jueves, 6 de junio de 2013


LA PATRIA DE SIEMPRE

DISCURSO DE ORDEN DEL DIPUTADO
GEHARD CARTAY RAMÍREZ
ANTE EL ILUSTRE CONCEJO MUNICIPAL DE PUERTO AYACUCHO, TERRITORIO FEDERAL AMAZONAS

(Puerto Ayacucho, 24 de junio de 1985)


Se están cumpliendo en esta fecha 164 años de la Batalla de Carabobo, campo de gloria donde Venezuela ganó su independencia política, triunfó la República y se consagró nuestro Ejército Libertador.
Diez años antes de la epopeya final, el 5 de julio de 1811, la firma del Acta de la Independencia sólo había significado un gesto de dignidad y desafío. La libertad, sin embargo, hubo que ganarla en los campos de batalla, a sangre y fuego, por sobre miles de cadáveres heroicos. Aquella terrible guerra desoló al país y devastó su economía. Pero, aún así, valió la pena tanto sacrificio. Hoy somos una Patria que disfruta de su autodeterminación como pueblo y tiene el deber insoslayable de ganarse limpiamente el porvenir.
Los venezolanos de hoy, en ocasiones como la presente, debemos aprender la lección de nuestra Historia. No se trata, en modo alguno, de repetir nostálgicamente y en cada circunstancia protocolar, los mismos discursos rimbombantes recordando un ayer épico y ritual, casi legendario, como si fuera ajeno a nuestro ancestro histórico de pueblo libertario. La lección de la Historia tiene otro sentido: nos enseña de dónde venimos y hacia dónde vamos. Los herederos de Carabobo, de Bolívar y Páez, de Sucre y de Miranda, no podemos defraudar la misión quo nos encomendaron aquellos Padres Libertadores. El reto de cada día, el Carabobo cotidiano que estamos obligados a librar los venezolanos de hoy, debería tener el mismo aliento de grandeza y de coraje que impulsó a aquellos hombres hacedores de Patria que regaron con su sangre las verdes sabanas carabobeñas.
Me toca en suerte, por generosa invitación del Concejo Municipal del Territorio Federal Amazonas, al que debo mi gratitud de siempre, evocar desde aquí, pero en tiempo presente y futuro, aquella fecha de tanta trascendencia histórica para nuestro destino colectivo. Estar aquí en Amazonas, vasto y ancho territorio en cuyas profundas lejanías se oculta buena parte de nuestro porvenir patrio, estimula la reflexión en alta voz que sobre los desafíos que nos aguardan me propongo hacer desde esta calificada tribuna.
Aquí, en Amazonas, está la suma de la Venezuela por hacer. Aquí se presiente, al soplo de la brisa de la selva tupida y seductora sobre la cara, la ilusión apasionante de la Venezuela del futuro. Su exuberante y desbordante naturaleza, aún no dominada por la mano del hombre, rica en su subsuelo, en sus caudalosos ríos y en sus hombres y mujeres de nuestro primer tiempo como pueblo, tientan por igual a los capitanes del progreso y a los piratas de la codicia. Sepamos entonces recibir como se debe a los primeros y combatir a estos últimos, corsarios modernos que, en nombre de falsas religiones y de engañosos afanes científicos, algunas veces creen pisar tierra de nadie, como si los muertos de la Guerra de la Independencia y aquellos del  24 de junio de 1821 que hoy recordamos, no nos estuvieran gritando todavía que con su sangre y sus vidas nos entregaron también esta parcela de tierra para sembrar la Patria.

***

En Carabobo, como afirmara Andrés Eloy Blanco, nuestro primer poeta nacional hace ya unos cuantos años, está el domicilio histórico del Ejército Venezolano. La gesta librada en aquella sabana inmortal aquel 24 de junio lo hizo también merecedor, con toda justicia, a que en esta misma fecha celebremos igualmente el Día del Ejército Nacional. Y como ejército del pueblo, ambos con una misma ilusión, hechos de la misma arcilla criolla, simbiosis extraordinaria que sintetiza lo que fue la epopeya que nos trajo hasta esta playa de libertad en que hoy vivimos, cobijados bajo la luz solar del Padre de la Patria, digamos entonces que hoy también es un día para festejar, no sólo la derrota militar del invasor español, sino también -y tal vez más que eso- nuestro inicio como Patria parida entonces por el esfuerzo de sus propios hijos.
Fue el genio de Bolívar el que nos condujo hasta la victoria final  hace ya 164 años. Fue, sobre todo, su genio militar, tal vez el más admirado entonces en aquel hombre poliédrico. Bolívar hizo converger sobre Carabobo a sus más brillantes oficiales. Páez marchó con sus bravos llaneros desde Apure, Bermúdez vino desde el Oriente, Urdaneta salió de Maracaibo, Zaraza y Monagas desde las llanuras guariqueñas, Carrillo desde Trujillo. Así, inteligente y hábilmente, cerró las tenazas sobre el adversario realista. El enemigo, confundido y acorralado, se replegó hasta Valencia. La proclama del Libertador en la llanura de Taguanes la víspera de la batalla, debió insuflar los ánimos de aquellos hombres valerosos. Su reclamo no pudo ser otro sino el de la victoria final, que era -al fin y al cabo- la que estaba en juego.
Y fue sobre las sabanas de Carabobo donde esos humildes hijos de la tierra venezolana, mezcla de razas y de pasiones, porfiados e irreverentes, alegres y afiebrados por una fe superior, aplastaron a un ejército defensor de una sociedad cerrada y monárquica, que no conocía la igualdad ni soñaba con conquistarla. Allí quedaron sepultados para siempre tres siglos de dominación y de poder absoluto, echados al mar por la perseverancia y la fuerza indómita del ideal supremo de la libertad.
Sin embargo, y a pesar de todo ello, bien lo dijo Andrés Eloy en sus Poemas Continentales:

La barca de los Héroes navega en los desiertos
del Pasado: llegaron, abrieron nuestros Puertos
al Sol, nos dieron velas, se volvieron a ir…
Ya tenemos cien años alabando a los muertos,
sin recordar que América necesita vivir.

