sábado, 25 de junio de 2016

"REESCRIBIENDO" LA HISTORIA




“REESCRIBIENDO" LA HISTORIA
Gehard Cartay Ramírez
                    


LA HISTORIA FALSIFICADA

Se ha demostrado suficientemente que al actual régimen le obsesiona falsificar nuestra historia.

Ya ocurrió en el pasado, cuando dictaduras de diverso signo intentaron distorsionar la historia en función de sus intereses. Mussolini se creyó heredero del antiguo Imperio Romano, y él mismo se consideraba un César al comenzar el siglo XX. Hitler instauró su Tercer Reich, a semejanza de dos anteriores que dieron origen a Alemania, sin dejar de lado la descabellada idea de la superioridad de la raza aria sobre las demás. En Cuba, la ya anciana dictadura castrista se adueñó de la figura del poeta y patriota José Martí, muerto en 1895.

El teniente coronel Chávez ha continuado con esa práctica perversa. Se ha empeñado en apropiarse de la figura de Simón Bolívar, adulterando su pensamiento liberal para convertirlo, por arte de magia, en un socialista marxista, a pesar de que Marx vino después y hasta le dedicó sus peores insultos en una mediocre biografía que escribió sobre el Libertador en 1858. Luego, en febrero de ese mismo año, en una carta a su carnal Federico Engels, calificó a Bolívar de “canalla, cobarde, brutal y miserable”, entre otras ofensas ¿Entonces, cómo podría ser Bolívar socialista y marxista?

No contento con ello, el chavismo pretende también que nuestra historia republicana comenzó por obra y gracia de Bolívar como un Supermán solitario, que sin ayuda de más nadie logró aquella proeza. Luego, mediante un salto de garrocha espectacular, borra todo lo demás, dejando a salvo a un Zamora disfrazado de socialista, y posteriormente elogiar a dictadores de la peor catadura como Cipriano Castro y Marcos Pérez Jiménez, por aquello del militarismo y “el destino manifiesto de los militares”.

Así mismo, intentan desaparecer de la historia -como si eso fuera tan fácil- la trascendencia de personajes como Páez y Guzmán Blanco, o los de La República Civil, liderada por Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Jóvito Villalba, Wolfgang Larrazábal o Gustavo Machado. Como si fueran prestidigitadores de circo, creen que a esta etapa luminosa la pueden fácilmente echar al cesto de la basura llamándola despectivamente puntofijismo y satanizándola sin razón.

Más recientemente, al carecer de una épica como la que se inventaron los castrocomunistas con la leyenda de “La Sierra Maestra”, el chavismo ha pretendido borrar la renuncia del teniente coronel Chávez a la presidencia la madrugada del 12 abril de 2002 o presentar su regreso al poder 48 horas después, como consecuencia de que “millones de venezolanos se volcaron a las calles exigiendo su vuelta”.

Menos mal que todo el país vio en televisión al alto mando militar chavista anunciando la renuncia -“la cual aceptó”- del presidente. Aún así, se atreven a negar aquel suceso que todos vimos en su momento, pretendiendo reescribir la historia, al igual que ahora también niegan que fue el general Baduel el que trajo al presidente renunciante desde La Orchila a Miraflores. (Por cierto, Baduel acaba de ser condenado a ocho años de cárcel, con lo que se demuestra -una vez más- que “así paga el diablo a quien bien le sirve”.)

¿Nos va extrañar ahora que en un mural de la Urbanización 23 de Enero de Caracas pinten a Cristo y al Niño Jesús armados con metralletas?
 LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - 11-05-2010





 DECRÉPITOS Y ANACRÓNICOS

Se ha convertido en una verdadera desgracia para los venezolanos el anacronismo enfermizo y febril que afecta a quienes gobiernan al país en estos difíciles momentos.
Parece mentira que cuando el resto del mundo avanza hacia el futuro, nosotros, en cambio, estemos de regreso al pasado, inmersos en una palabrería hueca e hipócrita, que desempolva viejos delirios de grandezas de otros gobernantes megalómanos y psicópatas, a quienes la historia -como era natural- condenó al fracaso.
Se trata de una especie de maldición gitana esta recurrente vuelta a lo que algunos han llamado el gendarme necesario, una especie de fórmula mágica -y por tanto estúpida- que pretende encontrar la solución a la crisis en la figura mesiánica de un sólo hombre. Así ha pasado siempre en nuestra trágica historia, y los resultados nunca han variado: esos hombres necesarios han terminado empeorando las cosas, sin haber resuelto ningún problema, rodeados de adulantes y corruptos y, casi siempre, convertidos ellos mismos en unos grandes ladrones del erario público. Si alguien lo duda, allí están los ejemplos históricos de Guzmán Blanco, Gómez o Pérez Jiménez.
Todos ellos tienen en común el anacronismo de sus ideas, simplistas y primarias, alimentadas por sus propios delirios de grandezas. Los mandatarios ya mencionados antes, tal y como sucede actualmente con Chávez, también se sintieron la reencarnación de Bolívar. Desde luego que en sus inicios todos han manipulado la figura del Libertador por su peso descomunal en el imaginario colectivo venezolano y por la fuerza que tiene como mito y leyenda. Bolívar se ha convertido en un dios para nuestro pueblo, hasta el punto de que él es el techo -absurdamente y porque así nos lo han enseñado desde siempre- de todas nuestras aspiraciones: no se concibe a nadie superior a Bolívar y todos preferimos ser inferiores a su condición, lo que, de por sí, revela cabalmente la sobredimensión del héroe y el carácter religioso que implica su culto desde hace algunos años.
Fue Guzmán quien inició la manipulación política de Bolívar, en función de sus bastardos intereses de autócrata y dictador. Luego lo siguió el general Gómez, quien se dio hasta el lujo de nacer y morir en las mismas fechas del Libertador, sólo que 25 y 105 años después. Más tarde el general López Contreras llamaría a su partido “Cívicas Bolivarianas”. Pérez Jiménez (y no es casual que se trate, hasta ahora, de puros militares), para no quedarse atrás, también se escudó en la figura de Bolívar y sometía a los estudiantes y empleados públicos de entonces al tormento anual de aquellas fastidiosas “Semanas de la Patria”. CAP siguió el ejemplo y sin ninguna modestia dijo en 1974 que su gobierno de entonces era “el de los hijos de Bolívar”, y hasta sucumbió a la tentación de creerse parecido físicamente al Libertador por sus patillas, por su liderazgo latinoamericano y su fama de mujeriego. De modo, amigo lector, que la loquera de parecerse a Bolívar que ha afectado a algunos de nuestros presidentes no es cosa nueva, sino todo lo contrario.
Lo grave de todo esto es que quienes así actúan -incluyendo al actual mandatario- son en el fondo gente de mentalidad anacrónica y decrépita, llenos de complejos y atavismos, sin ideas propias y de un primitivismo doctrinario ridículo y cursi. Al referirse a algunos ejemplos mundiales de este tipo de gente, Mariano Picón Salas los describió así: “Muchos de los césares que espantaron al mundo volcaban, en su llamada voluntad de poderío, otras deficiencias y frustraciones de que les castigó la vida. Eran misántropos y misóginos como el Dr. Francia; sádicos como Rosas; “compadritos” que no soportaron un bachillerato completo como Perón y hablaban en la deslavazada sintaxis de sus “justicialistas”; pintores frustrados como Adolfo Hitler. O simples productos de la prehistoria, contemporáneos del jurásico o el devoniano, nacidos con millones de años de retraso, como Juan Vicente Gómez” (Regreso de tres mundos, Fondo de Cultura Económica, 1959, página 127).
Son, pues, personajes que se repiten cíclicamente. Pero todos tienen como común denominador haber nacido con retraso. No pertenecen a nuestra época y no comprenden los problemas que padecemos, ni mucho menos cómo enfrentarlos exitosamente. Por eso se refugian en su palabrería incesante, en su charlatanería insoportable, en la pérdida de tiempo miserable -para el gobernante y para quienes lo escuchan- de hablar horas y horas mientras el país sigue cayendo hacia el abismo.
Su anacronismo y decrepitud son una gravísima tragedia para los pueblos que gobiernan. Estos, lamentablemente, nunca saldrán de sus crisis porque sencillamente el gobernante atrasado vive anclado en el pasado, resulta incapaz de volver al presente y mucho menos de prepararse para entrar al futuro. Lo que requerimos en esta aciaga hora son líderes modernos, gerentes eficaces y estadistas capaces de trabajar en equipo, vista la imposibilidad de que un sólo hombre -por muy dotado que pueda ser- enfrente con acierto la problemática tan compleja que nos afecta. Y no serán estas caricaturas de gobernantes fracasados e “iluminados” al estilo de Castro, Hussein o Kadaffi quienes puedan cumplir la ciclópea tarea de hacer salir adelante a Venezuela.
El tiempo así lo demostrará plenamente. 

