sábado, 26 de noviembre de 2016

EL DIÁLOGO: ¿UN ESPEJISMO?
Gehard Cartay Ramírez
La solución de la colosal crisis que padecemos pasa exclusivamente por la sustitución del régimen que la ha creado. Ni más, ni menos.
En consecuencia, el objetivo fundamental del diálogo propuesto por El Vaticano sólo tendrá resultados positivos si se centra en una solución constitucional y democrática al efecto.
Pensar que la actual ruina económica del país, la destrucción del aparato productivo nacional -tanto público como privado-, el alto costo de la vida, la híper inflación, la especulación y la carestía se van a resolver en una fulana “mesa de diálogo” es una mentira descomunal. Aquí los pañitos de agua tibia no sirven…
Pensar también que ese diálogo podría resolver la hecatombe moral y social que ha producido este régimen desde 1999, con sus desgraciadas secuelas de corrupción avasallante -especialmente la de su cúpula podrida, que ha consumado el más gigantesco saqueo a Venezuela en toda su historia- y de profundización de la miseria, la pobreza y el hambre como nunca antes, es otra gran mentira.
Porque la única verdad es que la destrucción del país durante estos casi 18 años no se va a solucionar en poco tiempo porque los culpables de este desastre se sienten a conversar con representantes de la MUD. Y eso deberían advertirlo y denunciarlo ante el país estos últimos, si no quieren caer como incautos ante la propaganda engañosa del régimen.
La verdad es que no tiene explicación alguna que los representantes de la MUD no lo hayan señalado así ante la opinión pública y permitan que se piense que han sido subyugados por los cantos de sirena del régimen. (Y debo advertir, a este respecto, que la MUD siempre ha contado con mi modesto apoyo y también con mi sincera crítica, cuando ha sido necesaria. Esta es mi posición personal. Por eso nunca me he sumado a quienes la colman de insultos desde las redes sociales, algunos de ellos operarios del régimen disfrazados de opositores, estimulando la división de la oposición. Tampoco creo que sus representantes puedan ser acusados de vendidos o traidores.)
Pero eso no impide que exprese mi desacuerdo con la forma en que se está llevando el diálogo por parte de la MUD. Caer en la trampa de que la espantosa crisis económica -que tánta hambre, pobreza y miseria han traído consigo- se puede solucionar, insisto, en las mesas del diálogo con la presencia de la MUD y los culpables de esta tragedia nacional, no tiene sentido. Y no lo tiene, porque los responsables de este desastre no pueden aparecer ahora como parte de la solución, como tampoco lo es, en este preciso momento, la propia MUD. Dejémonos de hipocresías y mentiras o de aceptar el chantaje del silencio, cuando lo que se impone es la crítica constructiva y sana.
Y todo ello sin dejar de mencionar que los dirigentes fundamentales de la MUD al parecer prefirieron mandar a dirigentes de segunda línea a esa fulana “mesa de diálogo”. Por lo visto, decidieron permanecer al margen, seguramente cuidando sus pretendidas candidaturas presidenciales. A lo mejor no se han dado cuenta que tanto cálculo político sí los desmejora de cara a la gente.
No parece lógico tampoco que, a estas alturas, no se haya desbrozado el camino electoral como salida constitucional a la crisis. Tampoco aparece por ningún lado el referendo revocatorio. (Ya Maduro alardeó el pasado domingo al respecto, diciendo que aquí no habrá elecciones por ahora.) Sólo se ha anunciado, apenas, la nueva elección de los diputados de Amazonas, en mala hora desconocidos por la Sala “Constitucional” del régimen, y el gaseoso anuncio de una designación consensuada (¿?) del CNE. Amanecerá y veremos…
Por lo demás, que se anuncie la finalización del “desacato” de la Asamblea Nacional por parte del TSJ -algo inconstitucional desde todo punto de vista-, tal vez sea una “concesión” del régimen, pero no le quita de ninguna manera su cariz antidemocrático. Y aún así, Maduro y su gente podrían utilizar otra vez tal abuso como una vulgar “espada de Damocles”. ¿Habrá algo que celebrar al respecto?
En fin, lejos de todo radicalismo estúpido y tratando de aportar planteamientos críticos con la mejor buena fe, concluyo señalando lo siguiente: Lo único que puede hacerse en esa “mesa de diálogo”, si se quiere asumir con sinceridad un auténtico proceso de reconstrucción nacional, es decidir una solución constitucional y electoral. Y punto.
@gehardcartay

