jueves, 6 de marzo de 2014

VOLVER AL FUTURO
Gehard Cartay Ramírez
Si todo lo que ocurre ahora produce un cambio en el porvenir inmediato, o más adelante -porque inevitablemente sobrevendrá-, los venezolanos debemos aprender la lección de esta terrible experiencia.
Son varias esas enseñanzas. Veamos algunas a continuación.
Que las soluciones a los problemas del país no la tienen los militares -y menos si son golpistas- debería ser la primera lección, sobre todo después de estos 15 años de gravísimos fracasos estando en el poder los felones del 4 de febrero de 1992.
Que la crisis de Venezuela -ni la de ningún otro país- no la podrá resolver jamás un solo hombre, y que lo que necesitamos son programas de gobierno realistas, así como equipos calificados de gente capaz y honesta para ejecutarlos eficientemente, y no mesías ni muchos menos iluminados, debería ser también la otra lección que la realidad nos ha enseñado en todos estos años.
¿Habremos por fin aprendido los venezolanos que no podemos seguir engañándonos con pajaritos preñados, luego de la tragedia que ahora sufrimos? ¿Será posible que desterremos de una vez por todas la idea supersticiosa y  pendeja de que aquí siguen haciendo falta caudillos, salvadores de la patria, hombres providenciales, iluminados picos de plata, chapulines colorados y otras estupideces más por el estilo?
¿Habremos tomado conciencia de que lo que necesitamos -ahora y siempre- no es un líder carismático ni populista, sino un consumado estadista como Presidente de la República, capaz y sensible ante los problemas, rodeado de los mejores y con una clara lista de objetivos a lograr a corto, mediano y largo plazo?
¿No será ya suficientemente dañina esa prédica antihistórica que nos sigue condenando a la falsa necesidad de los “superhombres”, con Bolívar a la cabeza, y a los militares como héroes del Olimpo independentista, sin darnos cuenta de que eso nunca ocurrió, que allí lo que hubo fue una guerra humana y cruenta ganada por los más aptos e inteligentes, con el Libertador como coordinador y estratega, frente a una España decadente, y que ya es hora de no seguirnos refugiando en esas glorias pasadas -tal vez como excusa de nuestra incapacidad-, sino de ocuparnos realmente de este país en ruinas que deja el chavismo como nefasto legado?
¿Será que nuestra historia republicana no nos ha aleccionado lo suficiente como para saber que en estos 200 años los gobiernos militares fueron una maldición recurrente, verdaderos ejemplos de corrupción, violencia e ineptitud, y que en el siglo XIX, por ejemplo, los civiles apenas gobernaron cuatro años en total? ¿Seguiremos ignorando que de esos 200 años casi 160 los han copado los gobiernos de los caudillos militares y que, por tanto, el saldo negativo que arrastramos se debe en buena medida a su modo de gobernar y a su secular incapacidad para entender lo que era el progreso y el desarrollo?
 ¿Olvidaremos acaso que los últimos años caímos en las trampas de la demagogia, la incapacidad y la corrupción de ciertos gobernantes, y que, al lado de estadistas brillantes y honestos como presidentes, también se colearon ineptos y ladrones, hasta llegar a elegir en 1998 a un auto proclamado salvador de la Patria -y de ñapa encachuchado-, sin experiencia administrativa alguna, que estuvo largos años conspirando en el ejército “entre gallos y medianoche?
Los venezolanos no podemos seguir engañándonos con mesías, líderes, caudillos y cuantas vainas parecidas a estas nos ofrezcan soluciones, como auténticos buhoneros de la política. No podemos seguir siendo o haciéndonos los pendejos. Debemos saber que los salvadores del país no existen. Que el país no se va a salvar haciendo sesiones de espiritismo, poniéndoles velas a los santos o invocando las ánimas. El país debe saber que los políticos no hacen milagros, a pesar de que algunos los ofrecen en todas las campañas electorales con una desfachatez y cinismo insuperables. Pero debemos meternos en la cabeza que en la política no hay milagros.
 El país no puede seguir cifrando sus esperanzas en un sólo hombre o mujer, si fuere el caso. El país debe saber que sólo saldremos adelante con planes y programas concretos, con equipos humanos capaces y bien preparados, con gente honesta y sensible al frente de la cosa pública, apartando a los analfabetas de la política, a los ineptos y ladrones y, en general, a quienes no tienen idea de lo que significa el manejo de la ciencia del gobierno. Así de sencillo y de simple.
Lo demás es llamarnos a engaños, o seguir siendo o haciéndonos los pendejos, como hasta ahora.
Twitter: @gehardcartay
LA PRENSA de Barinas - Martes, 04 de Marzo de 2014