LA PRENSA de Barinas (Venezuela) / 05-09-2000



 

EL ANACRONISMO OFICIAL

                                             
El signo más protuberante del actual gobierno es su anacronismo. Basta con haber visto el desfile militar del pasado 5 de julio para comprobarlo plenamente.
Aquello parecía una de las ridículas Semanas de la Patria que caracterizaron a la dictadura de Pérez Jiménez. El propio teniente coronel gobernante, uniformado militarmente de gala -pero con la banda presidencial terciada que, por su condición de civil, se ganó el 8 de diciembre de 1998- rememoraba a Pérez Jiménez en sus mejores tiempos. Supongo que el mandatario disfrutó inmensamente la parodia, pues allí estaban reunidos dos de sus más caras obsesiones: el anacronismo y el militarismo.
La verdad es que este régimen se niega a ponerse al día históricamente. Se considera imbuido en el siglo 19, concretamente en sus dos primeras décadas. El teniente coronel Chávez, como bien lo ha escrito un lúcido intelectual de izquierda, Moisés Moleiro, cree que está en mitad de la batalla de Carabobo, dirigiendo con Bolívar las acciones bélicas. Y hasta allí llega su noción espacial y temporal. No se ha dado cuenta que ya entramos al siglo XXI y que hoy las prioridades son otras, y no las que plantea su discurso anacrónico y desfasado.
La Venezuela de hoy es otra, sin duda. Y no es la que cree el teniente-coronel que gobierna (?). No es la Venezuela de las montoneras o de las guerras civiles, ni la de los caudillos regionales o la de la época zamorana. Este es otro país, y hay así hay que hacérselo entender a los actuales gobernantes. Por tanto, el discurso oficial actual pudo haber servido para los días de la independencia o en las contiendas federales, pero no le sirve a un país en trance a la modernidad. Hoy lo que está planteado, sin duda, es luchar por mejorar la calidad de vida de los venezolanos, en lugar de la catajarria de habladera de pendejadas que nos ahoga todos los días desde el más alto sitial gubernamental.
La agenda, por tanto, es muy clara: lucha por la salud, el bienestar y la apertura de oportunidades de trabajo y superación para todos, por una parte, y contra la miseria, el hambre, la inseguridad, el desempleo, los malos servicios públicos y la corrupción, por la otra. Por eso fue que votaron quienes lo hicieron por el actual gobernante, y no para que nos condenara a su lastimosa palabrería hueca y anacrónica.
América Latina avanza hacia el progreso y nosotros, en cambio, vamos en sentido contrario. Las hoy progresistas economías de México, Brasil, Argentina y Chile, abiertas al mundo, realmente competitivas y portadoras de mejores niveles de vida para sus habitantes, son un claro indicio de que Venezuela se está quedando atrás, más cerca de Haití -lo que ya es mucho decir-, a pesar de que fuimos en el pasado reciente una de las más poderosas de América Latina. La diferencia estriba en que los líderes de esos países son hombres formados, gerentes modernos, abiertos a los nuevos tiempos, y no iluminados que viven anclados en el pasado, presos de una retórica que no le resuelve un sólo problema a nadie y, por el contrario, ha terminado agravándolos todos.
Definitivamente, los venezolanos nos merecemos -sobre todo pensando en el futuro de nuestros hijos- un verdadero estadista y no un hechicero de la palabra, sin capacidad para enfrentar la crisis.

LA PRENSA de Barinas (Venezuela) / 11-07-2000


  

MANIQUEÍSMO CHAVISTA

Nunca como ahora el maniqueísmo político de quienes detentan el poder se había impuesto con tanta inescrupulosidad e inmoralidad.

Maniqueos son aquellos que sólo ven las cosas en blanco y negro, negando que la realidad contenga todos los demás colores. Son aquellos que sólo valoran sus opiniones, mientras desprecian e irrespetan las ajenas. Son aquellos que niegan todo a quien no los apoya. Son aquellos que chantajean a los que piensan distinto. Son aquellos que no aceptan que la suya puede ser una opinión equivocada y que la del otro pudiera estar acertada. 