LA PRENSA de Barinas - Martes, 15 de noviembre de 2016

lunes, 14 de noviembre de 2016

EL DIÁLOGO: MITOS Y REALIDADES



EL DIÁLOGO: MITOS Y REALIDADES
Gehard Cartay Ramírez
Nadie en su sano juicio niega la necesidad de dialogar ahora. El problema es que casi nadie cree que pueda arrojar resultados positivos para salir de la colosal crisis que nos acogota.
Y la gran mayoría lo duda en razón de que el régimen no es confiable en esta materia, como tampoco en ninguna otra. Siendo este el régimen de la mentira, difícilmente existe aún gente que le pueda otorgar crédito a su palabra o a los compromisos que adquiera.
Todavía se recuerda cómo su extinto jefe único se burló de los acuerdos del “dialogo” promovido por la OEA y el Centro Carter en 2004. O más recientemente, en 2014, cuando se sentaron a “dialogar” Maduro y su combo con representantes de la MUD. Luego de los discursos de rigor, aquello fue puro teatro. De nuevo, el régimen volvió a burlarse de los venezolanos, porque pronto las cosas empeoraron como nunca antes.
De modo que dudar que el supuesto diálogo en marcha pueda producir resultados positivos no es pesimismo, sino realismo. Tampoco es una posición extremista. Simplemente, resulta lógico en virtud de las experiencias vividas hasta ahora y frente a las cuales nadie puede llamarse a engaño y, menos aún, olvidarlas, so pena de pasar por estúpidos.
Aún así, el diálogo es necesario en estas trágicas circunstancias, producidas por la siembra del odio a partir de 1999; el desconocimiento del adversario y su liquidación (“pulverizarlo” y “volverlo polvo cósmico”, gritaba en su esquizofrenia aquel sujeto); el enfrentamiento permanente en sustitución de la cultura del diálogo implantada en la República Civil (1958-1998); y la actuación de grupos armados oficialistas para enfrentar opositores desarmados y pacíficos. Si hubieran apelado al diálogo desde el principio, y no a la confrontación, otra sería la realidad venezolana de hoy.
¿Diálogo? Sí, por supuesto. ¿Quién podría decir que no es necesario en estos momentos? Tal vez muy pocos. Pero también es menester advertir que estamos ante un régimen bellaco, autoritario y dictatorial -¿o habrá alguien que lo dude?- que viola sistemáticamente la Constitución y las leyes, con sus tribunales del terror persiguiendo y judicializando a los adversarios, negando así un principio democrático fundamental, como lo es respetar la opinión de quienes no piensan como ellos.
¿Diálogo? Por supuesto. Pero aquí no puede haber diálogo de verdad si el régimen no comienza por reconocer la inmensa tragedia humanitaria que -por su única culpa- ahora sufrimos los venezolanos. ¿Cómo sentarse a la mesa de diálogo con los culpables del mega desastre que padecemos, cuando el régimen no es capaz -no ya de admitir su responsabilidad- sino de reconocer siquiera el crecimiento de la pobreza y del hambre, la altísima inflación, especulación, escasez y desabastecimiento o la inseguridad generalizada que ha asesinado desde 1999 cerca de 300.000 venezolanos, entre otras calamidades producidas por quienes mandan?
¿Diálogo? Por supuesto. Pero vamos a hablar claro: aquí no puede haber diálogo de verdad (insisto: diálogo de verdad, no una farsa alrededor de una mesa para las fotografías protocolares) mientras se continúe violando la Constitución. No lo habrá mientras el régimen no reconozca la soberanía popular representada en la Asamblea Nacional, elegida el pasado mes de diciembre por la mayoría abrumadora del pueblo  venezolano. No lo habrá con más de un centenar de presos políticos del régimen. No lo habrá mientras desde Miraflores se diga, irresponsablemente, que la oposición no llegará al poder “ni con balas ni con votos”.
Pero, además, el diálogo debe tener también mediadores y fiadores. Los primeros como facilitadores de las conversaciones, y los segundos como garantes de que las conclusiones a que puedan arribarse para resolver la crisis se cumplan. Y entonces también hay que preguntarse: ¿existen esos mediadores y fiadores? Porque hay muchas dudas al respecto. Ni Zapatero, ni Samper, entre otros, son gente en quienes pueda confiar la oposición. Y en cuanto al Vaticano, este tendría que arriesgar su prestigio y autoridad si, al final, Maduro y compañía terminan burlándose de su esfuerzo.
Finalmente hay que advertir que el diálogo no sustituye la lucha en las calles. Lo afirmo porque nadie está en capacidad de asegurar que aquel tendrá éxito, aunque casi todos lo deseemos. Pero si fracasara -ojalá que no-, la lucha debe intensificarse, y la calle es el mejor escenario de la protesta pacífica, vigorosa y contundente contra este infierno en que nos ha metido el régimen, empobreciéndonos a todos, mientras ellos cada día se hacen más ricos.
@gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 08 de noviembre de 2016.

