martes, 9 de abril de 2013


RESCATEMOS A VENEZUELA!
Gehard Cartay Ramírez

Si Henrique Capriles repite su votación del siete de octubre pasado no hay duda de que derrotará a Nicolás Maduro.
Esto es muy importante tenerlo en cuenta, pues nos obliga a quienes lo hicimos entonces a votar de nuevo por él. Ninguno de nosotros, en consecuencia, debe abstenerse este domingo, y si nos trazamos la meta de llevar a alguien más a votar por Capriles, la victoria puede ser, además, contundente.
Hay dos poderosas razones para hacer la anterior afirmación, y paso a explicarlas a mis lectores.
La primera: está más que comprobado que la alicaída candidatura de Maduro tiene graves problemas para superar la votación de Chávez en octubre pasado. Maduro es un candidato malo, gris, mediocre, sin ángel ni carisma, sin discurso ni atractivo electoral. Por eso se oculta detrás del caudillo muerto y hasta dice que es su hijo. Sabe que él es nadie, electoralmente hablando. Pretende ser un clon de Chávez y se ha convertido en una caricatura suya, lo que es peor.
Maduro además, es un personaje oscuro, alguien que salió de la nada. Nadie sabe porqué es candidato. Muy pocos conocen su trayectoria pasada, que incluye una larga estadía en Cuba entrenándose como agente al servicio de la tiranía castrista. Él ha dicho que en algún momento fue sindicalista, pero los hechos niegan esa posibilidad. Un personaje como este, enigmático, misterioso y, por tanto, altamente sospechoso, no puede  ser presidente en un país que se precie de sí mismo y exija la mayor transparencia a sus líderes.
Por otra parte, dentro del electorado proclive al régimen, la diferencia entre Chávez y Maduro es del cielo a la tierra, lo cual opera en contra del candidato oficialista de una manera irremediable. El elector periférico del régimen, ante la ausencia de su líder y jefe único, no percibe en Maduro a alguien que calce los puntos para sustituirlo.
Y en la medida en que promuevan el mito Chávez, este podría ser un auténtico bumerán de efectos totalmente contrarios para un candidato que como Maduro tiene tantas limitaciones de todo tipo. El efecto de comparación entre uno y otro puede resultar contraproducente.
Por estas poderosas razones, el trasvase de votos del fallecido presidente al candidato oficialista será muy difícil y sólo podría operar en el segmento de los llamados votos duros que tenía Chávez, los cuales no parecen ser suficientes para ganar estas elecciones.
De allí, y esta es la segunda razón, que con un candidato tan malo como Maduro, el oficialismo se enfrenta ahora a su peor escenario electoral desde 1998. El régimen se encuentra hoy en la mayor orfandad de liderazgo, luego de tantos años de haber tenido uno único, indiscutible e irremplazable, por la propia voluntad de Chávez. Y al no haberse preparado uno de recambio, entonces la situación del liderazgo oficialista se complica y se convierte en un obstáculo, no solo frente a las elecciones del 14 de abril próximo, sino también por lo que respecta a su propia subsistencia como movimiento político.
Capriles, en cambio, es hoy un candidato crecido, que se dirige hacia una victoria electoral que algunos consideraban improbable hace pocas semanas, luego de su derrota en octubre pasado. Sin embargo, Capriles dio entonces una gran batalla frente al fallecido presidente, acortando las distancias y disputándole sus espacios electorales. Por eso ahora, frente a un candidato tan malo como Maduro, muchos le ven reales posibilidades de triunfo.
Capriles, además, es un líder realmente popular, con una trayectoria transparente y clara. No es un improvisado, ni alguien impuesto a dedo como sí lo es Maduro, quien nunca ha sido elegido por el pueblo para ningún cargo de gobierno. Nunca -insisto- una comunidad lo eligió para que la gobernara. No tiene, por tanto, una obra de gobierno. Por eso mismo, ahora usurpa la Presidencia de la República sin que nadie lo haya elegido, y es el candidato presidencial del PSUV sin que sus bases lo hubieran escogido mediante una elección directa y universal.
 Con Capriles pasa todo lo contrario. Fue elegido candidato presidencial por voluntad popular. Ha sido, además de parlamentario y presidente de la Cámara de Diputados en 1999, alcalde y gobernador reelecto desde el año 2000, con una obra notable que exhibir. Sabe gobernar y conoce la realidad nacional como pocos. Maduro, en cambio, no puede mostrar ninguno de estos  atributos.
Todo ello, sin olvidar que Capriles ha resultado un buen candidato, fajador, con pegada y amplia capacidad de convocatoria, sobre todo entre los jóvenes, donde el oficialismo pareciera estar muy debilitado, luego de 14 años de estar en el poder.
Lo que está planteado este domingo no es sólo elegir un nuevo presidente, sino algo más importante aún: liberar a Venezuela de un régimen incapaz y corrupto, y con Capriles como presidente trabajar para hacerla grande, fuerte y próspera, como todos queremos que sea.

 LA PRENSA de Barinas - Martes, 09 de abril de 2013.







viernes, 5 de abril de 2013

FRENTE AL FUTURO

DISCURSO DE ORDEN PRONUNCIADO POR EL DIPUTADO
GEHARD CARTAY RAMÍREZ
ANTE EL CONCEJO MUNICIPAL DEL DISTRITO BOLÍVAR DEL ESTADO BARINAS

(Barinitas, 12 de febrero de 1983)