Con esta absurda manera de interpretar la realidad han terminado por creerse su propia paranoia, según el cual sólo hay “buenos” y “malos”, y ellos son, por supuesto, los primeros. Por tanto, sólo todo cuanto ellos digan o hagan es positivo para el país, mientras que lo que digan o hagan los demás siempre será malo e inconveniente. Así se resume -maniqueamente- el discurso chavista de estos 11 años, adobado con altas dosis de odio, discriminación y resentimiento de la peor especie.

Se trata de una conducta totalitaria, a partir de la cual han construido un discurso excluyente y sectario y un modo de ejercer el poder que sólo los privilegia a ellos, en desmedro de los demás, es decir, la inmensa mayoría. No es, por cierto, ninguna novedad tamaña aberración. Ya antes, unos cuantos amos del poder la habían practicado y, más recientemente, las trágicas experiencias nazifascistas y comunistas del siglo XX hicieron del maniqueísmo político un arma para destruir a sus pueblos y entrar luego al basurero de la historia, donde hoy reposan sus ideologías bastardas y anti humanistas.

Fieles a su anacronismo y condición de chatarra ideológica de la peor categoría, el chavismo ha hecho del maniqueísmo el fundamento esencial de su acción política desde el poder. Para esta auténtica oligarquía que hoy manda en Venezuela sólo los suyos son buenos, y los demás son malos. Sólo ellos son patriotas, y los demás traidores a la patria. Sólo ellos son honestos, y los demás deshonestos. Sólo ellos se preocupan por el pueblo, y los demás lo desprecian. Sólo ellos son dueños de la verdad, y los demás representantes de la mentira.

Esa distorsión de los hechos los lleva a convertir a sus ineptos en “capaces”, a sus corruptos en “honestos”, a sus lacras en “virtuosos”. Llegan a esa conclusión errónea al convertir el apoyo incondicional al jefe supremo en la única credencial para apoyar el proyecto político del chavismo en el poder. De allí a considerar a los suyos como los mejores sólo media un paso, sin importar que, en realidad, la mayoría de su cúpula podrida sean corruptos de siete suelas, ineptos e incapaces hasta el abuso, oportunistas despreciables, gente de la peor ralea. Ah, pero como apoyan al líder único, entonces esa sola condición los “purifica” y convierte en los “mejores” hombres y mujeres de la Venezuela actual.

Así es como hemos llegado a esta Venezuela absurda, dividida en dos categorías por el discurso excluyente, maniqueo y sectario del jefe único del régimen. Ellos, obviamente, siempre se autocalifican (sin modestia alguna, desde luego) como los “mejores”, los “patriotas”, los “honestos”. Por eso mismo, y de acuerdo con esa cretina manera de clasificarse y clasificar a los demás, entonces quienes no comparten su proyecto de destrucción nacional pasan a ser -de manera automática- los “oligarcas”, los “burgueses”, los “peores venezolanos”, los “traidores a la patria”, los “pitiyanquis”, y todo ese sartal de estupideces refritas que a cada rato, con ocasión o sin ella, declama el teniente coronel Chávez en sus chácharas incesantes, repetidas luego como loros amaestrados por quienes le apoyan.

Estas reflexiones me vienen a la mente a propósito de la absurda conducta del régimen ante la muerte del ex presidente argentino Néstor Kirchner. Independientemente de los méritos y defectos del difunto -sobre los cuales no voy a entrar en materia-, la desmesura del caudillo sabaneteño volvió por sus fueros: no sólo asistió a las exequias y pronunció sus habituales cursilerías describiendo al difunto como el héroe que nunca fue, sino que decretó tres días de duelo nacional. Y todo porque era un aliado político suyo.

En cambio, su mezquindad ante la muerte de dos venezolanos eminentes y honestos, los ex presidentes Herrera Campíns y Caldera, le impidió declarar ese mismo duelo nacional, a pesar de haber sido electos ambos como Jefes de Estado. Lo dicho, amigo lector: maniqueísmo puro.  

LA PRENSA, de Barinas (Venezuela) / O2-11-2010 



PATRIA SIEMPRE TUVIMOS

Patria siempre tuvimos desde que nos la legaron los Padres Libertadores.

Por eso resulta una ridícula superchería esa mentira oficialista según la cual “ahora tenemos Patria”.
     Pero no es sólo eso, sino también una ofensa incalificable contra quienes lucharon para declararnos independientes y liberarnos del imperio español. Una ofensa indigna de los próceres civiles que, encabezados por el barinés Juan Antonio Rodríguez Domínguez, firmaron el 5 de Julio de 1811 el Acta de la Independencia, y contra el Libertador Simón Bolívar y el general José Antonio Páez, comandantes de aquella proeza militar que libraron al frente de un ejército popular como pocas veces se ha visto en la historia latinoamericana.

Patria siempre tuvimos desde que Páez fundó la República en 1830. Y la tuvimos en los años sucesivos, pues si bien es cierto que entonces sufrimos las taras del caudillismo, autoritarismo y militarismo, los conductores de la República -militares o civiles- jamás permitieron que un gobierno de otro país atentara contra nuestra soberanía de patria libre e independiente.

Porque en esta materia hay que ser claros. No es verdad que la historia venezolana sólo registre tres momentos estelares, como pretende el actual régimen, que serían la Independencia, la Federación y la mal llamada “revolución bolivariana”. No es verdad. La historia venezolana es un todo, con sus claros y oscuros, pero también matizada con todos los colores que existan. Desde 1830 hemos tenido Patria, gracias a buena parte de sus gobernantes, civiles o militares, quienes, al lado de sus errores, fueron consecuentes con el legado de los Libertadores.

Y aunque pueda parecer antipático ahora cuando casi todos quieren sacarle provecho a la negación sistemática del pasado -los chavistas por avispados y los opositores por ingenuos-, no es verdad que todo fue condenable y perjudicial. Esa versión escolar y maniquea de la historia podrán tragársela algunos estúpidos, pero quienes han investigado nuestro devenir no pueden admitirla.  

Patria siempre tuvimos gracias a la valentía y el coraje de un Cipriano Castro que, en su momento, enfrentó la pretensión de potencias extranjeras de cobrar por la fuerza las deudas que el país había contraído con algunas de ellas.