Aquello fue hace 164 años. Desde entonces hasta hoy hemos venido perfilando nuestra fisonomía de República y nuestro ascenso como pueblo.
Carabobo, sin embargo, no se agotó en aquella batalla. Carabobo sique vigente. Carabobo es un desafío que no hemos superado todavía. Huelga decir, claro está, que aquellos bizarros hombres de la Independencia cumplieron. No sabríamos decir si quienes los hemos sustituido también hemos cumplido.
La noria de la Historia sigue dando vueltas. Y estamos aquí, montados sobre este momento, tan estelar y trascendente como aquél 24 de junio de 1821.
Un balance sucinto nos diría que en estos últimos 27 años hemos consolidado la democracia política. Esto, aparentemente normal en nuestros días, fue un sueño recurrente de muchos hombres que dejaron sus vidas en el camino de las luchas interminables contra las tiranías que tánto hemos padecido. Un puñado de muchachos veinteañeros en 1928 y en 1936 supieron traducir a los hechos un proyecto renovador y modernizador, que se ha cumplido en nuestros días, con fallas y errores, pero también con inequívocos aciertos.
La noria de la Historia sigue rodando sin cesar. Nuestros pueblos levantiscos y rebeldes -así es el venezolano común- no tienen apego a la memoria de los hechos. Olvidamos con mucha facilidad. Las cosas que pasan, las situaciones que vivimos, forman parte como de una cinta cinematográfica a marcha apresurada. Parecen, y de hecho lo son, una sucesión acelerada de imágenes, fechas y hombres. Así hemos construido nuestra Historia.
El país, por tanto, cambia notablemente. Los hechos recientes de nuestro proceso político, económico y social, no obstante su cercanía en el tiempo, parecen lejanos y extraños. El país rebosa, con asombrosa velocidad, los planteamientos que en cada oportunidad histórica parecieran fundamentales. Nuestra última dictadura cayó hace escasos veintisiete años. Desde entonces disfrutamos un largo período -el más largo en toda nuestra historia republicana- de libertades y de progreso. Y sin embargo, los venezolanos no estamos contentos, al menos los más jóvenes. Somos, gracias a Dios, un pueblo inconforme que aspira siempre un nuevo amanecer.
En apenas 27 años ya hemos dejado atrás los objetivos trascendentes que hicieron posible el 23 de enero de 1958. Gracias a Dios tenemos libertad y democracia política. Ahora queremos pan y dignidad, seguridad y desarrollo, vivienda y educación, ciencia y tecnología. Queremos descubrir un nuevo país, y tenemos derecho a hacerlo con nuestra inteligencia y nuestras manos.
Este es la Batalla de Carabobo que tenemos que librar en las próximas décadas, debidamente preparados ya para afrontar los insondables retos que nos deparará ese apasionante siglo XXI.