Contento, como se siente en casa propia, hablo esta tarde desde la ilustre Tribuna del Concejo Municipal del Distrito Bolívar.
Sé que se trata de un compromiso mayor decir unas palabras en esta ciudad de Barinitas. La historia, las gentes y las luces que han nacido por estas tierras obligan a elevarse interiormente para compensar la generosidad de Ustedes al permitirme esta magnífica oportunidad para reflexionar en alta voz.
Barinitas es tierra elevada, empinada sobre la pendiente llanera que se inclina hacia el Apure. Tendida como está a los pies de la cordillera andina, recoge en sus tierras aledañas y en sus gentes esa cordialidad y gentileza propia del hombre de las montañas. Pero recibe también, por el abra que la comunica al llano, la calurosa y alegre compañía del hombre de las tierras planas. Barinitas es, pues, encrucijada de serranía y llano, síntesis hermosa y simbólica de dos espíritus nacionales, de dos maneras de ser venezolanos y de dos nobles caracteres de la psicología nacional.
Esta es la Barinitas de siempre, respetada, querida y estimada por los barineses, a pesar de las rencillas parroquiales que antaño surgieron y que aún forman parte del modo de ser arisco y agresivo que llevamos por dentro los venezolanos. La Atenas de Barinas llegaron a llamarla en las épocas en que un empalagoso modernismo buscaba en cada rincón de nuestros países el símil que nos llevara a compararnos con otros Continentes. Pero Barinitas no necesitaba adjetivos prestados, ni sustantivos de imitación. Ella sóla se bastaba para proyectar por sí misma su condición de ciudad culta y sensible a las más variadas manifestaciones artísticas y culturales. No en balde aquí nacieron Alfredo y Enriqueta Arvelo Larriva, poetas de alto valor nacional, a cuya obra se le han brindado los mayores reconocimientos por parte de la inteligencia y la cultura del país. Alfredo, por cierto, cumplirá cien años de haber nacido el próximo 25 de mayo y, a tal efecto, yo aprovecho esta singular circunstancia para invitar a la Municipalidad y al pueblo bariniteño y barinés en general, a conmemorar tan significativa fecha en los términos más justos y trascendentes a su memoria de venezolano excepcional.
Desde esta ciudad de relevantes hijos y de historia que trasciende, venimos este 12 de febrero a conmemorar un nuevo aniversario de la Batalla de La Victoria y, por consiguiente, a celebrar el Día de la Juventud Venezolana.

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Se atropellan los recuerdos para hablar de aquella fiera batalla del 12 de febrero de 1814.
Lo que sucedió aquel día no tiene nada que envidiarle a cualquier epopeya anterior o posterior. No solamente se trataba de una simple batalla militar. En La Victoria se enfrentaron ese día dos fuerzas telúricas que después han continuado su lucha permanente: la juventud contra la barbarie. Aquélla, simbolizada por José Félix Ribas, uno de los más brillantes guerreros al servicio de la causa libertadora. Y la barbarie, representada por José Tomás Boves, realista cruel y sanguinario, al decir de los historiadores de antes y de ahora.
La paradoja de toda aquella confrontación fue todavía más singular. Boves era, en cierta forma, el caudillo ignorante y perverso, mercenario de aquellos tiempos, que arrastraba tras su carisma de líder populista a las masas desposeídas y ansiosas de justicia y pan. Rivas, por el contrario, era el joven militar ilustrado, representante de la Venezuela libertaria que emergía entonces contra la opresión española, causa muchas veces incomprendida y huérfana del apoyo de los grandes núcleos humanos a quienes más tarde favorecería, y a los que luego interpretaría fielmente, con su estirpe de pueblo, el catire José Antonio Páez.
Estas dos fuerzas extraordinarias fueron las que lucharon bravamente en un día como hoy, hace ya ciento sesenta y nueve años. Como tenía que ser, los jóvenes vencieron a los bárbaros. Tras largas horas de combate, la batalla, iniciada con el alba, culminó bien entrada la noche. La gesta heroica de La Victoria valió la pena. El sacrificio y la muerte de jóvenes promesas, abrieron paso a las legiones de la libertad encabezadas por Simón Bolívar. Y se derrotó el mito de que el pueblo sólo seguía a los bárbaros. Aquél día, los jóvenes señalaron el camino para que el pueblo humilde y hambriento de entonces hiciera suya la causa de la Independencia.

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Para los jóvenes de ahora hay una nueva Batalla de La Victoria en cada desafío que se nos presente.
Sólo que ahora la lucha no se libra por la fuerza ni con las armas, sino con la inteligencia y el estudio. Pero los desafíos de esta hora son tanto o más fascinantes como aquellos de 1814. Hay muchas cosas por transformar y en todas ellas la juventud tiene que jugar un papel estelar. Ya no nos corresponde, como a aquellos jóvenes de 1814, luchar para ganar la libertad suprimida. Ahora nos toca construir un nuevo país para que -sin perder la libertad ganada- podamos darle más contenido de eficacia y de justicia a las avances obtenidos y por obtener.
Los jóvenes de hoy somos optimistas. Practicamos un sano realismo para no dejarnos tentar por las falsas ilusiones que conducen a los fracasos. No aceptamos, por esto mismo, a los negadores de siempre, a quienes predican el fatalismo y pregonan el desastre futuro.
No creemos en quienes superponen sus fracasos políticos y personales por encima de los mismos intereses nacionales. No queremos a quienes andan por allí contagiando pesimismo, tal vez porque saben que serán derrotados por la Venezuela pujante y prometedora que encarnan los jóvenes de este bravo pueblo.
Con ese optimismo razonable tenemos que asumir las tareas presentes y futuras. Sabemos que Venezuela es un país de insospechadas posibilidades, tierra buena para el esfuerzo y el trabajo creador. Sus numerosos y valiosos recursos naturales, unidos a su más importante capital, su gente, colocan a este país en envidiable posición frente a la actual y la venidera coyuntura mundial.
Lo que exigen los jóvenes es el diseño de un proyecto nacional que permita combinar todas nuestras capacidades para enfrentar los problemas y adelantar las transformaciones que demandan las nuevas realidades de hoy.
Venezuela tiene extraordinarias ventajas estratégicas para acometer con coraje ese proyecto ambicioso y audaz con que soñamos sus líderes jóvenes de hoy.
El país dispone de diversas variedades geográficas y climáticas, así como de insospechadas riquezas minerales y energéticas localizadas en su subsuelo, la más importantes de las cuales, la llamada Faja Petrolífera del Orinoco, plantea inimaginables posibilidades de explotación y comercialización desde el punto de vista petrolero. Tenemos, así mismo, y a pesar de los depredadores insatisfechos todavía, inmensas reservas territoriales y madereras que convenientemente explotadas pueden ser aprovechadas por las venideras generaciones.
Somos, además, y valga la pena recordarlo este 12 de febrero, un pueblo joven. Los venezolanos somos gente tentada por las innovaciones, por sus posibilidades, y -lo que es más importante- por sus objeticos de progreso. Tenemos aún mucho por hacer. En esta visión progresista nos conforta nuestra carencia de traumas históricos y sociales, que si bien han afectado a otros países de larga historia, no existen en nuestra formación como comunidad nacional.
No hemos padecido, por otra parte, problemas de integración social. Si alguna vez las diferencias de orden racial impidieron nuestro avance, la llamada Guerra Federal -en medio de su vendaval de verbalismo y de promesas incumplidas- borró este tipo de contingencias. Por eso mismo, nuestro proceso histórico no registra traumas significativos.
Debe destacarse -a reserva, por supuesto, de la inconformidad que hemos planteado en diversas oportunidades sobre el particular- nuestro alentador proceso de afirmación democrática. 25 años de ininterrumpido ensayo democrático, otorgan al proyecto venezolano una particular significación de madurez que debe hacernos racionalmente optimistas frente al futuro.