Patria siempre tuvimos cuando el general Pérez Jiménez - apartando los crímenes de su dictadura- defendió la soberanía venezolana sobre Los Monjes y completó una red vial que llegó hasta apartados sitios fronterizos.

Patria siempre tuvimos gracias a la valentía y al coraje de un Rómulo Betancourt que enfrentó las pretensiones invasoras del castrocomunismo cubano contra nuestra soberanía en los años sesenta del siglo pasado. Entonces, desde La Habana se financiaron y se armaron grupos de guerrilleros para atentar contra nuestro país, su independencia y su democracia. Y fueron derrotados, políticamente por el gobierno democrático de AD y Copei, y también militarmente por unas Fuerzas Armadas, esas sí nacionalistas, valientes y a la altura de su patriotismo. 

Patria siempre tuvimos cuando el gobierno democrático del presidente Leoni concluyó con éxito el complejo siderúrgico y eléctrico de Guayana, que nos dio entonces soberanía energética.

Patria siempre tuvimos cuando el gobierno democrático del presidente Caldera pacificó al país e hizo retornar a la lucha civil a quienes se habían alzado en armas contra la democracia, aupados por la dictadura de Fidel Castro. Y también cuando en 1972 se aprobó la reversión petrolera para asegurar la soberanía sobre la infraestructura de la industria, a fin de preparar su futura nacionalización.

Patria siempre tuvimos cuando el gobierno democrático del presidente Pérez nacionalizó el petróleo y el hierro en 1976, con lo que  Venezuela pasó a manejarlos de manera autónoma e independiente, sin la intervención directa de consorcios extranjeros.

Patria siempre tuvimos cuando el gobierno democrático del presidente Herrera culminó exitosamente el cambio del patrón de refinación petrolera, mediante el cual se modernizaron sus instalaciones y Amuay pasó a ser la planta refinadora de petróleo más grande del mundo. Y también cuando en 1982 planteó ante las Naciones Unidas la reclamación venezolana sobre el Esequibo, hoy abandonada.

Patria siempre tuvimos cuando el gobierno democrático del Presidente Lusinchi rechazó enérgicamente la presencia de la corbeta colombiana Caldas en aguas venezolanas de Castillete, en lo que se interpretó como una absurda pretensión del gobierno del vecino país por internacionalizar el diferendo que aún tenemos con Colombia en materia de límites en aquella región.

Siempre tuvimos patria desde 1830. Desde entonces, durante algo más de 160 años, tuvimos Patria libre y soberana, hasta que un grupo de atarantados -hace algo más de una década- la entregaron al régimen cubano, convirtiéndola en tierra ocupada por un gobierno extranjero, algo que no había ocurrido en Venezuela desde que fuera liberada en 1821.

Tuvimos Patria hasta que los castrocomunistas cubanos fueron invitados por el actual régimen para ocupar nuestras aduanas, aeropuertos, puertos, sistemas de inteligencia, identificación y extranjería, notarías, registros, instalaciones militares, centros de salud, riquezas minerales estratégicas, que siempre antes fueron manejadas -como tiene que ser- por nuestros gobiernos y por ciudadanos venezolanos.  

Por eso resulta un cinismo absoluto que, siendo el actual régimen una colonia cubana, sus jerarcas griten a cada rato que “ahora tenemos patria”, cuando la realidad de los hechos demuestra plenamente todo lo contrario.


LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - O2-07-2013



viernes, 24 de junio de 2016

QUE EL PUEBLO DECIDA



QUE EL PUEBLO DECIDA
Gehard Cartay Ramírez
Todos los cargos de elección popular  son revocables.
 Artículo 72 de la Constitución Nacional.

La inmensa mayoría de los venezolanos exige ya una solución democrática y pacífica a la gravísima crisis que sufrimos.
Esa solución no es otra que poner en manos del pueblo la decisión, mediante el referéndum revocatorio presidencial. Que el pueblo decida si salimos de Maduro y su cúpula podrida o si se le deja en el poder. Así de sencillo.
El referendo revocatorio es un derecho constitucional que tenemos los venezolanos para revocar a quienes ejercen cargos de elección popular, comenzando por el presidente de la República. No es una prerrogativa de nadie en particular, sino del pueblo venezolano. Y si se cumplen los requisitos establecidos en el artículo 72 de la Carta Magna, nadie, por más poderoso que sea, puede intentar anularlo, desecharlo o retardarlo. Porque el revocatorio forma parte de la soberana voluntad popular.  
Pero el régimen se opone a que los venezolanos ejerzan su derecho revocatorio para decidir si aquel continuará al frente del país. Saben que el pueblo abrumadoramente los echará del poder y que muy difícilmente en las próximas décadas podrán volver al mismo por la vía democrática. La ruina, pobreza, hambre y corrupción que han generado desde el poder en estos 18 años es de tal magnitud que no lo olvidarán ni siquiera las próximas generaciones.
Está muy claro que los venezolanos ya han decidido echarlos del poder. Lo vienen demostrando los últimos resultados electorales. Así, por ejemplo, en las elecciones presidenciales de 2013 Maduro le sacó una “ventaja” de 1,4 por ciento a Capriles, si es que los resultados oficiales del CNE fueran ciertos, cosa que casi todo el mundo duda. Por si fuera poco, en la reciente elección de la Asamblea Nacional la oposición aplastó al régimen, obteniendo las dos terceras partes de los diputados electos.
Como lo señalara recientemente un columnista de la prensa capitalina (Tulio Hernández, El Nacional del 12-06-2016), el chavismo ha perdido en los últimos tres años 2.600.000 votos, a razón de 2.000 por día. Por lo tanto, no hay duda alguna de que perderán de calle el referendo revocatorio, sobre todo cuando el país vive una gravísima debacle, sin comida ni medicinas, en medio de una carestía y escasez como pocas veces antes, pésimos servicios públicos, hospitales colapsados  y con una inseguridad terrorífica que ya ha asesinado más de 300 mil venezolanos.   
Por eso están empeñados en bloquear el revocatorio, así como cualquier otra salida democrática. Pretenden que están por encima de la Constitución y de las leyes, y ya se sabe que ni ellos ni nadie lo están. Se creen dueños del revocatorio, y su único dueño, si vamos al caso, es el pueblo venezolano.
Por eso mismo, la cúpula podrida madurista repite que aquí no habrá revocatorio. Su sóla mención los tiene aterrorizados, ante el tsunami que se les avecina y que los barrerá del poder para siempre, si Dios quiere. La catástrofe social y económica que han producido es de tal magnitud que están imposibilitados para resolverla de ninguna manera. La verdad es que Maduro y su claque son el problema. Por tanto, no pueden ser la solución. Por eso hay que sacarlos del poder cuanto antes. No hay otra opción, si queremos evitar que  Venezuela siga hundiéndose por el despeñadero.
Por eso mismo, su CNE también hace todo lo posible para retardar el revocatorio mediante decisiones arbitrarias y sobrevenidas, trampas escandalosas y vulgares maniobras, sin contar el cinismo que exhiben públicamente sus rectoras gobierneras y las amenazas que a cada rato profieren contra la oposición. Ellas también se creen dueñas del revocatorio y creen que pueden hacer lo que les dé la gana. La verdad es que ni son dueñas, ni pueden hacer lo que les dé su gana. La Constitución es más importante que ellas, si es que alguien lo duda.
En consecuencia, si el régimen y su CNE siguen intentando bloquear esa salida democrática a la gravísima crisis nacional, o si, por desgracia, lograran evitarlo violando la Constitución y la soberanía popular, ellos entonces serán los únicos culpables de lo que pueda pasar en este país, ya harto de tanta humillación y tanta incapacidad y corrupción de quienes están en el poder.
Hay que insistir entonces en la necesidad de hacer el  referendo revocatorio para sacar a Maduro y su cúpula podrida. Es la salida constitucional, democrática y lógica. Que sean entonces los venezolanos los que decidan, pues son ellos las víctimas de uno de los peores regímenes que ha padecido Venezuela en toda su historia republicana.
Que el pueblo decida. Y punto.  
@gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 14 de junio de 2016.