martes, 8 de noviembre de 2016

PALABRAS DE GEHARD CARTAY RAMIREZ EN LA PRESENTACION DEL LIBRO "GANAR LA PATRIA"



PALABRAS DE GEHARD CARTAY RAMÍREZ EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO
GANAR LA PATRIA,
ETAPAS EN LA LUCHA CÍVICA,
DEL EX PRESIDENTE RAFAEL CALDERA


Caracas, 21 de octubre de 2016.


Quiero comenzar estas breves palabras agradeciendo el honroso encargo que se me hizo para escribir el Prólogo del séptimo volumen de la Biblioteca Rafael Caldera: Ganar la Patria, Etapas en la lucha cívica.
     Son catorce discursos seleccionados cuidadosamente y que representan catorce momentos importantes, algunos dramáticos e históricos, de nuestro reciente devenir como República.
Esta selección de discursos comienza con la intervención de Caldera en el acto fundacional de Copei, y el último de los mismos -casi sesenta años después- es su salutación de Año Nuevo como presidente en su segunda gestión en enero de 1999.
Como lo afirmo en el Prólogo, lo admirable -en mi caso como lector, pero también como estudioso de nuestra reciente historia- es la coherencia extraordinaria que todos esos discursos señalan en un hombre que actuó casi seis décadas en la política venezolana.
Y esto no es fácil que ocurra, porque no se trata de una coherencia anclada en principios fosilizados o en una terquedad que simplemente no quería cambiar de opinión. No. Se trata de una coherencia dictada por la dinámica de los hechos, pero sobre todo -y esto para mí es lo más importante- por la fidelidad a principios y valores fundamentales.
Tal como lo señalo en el Prólogo, hay tres grandes coordenadas del pensamiento calderiano que están presentes en casi todos estos discursos, desde enero de 1946 a enero de 1999.
En primer lugar, la defensa de la Democracia y el Estado de Derecho. Este fue un principio inmutable en Caldera: la defensa de la democracia, y no como un simple sistema que permite que el pueblo escoja a sus gobernantes, como primigeniamente fue entendida. No; en Caldera el concepto de democracia va mucho más allá. En Caldera la democracia no es sólo que la gente elija a sus mandatarios, sino también el respeto a los derechos humanos; el diálogo y el pluralismo; el parlamentarismo en su mejor expresión; el régimen de partidos como vehículos de participación entre la ciudadanía y el Estado; y, por supuesto, el respeto por las sociedades intermedias como vehículos de expresión ciudadana y de sus inquietudes y planteamientos.
Este pensamiento estuvo permanentemente presente en cada una de las intervenciones de Caldera. Hay una que, en particular, destaco en el Prólogo. Se trata de una conferencia televisada, si mal no recuerdo en octubre del año 1962, durante el gobierno de Rómulo Betancourt. El país vivía entonces un momento muy difícil. Ya la extrema derecha había sido derrotada en su ofensiva terrorista y subversiva, y en ese momento actuaba con similares métodos la extrema izquierda castrocomunista. Habían surgido guerrillas urbanas y rurales, así como dirigentes izquierdistas extremistas que utilizaban el frente civil y el frente subversivo simultáneamente para atacar el gobierno de Betancourt y al reciente experimento democrático en marcha.
Caldera, en esa conferencia televisada, señaló entonces que existían sectores tentando al alto gobierno y al propio presidente Betancourt a que tomara medidas, al margen de la Constitución y las leyes, para detener a parlamentarios del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), implicados en actos terroristas y subversivos. Y Caldera advirtió esa noche que Copei estaba dispuesto a abandonar el gobierno si se procedía en contra de la Constitución y del Estado de Derecho.
Es importante tener todo esto presente, especialmente ahora cuando desde el poder, en una conducta de desprecio por la Carta Magna, las leyes y la soberanía popular, hoy se hace exactamente todo lo contrario a lo que entonces reclamaba el líder socialcristiano, a la sazón leal aliado de aquel gobierno basado en el Pacto de Puntofijo.