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Existen los problemas, claro está, de toda nación en desarrollo y nadie podría atreverse a negarlos. Hace escasos años, bajo una conducción errática y grandilocuentemente incapaz, el país vivió los locos años de la abundancia. Lo tuvimos todo a manos llenas entonces. Lo que nos falló fue un liderazgo conciente de que después de la abundancia se asomaría la crisis que tercamente nos advirtió con elocuencia de buen profeta Juan Pablo Pérez Alfonso.
Los recursos petroleros venezolanos, gracias al alza de sus precios en los mercados internacionales, fructificaron en sumas mil millonarias de dinero como si se tratara de un nuevo milagro de la multiplicación de los panes que nos recuerda el Evangelio. Sin embargo, y como lo ha apuntado amargamente Arturo Uslar Pietri en alguna ocasión, tal vez hubiera sido mucho pedir que esa súbita abundancia se manejara con prudencia y buen cálculo de inversiones y resultados.
Ahora nos enfrentamos a los desastrosos resultados de aquella irresponsable gestión de quienes alguna vez tuvieron el descaro de llamarse a sí mismos “los hijos de Bolívar”.
Ya no volverán, al menos en lo inmediato, aquellos días de desenfreno financiero. Venezuela, por tanto, debería prepararse para enfrentar una nueva situación, muy distinta por cierta, a la que parece estar terminando por estos días.  Y si bien es cierto que un país petrolero como el nuestro estará siempre sometido a los vaivenes de los precios internacionales del crudo, lo aconsejable sería, aunque volviéramos a los tiempos de abundancia, sacar las lecciones de la presente crisis. En otras palabras, hacer realidad la vieja consigna uslariana de sembrar el petróleo, o esa otra, nunca cumplida ni siquiera por quien la propuso, de administrar la abundancia con criterio de escasez. En todo caso, y aunque los efectos de las nuevas circunstancias tal vez tardarán algún tiempo en presentarse con todo su rigor, las generaciones de relevo tenemos que saber que será a nosotros a quienes corresponderá montarse en el potro de las dificultades y dominarlo reciamente, como un buen jinete llanero sabría hacerlo.
Habrá que moderar los comportamientos consumistas en extremo de algunos venezolanos. Habrá que gastar menos. Habrá que importar menos. Habrá que producir más. Habrá que trabajar más. El reto no es otro que conducirnos con sobriedad y austeridad, con disciplina y con esfuerzo para que el trabajo bendiga sus frutos generosos y buenos.
Habrá que hacer un esfuerzo realmente colosal ahora que la fiesta parece terminar. El país no está aún preparado para afrontar este cambio de situaciones. Por eso, justamente, se requiere una alta dosis de conciencia y patriotismo para salir airosos de esta dura prueba a que nos somete el dios petrolero que hasta ahora nos hizo felices, flojos a imprevisores.
El desafío está ante nosotros. Y sin embargo, ¡qué fascinante empresa para los jóvenes de hoy, líderes del mañana, esta lucha contra las dificultades que nos llamó a vencer el Libertador Simón Bolívar en alguna hora angustiosa!
La fecha no podía ser más propicia para estas dolorosas reflexiones. No volvamos a mirar nuevamente al pasado, como no sea para aprender la lección de sus errores. Miremos hacia el futuro y desafiémoslo con el coraje de que podamos ser capaces los nuevos hijos de la Patria.
Muchas gracias.
                       



miércoles, 3 de abril de 2013

EL DESAFÍO DE LA DEMOCRACIA


DISCURSO DE ORDEN PRONUNCIADO POR EL DIPUTADO
GEHARD CARTAY RAMÍREZ
ANTE EL CONCEJO MUNICIPAL DEL DISTRITO ZAMORA DEL ESTADO BARINAS

(Santa Bárbara de Barinas, 23 de enero de 1983)

Hoy cumple 25 años la joven democracia venezolana. Por esta fecha, hace ya un cuarto de siglo, el bravo pueblo de Venezuela realizó otra gran faena histórica: echar del poder a un grupúsculo indigno de pillos que humillaron al país y entronizaron una de las más crueles dictaduras que recuerdan los venezolanos.
Todavía persiste en mi mente la hora inicial de aquella madrugada histórica. En la casa de mis padres la radio sonaba a todo volumen, mientras algunos vecinos rodeaban el aparato para escuchar las noticias de Caracas. Quienes apenas éramos unos niños, no podíamos entender lo que sucedía. Mirábamos extrañados como todos se abrazaban felicitándose alegremente al conocerse la huída del déspota. Aquello parecía una noche de Año Nuevo. Las luces de las casas cercanas fueron encendiéndose poco a poco y luego todo fue fiesta y alborozo. Una mano amiga nos llevó a pasear cuando apenas despuntaba el alba. Y en la Plaza Bolívar de Barinas vimos entonces como el pueblo saqueaba el Palacio de Gobierno. Sacaban grandes retratos de aquel adiposo y pequeño dictador y los lanzaban contra las aceras, destrozándolos con furia y pasión. La gente estaba como loca, disfrutando de una libertad que les había sido negada por años y que -al fin- llegaba después de tantas luchas y sacrificios.
Pese a las explicaciones que nos dieron entonces, con los años fue como entendimos cabalmente lo que había sucedido aquella madrugada. En todo este tiempo, mi generación se ha educado en la democracia, conociéndola de cerca y tomando realmente conciencia sobre lo que ella significa. Quienes apenas deambulábamos por nuestro mundo infantil hace 25 años, supimos con el correr del tiempo lo que se logró en tan memorable jornada.
Por eso estamos hoy aquí para conmemorar los primeros 25 años de aquella fecha.

