sábado, 8 de agosto de 2015

VENEZUELA POR UN DESPEÑADERO


VENEZUELA POR UN DESPEÑADERO
Gehard Cartay Ramírez
Sin duda, Venezuela va por un despeñadero. Se necesita estar desconectado de nuestra aterradora realidad para no darse cuenta de ello.
Y el régimen lo sabe, por supuesto. ¡Cómo no lo va a saber, si la ruina del país es producto de sus erráticas políticas económicas, desde hace ya 16 largos años! (Porque cuando hablo del régimen, me refiero al anterior presidente y, por supuesto, a quien designó como su heredero, a la usanza de una rancia monarquía europea.) El desastre que hoy sufrimos los venezolanos, en consecuencia, es el producto exclusivo del proyecto castrocomunista de Chávez, con todas sus nefastas consecuencias.
Así las cosas, los resultados no podían ser otros. Porque sólo un proyecto político criminal, basado en una ambición de poder bastarda e inescrupulosa, podía arruinar un país que venía siendo próspero, a pesar de sus problemas. Luego de una década y media, el chavismo acabó con el aparato productivo del sector privado y arruinó también el aparato productivo del sector público.
Al sector productivo privado lo liquidó porque su proyecto castrocomunista no tolera otros factores de poder diferentes a la cúpula que manda. Así fue como destruyeron trescientas mil industrias y unidades de producción agropecuaria, muchas estranguladas financieramente, y otras confiscadas, expropiadas o invadidas. Y al sector productivo del Estado venezolano -Pdvsa, Sidor, Alcasa, etc-, a pesar de su antigua fortaleza financiera, lo demolió la ineptitud, la ineficacia y la corrupción que, como bien se sabe, son características innatas del actual régimen.
Con el mayor cinismo creyeron que a punta de petrodólares podían suplir lo que producía nuestro sector privado. Y medida que iban cerrando industrias y expropiando o invadiendo fincas particulares, derrochaban (y se robaban) miles de millones de dólares, comprando afuera la comida que aquí podíamos producir. El resultado no pudo ser más criminal: mientras arruinaron a nuestros industriales y productores agropecuarios, han enriquecido, en cambio, a los de Brasil, Argentina, Uruguay, Ecuador, Bolivia y Nicaragua. Como dice el refrán: Luz afuera y oscuridad en la casa…
 Y ahora tienen la desfachatez de hablar de una supuesta “guerra económica” -en la que muy pocos creen, pues es otra mentira madurista- para intentar tapar el desastre que han creado y esquivar su gravísima culpa en toda esta ruina en que han convertido a Venezuela.
Por desgracia, el sucesor del extinto jefe del proceso ha perdido una oportunidad extraordinaria para corregir el rumbo errático del chavismo en el poder y pasar a la historia como alguien que pudo frenar a tiempo este desastre. No tuvo la inteligencia y mucho menos la valentía para hacerlo.
Pudo haber actuado, por ejemplo, como lo hizo el general Eleazar López Contreras en 1935, a la muerte de su jefe, el dictador Juan Vicente Gómez, cuando, en lugar de atarse al monstruoso legado de este, por el contrario actuó con sabiduría para soltar sus amarras con la fenecida tiranía y conducir al país hacia la democracia y la modernidad. Hoy ocupa un sitial de honor en la historia venezolana. Claro: López Contreras era un militar e historiador a quien le dolía su país, a diferencia del estólido que hoy manda.
Este último, en cambio, ha preferido seguir abrazado al legado de miseria, pobreza y muerte que le dejó su antecesor. Por eso mismo, tendrá que atenerse a las consecuencias de tan inexcusable error. Lo grave es que los fatídicos resultados de tanta irresponsabilidad y ceguera política ya los padecen millones de venezolanos.
Hoy Venezuela -insisto- marcha por despeñadero, sin que el régimen tome medidas para evitarlo. La gente ya se está desesperando y arrechando, mientras la cúpula podrida en el poder quiere seguir “corriendo la arruga”, despreciando los alertas que se vienen produciendo, como los recientes de San Félix y otros sitios.
Por increíble que parezca, no se dan por aludidos: insisten en “seguir metiendo la pata”, radicalizando el intervencionismo estatal, en lugar de estimular la inversión privada para producir más y crear empleos. ¡Este es el “ABC” del progreso económico, y hoy hasta los comunistas chinos y cubanos se han dado cuenta!    
 Está visto, por tanto, que no hay solución a esta colosal crisis en el marco del actual régimen. Habrá entonces que cambiarlo y abrir camino otro país, con desarrollo, paz y mejor calidad de vida. No será fácil, desde luego. Las elecciones de diciembre, sin que sean la panacea que algunos dicen, serán al menos un primer paso si las gana -como parece- la oposición democrática y hace valer su triunfo, cueste lo que cueste.
Pero el cambio, para que sea efectivo y positivo, tiene que ser total.
Twitter@gehardcartay
 LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 04 de agosto de 2015.