domingo, 19 de junio de 2016

LA MALDICIÓN DEL CAUDILLISMO




LA MALDICIÓN DEL CAUDILLISMO
Gehard Cartay Ramírez
 
EL CAUDILLISMO, SINÓNIMO DE ATRASO

Entre los latinoamericanos, los asiáticos y los africanos ha cundido, como una plaga maldita, la tara del caudillismo, entre otras fatalidades de similar factura.

La historia de estos tres continentes se recicla, ancestralmente, en torno a estas maldiciones. Desde siempre, la mayoría de estos pueblos ha sucumbido ante la figura del hombre “providencial y necesario”, cuya sola intención o actuación serviría para cambiar el rumbo de una situación, como si estuviera dotado de capacidades sobrehumanas o mágicas.

Esa errada concepción nos ha marcado trágicamente y, en las últimas décadas, nos ha colocado a la zaga de Estados Unidos y Europa Occidental. Y es que buena parte de nuestro atraso político, económico, cultural y tecnológico obedece a la creencia absurda en determinadas personalidades (sean comandantes, líderes, jefes, generalísimos, taitas, etc.), en lugar de apelar a equipos humanos capaces e ilustrados, a planes y programas, a objetivos posibles, a sueños realizables. En lugar de acudir a estos últimos, insisto, nos hemos refugiado en supuestos o reales carismas, en jefaturas impuestas o en liderazgos autoritarios e ignorantes, todo lo cual explica, en suma, el subdesarrollo y el atraso en que hemos vivido los pueblos del llamado Tercer Mundo.

En la Europa demencial y bárbara de la primera mitad del siglo pasado soportaron las dictaduras nazifascistas de Hitler, Mussolini, Franco, Salazar y, más recientemente, la comunista de Ceaucescu, en Rumania. En África abundaron durante el siglo XX los Idi Amín Dada, los Mobutu o los Bokassa. En Asia, los Stalin, los Mao Tse-tung, los Kim Il Sun (y sus descendientes, aún en el poder), los Reza Palhevi, los Saddam Hussein o los Gaddafi. En nuestra América Latina, los Chapita Trujillo, los Somoza, los Gómez, los Francia, los Pinochet o los Fidel Castro, actual decano de los dictadores, dinosaurio insepulto y anacrónico, repudiado mundialmente.

Todos ellos ciertamente fueron cortados por la misma tijera, con idénticas medidas y características. Todos ellos sujetos brutales, asesinos y perversos, con un profundo desprecio por los derechos humanos, la libertad y la democracia. De ellos, Hitler, Stalin y Mao mataron cerca de 20 millones de personas, por hacer un cálculo pequeño. Algunos, como Idi Amín Dada, llegaron a reconocer que se comían el corazón de sus adversarios. Otros, como Chapita Trujillo, desfloraban las hijas vírgenes que le brindaban sus propios seguidores. Muchos -la mayoría- nadaron en océanos de dinero y comodidades, como Hussein y Ceaucescu, mientras otros, como Fidel Castro, disfrutaron fusilando a quienes consideraban sus enemigos o encarcelándolos varios años por escribir un simple artículo de opinión que los criticara.

El caudillismo, por tanto, es una expresión primaria del atraso, un símbolo del subdesarrollo, un rasgo patológico de las sociedades primitivas y enfermas. De allí que en esos tiempos de modernidad resulte una absoluta perversión, una imperdonable aberración. Lo que hoy plantean las circunstancias es otra cosa muy distinta: liderazgos democráticos, horizontales, capaces de rodearse de equipos competentes y honestos, en consonancia con la exigencia de los nuevos tiempos.

La gran desgracia que sufrimos hoy en Venezuela es haberle confiado la conducción del país a un caudillo anacrónico, militarista, autoritario, autócrata, alucinado y paranoico. No es poca cosa tal equivocación, amigo lector. En casi cinco años la hemos pagado con creces los venezolanos de hoy, y sus efectos tendrán que sufrirlos aún nuestros hijos. Todavía falta conocer el costo real que significará echar del poder al caudillo que hoy martiriza a la gran mayoría de los venezolanos.

En este país, donde la sanguinaria secuela de los indioespinoza, los tigreencaramado, los maisanta, los juanvicentegómez o los pérezjiménez de ayer son fantasmas que quiere reencarnar el teniente coronel Chávez que, por ahora, lo preside, debemos estar hoy más que nunca preparados para dar la pelea definitiva que liquide al caudillismo como fenómeno social y abra espacio y tiempo para los liderazgos democráticos, plurales, honestos y capaces.        

