viernes, 20 de noviembre de 2015

A PROPÓSITO DE LOS "NARCOSOBRINOS"




A PROPÓSITO DE LOS “NARCO SOBRINOS”

 Gehard Cartay Ramírez

El caso de los “narco sobrinos” ha terminado de revelar la colosal podredumbre ética y moral del régimen que sufrimos los venezolanos desde 1999.
Porque no se trata de cualquier escándalo. No, amigo lector. Se trata de un escándalo mayúsculo, que envuelve -de una forma u otra- a la cabeza del actual régimen venezolano y que constituye, apenas, la punta del iceberg del narcotráfico y sus conexiones con el poder en Venezuela.
Porque todavía no conocemos las completas dimensiones de esta relación. Pero algún día, más temprano que tarde, sabremos en toda su extensión la putrefacción del chiquero chavomadurista y su relación con el narcotráfico. Entonces se conocerá también porqué todo este proceso constituye la más grande estafa hecha a los venezolanos en toda nuestra historia republicana.
Por supuesto que la penetración del narcotráfico no es nueva en Venezuela. Siempre existió en el pasado, pero su contubernio directo con el poder, su crecimiento bajo la sombra y la impunidad brindada por este y, finalmente, la definitiva imbricación de la cúpula podrida que hoy manda con el narcotráfico internacional son hechos que se concretaron a partir de 1999.
Una desgraciada circunstancia que la propició, entre muchos otras, fue la alianza del régimen venezolano con las FARC. Este es un hecho conocido ampliamente. Como se sabe, en su afán de influir en la política colombiana, desde aquí el chavismo puso en marcha hace ya algo más de diez años una descabellada estrategia de apoyo a la narcoguerrilla del vecino país, a la cual, al tiempo que se le daba cobijo y protección en nuestro territorio, también se la apoyaba en todo sentido.
A partir de ese funesto momento, el narcotráfico comenzó a penetrar algunas instituciones del Estado venezolano como nunca antes, en especial las estructuras policiales y militares que, como se sabe, son las que están obligadas a combatirlo y perseguirlo. Este hecho, gravísimo, abrió las puertas de Venezuela como territorio de paso y salida del tráfico de drogas hacia países centroamericanos y a Estados Unidos y Europa, como destino final. Y comenzó así un super lucrativo negocio que ha convertido en mil millonarios a quienes desde el poder estaban en la obligación de luchar contra el narcotráfico. “Zamuros cuidando carne”, diría un llanero de los nuestros.
Lo demás es historia conocida, como también es conocida la complicidad de la cúpula podrida del régimen con los narcotraficantes y su creciente participación directa en el negocio, algo que los hechos vienen demostrando, especialmente el más reciente escándalo que registra la participación de familiares muy cercanos.
La verdad es que en esta materia ha habido una abierta y grosera impunidad, tanto en el reciente caso como en los anteriores. El régimen, cada vez que uno de los suyos es aprehendido o denunciado, acude a su manual de lugares comunes “antiimperialistas” y a su asquerosa solidaridad automática. Siempre descalifica las denuncias y protege a los suyos. Se trata de un comportamiento mafioso, que lo retrata tal cual es, y lo presenta ante el mundo como un atajo de delincuentes.
Así, por ejemplo, del conocidísimo caso Makled -quien denunció también como colaboradores suyos a altos jefes militares y civiles- nunca se supo más nada, pues lo silenciaron tras las rejas. Lo mismo han hecho en cada ocasión. Nunca se han dignado investigar los casos en que aparece gente ligada al régimen y, por supuesto, no hay fiscales ni tribunales que se atrevan a acusarlos y mucho menos a enjuiciarlos.
Sin embargo, sobre esta materia ya hay abundante investigación, tanto fuera como dentro del país, independientemente, repito, de que el régimen no se ocupe de combatir el narcotráfico, sino todo lo contrario. Apenas en mayo de 2014 se publicó un libro-entrevista a Mildred Camero, designada por Chávez en 1999 como ministro de Estado de la CONACUID, pero a quien destituyó luego en 2005 en la medida en que le fue denunciando casos que implicaban a altos personajes militares y civiles de su régimen.
Chavismo, narcotráfico y militares (Conversaciones con Mildred Camero, por Héctor Landaeta, con prólogo de Teodoro Petkoff, Libros Marcados, Caracas, 2014), el libro citado, contiene una amplísima documentación al respecto, con nombres y apellidos, así como casos muy concretos. Se denuncia allí toda una amplia red de complicidades y conexiones con el narcotráfico desde el mismo Estado venezolano.
De manera que el caso de los “narco sobrinos” constituye otro hilo de la espesa madeja del narcotráfico amparado por el poder. Pero revela algo más, sin duda: la impunidad con que actúan sus favoritos y el afán de hacer dinero “como sea” que ha apoderado de la cúpula podrida, seguramente porque sienten que su festín está a punto de acabarse… 