jueves, 27 de febrero de 2014

EL ESTADO TERRORISTA
Gehard Cartay Ramírez
“Maldito el soldado que vuelva las armas de la República contra su pueblo”.
Simón Bolívar
Solamente gobernantes sanguinarios han utilizado la Fuerza Armada para enfrentar la protesta popular.
Y lo afirmo, conteniendo la indignación, cuando dolorosamente hoy hace lo mismo el régimen venezolano. Porque, sin duda, es una cobardía inaudita valerse de las armas de la República para atacar a un pueblo desarmado, que sólo ejerce su derecho constitucional a la protesta contra un régimen que está acabando nuestro país.
Adelantándose en el tiempo, esa cobarde actitud mereció la maldición del Libertador, tal como lo reza el epígrafe de este artículo. Y no puede ser de otra manera. Porque se supone que la Fuerza Armada de cualquier país sólo existe para confrontar un enemigo externo o un adversario interno de iguales proporciones, llegado el caso. Nunca para masacrar a la ciudadanía, y menos cuando esta protesta pacíficamente, sin armas, como ahora ocurre en Venezuela.
Toda fuerza militar, al actuar en un escenario bélico, persigue liquidar -matar- al enemigo, que, como es obvio también busca tal propósito. No está, por tanto, preparada para enfrentar civiles desarmados, a menos que se quiera producir una matanza de inocentes. Ni más ni menos. Por eso, su uso contra la ciudadanía pacífica es un crimen de lesa patria y lesa humanidad. Y eso aún en el caso -como pasó en San Cristóbal con aviones y helicópteros militares- de que sólo sea para amedrentarla.
En toda democracia que efectivamente sea tal, las manifestaciones violentas las enfrentan policías adiestrados al efecto, sin armas de fuego. En cambio aquí, el actual régimen ataca las manifestaciones pacíficas con armas de guerra en manos de Guardias Nacionales y policías, sin descartar la ayuda criminal que le prestan sus escuadrones de la muerte -eufemísticamente llamados “colectivos”-, armados y financiados por el régimen, como bandas de choque.
Todo ello constituye, sin duda, terrorismo de Estado. No otra cosa es la utilización de las armas de la República contra la ciudadanía pacífica de un país. Se trata de delitos internacionales que no prescriben y que, por tanto, pueden ser juzgados en cualquier tiempo. Sin embargo, el terrorismo del Estado siempre tiene un límite y la sensatez que aún debe existir en la Fuerza Armada en algún momento debería exigir que cese esta orgía de represión y muerte.
Por desgracia, toda esa escalada terrorista comenzó en Táchira y Mérida, cuando el régimen y sus grupos armados arremetieron contra manifestaciones estudiantiles que protestaban por el estrangulamiento financiero a que han sido sometidas las universidades autónomas y por la inseguridad que, al igual que a todo el país, también las afecta.
El 12 de febrero se realizó en Caracas una gigantesca manifestación para respaldar a los estudiantes del interior del país. Aquella enorme demostración de fuerza terminó pacíficamente, como consta a todos. Luego, un grupo de estudiantes fueron a la Fiscalía General a consignar un documento con sus peticiones. Lamentablemente, grupos armados del régimen los emboscaron a sangre y fuego, con el saldo de dos muertos y varios heridos.
Lo que ha ocurrido después ha sido la natural indignación de la ciudadanía. Y la respuesta criminal del actual Estado terrorista, en lugar de rectificar y castigar a los culpables, ha sido la de profundizar la represión de manera indiscriminada. Lo ha hecho con nocturnidad y alevosía, en forma vil y canalla. Los resultados son escandalosos: van 12 muertos, centenares de heridos aún no precisados, 560 detenidos, más de 60 denuncias de torturas, gracias a la desproporcionada actuación de la Guardia Nacional, Policía Nacional y paramilitares. No hay un solo detenido entre estos últimos.
Ha sido una actuación brutal, adobada con las mentiras recurrentes de Maduro y su claque, al denunciar un supuesto “golpe de Estado en desarrollo”, cuando bien sabemos que estos sólo pueden realizarlos los militares, mientras “santifica” a sus escuadrones de la muerte, mal llamados “colectivos”; y acusa a estudiantes y opositores de promover la violencia, cuando ha sido su régimen el que la ha ejecutado con particular saña y furia.
El régimen parece estar en etapa terminal. Maduro no dio la talla y luce cada vez más inepto e incapaz. No quiere reconocer que la protesta popular (y el descontento silencioso de otros millones de venezolanos, incluyendo muchos chavistas) se debe a la escasez, la carestía, la inseguridad, la corrupción de la cúpula del régimen y muy especialmente a la inquietud de los jóvenes ante un futuro que se presenta cada vez más sombrío y difícil, si las cosas siguen como van.
Hay que buscar entonces una salida pacífica y democrática. Pero esta sólo será posible si implica un cambio verdadero, y no la continuación del actual orden de cosas.   
Twitter: @gehardcartay
(LA PRENSA de Barinas - Martes, 25 de febrero de 2014)