Hay que liquidar el caudillismo como hecho recurrente en nuestra desgraciada historia como pueblo. En nuestro caso, su eliminación traerá aparejado el camino del desarrollo y del progreso.


Semanario AL DÍA, Barinas (Venezuela), 28 /08 al 03/09 de 2003.

LA MALDICIÓN DEL CAUDILLISMO
 Entre los grandes males que hemos soportado los venezolanos -en gran medida gracias a nosotros mismos- destaca el del caudillismo.

Terrible desgracia esta de habernos atado a la creencia absurda de que un sólo individuo puede conducir el país y buscar su desarrollo y bienestar, o que de él y de su voluntarismo depende la solución de nuestros graves problemas nacionales. Nunca ha sido así, ni lo será tampoco en el futuro. No podemos seguir creyendo en esa soberana pendejada, a riesgo de pasar a la historia como un pueblo imbécil y estúpido.

Nuestra creencia en el mito del caudillo, del "mesías", del "hombre necesario" o como se le quiera llamar, comienza con nuestro culto religioso e irracional hacia Simón Bolívar. A estimular esa creencia alienante han contribuido todos nuestros gobernantes, historiadores, militares y demás “próceres” durante estos 190 años venezolanos.

 Arranca esa mitología nacional con la falsa idea de que la Independencia fue una empresa producto de la voluntad de un sólo hombre, en este caso, el Libertador, cuando es totalmente falsa tal tesis. Antes de Bolívar hubo un Francisco de Miranda, para no hablar de Gual y España, de José Leonardo Chirino. Desde luego que Bolívar fue el principal ideólogo, estratega, estadista y guerrero del proceso independentista. Pero no el único. A su lado estuvieron patriotas tan importantes como Páez, Sucre, Urdaneta, Mariño, Piar o Bermúdez, por citar unos pocos apenas. De modo que aquella empresa fue colectiva y nunca personalista. Si se sigue creyendo lo contrario, estaríamos ofendiendo la verdad histórica y convirtiendo a Bolívar en una especie de Superman del siglo XIX, cosa que, desde luego, no fue ni podía ser.

Pero es a partir de esa absurda idea cuando se afinca la maldición del caudillismo en el país. Y así ha sido desde Páez hasta hoy, algunas veces con mayor intensidad, otras con menor énfasis, salvo notables excepciones como las presidencias del sabio Vargas o del escritor Rómulo Gallegos, ambos baluartes civiles de excepción. Lo cierto es que se fue sedimentando en la conciencia popular la nefasta creencia de que apostando a un sólo hombre podíamos salir adelante, resolver nuestras crisis y obtener un mejor destino. De allí a despreciar la necesidad de programas, planes y equipos humanos en lugar de "mesías", "iluminados" y caudillos, había sólo un paso, todo lo cual ha traído consigo nuestra cadena interminable de errores y desaciertos como Nación.

A la muerte de Gómez hubo algunos destellos de que podíamos superar la inútil creencia en el caudillismo. Por eso precisamente se fundaron partidos políticos, sindicatos y gremios, que poco duraron pues en apenas 12 años volvimos a la tesis del “gendarme necesario”, es decir, del dictador. En 1958 -a la caída de la tiranía perezjimenista- hubo nuevamente un intento por superar al caudillaje como mecanismo de solución de la crisis nacional. Lamentablemente, los líderes de los partidos históricos no quisieron tampoco renunciar totalmente a su propio caudillismo -en algunos casos popular, en otros intelectual- y ello trajo como resultado que volviéramos a naufragar en la lucha contra este vicio nacional.

Y así hemos llegado hasta hoy, cuando un caudillete, un "iluminado", totalmente inepto e impreparado para el cargo, ejerce la conducción del país con tanta megalomanía como estulticia, potenciando como pocas veces antes la idea fija del caudillo, del jefe, del "hombre necesario", que tanto daño nos ha hecho. Y hoy es peor, porque las instituciones funcionan para ese caudillete y su ambición de poder: ya sea el alto tribunal de justicia, la asamblea nacional, los militares y el resto de las instituciones. No existe el derecho a disentir entre quienes lo rodean, y quien ose hacerlo es echado a un lado. Da pena ver a gente de lucha larga y crítica en el campo de la izquierda callar ante la megalomanía ridícula del caudillete y, al mismo tiempo, observar a círculos hasta ahora tenidos por académicos e intelectuales plegarse a esta vergonzosa carrera de adulancia que anega al país en esta hora nefasta.

Pero ya saldremos de esto. Ya pasará. Así ha sido en otras épocas de ignominia, y nunca se han perpetuado estas vergonzosas conductas. La lucha contra el caudillismo no será fácil. Pero hay que continuarla. Por Venezuela.


LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 26-06-2001





DEMOCRACIA Vs. CAUDILLISMO

   El discurso del Teniente Coronel Hugo Chávez Frías insiste en promover el concepto de “la democracia participativa”. Sin embargo, no la practica ni la ejerce. Es pura coba.

   Los hechos así lo demuestran contundentemente. En lugar de ir hacia la democracia participativa, el país ha visto -en apenas dos años- consolidarse como pocas veces la tara perniciosa del caudillismo. Entiéndase, a los efectos del presente trabajo, a este último concepto como la hegemonía absoluta de un jefe único, sin respeto ni tolerancia hacia quienes disienten de su mando y opinión. Por eso ahora todo depende del jefe del “proceso”. Todo, desde la designación de los ministros y demás funcionarios ejecutivos, pasando por la dirección nacional de ese parapeto que llaman el MVR, así como sus candidatos a diputados, gobernadores o alcaldes y la integración a dedo del Tribunal Supremo y el CNE y la designación del Fiscal, Defensor y Contralor, hasta la perversa intención de imponer al próximo presidente de la CTV. Dá pena -por ejemplo-  leer u observar declaraciones de dirigentes chavistas -antiguos izquierdistas cabezas calientes, revolucionarios irreverentes de antaño, colectivistas rebeldemente contrarios al caudillismo en el pasado- que ahora, perruna y obedientemente, dicen siempre hay que esperar la última palabra del “comandante” para decidir cualquier asunto, grande o pequeño. Bueno, ni en tiempos del general Gómez...