miércoles, 5 de agosto de 2015

VENEZUELA: UN ESTADO FALLIDO



VENEZUELA: UN ESTADO FALLIDO

Gehard Cartay Ramírez
Hoy en Venezuela estamos en presencia de un Estado fallido.

Lo grave, en nuestro caso, es que se trata de un Estado que tuvo dinero a manos llenas hasta hace muy poco tiempo, pero particularmente desde 1999, cuando el chavismo tomó su control. Desde entonces, ha sido el régimen venezolano que ha manejado más recursos financieros en toda nuestra historia.

Sin embargo, hoy es un Estado fallido, es decir, un Estado ineficaz. Porque un Estado fallido es aquel que incumple sus funciones primordiales en beneficio de su población y de sus propios fines. Dos de esas funciones elementales son garantizar la calidad de vida de sus habitantes y proteger la integridad de su territorio.

Está suficientemente demostrado que ninguna de las dos las cumple ahora mismo el Estado venezolano. Y es que, si no garantiza la vida de nadie en nuestro país, mucho menos puede responder por la seguridad de nuestras familias y bienes. Porque, por desgracia, hoy y aquí nadie se siente a salvo ante la delincuencia que manda en todo el territorio nacional.

Tan dramática situación es la consecuencia directa del inexcusable error del régimen actual al convertirla en su aliada política, armándola y dejándola actuar a sus anchas. Con tal falta de escrúpulos y obsesionado por mantener el poder a costa de lo que sea, el Estado venezolano ha renunciado al monopolio en el uso de la fuerza. El resultado está a la vista: cerca de 300.000 asesinatos cometidos por el malandraje desde que -en mala hora- Chávez asumió el poder.

Por supuesto que este Estado fallido tampoco protege la calidad de vida de los venezolanos: hoy estamos al borde una posible hambruna, si continúa agravándose la falta de alimentos, así como su carestía galopante, mientras el Estado nada hace porque, gracias a sus erráticas políticas económicas, no hay producción alimentaria y cada vez será más difícil importar la comida por falta de petrodólares, en buena parte robados por la cúpula podrida que detenta el poder.

Estamos ante un Estado fallido porque ni siquiera es capaz de suministrar los servicios públicos indispensables en forma eficiente. No creo valga la pena abundar en esta afirmación. Todos somos testigos de la irregular prestación de los servicios básicos como son energía eléctrica, agua potable, aseo urbano y, fundamentalmente, en materia de salud, ya que nuestros hospitales están colapsados e inservibles, mientras la gente pobre que acude a ellos se muere de mengua.

La otra característica esencial de un Estado fallido estriba en que ni siquiera es capaz de garantizar la propia integridad de su territorio. En el caso venezolano, bien se sabe que extensas zonas de nuestras fronteras no cuentan con la presencia vigilante y protectora de las fuerzas armadas, cuya obligación esencial es justamente esa, y no la de actuar como un partido político.

