miércoles, 3 de abril de 2013

EL DESAFÍO DE LA DEMOCRACIA


DISCURSO DE ORDEN PRONUNCIADO POR EL DIPUTADO
GEHARD CARTAY RAMÍREZ
ANTE EL CONCEJO MUNICIPAL DEL DISTRITO ZAMORA DEL ESTADO BARINAS

(Santa Bárbara de Barinas, 23 de enero de 1983)

Hoy cumple 25 años la joven democracia venezolana. Por esta fecha, hace ya un cuarto de siglo, el bravo pueblo de Venezuela realizó otra gran faena histórica: echar del poder a un grupúsculo indigno de pillos que humillaron al país y entronizaron una de las más crueles dictaduras que recuerdan los venezolanos.
Todavía persiste en mi mente la hora inicial de aquella madrugada histórica. En la casa de mis padres la radio sonaba a todo volumen, mientras algunos vecinos rodeaban el aparato para escuchar las noticias de Caracas. Quienes apenas éramos unos niños, no podíamos entender lo que sucedía. Mirábamos extrañados como todos se abrazaban felicitándose alegremente al conocerse la huída del déspota. Aquello parecía una noche de Año Nuevo. Las luces de las casas cercanas fueron encendiéndose poco a poco y luego todo fue fiesta y alborozo. Una mano amiga nos llevó a pasear cuando apenas despuntaba el alba. Y en la Plaza Bolívar de Barinas vimos entonces como el pueblo saqueaba el Palacio de Gobierno. Sacaban grandes retratos de aquel adiposo y pequeño dictador y los lanzaban contra las aceras, destrozándolos con furia y pasión. La gente estaba como loca, disfrutando de una libertad que les había sido negada por años y que -al fin- llegaba después de tantas luchas y sacrificios.
Pese a las explicaciones que nos dieron entonces, con los años fue como entendimos cabalmente lo que había sucedido aquella madrugada. En todo este tiempo, mi generación se ha educado en la democracia, conociéndola de cerca y tomando realmente conciencia sobre lo que ella significa. Quienes apenas deambulábamos por nuestro mundo infantil hace 25 años, supimos con el correr del tiempo lo que se logró en tan memorable jornada.
Por eso estamos hoy aquí para conmemorar los primeros 25 años de aquella fecha.

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Yo no vengo esta mañana, sin embargo, a contar la historia de lo que sucedió aquel día. Tantas veces se ha recordado el episodio singular del 23 de enero de 1958, que parece necio e innecesario volver a hacer el recuento de los hechos.
Conviene destacar, más allá de la anécdota o de la simple crónica, que la caída de Pérez Jiménez forma parte de los tres hechos más relevantes, políticamente hablando, del presente siglo. Los otros dos son en cierta forma eslabones de una misma cadena: la muerte del general Gómez en 1935 y la llamada Revolución de Octubre de 1945. Con la desaparición física del legendario caudillo tachirense, el país abrió una primera rendija a la democracia, obra posible gracias a la habilidad de López Contreras y Medina Angarita. Sin embargo, la indecisión o la falta de claridad para fortalecer aquel tímido proyecto democrático, hizo posible, a su vez, la asonada cívico-militar del 45. Y a esta se debe, sin duda, la concreción constitucional de algunos principios fundamentales de nuestra democracia política.
Entre 1945 y 1948 la democracia incipiente y afiebrada del momento no conoció límites ni cautela. El partido entonces imperante en el poder se dejó ganar por el sectarismo excluyente al pretender arrinconar a sus adversarios ideológicos. Finalmente, y como ya lo habían advertido algunas voces, la alianza cívico-militar se derrumbó al enfrentarse sus elementos y producirse el golpe de Estado del 24 de noviembre de 1948. Si el 18 de octubre de 1945 se hace posible gracias a la unión de la joven oficialidad militar y de los líderes del partido Acción Democrática, el 24 de noviembre de 1948 enfrenta a los antiguos aliados y desborda los canales democráticos hasta entonces en vigencia. El resultado no pudo ser menos desafortunado: se instaura en Venezuela una feroz tiranía que durante diez años impone la represión y el asesinato como formas de gobierno, mientras sus altos dirigentes saquean el tesoro público y se enriquecen vorazmente con los dineros de la Nación.
El país tuvo que soportar entonces a una cáfila de truhanes envilecidos, de espíritus torvos e innobles, arrellanados en el poder usurpado. Se suprimieron los derechos políticos y las libertades públicas, mientras se expulsaba del país a gruesos contingentes de venezolanos y se poblaban las cárceles con aquellos que habían tenido el coraje de denunciar la vergüenza del momento. Algunos, menos afortunados, murieron a manos de la canalla que infestaba los cuerpos policiales.
Con la aurora del 23 de enero de 1958 se abrieron paso la libertad y la democracia. Se abrieron las cárceles para liberar a los presos políticos y se permitir el regreso de los exiliados y los desterrados. Se estableció la libertad de prensa y se legalizaron todos los partidos políticos. En menos de un año se cumplió un proceso electoral que permitió la elección libre y soberana de un Presidente de la República y de un verdadero Congreso de Senadores y Diputados elegidos por votación popular.
Comenzaba así un nuevo ensayo democrático en la historia venezolana, tan rica en montoneras, falsas revoluciones y cruentos golpes de Estado.