   Esto desde luego que ocurrió durante los despotismos militares venezolanos del siglo XIX y XX, pero no con la misma intensidad durante los 40 años del sistema democrático inaugurado el 23 de enero de 1958. La razón fundamental estriba en que estaban necesariamente obligados a negociar con los adversarios. Por lo general, las fuerzas parlamentarias de los partidos -salvo durante los mandatos de Carlos Andrés Pérez I y Jaime Lusinchi- eran más o menos parejas. Esto significaba que el equilibrio de las fuerzas políticas traía como consecuencia los pactos entre ellas, a los fines de distribuirse las máximas posiciones institucionales. No se dependía entonces de la voluntad omnímoda de un caudillo en particular, como ahora acontece, sino de la indispensable herramienta del diálogo y los acuerdos políticos entre fuerzas opuestas. Allí está sin duda, la fuerza plural de toda democracia, contraria a los gobiernos de partido único, adonde parece dirigirse el “proceso” venezolano actual.

   De modo que ninguno de los presidentes democráticos electos durante este largo período se comportó con el talante autocrático y autoritario que exhibe el Gran Hablador. El más autoritario de todos, Rómulo Betancourt, a pesar de la leyenda negra que se construyó sobre su presunto carácter caudillista, nunca logró imponer a rajatabla su voluntad en Acción Democrática. Allí están los tercos hechos para demostrarlo. En primer lugar, la circunstancia de que AD se dividiera en tres ocasiones (1961, 1963 y 1967) y que, incluso, durante su exilio bajo la dictadura perezjimenista tuviera que enfrentar la rebeldía de los jóvenes de su partido. Aún más: fue candidato presidencial en 1958 con la oposición de la juventud de AD y de la generación intermedia, quienes propusieron el nombre de Rafael Pizani, ex rector de la UCV. En 1963 la candidatura de Raúl Leoni fue enfrentada por Betancourt y nada pudo hacer para frenarla. El buró sindical adeco de entonces derrotó al mismísimo Presidente Betancourt, a pesar de ser el líder máximo y el fundador de AD. Luego, en 1967, trató de imponer también a un joven y fiel Carlos Andrés Pérez (CAP), y, sin embargo, fue Gonzalo Barrios quien se impuso finalmente, luego de la expulsión de Prieto Figueroa. La posterior historia de desencuentros entre Rómulo y CAP es ya conocida históricamente. De modo que Betancourt no fue entonces el caudillo que todo lo imponía en su partido, al estilo actual, por ejemplo. Y no lo fue porque tuvo interlocutores a quienes respetaba por su brillo y capacidad, entre ellos, Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Domingo Alberto Rangel o Raúl Ramos Giménez.

   En el Partido Social Cristiano Copei ocurrió otro tanto con respecto a Rafael Caldera, mientras fue su máximo líder. En 1958 Luis Herrera Campíns y Rodolfo José Cárdenas, entre otros líderes emergentes, mostraron reservas a su segunda candidatura presidencial. Proponían -puertas adentro- apoyar una candidatura extrapartido, concretamente, la del presidente de la Junta de Gobierno, vicealmirante Wolfgang Larrazábal. Sin embargo, en Copei no hubo entonces una crisis por esa circunstancia. En 1963 algunos hubo pensaron que el partido socialcristiano debía apoyar -junto a AD- la posible candidatura del historiador tachirense Ramón J. Velásquez. Pero Caldera fue candidato por tercera vez, y no pasó nada internamente tampoco. En 1968, Caldera resultó aclamado como candidato presidencial y fue elegido Presidente de la República. En 1972, Caldera apoyó la candidatura de su exministro Lorenzo Fernández en contra de la de Herrera Campíns en un proceso lleno de traumas y dificultades, que llevaría a Copei a perder el gobierno frente a CAP. Pero luego, en 1978, Herrera Campíns fue el abanderado copeyano por consenso y Presidente de la República. En 1983 Caldera tuvo que enfrentarse al precandidato del gobierno, el también ex ministro Montes de Oca -quien después retiraría su nominación a instancias del Presidente Herrera-, y luego, en 1988, incluso perdió la lucha por la nominación presidencial frente a su ex delfín y pupilo Eduardo Fernández. No fue entonces la suya propiamente la trayectoria de un caudillo que todo lo imponía. Por el contrario, cuando le tocó enfrentarse a otros compañeros, a pesar de su máximo liderazgo y de su condición de fundador, lo hizo sin complejos. Y también tuvo dentro de su partido -al igual que Betancourt en AD y a diferencia de Chávez hoy día- interlocutores brillantes y preparados, con los cuales discutía los asuntos internos. Sólo sería en 1993 cuando se alejaría de Copei para ser el candidato triunfador de un variopinto frente electoral que él mismo denominó el chiripero.

   Luis Herrera Campíns fue todavía menos propenso al caudillismo. Esperó pacientemente su oportunidad, una vez que Caldera fue presidente. Aceptó, a pesar de haberla adversado dentro de Copei en 1982, una nueva candidatura presidencial de éste en 1983. Igualmente enfrentó internamente la de Eduardo Fernández en 1988 y la de Álvarez Paz en 1993, y sin embargo las apoyó posteriormente. No fue tampoco el suyo un comportamiento caudillista, sino exactamente todo lo contrario: fue más bien el anticaudillo contemporáneo por excelencia.

   Carlos Andrés Pérez si bien trató de ser en cierto momento un caudillo, finalmente desistió de la idea y más bien se comportó luego en el gobierno como la cabeza de un equipo gubernamental. Lo interno en AD, una vez que fue presidente, poco o nada le importó. Incluso llegó a gobernar en las dos ocasiones con gente que AD repudiaba abiertamente, como Diego Arria en 1974 o los Iesa boy’s en 1989. En 1978 no vio con simpatía la candidatura de Luis Piñerúa Ordaz, pero la apoyó luego. En 1983 respaldó la nominación de Jaime Lusinchi y en 1988 se impuso él mismo como candidato, luego de haber enfrentado al precandidato lusinchista, el senador Octavio Lepage, quien por cierto había sido ministro de su primer gobierno. En 1992 comenzaría su vía crucis político y, finalmente, en 1994 sería expulsado de AD. Tampoco fue entonces propiamente un caudillo de voluntad hegemónica que no tolerara el disenso. No tuvo, eso sí, interlocutores en AD, al menos como los que enfrentaron a Betancourt anteriormente.