@gehardcartay

LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 17 de noviembre de 2015.

sábado, 14 de noviembre de 2015

HUMILLADOS Y OFENDIDOS


HUMILLADOS E INDIGNADOS

Gehard Cartay Ramírez
Humillados e indignados, los venezolanos acudiremos a las próximas elecciones para asestarle una derrota monumental al régimen de Maduro y su cúpula podrida.
Como lo he señalado otras veces, la victoria de la MUD se siente y se respira en todas partes. Y su principal causa es la existencia de un estado general de rabia, descontento e indignación en todos los sectores del pueblo venezolano, luego de 17 largos años de soportar la incapacidad corrupta de la cúpula que manda en este sufrido país.
El peor crimen que ha cometido esa claque inepta y ladrona es haber humillado -desde 1999 y de manera inmisericorde- a los venezolanos, deteriorando su calidad de vida y sus opciones de superación, sometiéndolos a las peores condiciones políticas, económicas y sociales y, muy especialmente, robándoles el futuro a nuestros jóvenes.
Por eso no deberían tener ni siquiera perdón de Dios. Por eso mismo, no deberían siquiera atreverse a solicitar el voto a los venezolanos. Deberían, si fueran honestos, renunciar al poder y asumir su responsabilidad por el fracaso a que han conducido al país, luego de haber mandado por largo tiempo y dilapidado una montaña de petrodólares, con los cuales se hubieran podido resolver todos nuestros problemas.
En lugar de eso, y a pesar de haber prometido en 1998 un cambio para mejorar, hicieron todo lo contrario: acabaron con un país que marchaba -a pesar de sus problemas- hacia su desarrollo; destruyeron su democracia, ejemplar en muchos sentidos desde 1959, persiguiendo y reprimiendo a los adversarios; arruinaron su economía; demolieron su industria petrolera, que destacaba entre las mejores del mundo; y, al final, sólo nos han dejado desabastecimiento, escasez, carestía, inflación, pobreza, desempleo, corrupción y una incapacidad general para gobernar, como pocas veces ha habido en Venezuela.
Y ahora, luego del desastre que crearon, han llegado al colmo de someter a los venezolanos a las peores humillaciones. Por eso mismo, millones de compatriotas están ahora obligados a hacer largas colas para intentar comprar los pocos comestibles y bienes que se consiguen, a muy altos precios. Por eso mismo, millones de madres no consiguen leche para sus niños, víctimas de una creciente desnutrición que muy cara les va a costar en unos años. Por eso mismo, muchas mujeres son humilladas cuando intentan comprar toallas sanitarias, algunas de ellas ofendidas en su intimidad.
Por eso mismo, hospitales y ambulatorios también están en la ruina, sin equipos médicos ni medicinas o insumos elementales. Por eso mismo, se han paralizado millones de intervenciones quirúrgicas y, consecuencialmente, se han perdido también miles de vidas, sin que ello le importe nada a la cúpula podrida que manda.
Por eso mismo, los enfermos no consiguen medicinas en las farmacias, mucho menos aquellos pacientes terminales, condenados a una muerte segura por las equivocadas políticas del régimen chavomadurista. No pueden tampoco hacerse exámenes de laboratorio o radiológicos por falta de insumos y reactivos, en virtud de la negativa del régimen a vender dólares a los importadores, pues como se sabe todo ese material se produce fuera del país.
Por eso mismo, ahora hay que hacer largas colas para adquirir cosas elementales como papel sanitario, cuando se consigue. Por eso mismo, escasean baterías y cauchos para vehículos. Por eso mismo, el salario mínimo actual no alcanza siquiera para comprar un par de zapatos escolares, mucho menos para un uniforme. Y todo ello para no referirnos a la tragedia de la inseguridad y al calvario de los pésimos servicios públicos.
¿Cómo carajo podría entonces un pueblo humillado como el nuestro pensar siquiera en votar por sus verdugos? Porque la verdad es que los venezolanos no tienen una sóla razón para hacerlo, salvo los enchufados y los corruptos de la cúpula que manda.
Y la otra pregunta: ¿Cómo pueden ser tan caraduras el régimen y sus candidatos para siquiera atreverse a pedirle el voto al pueblo, si ellos son los únicos culpables de la tragedia que sufrimos hoy día? ¿Cómo pueden esos descoloridos y desconocidos candidatos, culpables de este colosal desastre y  marcados ya por la vergüenza y la derrota, tener el tupé de creer que sus víctimas van a darles el voto mayoritario?
Los venezolanos hoy estamos humillados, pero también indignados. Así lo vamos a demostrar en las elecciones parlamentarias del próximo diciembre.
@gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 10 de noviembre de 2015.