***

Estamos avanzando hacia una nueva etapa histórica en Venezuela. Las mismas circunstancias políticas y económicas que vivimos desde hace ya algunos años, son la campanada de alerta de ese nuevo tiempo. Y frente a esas realidades, no cabe duda alguna de que debemos ajustar nuestras conductas colectivas, nuestros hábitos de pueblo y hasta algunos patrones mentales que la riqueza petrolera deformó en los últimos cincuenta años.
Ese nuevo tiempo traerá consigo nuevos retos. El primero de ellos, tal vez el más importante, lo constituye (valga la expresa redundancia) la auténtica democratización de nuestra democracia representativa y formal, pero ya madura para enfrentar los cambios y rectificaciones que su práctica en estos 27 años ha venido aconsejando. Están pendientes, dentro de tan necesaria renovación, la prioridad de los aspectos sociales y económicos, tal vez los menos desarrollados si se los compara con los de sentido estrictamente político.
Lo que está planteado, pues, en este sentido, no es otra cosa que extender los beneficios de la democracia formal -igualdad de oportunidades, participación directa, entre otras cosas- al campo económico y social. Este es, en verdad, el reclamo que se viene haciendo desde hace ya algún tiempo, y que algunos oídos sordos no han querido recoger. Olvidan, al parecer, que la democracia no es un simple sistema político que cumple su cometido mediante torneos electorales -algunas veces carnavalescos- cada cinco años, sino que es, además, un sistema de implica el sostenido mejoramiento personal y colectivo de los habitantes de un país. La democracia no es tan sólo un régimen que garantiza libertades y respeto a los derechos civiles. También debe ser entendido como un mecanismo para darle al pueblo oportunidades de empleo, de vivienda, de salud, de educación y de alimentación. Sólo así, por lo demás, la democracia podrá hacer posible que los derechos de todos los venezolanos, establecidos en nuestra Constitución Nacional, sean una estupenda realidad más allá del limbo de los buenos deseos.
Mucho se ha avanzado en este camino, y sería, desde luego, necio y antihistórico desconocerlo. Al lado de nuestro ejercicio democrático ininterrumpido por más de un cuarto de siglo -lo cual ya es un logro fundamental en nuestro acontecer histórico-, hay avances muy importantes en materia educativa, de salud y de seguridad social. Tenemos más liceos, universidades y escuelas, más hospitales y mejores beneficios de orden social. Tenemos una incipiente industrialización, todavía débil, pero susceptible de fortalecerse. Manejamos nuestra propia industria petrolera. Se han multiplicado en estos veintisiete años de ejercicio democrático las obras de infraestructura y se han logrado resultados sensibles en materia de vivienda.
Pero, al propio tiempo, persisten los grandes problemas nacionales. Somos, sin embargo, todavía un país subdesarrollado, aunque aparentemente modernizado en algunos aspectos. Hay graves hechos para la reflexión colectiva: crecen la marginalidad, el desempleo y la inseguridad, mientras que seguimos sin autoabastecernos alimentariamente, con una economía importadora y consumista, un endeble desarrollo industrial y una escasa producción agropecuaria. Vivimos a la sombra de un Estado paternalista, cuyo funcionamiento es posible gracias a la todavía abundante entrada de divisas petroleras. Pero ese mismo Estado, moroso y burocrático, ha tenido poco éxito -no obstante los recursos de que ha dispuesto- en el manejo de los servicios públicos y en la solución de numerosos problemas que hoy aquejan a la Nación.
No tenemos, sin embargo, porque ser pesimistas ni tampoco optimistas cándidos o ilusos a la hora de enfrentar nuestro futuro como pueblo. Tememos aún grandes posibilidades para superar la crisis actual y modelar una nueva sociedad para todos los venezolanos. Somos un país con extraordinarias ventajas estratégicas. Disponemos de diversas variedades geográficas y climáticas, así como de insospechadas riquezas localizadas en nuestro subsuelo. Tenemos, así mismo, inmensas reservas hidráulicas, abundantes tierras fértiles y considerables riquezas madereras. Todos estos recursos, sin contar con el petróleo, pueden ser aprovechados conveniente y razonablemente en beneficio de nuestras actuales y futuras generaciones.
Tenemos aún mucho por hacer. En esta visión de futuro nos conforta nuestra carencia de traumas históricos y sociales que si bien han afectado a otros países de larga historia, no existen, en cambio, en nuestra formación como comunidad nacional.
Tenemos, por todas estas razones, derecho a ser optimistas racionales y realistas. No podemos cruzarnos de brazos frente al futuro, confiados en las grandes posibilidades que la Providencia puso en las entrañas de nuestro país. Eso sería una actitud criminal que no podrían perdonarnos quienes vendrán después de nosotros. Lo que está planteado, entonces, no es otra cosa que trabajar y luchar por una plataforma común de ideales y por un conjunto de prioridades que supongan una cabal inversión de nuestros recursos humanos y materiales, dejando de lado la mediocridad, el sectarismo, la miopía y la falta de ambiciones por un destino mejor para quienes amamos y vivimos sobre esta tierra venezolana.
Vamos, pues, a prepararnos para el futuro grande y luminoso de la Patria que nació en Carabobo. Estamos a las puertas de un nuevo siglo. Los desafíos son tan fascinantes como graves y serios. Un nuevo país está a la vista de las nuevas generaciones. Un país con grandes y prometedoras posibilidades de desarrollo y progreso.
La de hoy es buena fecha para preguntarnos, en este formidable empeño que debe ser común, qué podemos hacer por Venezuela en estos próximos años. Parafraseando lo que dijo alguna vez un Presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, refiriéndose a su país, dejemos de preguntarnos ahora qué puede hacer Venezuela por nosotros. Lo que está planteado hoy, con urgencia inaplazable, es exactamente lo contrario: qué podemos hacer nosotros por este país. Emulemos, acudiendo a nuestra pasta de pueblo que ha superado algunas de sus propias adversidades, a quienes han sabido convertir sus mejores tradiciones históricas en el acicate para vencer los compromisos del futuro.
Amazonas, tierra indómita y promisora, sabe que lo que hoy pedimos sobre su tierra, no es otra cosa que la continuación de aquel Carabobo en los campos de batalla que nos plantean el presente y el porvenir inmediato de la Patria.
Muchas gracias.