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Yo no vengo esta mañana, sin embargo, a contar la historia de lo que sucedió aquel día. Tantas veces se ha recordado el episodio singular del 23 de enero de 1958, que parece necio e innecesario volver a hacer el recuento de los hechos.
Conviene destacar, más allá de la anécdota o de la simple crónica, que la caída de Pérez Jiménez forma parte de los tres hechos más relevantes, políticamente hablando, del presente siglo. Los otros dos son en cierta forma eslabones de una misma cadena: la muerte del general Gómez en 1935 y la llamada Revolución de Octubre de 1945. Con la desaparición física del legendario caudillo tachirense, el país abrió una primera rendija a la democracia, obra posible gracias a la habilidad de López Contreras y Medina Angarita. Sin embargo, la indecisión o la falta de claridad para fortalecer aquel tímido proyecto democrático, hizo posible, a su vez, la asonada cívico-militar del 45. Y a esta se debe, sin duda, la concreción constitucional de algunos principios fundamentales de nuestra democracia política.
Entre 1945 y 1948 la democracia incipiente y afiebrada del momento no conoció límites ni cautela. El partido entonces imperante en el poder se dejó ganar por el sectarismo excluyente al pretender arrinconar a sus adversarios ideológicos. Finalmente, y como ya lo habían advertido algunas voces, la alianza cívico-militar se derrumbó al enfrentarse sus elementos y producirse el golpe de Estado del 24 de noviembre de 1948. Si el 18 de octubre de 1945 se hace posible gracias a la unión de la joven oficialidad militar y de los líderes del partido Acción Democrática, el 24 de noviembre de 1948 enfrenta a los antiguos aliados y desborda los canales democráticos hasta entonces en vigencia. El resultado no pudo ser menos desafortunado: se instaura en Venezuela una feroz tiranía que durante diez años impone la represión y el asesinato como formas de gobierno, mientras sus altos dirigentes saquean el tesoro público y se enriquecen vorazmente con los dineros de la Nación.
El país tuvo que soportar entonces a una cáfila de truhanes envilecidos, de espíritus torvos e innobles, arrellanados en el poder usurpado. Se suprimieron los derechos políticos y las libertades públicas, mientras se expulsaba del país a gruesos contingentes de venezolanos y se poblaban las cárceles con aquellos que habían tenido el coraje de denunciar la vergüenza del momento. Algunos, menos afortunados, murieron a manos de la canalla que infestaba los cuerpos policiales.
Con la aurora del 23 de enero de 1958 se abrieron paso la libertad y la democracia. Se abrieron las cárceles para liberar a los presos políticos y se permitir el regreso de los exiliados y los desterrados. Se estableció la libertad de prensa y se legalizaron todos los partidos políticos. En menos de un año se cumplió un proceso electoral que permitió la elección libre y soberana de un Presidente de la República y de un verdadero Congreso de Senadores y Diputados elegidos por votación popular.
Comenzaba así un nuevo ensayo democrático en la historia venezolana, tan rica en montoneras, falsas revoluciones y cruentos golpes de Estado.

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25 años es tiempo justo para hacer un balance de sus logros y fallas, de sus aciertos y errores. Merece la pena destacar el hecho importantísimo de que nunca antes los venezolanos habíamos disfrutado de un período tan prolongado de libertades públicas como hasta ahora. Esta circunstancia cobra especial relieve si se la compara con otros países del Continente que a cada rato sufren la epilepsia de los golpes de Estado, los regímenes de fuerza y el desconocimiento de la voluntad popular como medio de acceso legítimo al poder constituido.
Los venezolanos hemos vivido ciertamente en todos estos años una experiencia excepcional convertida ahora en un ejercicio diario y rutinario, que muchas veces poco importa y en ocasiones se le enjuicia en términos injustos y subjetivos.  
Los hombres de mi generación somos lo suficientemente maduros como para intentar un balance objetivo y sereno de estos 25 años de democracia. Tal vez la circunstancia de no haber sufrido en carne propia los excesos de la dictadura, nos permite enjuiciarla sin prejuicios ni apasionamientos. Lo mismo podríamos decir sobre el ensayo democrático. El no haber actuado como protagonistas en la dura lucha contra la opresión y la tiranía, a causa de nuestra corta edad para entonces, no nos obnubila la razón como para creer ingenuamente que la democracia es perfecta y no exige cambios y transformaciones radicales. La propia historia se ha encargado de ubicarnos en el tiempo justo para revisar lo realizado, sin caer en posiciones abyectas que denostan y ofenden a la democracia y buscan su sustitución por los recovecos de la conspiración y la subversión; ni mucho menos en aquellas otras actitudes conformistas que piensan -tal vez por razones de edad o de abulia frente al futuro- que nada debe cambiar porque ya todo está logrado.
Ambas concepciones son erradas por la misma circunstancia de su ultranza. Obedecen a criterios de fanatismo o a intereses mezquinamente subalternos.
A quienes reniegan de la democracia tenemos que decirles que no todo ha sido en vano en estos años. No puede soslayarse que su principal logro es justamente el fortalecimiento de la democracia política en el país. El pueblo participa en la elección de las autoridades que conforman los Poderes Públicos. Así ha venido escogiendo con entera libertad a Presidentes de la República, senadores y diputados nacionales y regionales, y a representantes municipales. A cada período constitucional se ha unido la renovación legal y legítima de los escogidos, todo lo cual configura un vigoroso robustecimiento de la democracia representativa contenida en la Carta Fundamental de 1961.
En otros campos, sería una temeridad absurda negar los avances del país bajo el régimen democrático. En materia educativa, por ejemplo, los logros son francamente positivos si se los compara con lo realizado durante el régimen de facto depuesto en 1958. Ahora disponemos de más y mejores universidades e institutos de educación media, primaria y preescolar. Ha mejorado el nivel de la enseñanza, a pesar del fenómeno masificador que hoy amenaza la calidad de nuestra enseñanza. Lo mismo podemos decir en materia de salud y seguridad social, sin obviar, como es natural, las fallas que aún persisten en todos estos aspectos.
Desde el punto de vista económico también se han experimentado algunas mejorías. El nivel de vida de los trabajadores y sus sistemas de previsión y protección no son los mismos de hace 10 o 15 años. La industrialización, todavía débil en un país arropado por su producción petrolera, se abre paso cada día y tiende a crecer en magnitudes importantes. La industria petrolera ahora es manejada por nosotros mismos, sin haber perdido eficacia y eficiencia, aunque todavía conserve patrones mentales alejados de la propia realidad nacional.
También se han registrado avances en lo social. Se han multiplicado las oportunidades de ascenso económico y social para la mayoría de la población, y la mejor demostración de esa realidad puede encontrarse en la progresista y pujante clase media venezolana. Se han obtenido resultados alentadores en materia de vivienda, obras públicas e infraestructura. Ya no somos el país rural de hace 25 años. Somos un país modernizado, con una democracia política estable, y a pesar de los logros señalados, con serios problemas de crecimiento económico y social.