martes, 18 de febrero de 2014

MUERTE, REPRESIÓN, CENSURA Y MENTIRAS
Gehard Cartay Ramírez
Estas son las cuatro palabras que definen al presente régimen, casi desde su arribo al poder hace ya 15 años.
Pero, más que palabras, son elementos propios de toda dictadura. Y a esta situación estamos hoy enfrentados los venezolanos. Enfrentados a un régimen que ahoga las libertades públicas, apela al terrorismo contra sus ciudadanos, utiliza asesinos armados contra estudiantes, censura televisoras y radios, y miente para falsificar la realidad de sus delitos de lesa humanidad y de lesa patria.
Esa perversión dictatorial viola los derechos fundamentales de los venezolanos, comenzando por el más importante: el derecho a la vida. Ya son centenares los asesinados por organismos de seguridad del Estado desde 1999, para no referirnos a los 250.000 ciudadanos que ha matado la delincuencia en ese mismo lapso.
Porque, por desgracia, aquí somos víctimas de un Estado terrorista y criminal. Un Estado que usa todo su poder para imponer un proyecto político y económico postcomunista, ya fracasado en todas partes, incluyendo Cuba, que -como se sabe- es el modelo que copia desde hace tiempo.
Esa degeneración del chavismo está en sus cromosomas. Una secta militar golpista que armó una conspiración durante una década, traicionando su juramento de lealtad a la Constitución, no podía actuar de otra manera una vez llegada al poder. Un grupo de felones desalmados, como los del 4 de febrero de 1992, que irrumpieron en la política con ametralladoras, montados en tanques, matando venezolanos, usando indebidamente el armamento de la República y pretendiendo derrocar un gobierno legítimo, no podía nunca actuar democráticamente. Era “pedirle peras al olmo”.
Chávez y su claque siempre aspiraron el poder total, y su acción golpista de 1992 -continuada hasta hoy- demostró cuánto despreciaban (y desprecian) la democracia. Que haya habido luego elecciones -siempre bajo el signo del fraude y el ventajismo aplastante del Estado- no demuestra su supuesto espíritu democrático, pues han convertido su golpe de Estado de entonces en una “gesta heroica”, como para demostrar que mucho más importante es el asalto golpista al poder que acceder a él mediante una elección democrática. Así de sencillo.
¿Son acaso demócratas quienes, como ellos, no aceptan la disidencia, mucho menos la protesta? ¿Son acaso demócratas quienes, como ellos, infiltran terroristas en las manifestaciones estudiantiles pacíficas para luego reprimirlas a sangre y fuego? ¿Son acaso demócratas quienes, como ellos, usan armas de guerra y gases tóxicos contra estudiantes desarmados, violando la Constitución, como si estuviéramos ante un conflicto bélico y no en el ejercicio de un derecho humano fundamental?
(Y mientras todo esto acontece, la delincuencia “sigue con el moño suelto”, pues quienes deben combatirla están ocupados reprimiendo estudiantes. Por cierto, en esos mismos días dos sacerdotes salesianos fueron asesinados en Valencia por menores de edad, y un tercero resultó gravemente herido, el padre David Marín, de grata recordación en Barinas.)
 Esta actitud terrorista va acompañada por la mentira compulsiva. Todas las manifestaciones de protesta legítima son calificadas desde el poder como golpistas. Claro, “cada golpista juzga por su condición”, aunque ellos saben muy bien que los estudiantes no dan golpes de Estado, pues sólo los militares pueden hacerlo. Las otras mentiras contra la oposición y los estudiantes, repetidas por Maduro y combo, ya son ridículas: imperialistas, fascistas, escuálidos, apátridas y un largo sartal de estupideces.   
La semana anterior se confirmó, una vez más, lo siniestro de la cúpula podrida que ocupa el poder. Dos estudiantes asesinados por oficialistas, casi 200 detenidos sin fórmula de juicio, muchos de ellos torturados, según organismos de defensa de los derechos humanos, Amnistía Internacional y el Foro Penal Venezolano, son el trágico desenlace de su acción represiva contra manifestaciones pacíficas del estudiantado venezolano.
Como se sabe, el 12 de febrero pasado -Día de la Juventud- el estudiantado caraqueño salió a protestar por los hechos violentos, dirigidos por terroristas del régimen, ocurridos en diversos puntos del país contra manifestaciones estudiantiles, con saldo de heridos y detenidos, ninguno de ellos, por cierto, de las bandas armadas oficialistas. Fue una manifestación multitudinaria y pacífica, que terminó de la mejor manera, hasta que los llamados “colectivos” dispararon contra los estudiantes, con los lamentables resultados ya conocidos.
La acción criminal se repitió luego en Chacao, con otro estudiante muerto. Y ha continuado, pues el régimen sigue reprimiendo violentamente toda manifestación pacífica, al tiempo que adelanta una campaña de desprestigio contra los estudiantes, en medio de una feroz censura y autocensura de los medios televisivos y radiales, que han ocultado todo desde el principio. Sólo las televisoras internacionales han informado y alguna de ellas fue sacada del cable por órdenes del oficialismo.
Llegará el momento en que la cúpula del régimen será juzgada por sus crímenes de lesa humanidad. Ni que se escondan debajo de las piedras podrán impedirlo. La historia no los absolverá.
 Twitter: @gehardcartay
(LA PRENSA de Barinas - Martes, 18 de febrero de 2014)