El segundo principio permanente en el pensamiento de Caldera fue el de la Justicia Social. Por cierto que en su último Mensaje la definió con palabras muy sencillas: “La defensa del más débil”. Pero este principio siempre estuvo de manera permanente en sus discursos y en sus hechos. Siendo apenas un joven de 19 años ya participaba en la elaboración de la Ley del Trabajo de 1936, y esta era muy importante en un país que salía de una larga dictadura, donde los trabajadores no tenían ningún tipo de defensa de sus derechos y de su estabilidad. Esa Ley del Trabajo sería también objeto de sus desvelos cincuenta años después para adaptarla a los nuevos tiempos.
Luego, como Presidente de la República y en sus dos gestiones de gobierno, nadie podría negar que hubo preocupación y una obra sólida en beneficio de los más pobres, especialmente de los habitantes de los barrios marginales, mediante la edificación de viviendas populares, así como su equipamiento y servicios respectivos.
Hubo entonces conexión entre el pensamiento y la acción de Caldera como estadista, gobernante y líder político.
El tercer principio -que para mi constituye tal vez el más trascendente- fue el de la defensa de la paz. Y es que si existe alguna razón, entre muchas otras, por la que Caldera pasará con merecidos honores a la Historia es, justamente, por haber sido el gran pacificador de la Venezuela de la segunda mitad del siglo XX.
La primera pacificación, como ustedes recordarán, fue en 1969, iniciando su primer gobierno. Ya la guerrilla había sido derrotada militar y políticamente, pero quedaban algunos remanentes que se obstinaban en aquella absurda posición y también muchos otros que, habiéndola abandonado, no conseguían cómo entrar en el juego democrático institucional. Y en una medida audaz en aquel momento -porque aún tenía adversarios poderosos-, Caldera implantó una inédita política de pacificación, no a sangre y fuego, sino mediante el diálogo y el respeto. Muchos de aquellos ex comandantes guerrilleros se incorporaron entonces al debate civil y electoral. Muchos de ellos fueron más tarde diputados, senadores, ministros y candidatos presidenciales.
Aquella fue una contribución muy importante porque a partir de ese momento -y por varias décadas- el país vivió en paz, algo que no se había logrado en los años precedentes. No “la paz de los sepulcros” de la dictadura gomecista, sino una paz dinámica, creadora y provechosa. Una paz basada en el respeto a la Constitución y las leyes, con libre y total funcionamiento democrático de los partidos políticos, con puntual realización de elecciones cada cinco años y pleno respeto a los derechos humanos.
La segunda pacificación fue cumplida en su siguiente gobierno, cuando se produjeron medidas de sobreseimiento de los juicios a los golpistas del 4 de febrero de 1992, las cuales, por cierto, ya habían sido antecedidas -y mucha gente parece olvidarlo- por medidas también generosas de los presidentes Carlos Andrés Pérez y Ramón J. Velásquez sobreseyendo también a centenares de oficiales que estuvieron vinculados con aquel intento de golpe de Estado.
Estas tres grandes coordenadas a que he hecho referencia marcan el pensamiento de Caldera, y las destaco en el Prólogo del libro para enmarcar entonces esos discursos en su respectivo contexto histórico.
En mi opinión, la clasificación de los discursos debe hacerse en dos etapas.
La primera -que denomino Por la democracia y contra la dictadura- va de 1946 a 1958. Son discursos pronunciados en momentos muy importantes, entre ellos, como ya lo señalé antes, la fundación de Copei; la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente de 1947, que aprobó la primera Constitución moderna y democrática de Venezuela; y luego durante la lucha por la Asamblea Nacional Constituyente de 1952, cuyo mensaje democrático estuvo en la palabra de Jóvito Villalba y Rafael Caldera, sin duda, los dos grandes líderes de aquel momento.
Vale la pena detenerse en este discurso. Entonces, la consigna central del líder socialcristiano -cuando algunos decían que participar era convalidar aquella farsa- fue la de señalar que había que aprovechar tal circunstancia para hablarle al pueblo y denunciar lo que se pretendía hacer y poner de bulto los obstáculos que surgían en medio esa contienda tan importante.