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Aún así, a los jóvenes de mi generación, esta democracia no nos satisface a plenitud. No la adoramos como una deidad inmutable e infalible. No la creemos perfecta y acabada. No la sentimos nuestra, amoldada a las inquietudes y desafíos que nos inspiran a la lucha. Por esto mismo, no la ensalzamos ni alabamos irracionalmente, como quienes imaginan ingenuamente qua no vale la pena transformarla y perfeccionarla.
El gran reto de la dirigencia futuro del país será primordialmante convertir a la democracia en un proyecto básicamente eficaz en los planos políticos, social y económico. No puede ser tarea nuestra continuar con esa palabrería hueca que no se traduce en los hechos. No podernos continuar sumidos en la retórica de ocasión, ni en la tranquilidad de conciencia de las buenas intenciones. Debemos pasar a la acción para empujar a la democracia hacia una nueva visión del país, capaz de prepararlo para las grandes tareas del porvenir.
La democracia, si quiere ser fiel a su esencia más profunda, exige ahora serias y sustanciales transformaciones. La participación, que es el signo de los nuevos tiempos, es tal vez la mayor carencia del actual proyecto democrático. Hay que ir más allá de las meras formalidades de la democracia como sistema político y que son causas fundamentales de su estancamiento y excesivo conformismo de hoy. Como alguna vez lo ha dicho acertadamente el ex Presidente Rafael Caldera: “La democracia que sustentarnos busca (...) asegurar la participación permanente del pueblo en el proceso de las decisiones. No nos satisface una mera democracia formal, en la cual el pueblo es llamado cada cierto número de años a escoger entre diversos candidatos para el ejecutivo y los cuerpos deliberantes y después  es relegado hasta la próxima consulta electoral” (*).
Para superar estas desviaciones del ensayo democrático, debemos procurar fórmulas idóneas y precisas. Una primera reflexión en este sentido nos recomienda acercar más al representante con el representado, vale decir, al elegido con el elector. El reclamo de mejorar los mecanismos de elección ahora vigentes debe ser tomado en cuenta de manera muy especial.
En el campo económico debemos luchar por la extensión de los beneficios obtenidos por la democracia política y social. Sigue siendo angustiante la falta de estrategias para obtener mejores avances económicos dentro de la democracia. Por eso debe prestarse atención prioritaria a los sectores más pobres de la población, multiplicando las fuentes de empleo, de estudio y superación.
Hay que limpiar a la democracia de sus taras más envilecidas. Hay que despojarla de su tradicional ineficacia en la prestación de los servicios públicos, de su secular burocratismo parasitario y de quienes la sirven con desgano y flojera. Hay que combatir a sus roscas oligárquicas que pretenden vivir a expensas del Estado sin retribuirle nada. Hay que combatir a los empresarios de la desidia y el oportunismo, para quienes la acumulación de riqueza personal está por encima de la función social de la productividad. Hay que combatir a los sindicalistas que hacen de su oficio un medio para enriquecerse, traicionando a la clase obrera y convirtiéndose en prósperos especuladores del fraude y la estafa contra los intereses de los trabajadores.
La democracia tiene que derrotar a la corrupción si quiere mantenerse como sistema futuro. Probablemente, la corrupción sea el mayor mal que amenaza al sistema democrático. Cada día parece crecer el número de políticos inmorales para quienes lo fundamental es el aprovechamiento personal. Y en ese propósito no vacilan en utilizar sus cargos y posiciones para desmerecer la confianza del pueblo y contribuir al descrédito de la propia democracia.
A 25 años de existencia del régimen que los venezolanos hemos sostenido desde entonces, sea esta ocasión propicia para consignar las reflexiones que hemos hecho desde esta ilustre tribuna popular. Y agradecer al Concejo Municipal del Distrito Zamora, en la persona de nuestro buen amigo y compañero de ruta, don Tobías Arias, la invalorable oportunidad de venir esta mañana a Santa Bárbara a conmemorar el primer cuarto de siglo del proyecto democrático venezolano.
Muchas gracias.




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(*) Rafael Caldera, Especificidad de la Democracia Cristiana, Caracas,
1972.

martes, 2 de abril de 2013

LOS USURPADORES Y SUS IDEAS LOCAS
Gehard Cartay Ramírez

“Yo les digo, señores, que ustedes tenían que haber rezado mucho para que Chávez siguiera vivo, porque Chávez era el muro de contención de muchas ideas locas que a veces se nos ocurrían a nosotros (sic)”.
Teniente Diosdado Cabello.