jueves, 13 de febrero de 2014

ESTAMOS MAL Y VAMOS PEOR
Gehard Cartay Ramírez
El país está peor que antes, salvo en las épocas de las guerras de Independencia y Federación.
La anterior no es una afirmación exagerada. Basta mirar el entorno para darnos cuenta de la colosal crisis que nos agobia. Una crisis de proporciones inéditas, tanto en el campo político y moral, como en lo económico, social y general.
Esa crisis nos toca a todos, menos a la cúpula podrida del régimen en razón de su carácter de élite privilegiada en un país cuya gente se empobrece cada vez más. Los demás somos víctimas de la creciente pobreza, la inflación galopante, la inseguridad generalizada, los servicios públicos colapsados y un sin fin de calamidades.
Este fin de semana se publicaron cifras y estadísticas al respecto, dadas a conocer por empresas consultoras y reputados académicos, aparte del mismísimo Fondo Monetario Internacional. Todos sus datos coinciden en que bajo el actual régimen Venezuela es el país petrolero con los peores indicadores.
Esos estudios, por supuesto, no harían falta para darnos cuenta de la crisis que nos agobia. Basta simplemente constatar la inseguridad que produce su ración diaria de asesinatos y violencia, hacer mercado, conversar con la gente, sufrir nuestros pésimos servicios públicos -es decir, contactar nuestra dramática realidad- para confirmar que estamos peor que antes en todos los sentidos.
Sin embargo, los datos a que hago referencia reflejan la profundidad de la problemática venezolana. Veamos algunos: “En 15 años el precio del petróleo venezolano aumentó 363% y lo que vemos es escasez de divisas y una inflación 9 veces más alta que el promedio de América Latina y 41 veces por encima de los países industrializados”, dijo David Alayón, de Director de Kapital Consultores (El Nacional, 09-02-2014)
Dicho en lenguaje llano lo que afirma es que mientras nuestro petróleo ha sido vendido cada vez más caro desde que el chavismo llegó al poder, esos dólares han sido despilfarrados, robados y regalados. Por desgracia, esos petrodólares ahora son escasos y los precios de alimentos, bienes y servicios cada vez más caros, por lo que Venezuela tiene hoy la más alta inflación de América y del mundo.
Por su parte, British Petroleum informó que mientras la producción de los demás países petroleros aumentó en 27%, “la de Venezuela cayó 18% entre 1997 y 2012”. El Fondo Monetario Internacional también informó que la economía venezolana registró en 2013 una brusca desaceleración; que su tasa de inflación es de 56,2%, la más alta del mundo; y que su déficit fiscal (15%) es el más elevado del planeta.
Por contraste, agrega el informe, Noruega, un país petrolero como Venezuela, tiene en cambio una inflación de apenas el 1,73%, superávit fiscal de 12,3% del Producto Interno Bruto y ahorros superiores a los 800 mil millones de dólares por concepto de venta de petróleo. ¡Todo lo contrario a Venezuela!
Otros datos vergonzosos para el régimen de Maduro y su combo es que Venezuela tiene peores indicadores económicos que Libia, un país en guerra civil, luego de la dictadura de Kaddafi, e Irán, al que se le han impuesto ahora sanciones económicas por su programa nuclear. ¡Y aún así estamos peores que ellos!
Mientras tanto, un grupo de países latinoamericanos se aprovechan de la crisis de Venezuela, producida por el chavismo desde 1999. Así, Brasil, Argentina, Uruguay, Ecuador y Nicaragua nos venden comida, luego de que el extinto presidente y sus compinches destruyeran nuestra producción agropecuaria e industrial. México, por su parte, abre parte de su industria petrolera a la inversión privada y avanza en esta materia, mientras PDVSA está prácticamente hoy en ruinas si se la compara con su pasado esplendoroso.
Estamos, pues, cada vez peor. Esta es una realidad que nadie puede negar. Que no necesita estudios ni estadísticas para corroborarlas. A los venezolanos sólo nos basta sufrirla en carne propia, como lo venimos haciendo desde largos años ya.
Sin embargo, es importante que desde afuera lo analicen y comenten. Hoy Venezuela es un ejemplo de lo que no debe ser un país que estaba condenado al éxito y hoy vive su más dramática crisis en mucho tiempo.

(LA PRENSA de Barinas - Martes, 11 de febrero de 2014)

jueves, 6 de febrero de 2014

¿HASTA CUÁNDO?
Gehard Cartay Ramírez
Leí hace poco una afirmación que me llamó a reflexión: la destrucción del país le está saliendo “barata” al régimen (Alonso Moleiro, Tal Cual, 02-02-2014).
Lo de “barata” aludía al conformismo, la apatía y el miedo  de algunos sectores y también a la inexplicable posición de la cúpula de la MUD, negada a hacer oposición de calle ante el desgobierno actual, que nos lleva aceleradamente al desastre.
Y es que, en verdad, si nada hacemos ante esta criminal actitud del régimen; si no somos capaces de salir a protestar ante los gravísimos problemas que nos azotan; si dejamos que esta tragedia continúe… será muy “barato” para Maduro y su combo completar la destrucción del país iniciada en 1999.
En cambio, a los venezolanos nos va a salir muy costoso no enfrentar al régimen, ahora y aquí, para impedir que se salga con la suya. Y no podrá extrañarnos que quienes vengan después nos califiquen de cobardes y de no haber asumido nuestra responsabilidad histórica en esta hora aciaga que vive Venezuela.
Por eso, cuando se afirma que al régimen de Maduro le está saliendo “barato” su empeño en seguir destruyendo al país, nos estamos refiriendo a la falta de una respuesta enérgica ante esta auténtica traición a la patria que significa tronchar el futuro de los venezolanos. Porque si en cualquier otra nación estuviera ocurriendo el desastre que hoy sufrimos aquí, lo más seguro es que ya el pueblo hubiera obligado al régimen cuando menos a rectificar, si no es que tal vez habría logrado su sustitución.
Ojo: que nadie se equivoque, como decía el extinto. No estamos llamando a la guerra civil, ni a la violencia, ni al enfrentamiento entre venezolanos. Nada de eso. Ni a la guerra, porque aquí quienes tienen las armas son el régimen y los malandros; ni a la violencia, porque hemos demostrado que nuestro camino siempre ha sido -a pesar del fraude y el ventajismo- por la vía electoral; ni al enfrentamiento, porque el discurso del odio ha sido siempre monopolio exclusivo del chavismo.
Hoy en Venezuela hay protestas todos los días y en todas partes por el desastre que sufrimos desde 1999. Pero ha llegado la hora de organizar un movimiento de resistencia multitudinario y eficaz, pacífico y ciudadano, capaz de producir el cambio democrático del régimen, como lo demanda la mayoría de los venezolanos.
Esa protesta popular en las calles, pacífica y responsable -insisto-, está garantizada por la Constitución Nacional. Es nuestro derecho y nuestro deber. Hacer uso de ambos es lo que exige la hora actual, en lugar de estar cayendo en la trampa del supuesto diálogo con el régimen.
Ya está muy claro que el régimen no cree en el diálogo verdadero. Lo suyo siempre ha sido y sigue siendo la confrontación. Y está más que demostrado que cuando invita a “dialogar” es otra treta más, porque luego insulta y amenaza a la oposición y la sigue cercando, tal como lo recomiendan sus patrones castrocomunistas.
Por esa misma razón, hay que movilizar a la gente. Si continuamos como hasta ahora, las consecuencias podrían ser las de acostumbrar a los venezolanos a que acepten esta pesadilla y, lo que sería peor, que se acostumbren a vivir con ella. Por si acaso, hay algunos signos al respecto, como las largas colas para comprar ciertos productos cada vez más escasos, y que la gente las haga con una cierta resignación que ya es preocupante. Los cubanos tienen más de 50 años en eso, y se acostumbraron a vivir cada vez peor. 
Uno de los más grandes pacifistas del siglo XX, Mohamma Gandhi, apeló a la resistencia pacífica en las calles para combatir al imperialismo británico y lograr la independencia de la India. Y lo logró, sin armas -porque no las tenía-, ni violencia, porque no creía en ella.
Ahora mismo, en Ucrania, antigua República Soviética, el pueblo acaba de demostrar nuevamente la eficacia de la resistencia pacífica en las calles, derrotando el empeño del gobierno ucraniano en unirse a Rusia y no a la Unión Europea. Y eso que sus problemas tal vez sean menores que los nuestros, pero la resistencia en Ucrania es una lección para nosotros, al demostrar lo que vale el coraje del pueblo en las calles, detrás de una idea y una lucha poderosas contra el despotismo.    
Aquí en Venezuela, con una gravísima crisis que nos empobrece cada vez más, con la delincuencia matando a venezolanos cada día, con la más alta inflación del continente, con especulación y desabastecimiento como nunca, con corruptos e ineptos en el poder bajo la tutela castrocomunista de Cuba, entre otros males, debemos movilizarnos ya si no queremos terminar como el pobre pueblo cubano.
Twitter: @gehardcartay
(LA PRENSA de Barinas - Martes, 04 de febrero de 2014)