lunes, 3 de junio de 2013

LA FARSA SOCIALISTA
Gehard Cartay Ramírez
Dos noticias, aparentemente frívolas, acaban de aparecer en los medios: una hija de Mao es una de las multimillonarias más ricas de China y un hijo de Fidel Castro se asocia con empresas capitalistas extranjeras para construir varios campos de golf en Cuba, a fin de promover el llamado “turismo de lujo”.
Dos noticias que revelan, una vez más, el fracaso del socialismo como sistema económico y social. Por supuesto que ya eso lo sabemos desde hace tiempo. La extinción de la otrora poderosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y sus países aliados de Europa Oriental, a partir de 1990, y la subsiguiente entrada de China al sistema económico capitalista, sin dejar de lado su condición de país comunista en lo político, son la mejor demostración al respecto.
Se comprueba así que el socialismo como sistema político económico y social ha sido siempre una farsa histórica, incapaz de generar el acceso a una sociedad igualitaria, participativa y comunitaria, como la imaginaron algunos de sus teóricos más eminentes. Esta definición romántica y feliz no pasa de ser una simple entelequia y una utopía inviable, en el mejor de los casos.
En la práctica, por el contrario, el socialismo ha terminado siendo un sistema totalitario e inhumano, creador de opresión y de pobreza, con centenares de millones de muertos por tales causas, como lo han demostrado sus ensayos soviético y chino, y que ahora exhiben países anacrónicos como Corea del Norte y Cuba, los únicos que hoy se definen como socialistas, apartando otras experiencias tragicómicas que dicen ser tales, como el caso de Venezuela.
No hay que olvidar, por cierto, que socialistas también fueron los regímenes del nazismo alemán y del fascismo italiano en la primera mitad del siglo pasado, actores fundamentales de la II Guerra Mundial y de la catástrofe que aquella significó. El partido nazi de Adolfo Hitler se denominaba Partido Nacional Socialista de los Trabajadores de Alemania (NSDAP: Nationalzocialistische Deutsche Arbeiterpartei). Por su parte, Benito Mussolini, creador y máximo líder del fascismo, provenía del Partido Socialista Italiano. Ninguno de ellos abjuró de su credo socialista y hasta su muerte se definieron como tales.
Esas experiencias socialistas, aparte de trágicas y genocidas, hoy se encuentran en el basurero de la historia. No hay habido ni hay una sóla experiencia histórica que diga lo contrario. Todas han fracasado y las que aún existen están en camino de extinguirse.
Su fracaso obedece a que quienes han pretendido instaurar el socialismo lo han hecho desde el totalitarismo y la dictadura política y económica. Siempre han consolidado al Estado como único poder, con un solo partido y una hegemonía que pretende convertir a los ciudadanos en simples peones, sin derecho a opinar de manera diferente y de promover su propio crecimiento personal en todos los órdenes. Así han liquidado la dignidad de la persona humana, la libertad y el pluralismo.
En lo económico priva la misma concepción: el Estado dirige y planifica la economía y es el dueño absoluto de los medios de producción y de los servicios. Así es como impide la iniciativa personal de los ciudadanos, al negarle derechos humanos fundamentales como la propiedad privada y su libre decisión para dedicarse a la actividad económica de su preferencia.
En esta materia, el resultado siempre ha sido el mismo: quiebran las empresas estadales, porque no le duelen a nadie, no hay libre mercado ni competencia y, subsiguientemente, al no haber producción surgen la escasez y el desabastecimiento, el hambre y la miseria. Conclusión: la economía se muestra incapaz de satisfacer las necesidades elementales de los seres humanos. Por eso, se acabó la URSS y los chinos abandonaron la economía comunista y se pasaron al libre mercado. Nadie niega que a estos últimos le va mucho mejor ahora.
Por cierto que Cuba, próxima a salir de esta pesadilla, ya reconoce algunas formas de propiedad privada y de iniciativa económica personal. Desde hace algún tiempo se abrieron a la inversión privada internacional, especialmente de capitales estadounidenses y españoles, lo que niega el mito del famoso “embargo”, y preparan la transición a la economía de mercado, pretendiendo -al estilo chino- mantener su dictadura comunista en lo político. Pero como seguramente ocurrirá con los chinos, a los cubanos tampoco les será posible separar una y otra cosa. Vendrá entonces la libertad política, es decir, la democracia tanto en China como en Cuba.
Solamente a mentes ávidas de poder y de riqueza mal habida -como las que ejercen el poder en Venezuela desde 1999- se les puede ocurrir meternos en el túnel del socialismo a estas alturas, cuando ha sido una tragedia histórica y ha fracasado en todas partes. Pero lo intentan, y todo ello porque pretenden aún imponernos una tiranía para permanecer en el poder por siempre. Pero, al igual que las demás dictaduras, esta, incipiente aún, también caerá.
¿Le puede entonces extrañar a alguien que la hija del líder comunista Mao Tse Tung sea hoy una multimillonaria capitalista en China y que el hijo del dictador cubano se haya convertido en inversionista en campos de golf para promover el llamado “turismo de lujo” en su país?


(LA PRENSA de Barinas - Martes, 04 de junio de 2013)