   En cuanto a Jaime Lusinchi, el más intolerante de todos -hay que recordar sus continuos zarpazos contra la libertad de expresión, por ejemplo-, también tristemente recordado por la campante corrupción de su gobierno y algunos excesos personales, tuvo igualmente que resignarse a aceptar que AD eligiera a CAP como su sucesor, y no a Lepage, a quien prefería como ya se ha dicho. En este caso, el liderazgo de Pérez en las bases adecas pudo más que la indudable influencia del entonces presidente en los cuadros del partido de gobierno. Pero, de todos modos, aceptó su derrota interna.


LA PRENSA de Barinas (Venezuela)/ Martes, 19-09-2001




CAUDILLISMO COMO NUNCA

El comportamiento del máximo liderazgo civil y democrático -es decir, de quienes entonces ejercieron la Presidencia de Venezuela entre 1958 hasta 1998- dista mucho, como ya se ha demostrado en el artículo anterior, del caudillismo militarista y autoritario que hoy manda en el país.

Hubo, desde luego, perversiones antidemocráticas en ese período. Imposible negarlo, insisto, particularmente bajo los gobiernos de CAP  y de Lusinchi, cuando desde la Presidencia de la República se controló sin disimulo alguno al Congreso y a la Corte Suprema y -concretamente en el caso del segundo presidente- se practicó un ensañamiento pocas veces visto antes contra los medios y la libertad de expresión e información.

Lo que no hubo como ahora, reitero, fue la presencia atorrante en la Presidencia de la República de un caudillo prepotente, arrogante y dominante imponiéndose, impúdica y descaradamente, sobre los demás Poderes Públicos, es decir, el Legislativo y el Judicial, tal como lamentablemente acontece ahora. Tampoco estos últimos poderes -tan importantes constitucionalmente como el Poder Ejecutivo domiciliado en Miraflores- llegaron en ocasiones anteriores al grado de humillación, obsecuencia y degradación subalternas e indignas que hoy exhiben (cual peleles “institucionales”) ante el Presidente de la República. Porque si bien es cierto que en el pasado la designación de los demás Poderes Públicos (Legislativo y Judicial) obedecía a pactos interpartidistas, hubo casi siempre una relación de respeto y no de subordinación entre el presidente de turno y aquéllos, lo que no ocurre actualmente.

Igualmente hay que reconocer que el parlamento contadas veces renunció a su poder de fiscalización, control y discusión sobre la actividad del gobierno. Se procesaron numerosas denuncias de corrupción y el Congreso fue un abanico democrático donde se planteaban todas las opiniones. Incluso llegó a debatir y a autorizar el enjuiciamiento del presidente Pérez por corrupción, a solicitud de la antigua Corte Suprema de Justicia Y esta, en consecuencia, procesó y enjuició en 1993 al Presidente de la República en ejercicio, cosa que difícilmente pudiera ocurrir hoy ante una eventual denuncia contra el actual Jefe de Estado.

Los líderes democráticos entre 1958 y 1998 -con todos los defectos que puedan criticárseles- no ejercieron el caudillismo absoluto a la usanza del presidente Chávez. Compárese, a este respecto, la relación de este último con su partido. Numerosas veces lo ha despreciado públicamente y luego lo ha recogido epilépticamente, como si se tratara de una mujerzuela cualquiera, valga la comparación. El “comandante” nombra -él sólo y sin consultar a nadie- cuando le chá la gana a sus autoridades, dado que el MVR no ha realizado nunca la elección democrática de sus directivas, sino que ha apelado a un curioso sistema -la llamada metódica-, que no es otra cosa que el dedo único y todopoderoso del jefe del proceso, considerado infalible por sus partidarios. Eso que en el pasado se llamaba la democracia interna de los partidos no existe en el partido oficial, el cual se asemeja más a una tropa de soldados que sólo obedece a un sargento, y no a una institución política e ideológica que se respete a sí misma y tenga vida democrática propia.

Y todavía tienen el tupé de hablar de democracia participativa, ellos que no la practican puertas adentro. Tienen el descaro, incluso, de exigir internacionalmente algo que ni ellos mismos respetan y ejercen internamente. Mayor cinismo pocas veces se ha visto en un gobierno y su movimiento partidista. Les piden a los demás lo que ellos no son capaces de cumplir. Criticaban a la antigua CTV porque no elegía democráticamente por la base a sus autoridades... Y ellos, que nunca lo han hecho, con qué autoridad moral pueden exigir algo así. 

La razón de este caudillismo de hoy se explica por su formación militar. Como bien se sabe, en este mundo no se discute, sino que se manda y se obedece. Esa es su filosofía esencial. Los que están arriba mandan y los que están abajo obedecen ciegamente, sin preguntar ni oponerse. En ese ambiente se formó Chávez y de allí deriva -aparte de otras taras psicológicas- su vocación autoritaria y caudillista. El no viene de un partido político donde se discutía, se debatía y se confrontaban las opiniones. Por eso, precisamente, no tuvo ni tiene cultura democrática. No respeta la disidencia ni a su contendor, ni tiene claro el valor de la discusión ideológica y del debate enriquecedor. No tuvo tampoco la oportunidad de asistir a cursos de formación ideológica, ni participó en las luchas universitarias, batiéndose noblemente con sus adversarios en defensa de sus ideales, ni conoció los fragores de la lucha sindical, gremial o comunitaria-vecinal. Lo suyo fue obedecer y mandar, mandar y obedecer, aferrado siempre a un arma por toda idea y a una disciplina castrante como método de vida. No se le pueden, entonces, “pedir peras al olmo”. De allí que esa vocación autoritaria aberrante haya terminado matando a su propio partido, tal como pretende hacerlo también con el resto del país, para dar paso a un gobierno basado en el culto a la personalidad del caudillo, a su pensamiento único y al fundamentalismo irracional, todo ello a la más pura usanza fascista y comunista del pasado reciente.

Queda claro, además, que aquí ahora no hay autonomía ni independencia entre los Poderes Públicos. Lastimosamente, tanto el parlamento y el tribunal supremo, así como el consejo nacional electoral, el contralor, el fiscal y el defensor del pueblo -todos en minúsculas-, están subordinados al presidente de la República. Actúan como sus subalternos y no en un plano de igualdad y de respeto, tal como lo manda la Constitución, lo cual es otra contundente demostración del caudillismo absorbente y perverso que hoy arropa a todo el tejido institucional del país.

De allí que afirmar que hoy hay más caudillismo en Venezuela no es una hipérbole, sino una trágica e inequívoca realidad.

LA PRENSA de Barinas (Venezuela)- Martes, 26-09-2001