sábado, 1 de febrero de 2014

CULPABLES DE NADA
Gehard Cartay Ramírez
El actual régimen viene destruyendo el país desde hace ya 15 años, y sin embargo todavía tiene el tupé de culpar a los demás de la plasta que han puesto. 
Los culpables, según ellos, siempre son los demás. Los culpables siempre han sido, son y serán -según dice su discurso mentiroso- “el imperialismo”, “la Cuarta República”, el “Puntofijismo”, “la derecha”, “la CIA”, “los escuálidos”, “los traidores a la patria”, y un largo etcétera de estupideces. Pero nunca son ellos.
Todo esto a pesar de que el régimen controla desde hace tiempo todo el poder y todas las instituciones, como pocas veces lo hicieron algunos gobiernos anteriores. Habría que advertir que estos últimos nunca manejaron la montaña de petrodólares que el chavismo ha despilfarrado y robado desde 1999. Esto demuestra que, a pesar de que han tenido todo el poder y mil millonarios recursos, en lugar de resolver los problemas del país, los agravaron… y de qué manera, amigo lector.
También demuestra la colosal mentira en que se sostiene ese discurso chavista que culpa a los otros de su fracaso. Ninguno de esos presuntos culpables tiene nada que ver con la crisis creada desde 1999. Porque si bien es cierto que entonces quienes hoy mandan heredaron muchos problemas, también es cierto -insisto- que en todo este largo tiempo y con la montaña de petrodólares que malgastaron y dilapidaron no han podido resolverlos satisfactoriamente.
Véase a este respecto cómo Alemania, que quedó en la más absoluta ruina al terminar la Segunda Guerra Mundial en 1945,  resolvió en 15 años su gravísima crisis… y todo ello con mucho menos recursos que los que ha malgastado el chavismo. Japón, tan arruinado como Alemania luego de aquella guerra, en sólo 15 años se puso de pie. Hoy ambos países son formidables potencias económicas del mundo moderno.
Sirvan estos dos ejemplos para poner de manifiesto la gigantesca incapacidad e ineptitud del actual régimen, que en 15 años ha destruido a Venezuela, a pesar de que han manejado y dilapidado muchísimo más dinero y más tiempo que el que invirtieron alemanes y japoneses para reconstruir sus países. 
En cambio, aquí el chavismo hizo todo lo contrario. Convirtió a una nación petrolera y en vías de desarrollo, como lo éramos en 1998 -con problemas, claro está, pero nunca de la magnitud de los de ahora-, en lo que hoy por desgracia somos: un país con una economía destruida; una deuda colosal, después de haber dilapidado los más cuantiosos recursos que hemos tenido en nuestra historia; más pobreza, miseria y desempleo que antes; servicios públicos colapsados, desabastecimiento, carestía e inflación como nunca y, por si fuera poco, más de 250.000 asesinatos en 15 años.
La explicación a este desastre está en que el régimen siempre ha tenido un sólo propósito: permanecer en el poder a toda costa, para lo cual pretende controlarlo todo, liquidando la economía privada y su aparato productivo, y destruyendo, por tanto, la iniciativa particular de los ciudadanos.
 Fíjese usted, amigo lector, lo que ahora sucede con el control de cambios, una política económica errada y absurda, pero que le permite al régimen especular y controlar el manejo de nuestros dólares. Pues bien, luego de haber encarecido el dólar en el mercado paralelo y de sucesivas devaluaciones que han liquidado el valor del bolívar como signo monetario, ahora el régimen convierte en “chivos expiatorios” a los venezolanos que han utilizado sus cupos de CADIVI en dólares para viajar al exterior, culpándolos de la escasez y la carestía de la moneda estadounidense.
Esta es otra mentira más que, como siempre, pretende trasladar a los demás lo que es de la exclusiva responsabilidad del régimen y sus desacertadas políticas económicas, al tiempo que utiliza la situación de CADIVI para limitar a los venezolanos la compra de dólares para viajar al exterior. Como siempre ocurre, aquí “la soga revienta por lo más delgado…”
 Porque la verdad es que los dólares para viajeros apenas alcanzan el 6% del gasto total de las divisas en dólares. En cambio, CADIVI autorizó en 2012 importaciones fraudulentas por 23.000 millones de dólares, según denuncia del economista José Guerra (Tal Cual, 25-01-2014). Por si fuera poco, el Sistema de Transacciones con Títulos en Moneda Extranjera (SITME) entregó entre 2010 y 2012 la bicoca de 27.000 millones de dólares, “y no se sabe dónde están esas importaciones”, advirtió también Guerra.
Como siempre sucede, y al igual que en este caso concreto, el régimen vuelve a culpar a los demás de lo que son sus exclusivos errores. Afortunadamente, cada vez son menos quienes creen esos cuentos chinos.
 Twitter: @gehardcartay
LA PRENSA de Barinas - Martes, 28 de enero de 2014.