lunes, 27 de mayo de 2013

Verdades
DEGENERACIÓN Y DECADENCIA
Gehard Cartay Ramírez

Estas dos palabras sirven para describir al actual régimen, luego de las confesiones del conductor de La Hojilla en la famosa grabación divulgada la semana pasada.
Y es cierto. Estamos en los estertores de un régimen -un gobiernito, pues- decadente y degenerado, cuya cúpula, al decir del presentador cloacal estrella del Canal 8, la integran un bolsa, una cuaima que lo maneja y un “hijo de la grandísima puta” -ojo: palabras suyas, pero que ya no constituye delito decirlas- dedicado a robar a través de Cadivi, Seniat y otras dependencias oficiales, al tiempo que controla la cúpula militar y las policías del régimen. Y lo que es peor: todos ellos dirigidos, desde Cuba y a control remoto, por la dictadura de los viejitos Castro.
Las revelaciones del batracio letrinero del canal 8 hablan también de un supuesto golpe de Estado contra Maduro, dirigido por Cabello y su grupo, posibilidad que sería muy cierta a causa de la falta de liderazgo de aquel y del control militar que ejercería este último. Nada nuevo bajo el sol: se revela, una vez más, la lamentable situación de la Fuerza Armada, hoy embarrada con la politiquería y el partidismo, en violación abierta del artículo 328 de la Constitución Nacional. Y Silva, incluso, revela que el actual Ministro de la Defensa le ha dado varios fusiles, dejando entreabierta la posibilidad de que se hayan cometidos homicidios (“Descubrimos a dos y pum pam y le dimos…”).
Por cierto que la opinión del sicario televisivo sobre el ilegítimo es muy grave: lo define como un hombre manipulado por su pareja. Habla, además, de negociados y contratos, detrás de los cuales estaría el inefable José Vicente Rangel, otrora candidato santón de la izquierda venezolana. Al infaltable Cabello también lo señala, nada más y nada menos, como el jefe del grupo que estaría enriqueciéndose con los dólares de Cadivi.
Otra revelación gravísima es la comprobación de que el actual régimen es una vil colonia de la dictadura castrocomunista cubana. El sapo hojillero recuerda que Fidel Castro les recomendó acabar con “las elecciones burguesas” en Venezuela, lo que no se produjo dada la incondicionalidad del CNE. Y en cuanto a las últimas elecciones, Silva, con un cinismo vergonzoso, dijo que había recomendado a Maduro estirar la capilla ardiente del finado jefe, en lugar de andar por el país montando un show al estilo de Sábado Sensacional.   
Decadencia y degeneración, por donde se lo mire, si usted lee el informe (contenido en la grabación de marras) que el famoso sicario de VTV le rindió a uno de sus jefes del G-2 cubano, la temible policía secreta del castrocomunismo. Desde luego que el esbirro en referencia no dijo nada nuevo. Ya todo, o casi todo, lo sabíamos o lo sospechábamos. Lo importante es que haya sido este toñeco del finado Chávez, su hombre de confianza cuando quería informar algo, quien hiciera lo que pudiéramos llamar la autopsia del presente régimen.
(Porque, además, no hay que olvidar que La Hojilla era “el programa revolucionario” que enfrentaba “la canalla mediática” que, según el régimen, representan los medios de comunicación  independientes. La Hojilla era, pues, “la biblia comunicacional chavista”, con el visto bueno del difunto comandante.  ¡Y que ahora haya dicho lo que dijo, tiene los efectos de una bomba atómica en la opinión del chavismo de base!)
Estamos, sin duda, en presencia de algo muy grave, gravísimo. No se trata de simples chismes. Nada de eso. Se trata de una radiografía fiel de la gigantesca podredumbre del régimen, cuyo disfraz de “socialismo del siglo XXI” no es más que una hoja de parra que ya no puede tapar tanta corrupción, ladronismo y saqueo de los recursos del pueblo venezolano. Estamos, pues, en presencia del gobierno más corrupto de la historia venezolana.
Lo peor de todo es que las “instituciones” manejadas por el régimen (fiscales, jueces, policías, etc.) siguen siendo muy displicentes frente a estos graves delitos, como siempre ocurre cuando se trata de la corrupción chavista. No le han parado bolas a las denuncias contenidas en la grabación de marras, ni lo harán tampoco. Están muy ocupados persiguiendo y enjuiciando a líderes opositores por el delito de serlo: allí está el caso de los campesinos de Socopó, presos por cargar unos cohetones, “delito” mucho más grave, por lo visto, que los de traición a la patria, corrupción, homicidios, fraudes electorales y cualquier otro delito de la legislación penal, que aparecen en la grabación del presentador de La Hojilla.
La conclusión frente toda esta podredumbre que caracteriza al actual régimen se la dice el propio Silva al coronel cubano Aramis Palacios, y no puede ser más gráfica y elocuente:
-“Estamos metidos en un mar de mierda, compadre, y todavía no nos hemos dado cuenta…”
Pero los venezolanos sí nos hemos dado cuenta, y por eso este régimen hace tiempo entró en la cuenta regresiva de su salida del poder.

(LA PRENSA de Barinas - Martes, 28 de mayo de 2013)

sábado, 25 de mayo de 2013

LOS PODERES PÚBLICOS DEL PAÍS ESTÁN EN CRISIS


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
“LOS PODERES PÚBLICOS DEL PAÍS ESTÁN EN CRISIS”

DISCURSO DEL DIPUTADO
GEHARD CARTAY RAMÍREZ
DURANTE EL ACTO DE PARTICIPACIÓN DE LA INSTALACIÓN DEL CONGRESO DE LA REPÚBLICA A LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA

(Caracas, 04 de marzo de 1985)