 



domingo, 8 de noviembre de 2015

HACIA UNA MEJOR VENEZUELA
Gehard Cartay Ramírez
El peor gobierno de la República Civil, entre 1959 y 1998, es mejor que el régimen que sufrimos desde 1999.
Lo rotundo de esta afirmación ya explica porqué Venezuela sufre hoy su peor crisis en todos los sentidos. En apenas 17 años, con colosales ingresos de petrodólares como nunca antes, el actual régimen destruyó la Venezuela en ascenso que veníamos siendo. Por contraste, y al estilo de una maldición gitana, el chavomadurismo nos dejará como ominoso legado un país arruinado e hipotecado, empobrecido y miserable, con los viejos problemas de siempre y los nuevos que crearon desde 1999.
Conste que nada de esto lo afirmo por simple “oposicionismo” o con el propósito de exagerar. La conclusión a que hago referencia surge al examinar la lista de sus posibles aciertos y sus evidentes errores. Un análisis de ambos, hecho con objetividad, arroja automáticamente lo que el desaparecido Jorge Olavarría bautizara como la peorrocracia. No crea el lector que se trata de un adjetivo escatológico. Nada de eso. Olavarría definía con este término al gobierno de los peores. Y al presente régimen le calza, como anillo al dedo, tal definición. Veamos por qué.
Lo primero que hay que poner de relieve es el contexto en que se ha desarrollado su ejercicio político y administrativo. Por un lado, les tocó ejercer el poder en un país con altos ingresos petroleros -en promedio 100 dólares por cada barril durante más de 10 años. Tamaña riqueza, bien administrada, hubiera servido para resolver todos nuestros problemas (sí, amigo, lector, ¡todos!) y garantizar así un mejor destino para los venezolanos.
Y por el otro lado, el actual régimen ha sido uno de los que más tiempo ha detentado el poder, después de la autocracia guzmancista del siglo XIX y la tiranía gomecista del siguiente. Ya son 17 años de ejercicio pleno y absoluto del poder, sin que hayan tenido contrapesos de ninguna especie y, como ya se señaló, en medio de una super abundancia de recursos económicos como nunca antes.  
Cuando hablo de problemas que se pudieron resolver resalto, en primer término, aquellos que han impedido mejorar la calidad de vida de los venezolanos: empleo digno para todos, reducción de los altos niveles de pobreza, eficiencia en la prestación de los servicios públicos, funcionamiento cabal de los centros de salud pública y guerra contra la delincuencia -que, por cierto, ha asesinado más de 250 mil venezolanos desde 1999-, entre otros retos a superar.
Y al lado de estos grandes objetivos, la continuación del mejoramiento de la infraestructura física del país, un esfuerzo que se venía haciendo de manera eficaz desde la década de los años cincuenta del siglo pasado. En otras palabras, construcción de modernos hospitales, centros de salud y medicaturas rurales y urbanas, escuelas, liceos y universidades, viviendas populares y de clase media, equipamiento y consolidación de barrios en ciudades y pueblos, redes de electrificación en todas partes, autopistas y carreteras, vías de penetración en zonas de producción agropecuaria, creación de fuentes alternas de energía, etc., etcétera.
Todo ello sin olvidar el mejoramiento y consolidación de nuestra producción agropecuaria e industrial, no sólo para satisfacer la demanda interna de alimentos y bienes, sino con el propósito de exportarlos. Y, en paralelo, el desarrollo de nuestra industria turística, aprovechando las extraordinarias condiciones que Venezuela tiene en esta materia y que podrían crear centenares de miles de empleos y producir abundantes divisas, con lo cual podríamos diversificar los ingresos del país, que siempre han provenido -hoy más que nunca- exclusivamente de la venta de petróleo, y hacer posible el sueño uslariano de su “siembra”.
¿Le parece a usted, amigo lector, que todo esto es irrealizable por demasiado ambicioso? Si otros países, con menos recursos que Venezuela y en menor tiempo, lo han logrado o están por lograrlo, ¿por qué nosotros no podemos intentarlo?
Véase, por ejemplo, a Chile y Brasil en nuestro continente, que avanzan raudamente en la superación de sus dificultades. Recordemos los casos de Alemania y Japón, países que perdieron la II Guerra Mundial y de sus ruinas emergieron en menos de 20 años como potencias mundiales en el campo económico y tecnológico. Más recientemente, Vietnam se ha convertido en una economía próspera, luego de haber sido escenario de una guerra devastadora, hace apenas 30 años.
Claro que Venezuela también puede lograrlo. Pero para que eso sea posible, lo primero que tenemos que hacer es derrotar a la peorrocracia chavomadurista que sufrimos desde hace 17 largos años.
Y una vez logrado ese objetivo fundamental, debemos elegir gobernantes capaces, preparados y honestos, como lo pedía Bolívar. Ya basta de tantos improvisados, habladores de pendejadas y sin preparación para gobernar.
Hay que abrir paso a los mejores para que gobiernen y sepultar definitivamente a la peorrocracia venezolana.
@gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela)- Martes, 03 de octubre de 2015.