martes, 28 de enero de 2014


EN LOS 227 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DE GUANARITO

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE UN PROYECTO  DE ARVELO TORREALBA PARA LOS LLANOS OCCIDENTALES VENEZOLANOS

DISCURSO DE ORDEN PRONUNCIADO POR  EL GOBERNADOR DEL ESTADO BARINAS,
GEHARD CARTAY RAMÍREZ,
EN LA SESIÓN SOLEMNE DEL CONCEJO MUNICIPAL DE GUANARITO, ESTADO PORTUGUESA


(Guanarito, 24 de enero de 1995)



Agradezco profundamente la distinción que me han conferido la Alcaldía y la Cámara Edilicia del Municipio Guanarito del Estado Portuguesa, al designarme orador en esta Sesión Solemne con motivo de los 227 años de la fundación de esta pujante localidad.
Fray Andrés de Grazalema fue el fundador del Pueblo de Nuestra Señora de la Paz de Guanarito, allá por 1768, según el Hermano Nectario María, sin fijar el día, “el cual hubo de ser en la festividad de Nuestra Señora de la Paz”.
El fraile Grazalema era andaluz y capuchino. Hombre aventurero y de probado coraje, recorrió ríos y tierras de esta parte de los llanos occidentales. Los hoy ríos Cojedes, Portuguesa y Apure lo vieron transitar en sus distintas correrías hasta llegar a este lado del entonces río Guanarito, donde fundara la población del mismo nombre.
Con el tiempo, Guanarito fue ciudad importante. En 1787, escribió mi paisano Virgilio Tosta, “contaba con 1779 habitantes, residentes en 92 casas. De estas viviendas, 30 se encontraban en el pueblo y 62 dispersas en los campos. La población estaba formada por 673 blancos, 37 indios libres, 880 personas de color, también libres, y 189 esclavos”.
Tosta afirma que los capuchinos evangelizaron a la mayoría de la población. La actividad ganadera era notable y laboriosa: “Había 147 pequeños hatos donde pastaban 24.790 cabezas de ganado vacuno, 1504 de ganado caballar y 155 mulas”. “Guanarito -prosigue señalando Tosta- ya no correspondía a la Provincia de Caracas, pertenecía a la de Barinas”.
La población progresó considerablemente en los años siguientes, aún cuando a comienzos del siglo XIX comenzó a declinar, producto de los estragos de la revolución independentista, de la cual no podía sustraerse -según anota el profesor Manuel Pérez Cruzatti- por ser “un pueblo con sed de justicia y amante de la libertad”. En efecto, el cantón de Guanarito tendría su diputado en el Congreso Constituyente de 1811, el médico José Luis Cabrera, quien al lado de Unda, electo por Guanare, y Pérez de Pagola, por Ospino, formarían una trilogía entusiasta y fervorosa al servicio de la Independencia.
Durante la Guerra Federal, Guanarito también sobresalió al lado de los ideales de Zamora y Falcón. Era la revolución de los indios, como algunos la llamaron, no despectivamente, sino en reconocimiento a la fiereza de sus hombres. A su cabeza estuvo Martín Espinoza. “Dicen que era de El Pao de San Juan Bautista -ha escrito José León Tapia- y desde joven se fue a Guanarito y Morrones, deambulando por todos estos caseríos a la orilla del río, donde trabajaba como bonguero y vendedor de fustas fabricadas por él mismo. Tenía un callo en el hombro de tanto empujar la palanca en el fondo de los cauces. Hasta que en una de esas ausencias, los godos le violaron la mujer y la hija para hacerle nacer el odio”, agrega Tapia.
“Desde entonces -sigue relatando el escritor barinés-, comenzaron las andanzas a caballo, seguido por la indiada de Guanarito, pidiendo sus resguardos de tierra y respeto en sus derechos, contenidos en los protocolos que guardaban sus ancianos desde el tiempo de la Colonia”.
Lo dicho, independientemente de la fatal suerte que acompañó luego a Espinoza,  no hace sino reafirmar la importante contribución de esta población a la causa federal, reconocida tanto por Falcón como por Zamora. Con el tiempo, Guanarito también alumbraría con las luces de la cultura y el periodismo desde las páginas de La Campana y a través de briosos intelectuales de la época.