En la frontera sur occidental, nuestro Estado fallido tolera la existencia de grupos guerrilleros colombianos, así como de otros elementos paramilitares, para no hablar del milmillonario contrabando de extracción que se practica en tales zonas, sin hacer algo al respecto. En nuestras fronteras sur orientales la presencia permanente de garimpeiros brasileros depreda el medio ambiente, mientras se siguen robando nuestras riquezas mineras.

Pero donde ese Estado fallido queda al desnudo es en relación al Esequibo, zona territorial en reclamación por parte de Venezuela desde hace muchos años. Sin embargo, el régimen de chavista la ha descuidado como nunca antes lo hizo ningún gobierno, con el argumento pueril y estúpido de que se trata de “intrigas” de Estados Unidos para desmejorar nuestras relaciones con Guyana.

Hay otros elementos más que comprueban que Venezuela es hoy un Estado fallido. A juicio de Christopher Sabatini, profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York, esos elementos son “el deterioro acelerado de la economía, abusos contra los derechos humanos, violación de las leyes, corrupción galopante, persecución a opositores, desmantelamiento de la independencia de las instituciones públicas, politización de la Fuerza Armada -ya anotada-, favorecimiento del narco tráfico y radicalización del gobierno”, todo lo cual, a su juicio, “levanta el espectro de un Estado fallido en el hemisferio occidental” (gocando@laverdad.com/27-07-2015).20 de Marzo de 2015 - 12:00am

Finalmente, es el propio chavismo el que confiesa a cada rato que el suyo es un Estado fallido: ¡tienen 16 años acusando a la oposición de ser la culpable de todos los males! Si ello fuera cierto -y no lo es-, esa sóla declaración probaría que Venezuela es hoy un Estado fallido.

Pero sí lo es por las razones ya anotadas en esta columna de hoy. 

 @gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 28 de febrero de 2015.

viernes, 31 de julio de 2015

PALABRAS DE GEHARD CARTAY RAMIREZ AL BAUTIZAR EL LIBRO "COMO SE DESTRUYE UN PAÍS"




CÓMO SE DESTRUYE UN PAÍS

PALABRAS DE
GEHARD CARTAY RAMÍREZ
 AL PRESENTAR SU LIBRO “CÓMO SE DESTRUYE UN PAÍS”, EN ACTO CELEBRADO EN LA SEDE DEL DIARIO “EL NACIONAL”

(Caracas, tres de julio de 2009)