lunes, 2 de noviembre de 2015

LOS MIL CALABOZOS DE MADURO



LOS MIL CALABOZOS DE MADURO
Gehard Cartay Ramírez
Fiel a su naturaleza autoritaria, Maduro amenazó hace poco con “mil calabozos nuevecitos” a los opositores “que se pongan cómicos” (¿?) el seis de diciembre.
A pesar de su tono cantinflérico, se trata de una amenaza que retrata al régimen en toda su dimensión y que revela, una vez más, su desesperación ante una derrota a todas luces inminente. Lo grave es que implica también una combinación sumamente peligrosa: represión y judicialización contra el adversario que le está ganando las elecciones parlamentarias, junto a la siembra de temor entre los electores opositores intentando convertirlos en abstencionistas, sin descartar la tentación siempre presente del fraude como último recurso para evitar el seguro descalabro oficialista el seis de diciembre.
Vengo insistiendo al respecto desde este espacio de opinión. Pienso que la MUD debe prepararse para enfrentar cualquiera de las maniobras que pueda intentar el régimen frente a la indudable derrota que le espera, si se cuentan bien los votos y se evita cualquier tentativa fraudulenta. Porque, a estas alturas, resulta demasiado obvio que la única manera como podría ganar esta elección sería mediante un fraude, porque votos mayoritarios no tiene.
Justamente por eso, la oposición democrática (MUD) no puede dormirse en los laureles. No puede solazarse ante lo que parece una victoria cantada. Tiene que asegurarla, impidiendo que se la desconozca y haciendo respetar la voluntad mayoritaria de cambio que hoy inspira a los venezolanos.
En este sentido, no está de más recordarles en primer término a los candidatos a diputados por la MUD que esta es una elección local. Esa circunstancia hace más difícil un fraude, porque tendría que haber tantos chanchullos como circuitos y listas a elegirse. Por lo tanto, cada uno de esos candidatos tiene que disponerse directa y personalmente a defender su elección, lo que supone acreditar sus testigos de mesa, movilizar a sus votantes y una especial voluntad para garantizar que no le sean escamoteados los votos.
En cuanto a esto último, no hay que olvidar tampoco que los escrutinios son públicos, una disposición legal que algunas veces se viola para mantener alejada a la gente que quiere presenciarlos. Ha sido una práctica generalizada de algunos funcionarios del CNE y del Plan República pretender que los escrutinios son una función casi secreta de las mesas electorales, alegando razones de orden público. En el fondo, lo que se pretende es que la gente no vaya en ese momento a tan importante acto electoral.
Lo segundo que deben recordar los candidatos opositores es que tienen dos obligaciones fundamentales: ganar y cobrar.  Porque no basta ganar. Hay que ganar, sí, pero debe honrarse esa victoria que el pueblo otorga haciendo posible su reconocimiento por encima de todo. No hay nada más cobarde que ganar una elección y dejarse arrebatar el triunfo. El candidato que permite tal crimen se irrespeta a sí mismo y, lo que resulta peor, irrespeta la confianza que depositaron en él sus electores. Está obligado, junto a estos, a hacer valer su triunfo, en caso de obtenerlo efectivamente.
La historia recuerda algunos casos de candidatos que ganaron y no cobraron. Y una victoria que no se haga respetar constituye una deslealtad con el pueblo que la hizo posible. Quien permite tal desconocimiento a la voluntad popular es indigno de volver a ser candidato y de pedirle otra vez la confianza a la gente.
Para ganar y cobrar los candidatos opositores no pueden bajar la guardia, ni dejarse atemorizar por las amenazas permanentes del régimen. No pueden asustarse con la jaquetonería madurista de que ellos van “a ganar como sea” las elecciones del seis de diciembre próximo.
Tampoco pueden asustarse con el cuento de que si la oposición gana, el régimen va “a sacar el pueblo a la calle”. Aquí, como es obvio, el que gana es el que tiene al pueblo a su lado. Lo otro es que el oficialismo apele a sus bandas armadas, pero eso sería “soltar los demonios”, con imprevisibles consecuencias. Y ellos lo saben.
Menos aún pueden temerle a “los mil calabozos” de Maduro, la última treta para asustar a los candidatos opositores. Por aquello de que “el que no la debe no la teme”, esa amenaza resulta inaceptable, ya que es obligante para cualquier candidato defender su victoria, si esta le ha sido otorgada por la voluntad popular.
Ganar y cobrar es obligación de todo candidato y debe honrar ambas circunstancias.
   @gehardcartay
   El Blog de Gehard Cartay Ramírez
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 27 de octubre de 2015.