Esta declaración tiene -al menos- tres interpretaciones, todas terribles para el país en caso de que los usurpadores de las “muchas ideas locas” sigan en el poder.
La primera: si el extinto presidente era “el muro de contención” de las loqueras de su entorno, esa circunstancia parece no haber servido de nada. Luego de 14 años de ejercicio pleno del poder y habiendo manejado milmillonarios recursos que nunca tuvo antes ningún gobierno en Venezuela, el finado presidente nos deja un país devastado, quebrado y dividido, con la inflación más alta del continente, cerca de 200.000 venezolanos asesinados desde 1999, el hambre, la pobreza y el desempleo en crecimiento, los servicios públicos colapsados, PDVSA en ruinas, miles de industrias cerradas, la agricultura y la cría casi inexistentes, etc.
La segunda: siendo nefasto el legado del difunto -y él era entre ellos el único cuerdo, según el teniente Cabello-, entonces lo que viene será peor, en caso de que el usurpador Maduro y su combo continúen en el poder sin el “muro de contención” que significaba su ahora fallecido jefe.
La tercera: si Chávez era “el muro de contención” de las “muchas ideas locas” que se les ocurrían al grupo de Maduro y Cabello, ¿cómo es posible que puedan hablar y pedir votos en su nombre, y fingir que desde el más allá y “desde su corazón” (sic) él los apoya?
La única explicación es la de que están urgidos de aprovecharse de la memoria del presidente muerto y explotarla para asegurarse los votos del pueblo chavista, e impedir que buena parte de estos migren hacia Capriles -lo que puede suceder-, vista la mediocre, melancólica y alicaída candidatura del usurpador.
En todo caso, lo que no se discute es que esta gente tiene “muchas ideas locas”, no sólo porque lo confiese el teniente Cabello, sino porque a todos nos consta. Recuerde el lector las mentiras de Maduro sobre la salud de Chávez, cuando ya se sabía que estaba moribundo, o tal vez muerto, quizás. Desde decir que había conversado con él, que ya estaba caminando y haciendo ejercicios, que le había firmado unos decretos (para echarle el muerto de la devaluación) y, ya en Caracas, que se había reunido por cinco horas con su gabinete. Puras mentiras, como se comprobó después, dado el estado terminal del enfermo que le impedía tales cosas.
También están otras “muchas ideas locas”. Para comenzar, haber despreciado las propias órdenes de Chávez sobre su sustitución en caso de que muriera. Las anunció al país el 8 de diciembre de 2012, y no eran otra cosa que el cumplimiento del artículo 233 de la Constitución. No le hicieron caso y con el celestinaje del Tribunal Supremo y las demás instituciones públicas, dieron un golpe de Estado. El resultado: impusieron como presidente a un sujeto que nadie eligió.
  Luego vino el espectáculo de las largas exequias del extinto. Volvieron a desconocer su voluntad de ser sepultado en Sabaneta. Por supuesto, convirtieron todo aquello en el inicio de la campaña electoral de la apagada candidatura de Maduro. Esta, que no tiene luz propia, necesita desesperadamente medrar del liderazgo del presidente muerto, y lo viene haciendo de la manera más cínica posible.
Pero las peores de esas “muchas ideas locas” son las de orden económico, pues nos empobrecen aún más a todos. La más criminal de ellas -la devaluación del bolívar del viernes rojo del 8 de febrero- se la cargaron al propio Chávez para no aparecer ellos como los responsables. A partir de ese momento, el régimen nos robó el 50 por ciento de nuestros salarios y depósitos bancarios, mientras que, al mismo tiempo, aumentó al doble el precio de los artículos de la dieta diaria y de los servicios públicos, así como de otras operaciones.
Una nueva devaluación se produjo la semana pasada con la fulana subasta de dólares. La misma triplicará su valor en bolívares, con los consiguientes efectos devastadores en el precio de productos y bienes, tanto importados como los pocos que aún se producen aquí. Con esta medida, el régimen “que tanto ama a los pobres”, los seguirá multiplicando.
Y ello, para no hablar de los asesinatos que se han incrementado con la llegada del usurpador a la presidencia, el empeoramiento de los servicios públicos, el desempleo, el hambre y la pobreza, entre otras desgracias.
Contra esas “muchas ideas locas” hay que votar abrumadoramente por Capriles.

 (LA PRENSA de Barinas - Martes, 2 de abril de 2013)










