contra Inglaterra. Muy pocos le creyeron entonces y hasta llegaron a acusarlo de estar fuera de sus cabales. Pero, él, nadando siempre contra la corriente, insistió hasta que, tarde ya, Inglaterra se dio cuenta del error de haber menospreciado al dictador nazi.
Churchill fue un líder auténtico. Su discurso no era el precisamente que querían oír sus compatriotas. Pero no se amilanó, ni se plegó a lo que la mayoría pacifista quería entonces. Todo lo contrario: la enfrentó, corriendo el riesgo de liquidar su carrera política y su credibilidad. Al final, los hechos le dieron la razón, fue elegido primer ministro y ganó la guerra, junto a los aliados. Pero lo logró porque era un líder y no un dirigente.  
Por desgracia, hoy en Venezuela, aunque existan muchos dirigentes, escasean los liderazgos. No hay liderazgo en el régimen, ni en la oposición. No hay liderazgo en los organismos intermedios de la sociedad civil, ni en el ámbito militar. Lo que existe es una especie de anomia y de anarquía, donde una neodictadura detenta el poder férreamente, pero el país se les va de las manos por falta de respuestas a sus problemas más acuciantes.
Una situación preocupante, sin duda. Porque un país sin liderazgo es una nave a la deriva. Y así estamos ahora. Porque un liderazgo real es aquel que provoca en la gente una mística contagiosa, una emoción en las conciencias, un sueño compartido por miles o millones y, sobre todo, una indetenible vocación de cambios profundos.
El régimen carece ahora de todo ello. Si alguna vez, bajo el liderazgo delirante de su extinto jefe, emocionó a alguna gente, hoy es un cascarón vacío de ilusiones y proyectos, sin un líder real y en medio de la más espantosa corrupción y mediocridad. Maduro nunca ha sido líder de nadie. Llegó allí impuesto por su protector, a su vez presionado por intereses foráneos. Por eso, su gestión ha sido un desastre, agravado por la nefasta herencia que le dejó su jefe.
Lamentablemente, en la oposición ahora falta también un liderazgo que apasione, oriente y señale caminos a los venezolanos. No estoy hablando de otro caudillo, ni un nuevo “salvador de la patria”, ni de otro “iluminado”. Ya sabemos que por creer algunos en esas pendejadas llegamos a este desastre. Lo que viene no es tarea de un solo hombre, sino todos los venezolanos, bajo la conducción de un liderazgo democrático, rodeado de los mejores, que nos una y nos oriente.
Pero debe ser un líder que, incluso, como Churchill, sea capaz de nadar contra la corriente si es preciso, sin dejarse llevar por la desesperación, la desesperanza, los radicalismos infantiles o las estrategias del régimen. Un líder con los pies sobre la tierra, sensato y audaz al propio tiempo, experimentado y abierto a los nuevos tiempos, corajudo, capaz de encabezar la transición que viene y que no puede ser conducida por cualquiera.
Rodolfo José Cárdenas, el recientemente desaparecido dirigente e ideólogo socialcristiano, escribió al respecto: “Muchas veces los pueblos están echados. Necesitan entonces del coraje macabeo. Hay que ponerlos de pie (…) A algunos pueblos hay que abrirles la marcha con la fe de los conductores enérgicos.”(“Las trece virtudes”, Caracas, 1968).           
Algo parecido sucede hoy en Venezuela. Por eso, los venezolanos debemos ponernos de pie y marchar hacia el objetivo de cambiar el desastre actual. No hay otra alternativa.
@gehardcartay
El Blog de Gehard Cartay Ramírez