Y obviamente que la Historia le dio la razón. Si bien es cierto que hubo un fraude monstruoso, no lo es menos que aquel momento el pueblo venezolano se manifestó democráticamente y tuvo la valentía de ejercer el voto, a pesar de las dificultades y las adversidades de entonces.
Finalmente, encontramos el discurso de Caldera al regresar al país el primero de febrero de 1958. Hizo entonces una serie de planteamientos de la mayor trascendencia. Entre ellos, destaco en el Prólogo la prédica contra la tesis del gendarme necesario. Justamente en aquel momento, cuando Venezuela sale de otra dictadura militar, Caldera advierte entonces la necesidad de no olvidar la amenaza del gendarme necesario, siempre presente. Y lo seguirá haciendo en las próximas décadas, con ocasión y sin ella.
En la segunda parte del libro -cuyos discursos abarcan la etapa que  denomino La consolidación democrática y las necesarias advertencias- se incluyen también importantes piezas oratorias, entre ellas, dos que me llamaron la atención particularmente: una, en defensa de la institucionalidad democrática, pronunciada en octubre de 1962, a la que hice referencia antes; y otra, una conferencia ante la Asociación Venezolana de Ejecutivos, en la que Caldera advierte -tan temprano como en enero de 1978- sobre los riesgos que corre el sistema democrático por el crecimiento de la marginalidad, la pobreza, la corrupción y la ineficiencia de la gestión gubernamental. Tal vez en ese momento muchos pensaban -o pensábamos- que la democracia venezolana estaba ya consolidada y que vivíamos una etapa de progreso institucional sin regreso. Y fíjense ustedes cómo pocos años después se demostró que aquello no era exactamente así.
Están también sus memorables discursos ante los sucesos del Caracazo de 1989 y de la intentona golpista del 4 de febrero de 1992. Existe entre ambos una perfecta coherencia que debe destacarse, pues en aquellas intervenciones ante el Congreso de la República el senador Caldera insistió en las dificultades, amenazas y acechanzas que se le presentaban entonces al sistema democrático venezolano.
Es importante, ahora cuando estamos viviendo estas consecuencias tan nefastas para el país y en este momento tan ominoso y tan difícil, volver sobre aquellas reflexiones, aquellas advertencias y aquellas admoniciones de Caldera. Precisamente él, que fue uno de los constructores de la democracia en Venezuela, no se cansó nunca de alertar a tiempo y en todo lugar sobre los riesgos que el sistema democrático podía enfrentar. Y aquí vuelvo sobre una de las líneas maestras de su pensamiento: el de la defensa de la democracia y el Estado de Derecho.
Su último discurso -con el cual se cierra este libro Ganar la Patria, Etapas en la lucha cívica- fue el Mensaje de Año Nuevo de 1999 como Presidente de la República. Se trata de una intervención breve, pero sustanciosa. Destacó entonces tres conceptos: el primero, la defensa de la alternancia democrática, no sólo en el ejercicio del poder sino también en el cumplimiento estricto de los calendarios electorales previstos constitucionalmente, algo que hoy no se respeta como los estamos comprobando. El segundo concepto lo constituye “el respeto por los victoriosos y los no victoriosos”: respeto por los que ganan y también por los que pierden. Y, finalmente, “el respeto a las instituciones como condición ineludible para que la democracia exista”. Por desgracia, estamos asistiendo ahora al sepelio de las instituciones democráticas: hoy son sólo simples parapetos que el ejercicio gansteril de la cúpula que desgobierna se lleva por delante: la Constitución, las leyes, el respeto por las instituciones y todos los valores que implica el ejercicio democrático.
Por tales razones creo firmemente que todas estas reflexiones del Presidente Rafael Caldera conservan plena vigencia en un momento tan difícil como el que vive Venezuela y deben ser motivo de inspiración en la lucha de las próximas generaciones.
Muchas gracias. 