***

Como la mayoría de los pueblos recostados a nuestros ríos, los primeros años del presente siglo fueron duros y difíciles para Guanarito.
Aquí, en el sur oeste venezolano, las vías fluviales dejaron de ser navegables en su mayoría, por efectos de la sedimentación de sus cauces y la destrucción de sus cabeceras. La acción depredadora del hombre, lamentablemente, no se hizo esperar en sus funestas consecuencias.
Porque la mayor parte del comercio de exportación e importación se hacía entonces por los ríos tributarios del Apure, que luego se enlazaba con el soberbio Orinoco para salir al Atlántico, hacia el continente europeo, y viceversa. Por eso mismo, los españoles fundaron pueblos a la orilla de los ríos, no sólo por la necesidad del vital líquido, sino por ser aquellos vehículos de comunicación más veloces que el tránsito a caballo o a pie.
Sobre este tema en particular quiero centrar mi discurso de hoy ante ustedes, amigas y amigos de Guanarito, por su relación estrecha con esta tierra y con los llanos occidentales, y convertir en la parte medular de estas palabras las ideas que un venezolano de excepción, paisano de Barinas, gobernador de mi estado entre 1941 y 1945, el poeta Alberto Arvelo Torrealba, autor de Florentino y el Diablo, vertió en 1952 en Caminos que andan (Panorama y Destino del Oeste Venezolano), un libro extraordinario sobre lo que pudieron haber sido estos llanos del suroeste venezolano si se hubieran conservado las nacientes fluviales y los recursos forestales, la navegación de los ríos y las óptimas condiciones de estas llanuras para el desarrollo agrícola.
Estaba muy interesado en lograr, según sus propias palabras, “una proyección geoeconómica de los Llanos Occidentales, frente al régimen ya definidamente torrencial de los veneros hidrográficos que drenan el flanco Este de la Montaña Andina”.
Se trata de una profunda y elaborada reflexión sobre temas en los cuales no era precisamente un especialista doctorado aquel abogado y poeta. Pero sus ansias por conocer aspectos que le apasionaban lo llevaron a profundizar sobre los mismos con tanta erudición como cualquier especialista en las materias allí abordadas. Sus conversaciones con agricultores, sus consultas a libros de autores especializados, la observación directa que le facilitaba su inteligencia y agudeza innata y su comprensión lógica del los temas globales, fueron ejercicios intelectuales que le ayudaron en la concreción de aquel proyecto que tenía en mente.
Fue así como concibió Caminos que andan, obra que lo convirtió -al menos en su país- en un precursor indiscutido de la ecología y la conservación de los recursos naturales, mucho antes, por cierto, de que esta temática se pusiera de moda y llamara la atención del mundo moderno.
Lo esencial de este libro de Arvelo Torrealba postula como fundamental la circunstancia de que, ya a mediados del siglo pasado, los Andes Venezolanos, en sus zonas medias y altas, se encontraban superpoblados y sus tierras exhaustas y en avanzado estado de erosión, mientras que los Llanos Occidentales estaban despoblados, a pesar de la feracidad de su suelo. El futuro le daría la razón a Arvelo Torrealba en aquel planteamiento de principios de los años cincuenta, aunque sus predicciones, lamentablemente, también se cumplieron en materia de destrucción de cuencas hidrográficas y forestales.
Pero en aquel entonces su idea tropezó con ciertos inconvenientes, entre ellos, la creencia generalizada de que las tierras de nuestros llanos eran pobrísimas, de bajo rendimiento y anegadizas, aparte de estar infestadas por enfermedades terribles. Arvelo Torrealba, por el contrario, sostenía que los suelos llaneros acumulaban “hondos estratos de humus” y que ofrecían mejores condiciones de vida a quienes los habitaban, por haberse erradicado ya algunas enfermedades como la malaria, “rezago imaginativo de la otra Venezuela”, agregaba.
“Hoy por hoy -sostenía hace ya 40 años- es difícil desconocerles a los Llanos Occidentales su potencia agrícola de primer orden. De sus 60.000 kilómetros cuadrados la mitad, por lo menos, están cubiertos de selvas de infiltración, cuya honda capa de humus, en una superficie de 3.000.000 de hectáreas, es inmenso pliego probatorio exhibido ante todos los que conocen la comarca”.
Por desgracia, desde hace algún tiempo ya, pueden constatarse las consecuencias trágicas de no haberlo oído y seguido en sus sabias recomendaciones: se están secando aceleradamente las cabeceras de los ríos y agotándose sus reservas forestales, con las lógicas consecuencias de sequía y deterioro del medio ambiente. Por supuesto que todo esto ha afectado severamente el régimen hidrológico de la zona, pues las inundaciones atacan en forma recurrente a las zonas altas de los llanos, mientras los ríos disminuyen de manera dramática su volumen durante el verano y, paradójicamente, crecen y se desbordan en la estación lluviosa.
Parte muy importante del proyecto arveliano contenido en aquel libro de 1952 son sus reflexiones sobre los ríos de los llanos occidentales, a los que justamente bautizó “caminos que andan”, y que constituyeron otra pasión vital del poeta en todo tiempo y lugar. Ya lo había demostrado suficientemente, como gobernante y hombre de Estado, cuando estuvo al frente de los destinos de su natal Barinas, entre 1941 y 1945.