Ciudadanos Magistrados:
Nuevamente acudimos ante ustedes, como todos los años, con el propósito de participarles el acto de instalación de las Cámaras Legislativas para el presente período de sesiones ordinarias y de comunicarles, igualmente, reflexiones e inquietudes, algunas de ellas comunes entre nuestras dos ramas del Poder Público.
Este período de sesiones que ahora iniciamos promete ser activo e interesante.
Está planteada, en primer término, la conmemoración de los primeros veinticinco años de nuestra Constitución Nacional, hecho de por sí trascendente en un país como el nuestro, donde las dictaduras superaron siempre a las escasas democracias, y cuyas Cartas Fundamentales no pasaron de ser muchas veces letra muerta o instrumentos dóciles en manos de caudillos y déspotas.
Pero aparte de la significativa circunstancia que implica mantener, como nunca antes había acontecido en nuestra historia, tan largo y fértil período de constitucionalidad, también nos toca enfrentar un justo reclamo que desde hace ya casi un cuarto de siglo nos plantean las propias disposiciones de nuestra Carta Magna. Me refiero, por supuesto, al desarrollo de la mayoría de sus Disposiciones Transitorias, algunas de las cuales lo están exigiendo ya de manera imprescindible e inaplazable.
Se ha dicho, y con razón, que el Congreso de la República está en mora con la Constitución casi desde el momento mismo en que aprobara en 1961. Y ha llegado la hora de que pongamos al día tan formidable instrumento jurídico, tal vez uno de los mejores del Continente, proyectándolo, al propio tiempo, con sentido de futuro; ampliándolo y perfeccionándolo hasta donde sea posible, de acuerdo con la invitación que en días pasados nos hiciera uno de sus autores, el ex Presidente Rafael Caldera.
Están próximos a ser incluidos en la agenda de trabajo del Congreso -aunque no será en fecha inmediata, por supuesto- los temas que se refieren a la Reforma del Estado. El Congreso tiene que ser necesariamente el epicentro de tal iniciativa, de sus logros y resultados concretos. Pero será fundamental para el éxito de tan ambicioso proyecto, alrededor del cual parece haberse nucleado una inusual concertación política e institucional, que el propio Parlamento pueda concretarlo por encima de la montaña de retórica y de palabrería que muchas veces impide llegar al logro cierto de este tipo iniciativas tan trascendentales para el desarrollo democrática del país. Un conjunto importante de leyes tendrán que ser aprobadas o reformadas para modelar esta reforma de manera sustancial. Otros proyectos de leyes tendrán que surgir del taller parlamentario. Y unas y otras deberán ser acordadas con el más vasto consenso nacional que sea posible para que la Reforma del Estado surja como la más alta expresión de toda la voluntad nacional.
Estamos absolutamente ciertos de que los partidos políticos son parte importante de ese todo, y esta convicción cobra mayor fuerza tratándose justamente del papel que corresponde en este asunto al Congreso de la República, máxima expresión del pluralismo ideológico-partidista en Venezuela. Por eso es ha dicho también que los partidos son la piedra angular de toda esa Reforma del Estado. Si a ellos se debe, en mucho, la implantación del sistema democrático, a ellos también corresponde conducirlo a una nueva etapa de consolidación, en donde se reconozca que no sólo los partidos son las únicas sociedades intermedias entre el hombre y el Estado, sino que también existen otras organizaciones capaces de aglutinar y canalizar el aporte de muchos venezolanos al progreso y bienestar del país. Dicho en otras palabras: ya es hora de que los partidos políticos redimensionen su actuación y comprendan más cabalmente su misión en una sociedad plural y abierta, como la que se ha venido perfilando en los últimos veintisiete años.
La Reforma del Estado surge, en todo caso, como una exigencia inaplazable ante la constatación de una verdad no menos demoledora: los Poderes Públicos del país están en crisis. Al Poder Ejecutivo se le critica su morosa y costosa burocracia, su ineficacia reiterada y odiosa, su incapacidad para atender con eficiencia hasta los más elementales servicios públicos. Al Poder Judicial se le reclama su falta de celeridad procesal a todos los niveles, la incompetencia y negligencia de muchos jueces, la partidización excesiva de algunas de sus instancias. Al Poder Legislativo se le enrostra su extrema tendencia a la retórica escandalosa, su falta de trabajo y de preocupación para poner al día nuestro ordenamiento legal. A todos, de alguna manera, los salpica la podre de la corrupción. Pareciera evidente que la Reforma del Estado debe apuntar a superar todas estas dificultades antes de que sea demasiado tarde, y debemos ser honestos al reconocer que aquellas existen para poder liquidarlas definitivamente.
El esfuerzo que implica la tan anhelada Reforma del Estado debe producir cambios sustanciales en materias tales como los actuales sistemas electorales y municipales, así como la legislación vigente sobre partidos políticos y las normas que se refieren al Poder Judicial y a la administración de justicia, y todo lo atinente a la descentralización y regionalización del país, en una labor de conjunto capaz de remontar los numerosos obstáculos que entorpecen la marcha hacia una auténtica y real democratización de todas sus instituciones.
En el plano más inmediato, el Congreso deberá abocarse en las sesiones que ahora comenzamos a la discusión del nuevo Código de Procedimiento Civil, en torno al cual ha venido trabajando la recién creada Comisión Legislativa, presidida por los doctores Gonzalo Barrios y Godofredo González, ex Presidentes del Congreso y actuales Presidentes de los dos grandes partidos del país, conjuntamente con sus proyectistas y un calificado grupo de juristas y especialistas.
Igualmente, durante el segundo período de sesiones del presente año se tiene previsto abordar la discusión del nuevo Código Penal, cuyo estudio debe iniciar en breve también la ya citada Comisión Legislativa.
En el seno de la Comisión de Contraloría, a través de una Subcomisión Especial presidida por el diputado Paciano Padrón, hemos abordado igualmente una materia de la más alta prioridad. Se trata de la reforma de la Ley de Salvaguarda del Patrimonio Público, joven instrumento jurídico que hasta ahora no parece haber cumplido las finalidades que motivaron su creación. Parecieran diversas las razones para que presenciemos esta lamentable situación. Por una parte, numerosos jueces alegan una supuesta rigidez procesal de la referida ley, en tanto que no faltan aquellos que argumentan ausencia de recursos para acometer decididamente su aplicación. Por la otra, desde distintas áreas del Poder Ejecutivo se ha insistido en la poca flexibilidad de esta normativa legal y hasta han llegado a suponer que la misma entraba en alguna forma el funcionamiento de la Administración Pública.
Vamos a hacer un amplio diagnóstico sobre la materia y a procurar, en la medida en que sea posible, una reforma capaz de hacer más expedita y útil esta ley, en torno a la cual se han juntado no pocas esperanzas y expectativas. Lo propio haremos con las normas que se refieren a la función contralora del Congreso, ya de por sí o a través de su órgano auxiliar, la Contraloría General de la República.