martes, 26 de marzo de 2013

CONTRA  LA USURPACION Y LA MENTIRA
Gehard Cartay Ramírez
Al usurpador que está en Miraflores no lo eligió la gente como presidente, ni tampoco como candidato presidencial del régimen.
Seguramente a él eso lo importa un pito. Le basta con que lo haya ungido para ambas posiciones el extinto presidente y jefe único del proceso. Al fin y al cabo, esa siempre fue la práctica del difunto: el menosprecio por la opinión y la voluntad soberana de las mayorías y la absoluta convicción de que sólo él era el único capaz de escoger a los demás.
Por eso, Maduro, el usurpador, hace todo cuanto puede para demostrar que él no es él, sino el ungido del finado. Por eso mismo, y sin ningún escrúpulo ni respeto por su fallecido jefe, inició su campaña electoral detrás de la urna de este. Por eso mismo, en auxilio a su mediocridad escandalosa, sus discursos son una repetición de frases del desaparecido, a quien nombra miles de veces desde la inseguridad que lo caracteriza por ser alguien sin personalidad propia. Porque eso es lo que ha terminado siendo: una caricatura de quien lo puso allí.
Por supuesto que la lógica del régimen no podía ser otra. Un movimiento caudillista, personalista, basado en una jefatura única que ordenaba y los demás obedecían, todo ello bajo una disciplina militar, no podía ser de otra manera. La verdad es que Chávez hizo de su partido un simple ejército, que sólo obedecía a su exclusiva voluntad. Y temeroso tal vez de perder su influencia, nunca dejó que alguien de los suyos se destacara como posible relevo.
Quien quiso ser alguien en los niveles altos y medios -exceptuando la presidencia, por supuesto- sabía que tenía que ser escogido por Chávez. Esto suponía, desde luego, obsecuencia absoluta al caudillo. Y si alguna vez este se sintió traicionado por alguien, solamente un ejercicio de contrición y lealtad perruna pudo permitir el regreso al redil cercano, como sucedió con Arias Cárdenas.
Al no existir sino la única voluntad del jefe, nadie más podía decidir. Por eso mismo, los candidatos a gobernadores, alcaldes y diputados fueron siempre nombrados por el caudillo sabaneteño. A nadie podía extrañar entonces que hiciera lo mismo cuando, vencido finalmente por la enfermedad que lo mató, nombrara por cadena de radial y televisiva -fiel a su estilo- al sucesor. Entonces, como siempre, nada le importó la opinión de los demás.
Por eso Maduro es candidato, sin tener otros méritos que haber cultivado el apoyo del jefe único, a quien también lo recomendaron los hermanos Castro, por ser una ficha de la dictadura cubana en Venezuela. Y esto último es gravísimo. El hecho de ser el hombre de Cuba en Venezuela, supone que, si es elegido, se acentuará la dependencia del régimen de la tiranía castrista, con todos los riesgos que ello implica y que ya conocemos en cierto modo.
Sólo un personaje gris y mediocre, sin condiciones ni méritos para aspirar al sitial que hoy usurpa por la complicidad de los poderes legislativo y judicial, podía ser la persona escogida. Su jefe único no podía aceptar que otro le pudiera hacer sombra ni siquiera después de muerto. Tal vez por eso -y porque nada nunca es seguro-, el inefable candidato del régimen hoy hace todo lo posible para cumplir con ese encargo. Más adelante, si logra sus propósitos de ahora, hará lo que siempre hacen los segundones: echar a un lado a quien lo encumbró y erigirse en otro jefe absoluto. Los hermanos Castro tal vez ya se lo hayan recomendado.
Lo más grave es que se trata de un personaje desconocido, que ha hecho de la mentira su signo, como lo demostró su sarta de embustes sobre la situación del Chávez moribundo. Un sujeto que no reúne las mínimas condiciones para aspirar la presidencia: carece de liderazgo propio, no tiene formación intelectual ni administrativa y muestra una orfandad absoluta en materia de capacidad y carácter para el cargo que usurpa y aspira revalidar.
Los 100 días que ha estado usurpando la presidencia son suficientes para darnos una idea del personaje. Son 100 días en que todo ha empeorado: dos devaluaciones de nuestra moneda, más inflación, inseguridad, desempleo, pobreza, escasez y servicios públicos inservibles, entre otras calamidades agravadas. Si esto es lo que ha hecho en 100 días usurpando el cargo, imagínense la desgracia si llegara a estar allí más tiempo.
Por eso es un deber de conciencia derrotar la usurpación y la mentira, y elegir a Capriles Radonski como presidente. Se trata de un líder en ascenso, que siempre ha sido elegido por el pueblo para los cargos que ha ejercido (diputado, alcalde, gobernador), incluyendo su candidatura presidencial, y nunca por el dedo de nadie. Tiene experiencia de gobierno e ideas y equipos para hacerlo como presidente de la República. Todo lo contrario al usurpador.     

(LA PRENSA de Barinas - Martes, 26 de marzo de 2013) 



domingo, 24 de marzo de 2013



EN LA TIERRA DE SUS LUCHAS, GENERAL ZAMORA

Discurso de Orden pronunciado por el diputado
 GEHARD CARTAY RAMÍREZ
 ante el Concejo Municipal del Distrito Barinas

 (Santa Inés, 10 de diciembre de 1982)

Aquí estamos, nuevamente, en la tierra de sus luchas, General Zamora.
Hemos venido a conmemorar un nuevo aniversario de aquella fiera batalla de Santa Inés, el pueblo que desde entonces entró en la historia patria.
Mire Usted, General, como todo sigue casi igual, como nada ha cambiado desde entonces.
El pueblo sigue siendo pequeño, acogedor y paciente, como todos los pueblos llaneros. Allí están los árboles centenarios que lo vieron pasar a Usted y a su tropa de valientes. Allí sigue ondeando el río, murmurando voces que sólo el llano sabe traducir. Y debajo de esta sombra placentera, alrededor de la Plaza que ahora lleva su nombre, la gente sigue esperando justicia y pan, las mismas cosas por las que Usted luchó hasta que cayó mortalmente en San Carlos.
Pero aquí también sigue viva la esperanza, General Zamora. La gente no se ha dejado apesadumbrar por el pesimismo y los negadores de siempre. El pueblo sabe que no todo está hecho y que en el futuro habrá que ganar nuevas batallas contra el hambre, la miseria y el escepticismo. Pero sigue en pié de lucha, con el mismo ánimo y el mismo coraje de los hombres que entonces lo acompañaron con fe a Usted, General del Pueblo Soberano.
Aquí estamos, pues, evocando aquellos días de diciembre de 1859, cuando Usted libró una batalla que cambió el curso de la práctica militar y de la guerra en Venezuela y el continente.
Pero no nos enorgullece la guerra, General. La guerra no puede ser motivo de orgullo para los hombres. Nos enorgullecen su coraje, su voluntad y su testimonio. Porque Usted ha sido uno de los pocos revolucionarios que no se dejó arrinconar en el limbo de la teoría y de las especulaciones, como sucede a tantos fatuos e hipócritas que presumen de revolucionarios. Usted fue a la brega por el pueblo y por una revolución que todavía no ha sido plenamente justificada ante la Historia por quienes vinimos después.
Por eso estamos aquí, con el libro de la Historia en las manos.