sábado, 5 de noviembre de 2016

GARRAPATAS AFERRADAS AL PODER



GARRAPATAS AFERRADAS AL PODER
Gehard Cartay Ramírez
Esta es una definición exacta de Maduro y la cúpula podrida del régimen en este momento.
La verdad es que si tuvieran algo de vergüenza ya deberían haber abandonado el poder que, en mala hora y de pésima manera, ejercen. Resulta inaudito que teniendo a casi todo el país en su contra aún no se hayan ido por sus propios pasos.
Por desgracia, se aferran al poder como garrapatas, extrayendo para su provecho personal lo que queda en las arcas del patrimonio público. Se trata de una oligarquía corrupta hasta la exageración, pero -por lo visto- quieren llevárselo todo, antes de ser echados.
Aunque están enfermos de poder, en su actual desesperación deberían examinar la historia de aquellos que prefirieron abandonarlo en beneficio de sus pueblos y, en ciertos casos, antes de que fuera tarde para ellos. Por supuesto, algunos eran grandes hombres, y no se les puede comparar con la mediocridad del caso presente.
Comencemos por el Libertador Simón Bolívar. En 1830, al ser cuestionado por caudillos locales y fracasar la Gran Colombia, entregó el poder y anunció que viajaría a Europa. Enfermo y amargado, murió en el trayecto, en Santa Marta. El otro gran prócer independentista, José Antonio Páez, entregó en 1863 el mando de la República que había fundado en 1830 a Falcón y los federales, a pesar de que estos no lograron vencerlo, pero lo hizo por la paz del país. Luego se marcharía al exterior, donde murió.
En el siglo XX, el general Eleazar López Contreras, sucesor de Juan Vicente Gómez en 1935, liquidó pacíficamente la tiranía de su antecesor -a la que sirvió varias décadas- y condujo al país hacia la democracia, la libertad y el respeto a los derechos humanos. Por si fuera poco, recortó su propio período presidencial de siete a cinco años.
Quien lo sucedió, el también general Isaías Medina Angarita, a pesar de haber presidido un buen gobierno, fue, sin embargo, timorato al negarle al pueblo el derecho a elegir sus gobernantes. Pero no sólo eso: tampoco comprendió la inconformidad que bullía entonces en la oficialidad joven y los nuevos líderes civiles. Y el 18 de octubre de 1945, ante el golpe de Estado en su contra, prefirió irse, alegando que no estaba dispuesto a permitir la violencia entre sus compatriotas.
El dictador Marcos Pérez Jiménez, quien presidió un gobierno de grandes obras, pero antidemocrático y sin libertades, hizo todo lo posible para quedarse en el poder en los meses finales de 1957 y enero de 1958. Al final, desasistido del apoyo de las Fuerzas Armadas, también optó por abandonar la presidencia y largarse del país. Después diría también que lo había hecho para evitar enfrentamientos entre sus compatriotas.
Más recientemente, en 1993, cuando la Corte Suprema de Justicia acordó su enjuiciamiento y el Congreso lo separó de la presidencia, Carlos Andrés Pérez aceptó aquella decisión y se sometió a los tribunales, sin oponer resistencia. 
Por desgracia, Chávez fue electo presidente en 1998 y con él este nefasto régimen. Sus sucesores se niegan ahora a abandonar por las buenas el poder, a pesar del amplísimo repudio popular en su contra. Esa cúpula, ahíta de riquezas ilícitas -a costa del patrimonio público, de la pobreza y el hambre del pueblo-, se aferra como garrapatas al poder, despreciando la voluntad popular, violando la Constitución y desafiando a la comunidad internacional.
La verdad es que Maduro, si hubiera sido inteligente como López Contreras, habría podido propiciar un gran viraje y sacar al país del tremedal en que lo colocó su antecesor. Pero no tuvo inteligencia, ni amor por Venezuela y también le faltaron voluntad y sentido de la Historia.
Hoy Venezuela está en ruinas, sin un gobierno que gobierne, sumida en el hambre y la miseria, con su aparato productivo liquidado, sufriendo la inflación más alta del mundo, con sueldos que no alcanzan para nada, con el desempleo en alza, las instituciones prostituidas por la dictadura y un descontento popular que puede convertirse en un auténtico tsunami en cualquier momento.
Y aún así, la cúpula podrida madurista -que hoy sólo tiene el apoyo de la cúpula militar- no quiere irse. Son garrapatas que quieren sacarle hasta la última gota de sangre a Venezuela.
¿Cuál diálogo? Para que haya diálogo debe haber, al menos, dos partes interesadas. El régimen, sin embargo, ya demostró -en 2004 y 2013- que no le interesa en verdad el diálogo y sólo lo usa para prolongarse. No lo olvidemos. Por eso mismo, la presión popular en la calle debe continuar.
@gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 01 de noviembre de 2016