Su pasión por “los caminos que andan” tuvo motivaciones de distinto orden: unas nostálgicas, pues los ríos -como ya señalé antes- habían sido en el pasado las vías de comunicación que permitieron la salida de los productos de exportación y también la entrada de los artículos que venían del exterior, desempeñando así un papel estelar en la economía llanera durante varios siglos. Arvelo Torrealba tuvo también motivos de orden ecológico en virtud del importante papel que cumplen los ríos en la formación del paisaje de los llanos, en la prevención y control de inundaciones y en su utilización para las labores de riego con fines agropecuarios. Y hay finalmente razones de estratégica planificación del potencial desarrollo de la región, si fuera posible -como lo vislumbraba aquel sueño permanente del poeta- volver a convertir los ríos en vías de comunicación y progreso, al igual que lo fueron antes y lo siguen siendo en muchas partes del mundo de hoy.
Pero no se queda Arvelo Torrealba en estos comentarios generales. Va más allá, al recordar la antigua función que cumplían los ríos de entonces al entrelazar diversas localidades ubicadas en las riberas de los afluentes: “Desde el puertecito de Torunos sobre el (río) Santo Domingo, para Barinas, para Guanare desde el de Guerrilandia sobre el (río) Guanare y desde (el río) Payara para Acarigua y Araure, el destino de aquellas rutas era unir pueblos de variadas latitudes. (El Real, Santa Inés, Santa Lucía, San Vicente, Bruzual, Nutrias, Puerto de Nutrias, Apurito, Guasdualito, Arismendi, Guadarrama, El Pao, San Fernando de Apure, Río Negro, Ciudad Bolívar). Caminos de vitalidad permanente para el Sur de Venezuela. Café, caco, tabaco, manteca, añil, iban río abajo con el empuje del trabajo local, permutados, en el río arriba, con medicinas, muebles, víveres y toda clase de mercancías”.
Lamentablemente, aquel hermoso y dinámico movimiento finalizó por diversas razones que explica así el poeta con honda preocupación: “Las contiendas civiles, la penurias de los gobiernos que debieron dejar los álveos a su propia abandonada suerte, la quema sistemática del agro, la tala sin renuevos, desataron a corto plazo la respuesta trágica de la naturaleza ante el flagelo humano. Al remanso apacible siguieron -escombro de cascadas- las oscuras torrenteras, despeñadas por donde bajaban antes gárrulos manantiales. El don del agua honda pasa a ser privilegio de cuatro o cinco meses. Para el resto del año campean los playones adustos”.
Lo demás vino por añadidura: “Tras la pérdida de varios vapores, lanchas y bongos en la aventura de remontar el Santo Domingo, el Guanare y otras vertientes, éstas terminaron por bloquear su propio camino, interferido por arenales y carameros. Desolación y silencio señorearon en los cauces antes fecundos, mientras la gente ribereña, espectadores pasivos del desastre, aislados, desarticulados en cautiverio sin cárcel ni cadenas, huyeron unos y se entregaron otros a la condena inapelable del hambre y el paludismo”.
En materia ecológica, a pesar de haber sido uno de sus precursores en Venezuela, Alberto Arvelo Torrealba terminó arando en el mar. Así como escasamente se conoce esta interesante y patriótica faceta suya, opacada por la muy celebrada que tiene como poeta popular llanero, igualmente hay que afirmar que muy pocos la han estudiado y menos aún quienes le hicieran caso -entre ellos los gobiernos siguientes- a sus tempranos y sabios planteamientos.
Si traigo a colación todas estas reflexiones del gran poeta barinés es porque, en un ejercicio de ensoñación 40 años después, pudiéramos imaginar lo que hoy serían estos llanos occidentales de Portuguesa y Barinas si se hubieran puesto en ejecución aquellas ideas progresistas y audaces. Sin duda, Guanarito sería hoy un emporio agrícola y ganadero, superior a su actual grado de desarrollo, como también lo serían todas estas poblaciones ubicadas en la planicie que se desliza hacia el brioso río Apure.   
Pero estamos aún a tiempo para cumplir aquellos hermosos sueños de Arvelo Torrealba, de cuyo nacimiento se cumplen noventa años el próximo 4 de septiembre, para lo cual se cumplirá una programación n especial en Barinas, con justos homenajes y significativas obras en su memoria.
Aún estamos a tiempo -insisto- de rescatar aquellas ideas progresistas y hacerlas realidad para impulsar el desarrollo de estas planicies, tan extensas como prometedoras.
Porque si bien es cierto que por estas fechas rememoramos el pasado de Guanarito en sus 227 años, lo fundamental hoy es prefigurarnos su porvenir y luchar para que sea luminoso y progresista, y en ese compromiso están comprometidos sus hijos y sus amigos.
Por estas razones, hoy he venido hasta acá, como vecino y llanero, a consignar ante ustedes estas inquietudes y a agradecer, una vez más, al alcalde Valmore Betancourt, amigo y compañero de generación y de luchas, y a la Cámara Municipal, por esta extraordinaria oportunidad que me han brindado para reflexionar en voz alta y convocarlos a la lucha por un destino mejor.
Muchas gracias.