Cómo se destruye un país, el libro que estamos presentando esta noche, persigue dos objetivos que ojalá puedan cumplirse a cabalidad, pues fueron los que me motivaron a escribirlo.
El primero, dejar constancia de este tiempo destructivo y decadente de nuestra vida republicana que, a pesar de ser reciente, pudiera olvidarse fácilmente, sobre todo por el terco empeño del régimen actual en falsificar nuestra historia sobre la base de sus conveniencias y de su visión totalitaria de los hechos.
El segundo, enfrentar algunas opiniones, definitivamente propagandísticas y falsas, según las cuales con el actual régimen comenzó un nuevo ciclo histórico en el país, supuestamente para transformarlo y sepultar los errores del pasado.
Ambos propósitos son -a mi juicio- fundamentales para salvaguardar la realidad de los hechos frente a los venezolanos de hoy y, especialmente, los del futuro.
Respecto a este difícil tiempo que nos ha tocado vivir en las últimas décadas, y especialmente en la que ahora termina, el libro pretende demostrar que constituyen la crucial etapa en que Venezuela se destruyó como la nación que venía siendo, con potencialidades económicas envidiables, instituciones consolidadas y un proceso democrático que marchaba a la cabeza de los países latinoamericanos.
Ese proceso de destrucción nacional, pronosticado a tiempo por Juan Pablo Pérez Alfonso, se inició cuando se produjo aquella revolución de las magnitudes que trajo consigo el espectacular aumento de los precios del petróleo en los meses finales de 1973. Aquella inmensa masa de recursos financieros no fue manejada con acierto, y lo que pudo ser una oportunidad excepcional para consolidar los logros del ensayo democrático iniciado en 1958 se perdió en los laberintos de la incapacidad, la insensibilidad y la corrupción reinantes en los años siguientes.
Como era natural, aquellas equivocaciones produjeron sus efectos trágicos y la crisis nacional latente emergió al poco tiempo. Mostrará sus primeros signos de gravedad con la explosión social que significó el llamado Caracazo en los primeros días del segundo gobierno de CAP. Tres años después, en 1992, se producirán -sin éxito inmediato- las dos sucesivas intentonas golpistas. Y en 1993 el enjuiciamiento y destitución del presidente Pérez, la posterior interinaria del historiador Ramón J. Velásquez en la Presidencia y, finalmente, la elección de Caldera por segunda vez como Jefe del Estado. Eran suficientes advertencias en torno a lo que sobrevendría después.
En cuanto a esta última aseveración, el libro Cómo se destruye un país también pretende demostrar cómo el actual régimen ha terminado  profundizando aún más los problemas que encontró a su llegada al poder, sin haber resuelto ninguno, agravándolos todos y, por si fuera poco, creando nuevos inconvenientes, entre ellos, su terco empeño en pretender imponernos la camisa de fuerza de su descabellado proyecto político, su siembra permanente de odio y exclusión y la cada vez más comprometida situación de Venezuela como factor de perturbación en el mundo, contrariamente a lo que había sido su política exterior durante mucho tiempo.
No hay duda, pues, de que todo este proceso histórico declinante se agravó dramáticamente desde hace 10 años con la elección del teniente coronel golpista Hugo Chávez Frías como presidente. Así, la enfermedad terminal de la institucionalidad democrática entró en su fase culminante. A partir de 1999, la puesta en marcha de un proyecto autoritario y personalista, su accidentado régimen, el agravamiento de la debacle económica y social, la destrucción de la institucionalidad -facilitada con el absurdo concurso de quienes debieron entonces defenderla-, la politización de la Fuerza Armada, la insurrección popular y la posterior insurgencia militar del 11 de abril de 2002, la inmediata renuncia de Chávez Frías a la presidencia, la ilegítima designación de Carmona Estanga como presidente interino, su decreto golpista, el aborto de la insubordinación castrense en marcha y la consiguiente restauración del presidente renunciante; fueron síntomas indiscutibles de esa enfermedad terminal que afecta al actual ciclo histórico venezolano.
Más tarde, el cuadro patológico de la democracia venezolana se agravaría aún más: el errático paro nacional de diciembre 2002/enero 2003, la toma chavista de PDVSA, la purga militar, los intentos opositores para convocar el referendo revocatorio presidencial, su realización el 15 de agosto de 2004, la posterior ”victoria” del oficialismo en las elecciones regionales de octubre de ese mismo año y en las siguientes de 2005 para escoger la Asamblea Nacional, hasta coronar su objetivo de reelegir al Presidente de la República en diciembre de 2006 y, finalmente, la derrota del régimen y su propuesta constitucional para perpetuarse en el poder, durante el referéndum consultivo de diciembre de 2007; han sido todos sucesos que conforman el capítulo final del proceso de crisis generalizada que se inició hace más de 30 años y que se cerrará ineluctablemente con la salida del poder del actual presidente de la República.