***

Cuenta José León Tapia que días antes de la batalla, Usted salió de Barinas hacia la Mesa de Cabascas, cerca de Guanare, a conseguirse con el futuro Mariscal Falcón. Eran cuñados y amigos, a pesar de que habían hecho surgir entre ambos rivalidades y mezquindades por el liderazgo de la Causa. Pero allí se entendieron, sirviendo de mediador José Desiderio Trías. Se pusieron de acuerdo para las próximas batallas y Usted, General Zamora, fue desde entonces comandante del ejército, dejando a su cuñado como Presidente en campaña.
Por los caminos polvorientos del llano se vino con su gente hacia Barinas, atravesando ríos y quebradas, oliendo el mastranto de la sabana y espantando a los pájaros con el ruido de su caballería. En Barinas amaneció con su tropa el 27 de octubre y desde entonces se dedicó febrilmente a preparar su estrategia. Cuando llegó a Santa Inés, la gente del gobierno no sabía dónde estaban Usted y su ejército. Los habla confundido y mientras el general Pedro Ramos, del ejército godo, se dirigía hacia El Real, ya Usted estaba aquí cerca, mandando a construir las trincheras y veredas desde donde sus 3000 hombres derrotarían a las huestes de Caracas.
Los tiros comenzaron el 9 de diciembre cuando la caballería de León Colina abrió fuegos en La Palma, cerca de Santa Inés. Pero la cosa fue realmente al día siguiente, el 10 de diciembre, como lo inmortalizó el Escudo de Barinas. Usted se levantó temprano ese día, General, y con el alba y el rocío de la sabana, discutió su estrategia con el Estado Mayor. Lo acompañaban entonces el joven Guzmán Blanco y Level de Goda, ambos lugartenientes suyos.
Después distribuyó sus hombres en las trincheras. Allí, en la que mandó a excavar a la salida del pueblo, puso a Rafael Petit y sus 200 hombres. Más allá el ingeniero Charquet, el hombre que dirigió el trabajo de campo, defendía otra vereda. Y más allá, a la entrada de la sabana, en el Trapiche de San José, José Desiderio Trías, Juan José Mora y el general Francisco de Paula 0rtíz, esperaban sus órdenes al frente de la soldadera.
Como a las 10 de la mañana comenzó la batalla. Si lo que dicen los libros es cierto, Usted debe recordar, General, cómo fueron cayendo las tropas del gobierno. Caían unos tras otros, sin saber de dónde les disparaban, muriendo sin atisbar lo que pasaba. A todas estas, la lucha era más fiera allá en el cañaveral del rio. El enemigo estaba confundido. Estaba perdiendo la batalla, creyendo, al mismo tiempo, que la ganaba.
Hacia la tarde Usted dirigió la ofensiva final, pasando por encima de montones de muertos y de armas tiradas, entre el polvo y el humo que componen la neblina de la guerra. Ya en la noche, Usted había conseguido la victoria. El adversario se retiraba en desorden, maltratado el orgullo caraqueño y oligarca de sus generales.
Y amaneció de fiesta la sabana, embanderada de amarillo y de alegría, mientras Usted tocaba el clarín frente al cielo azul de Santa Inés.

***

Desde entonces hasta hoy han pasado ya ciento veintitrés años. Ya Usted no está, General, ni aquellos hombres tampoco. Las trincheras se han enmontado y la tierra ha cubierto los pertrechos que quedaron después de la batalla. Ahora todo es silencio y calma, mientras el viento y los pájaros entonan su canción de siempre.
Hace pocos años, en parranda de ocasión, vinieron por aquí a ofrecerle un parque a Usted, General, a sus hombres y a este humilde pueblo llanero. Se dijeron entonces discursos altisonantes y demagógicos, con su carga de palabras huecas y rimbombantes. La megalomanía entonces imperante en el Poder vino aquí a proclamar una segunda Federación, mancillando estos campos -donde los suyos y los otros- regaron su sangre, con promesas demagógicas que nunca se cumplieron.
Aquellas palabras se las llevó el viento, y Santa Inés sólo pudo ver de lejos la fiesta de bebidas y comilonas conque pretendieron festejar la fecha de la batalla. Ese día, Usted, General, debió sentirse triste y encolerizado ante tanta farsa y tanta mentira.
Contra esa Venezuela hablachenta y ebria de falsas grandezas, es nuestra lucha ahora, General. Contra esa Venezuela licenciosa, sórdida e inútil, dispararemos nuestras armas del esfuerzo y del trabajo creador. Iremos a esas nuevas batallas, con la fe decidida que nos caracteriza a quienes creemos en un futuro mejor.
Déjeme decirle, sin embargo, que después de cien años de su lucha, el país no es el de entonces. Hemos avanzado en muchos aspectos. Ahora somos una democracia, imperfecta, con fallas, claro está, pero un régimen que al fin y al cabo, como dice el lugar común, “es el menos malo de todos”. Nos toca, sin embargo, superarlo, mejorarlo y perfeccionarlo.
Ya no somos, como en su época, tierra de caudillos y montoneras, donde las “revoluciones”, a cada cual la más inútil, se sucedían de manera interminable. Usted recuerda cómo entonces cualquier cacique con pretensiones de grandeza usaba a sus peones para llegar al poder. Instalados allí, como luego sucedería con su lugarteniente Guzmán Blanco, se traicionaban los ideales para entregarse después al disfrute sensual del poder y la riqueza.
Ya no somos, le repito, aquél pueblo arisco de antes. Ahora vivimos bajo un régimen alternativo que cumplirá 25 años en enero de 1983. Y se ha dicho que nunca como ahora el país había vivido un período tan prolongado de estabilidad y respeto a las libertades ciudadanas.
Yo no he venido, sin embargo, a hablarle a Usted de las bondades de nuestra democracia. No pertenezco ni a quienes la niegan ni a quienes les riegan incienso piadosa y calladamente. Estoy ubicado al lado de quienes quieren preservarla, a costa de mejorarla y superarla.
Esa es la angustia de los jóvenes de hoy, General. Queremos una democracia que pueda deslastrarse de los vicios que hoy la azotan: ineficacia, corrupción y falta de sensibilidad social. Queremos una democracia que sirva a todos, y no a unos pocos. Queremos una democracia por sobre las palabras y más allá de las buenas intenciones. Queremos una democracia de verdad. Una democracia al servicio del hombre venezolano, capaz de comprenderlo en sus angustias y satisfacerlo en sus necesidades.
Esta democracia nuestra está pidiendo frescura de ideales, limpieza de principios y rectitud de procederes. No quiere dejarse contaminar por los virus que a cada rato surgen intentando minarla y acabarla. Quiere derrotarlos a todos y por eso mismo está reclamando honestidad y capacidad a sus dirigentes de hoy y de mañana. Y en esta tarea, puede Usted estar seguro de que la futura Historia unirá a gruesos contingentes de venezolanos que quieren ganarse limpiamente el porvenir.
Como Usted, General Zamora, quiso hacerlo, en este mismo sitio, hace ya ciento veintitrés años.
Muchas gracias.