Ciudadanos Magistrados:
Sentimos que debemos atender todas estas exigencias del presente con pasión de futuro, más allá de lo contingente o accidental que supone muchas veces el debate político menudo e inmediatista.
El Congreso de la República, como es natural, no puede renunciar a su misión esencial de servir de tribuna de excepción al debate y al diálogo pluralista, indispensable, por lo demás, en una sociedad democrática. Pero no debe olvidar tampoco su función de legislar y controlar. Aspiramos que en este nuevo período de sesiones los parlamentarios podamos equilibrar estas tres obligaciones que nos impone la Constitución.
Y, desde luego, apelando al principio constitucional que consagra la colaboración entre las ramas del Poder Público, queremos mantener con ustedes una permanente y cordial relación de fructífera cooperación que haga posible el cumplimiento de aquellas esperanzas que los sueños del pueblo han puesto sobre los hombros de ustedes y nosotros.
Muchas gracias (Aplausos).         

martes, 21 de mayo de 2013


UNA DESASTROSA POLITICA ECONÓMICA

Gehard Cartay Ramírez

La escasez, el desabastecimiento, la inflación, la especulación y demás rigores que vienen acentuándose últimamente son la consecuencia lógica de la desastrosa política económica aplicada desde hace 14 años.
Fue su absurdo afán por controlarlo todo lo que llevó a Chávez y su combo -aconsejada por Fidel Castro como su fórmula para eternizarse en el poder- a ejecutar una política según la cual el Estado debía apoderarse de todo cuanto fuera posible. Esa fórmula maldita, que Castro copió de los regímenes comunistas y que condujo a estos a su extinción histórica, le ha funcionado al dictador cubano durante más de 50 años. El costo de tan bastarda ambición de poder ha sido criminal, pues los cubanos han sufrido en todo este tiempo, aparte de la dictadura vesánica que los oprime, los efectos genocidas del hambre y la pobreza.
En ese espejo vió Chávez reflejado su sueño de ser el amo eterno del poder. Por eso para él Cuba era “la isla de la felicidad” y su viejo dictador el modelo a seguir. Por eso, aconsejado por este, empezó por controlar los servicios básicos que estaban en manos del sector privado, como CANTV, la Electricidad de Caracas, Sidor, Alcasa y demás industrias pesadas del complejo de Guayana. También expropió y confiscó buena parte del aparato productivo nacional, tanto industrial como agropecuario. Y siendo PDVSA propiedad del Estado venezolano, echó a quienes la dirigían y la puso bajo control de sus comisarios políticos, utilizándola como instrumento financiero de sus alucinantes proyectos nacionales e internacionales.
Poco les importaba, por supuesto, si todas esas empresas estatizadas serían bien gerenciadas y, por tanto, reportarían beneficios a los venezolanos. Poco les importaba si, por el contrario, producirían pérdidas. Lo importante era controlarlas en función de un proyecto de poder vitalicio. Ponerlas a todas al servicio de la ambición de un solo hombre y su cúpula podrida.
Ahora estamos sufriendo las consecuencias. Casi todas esas empresas, comenzando por la estatal petrolera, están hoy quebradas. Bastó que burócratas ineptos y corruptos les pusieran la mano para que dejaran de producir y, por ende, se fueran al foso. Fue así como fábricas de aceite, leche en polvo y demás productos lácteos, torrefactoras de café, harina de maíz, sardinas y otros productos comestibles, fracasaron en manos del gobierno, a pesar de que cuando estaban en manos de sus anteriores dueños era productivas y rentables.
Lo mismo pasó con fincas y predios expropiados, confiscados o invadidos. Grandes emporios de producción de ganado en manos privadas, al pasar al control del régimen, dejaron de producir, se robaron los animales, acabaron con la infraestructura y hoy son monumentos a la desidia y la corrupción, como cualquiera puede constatarlo en varias regiones del país.
Entonces le echaron mano al presupuesto nacional y le inyectaron más recursos, creyendo que así podrían recuperarlas. Aquello fue echarle gasolina al fuego. Esos recursos nunca fueron aplicados a las empresas y buena parte de ellos se fueron por las cañerías de la corrupción.
Todas estas consecuencias eran previsibles. Ya se sabe que ninguna empresa estatal -industrial, agropecuaria o de servicios-, salvo contadas excepciones, alcanza niveles de productividad y eficacia. Se lo impide el hecho fundamental de que son empresas que no le duelen a nadie. Su dueño, el Estado, es una entelequia como tal. En otras palabras, son empresas sin dueño. Por eso burócratas corruptos las roban y desvalijan, no se ocupan de hacerlas productivas y por eso casi siempre terminan quebradas. Eso no ocurre con empresas de propiedad privada, pues a sus dueños si les duelen y se ocupan de hacerlas productivas.
A pesar del fracaso de las empresas estatizadas, utilizaron entonces nuestros petrodólares para suplir la falta de producción de industrias y fincas, y comenzaron la orgía de las importaciones. Aquello fue peor aún. La industria nacional terminó por desaparecer ante la avalancha de productos terminados, importados del sur del continente y de China. También acabaron igualmente con nuestra soberanía alimentaria y comenzaron a enriquecer a los ganaderos y agricultores brasileños, argentinos, uruguayos, o nicaragüenses, mientras los nuestros hoy están en la ruina y desamparados en nombre de una maldita ambición de poder.
Aún así, la ineptitud del régimen chavista descuidó los inventarios de renglones alimentarios básicos, como la carne, harina de maíz, café, crema dental y papel sanitario, entre otros, que hoy escasean en el mercado. Y, como siempre, culpó a los industriales privados que aún quedan de no producir y de acaparar, tratando de tapar su criminal responsabilidad ante la escasez y el desabastecimiento.
Por eso, ahora estamos como estamos: sometidos a un racionamiento injusto, a hacer colas para conseguir productos básicos, a abstenernos de consumir otros, toda una situación pocas veces vista antes. Y la responsabilidad es de actual régimen por haber destruido el aparato productivo nacional en aras de una absurda ambición de poder  de control total.
                                                                                                                     