Algo más de tres décadas después de haber recibido su sable de subteniente de manos del Presidente Pérez y luego de algo más 10 años de ejercicio continuo y total del poder, puede llegarse a la conclusión de que la presidencia de Chávez Frías ha multiplicado hasta la exageración todos los errores que le criticó a aquél y que lo llevaron, incluso, a justificar su intentona de golpe de Estado de 1992. El golpista que hoy ocupa la presidencia de la República Bolivariana, contrariamente a sus ofertas electorales y a su manido discurso, ha profundizado en todo sentido la crisis que el país arrastra desde hace tiempo. Todo cuanto reprochó a sus antecesores lo ha repetido su régimen de manera colosal, concretamente en materias como la política económica (en especial, el desatinado manejo de la espectacular riqueza petrolera que ha inundado su gestión, la perversión de sus manejos financieros, el colosal endeudamiento de la República y el sobredimensionamiento del Estado venezolano), sin que podamos obviar la corrupción generalizada y la incapacidad para mejorar la calidad de vida de sus compatriotas, a pesar de haber dispuesto de recursos suficientes para lograrlo.
Hoy está comprobado que la destrucción del país se ha acelerado vertiginosamente bajo el actual régimen, pues bien se sabe que Venezuela sufre desde 1999 un lamentable proceso de retroceso, destrucción y crispación.
Los ya diez largos años del régimen actual han sido más que suficientes para que el país experimente un grave retroceso en materias que habían registrado indudables avances entre 1958 y 1998. No se trata de hechos aislados o de iniciativas hemipléjicas. Se trata, por el contrario, de una estrategia planificada de antemano para destruir la institucionalidad y la alternabilidad democráticas, y sustituirlas por un sistema político de carácter autocrático y autoritario, cuya instancia fundamental la constituye el proyecto de presidencia vitalicia que Chávez Frías persigue desde su llegada al poder, y que aspira establecer definitivamente con la anunciada reforma de la actual Constitución.
Hoy presenciamos un retorno absurdo a conceptos anacrónicos, impropios de la modernidad que debería exhibir un país como el nuestro. Rémoras escandalosas como la autocracia reinante a través del caudillismo presidencialista, del culto a su personalidad y del sometimiento de los demás poderes a su mando omnímodo, el estatismo exagerado y el militarismo rampante, la liquidación del federalismo, la conspiración permanente contra el sufragio confiable y efectivo, la conversión del régimen en una colonia castrista, la persecución y penalización de la disidencia, la violación de los derechos humanos, los zarpazos constantes contra la libertad de expresión y de información, la destrucción de aparato productivo del sector privado, el crecimiento de la pobreza, la miseria y la desnutrición, el colapso de los servicios públicos, la falta de viviendas para los sectores populares y la clase media, la ausencia de oportunidades para nuestros jóvenes y el asesinato de más de 100 mil venezolanos a manos del hampa, son hoy problemas crecientes por culpa de una gestión que ha priorizado sus propósitos políticos e ideológicos hacia adentro y hacia afuera, olvidándose de atender las exigencias básicas de los venezolanos.      
No es cierto entonces que con la llegada del teniente coronel Chávez Frías al poder se haya iniciado una nueva etapa histórica en Venezuela, que dejara atrás todos estos problemas y nos permitiera avanzar como nación progresista, con recursos humanos y materiales que así lo garantizaran. Todo lo contrario: al terminar su mandato, debe cerrarse definitivamente este ciclo destructivo y decadente, para abrir paso a un nuevo país, civilista y democrático, moderno y avanzado, capaz de vencer los obstáculos y de superar definitivamente nuestros atavismos y perversiones seculares.
Tamaño desafío exigirá de nuestro liderazgo actual y emergente un esfuerzo de cabal comprensión de lo que significa una democracia vigorosa, basada en el relevo a tiempo y en el compromiso para superar las odiosas diferencias sociales y económicas hoy aumentadas. Requerirá, desde luego, de una dirigencia preparada, estudiosa y profundamente solidaria y sensible con quienes menos tienen y continúan siendo excluidos.
Termino estas palabras agradeciendo a todos ustedes su presencia en este acto y, especialmente, a los doctores Miguel Henrique Otero, presidente editor de El Nacional, y Simón Alberto Consalvi, editor adjunto, así como a las licenciadas Miriam Ardizzone y Andreína Gómez-Orellana, por su generosidad al haber auspiciado la publicación de este libro.
Agradezco igualmente al doctor César Pérez Vivas, gobernador de Estado Táchira, sus generosas palabras de presentación.
Muchas gracias a todos.