(LA PRENSA de Barinas - Martes, 21 de mayo de 2013)








lunes, 13 de mayo de 2013

“MUCHO CAMISÓN PA’ PETRA…”
Gehard Cartay Ramírez
El actual régimen resultará en la práctica insostenible por razones de su ilegitimidad de origen y de desempeño.
Ya lo estamos viendo desde sus inicios. Su supuesta victoria, rechazada por la mayoría de los venezolanos, le ha impedido ser reconocido como un gobierno legítimo. Ya sabemos en qué circunstancias ocurrió esa “victoria”, muy parecida al fraude del dictador Pérez Jiménez en diciembre de 1952 (por cierto, aquél y éste de ahora, se juramentaron un 19 de abril).
Su ilegitimidad de origen la ha puesto de manifiesto, más que la oposición, el propio régimen con sus abusos, torpezas y maniobras. Baste recordar cómo el propio Maduro aceptó la misma noche de las elecciones la auditoria solicitada por Capriles. “Que se abran y hablen las cajas”, dijo entonces desafiante. Pocas horas después, las cuatro rectoras del CNE -fichas del PSUV-, en el mismo acto de “proclamación” del ilegítimo, rechazaron la auditoria. De inmediato, este último también la negó, seguramente porque ya le habrían dicho que los números no lo daban ganador de las elecciones del 14 de abril.
Se sabe también que los gobiernos de América del Sur, Europa y Estados Unidos condicionaron el reconocimiento al ilegítimo sólo si se hacía la auditoría exigida por las fuerzas democráticas. Por supuesto que se comprometieron al efecto. Pero aquello fue un vil engaño. Una vez reconocido por algunos países, entonces rechazaron la auditoría prometida. Luego, ante la presión internacional, decidieron hacer una farsa -advirtiendo de antemano que “no alteraría los resultados”-, sin la presencia de los factores democráticos y en una vulgar encerrona entre ellos mismos, lo cual le resta credibilidad y legitimidad a sus conclusiones. Capriles, por supuesto, rechazó aquella mamarrachada.  
Las consecuencias no hicieron esperar. En lo interno, numerosas manifestaciones de protesta pacífica se han producido en el país, mientras varios parlamentos del mundo advirtieron sobre el fraude y la falta de legitimidad del régimen. Fue entonces cuando el ilegítimo y su combo “metieron aún más la pata”, poniendo de bulto también su ilegitimidad de desempeño: acudieron a la represión armada, indiscriminada y violenta contra miles de manifestantes pacíficos -resultando algunos muertos y heridos, otros detenidos y torturados-, usando, además, la fiscalía y los tribunales para criminalizar la protesta, todo ello en abierta violación de la Constitución y de los derechos humanos elementales.
Su desesperación lo llevó al colmo de agredir a varios diputados opositores -entre ellas, algunas mujeres- en la propia Asamblea Nacional. Aquello dio la vuelta al mundo y comprobó ante propios y extraños el carácter fascio-comunista del régimen. Ya antes, el inefable teniente que preside el parlamento -parlar significa hablar, pero el gorila monaguense parece no saberlo- había anunciado que no le permitiría hablar a los diputados opositores, como si tal fuera una prerrogativa suya y no un derecho de estos.
Mientras tanto, al igual que un rinoceronte en una cristalería, el ilegítimo siguió haciendo añicos su credibilidad, insultando a varios cancilleres que cometieron el “delito” de insistir en la auditoria y a otros que ingenuamente hasta se ofrecieron de mediadores. Tanta torpeza y desesperación demostró a los más incrédulos que no les falta razón a quienes lo han acusado de usurpador. Y no tuvo mejor idea que salir a Uruguay, Argentina y Brasil a comprar apoyo con el petróleo venezolano y a seguir enriqueciendo a los industriales y productores agropecuarios sureños con la importación de sus productos, mientras aquí siguen quebrando a los nuestros. ¡Hasta les ofreció los fértiles valles de Aragua, luego de que el régimen los expropiara y ahora los mantiene improductivos!
Por si fuera poco, en el país las cosas marchan de mal en peor. La inflación nos acogota a todos, pero especialmente a los más pobres. El desabastecimiento es una realidad que nadie puede negar, a causa de la quiebra de empresas productoras por parte del régimen en estos nefastos 14 años. Ahora conseguir un kilo de harina pan o un rollo de papel sanitario es una tarea titánica, para no hablar de otros productos escasos, como la carne o la pasta de dientes.
 No hablemos de la inseguridad, con su ración de asesinatos diarios en todas partes, holocausto que ya nos cuesta la vida de 200.000 venezolanos. Los apagones y la falta de agua potable ya son permanentes, así como la crisis de la salud, el desempleo, la falta de vivienda y el empeoramiento de los compatriotas en situación  de pobreza.
En definitiva, el ilegítimo no pega una. Trata de parecer un presidente, pero no lo logra. No puede, definitivamente. Tanta mediocridad, ignorancia y torpeza juntas no son nunca características de un Jefe de Estado, y menos de alguien cuya victoria es desconocida dentro y fuera del país. Todo un papelón, como es lógico cuando se pretende gobernar con un liderazgo prestado.
“Mucho camisón pa’ Petra…”, como decimos en criollo.


LA PRENSA de Barinas - Martes, 14 de mayo de 2013.