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25 años es tiempo justo para hacer un balance de sus logros y fallas, de sus aciertos y errores. Merece la pena destacar el hecho importantísimo de que nunca antes los venezolanos habíamos disfrutado de un período tan prolongado de libertades públicas como hasta ahora. Esta circunstancia cobra especial relieve si se la compara con otros países del Continente que a cada rato sufren la epilepsia de los golpes de Estado, los regímenes de fuerza y el desconocimiento de la voluntad popular como medio de acceso legítimo al poder constituido.
Los venezolanos hemos vivido ciertamente en todos estos años una experiencia excepcional convertida ahora en un ejercicio diario y rutinario, que muchas veces poco importa y en ocasiones se le enjuicia en términos injustos y subjetivos.  
Los hombres de mi generación somos lo suficientemente maduros como para intentar un balance objetivo y sereno de estos 25 años de democracia. Tal vez la circunstancia de no haber sufrido en carne propia los excesos de la dictadura, nos permite enjuiciarla sin prejuicios ni apasionamientos. Lo mismo podríamos decir sobre el ensayo democrático. El no haber actuado como protagonistas en la dura lucha contra la opresión y la tiranía, a causa de nuestra corta edad para entonces, no nos obnubila la razón como para creer ingenuamente que la democracia es perfecta y no exige cambios y transformaciones radicales. La propia historia se ha encargado de ubicarnos en el tiempo justo para revisar lo realizado, sin caer en posiciones abyectas que denostan y ofenden a la democracia y buscan su sustitución por los recovecos de la conspiración y la subversión; ni mucho menos en aquellas otras actitudes conformistas que piensan -tal vez por razones de edad o de abulia frente al futuro- que nada debe cambiar porque ya todo está logrado.
Ambas concepciones son erradas por la misma circunstancia de su ultranza. Obedecen a criterios de fanatismo o a intereses mezquinamente subalternos.
A quienes reniegan de la democracia tenemos que decirles que no todo ha sido en vano en estos años. No puede soslayarse que su principal logro es justamente el fortalecimiento de la democracia política en el país. El pueblo participa en la elección de las autoridades que conforman los Poderes Públicos. Así ha venido escogiendo con entera libertad a Presidentes de la República, senadores y diputados nacionales y regionales, y a representantes municipales. A cada período constitucional se ha unido la renovación legal y legítima de los escogidos, todo lo cual configura un vigoroso robustecimiento de la democracia representativa contenida en la Carta Fundamental de 1961.
En otros campos, sería una temeridad absurda negar los avances del país bajo el régimen democrático. En materia educativa, por ejemplo, los logros son francamente positivos si se los compara con lo realizado durante el régimen de facto depuesto en 1958. Ahora disponemos de más y mejores universidades e institutos de educación media, primaria y preescolar. Ha mejorado el nivel de la enseñanza, a pesar del fenómeno masificador que hoy amenaza la calidad de nuestra enseñanza. Lo mismo podemos decir en materia de salud y seguridad social, sin obviar, como es natural, las fallas que aún persisten en todos estos aspectos.
Desde el punto de vista económico también se han experimentado algunas mejorías. El nivel de vida de los trabajadores y sus sistemas de previsión y protección no son los mismos de hace 10 o 15 años. La industrialización, todavía débil en un país arropado por su producción petrolera, se abre paso cada día y tiende a crecer en magnitudes importantes. La industria petrolera ahora es manejada por nosotros mismos, sin haber perdido eficacia y eficiencia, aunque todavía conserve patrones mentales alejados de la propia realidad nacional.
También se han registrado avances en lo social. Se han multiplicado las oportunidades de ascenso económico y social para la mayoría de la población, y la mejor demostración de esa realidad puede encontrarse en la progresista y pujante clase media venezolana. Se han obtenido resultados alentadores en materia de vivienda, obras públicas e infraestructura. Ya no somos el país rural de hace 25 años. Somos un país modernizado, con una democracia política estable, y a pesar de los logros señalados, con serios problemas de crecimiento económico y social.

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Aún así, a los jóvenes de mi generación, esta democracia no nos satisface a plenitud. No la adoramos como una deidad inmutable e infalible. No la creemos perfecta y acabada. No la sentimos nuestra, amoldada a las inquietudes y desafíos que nos inspiran a la lucha. Por esto mismo, no la ensalzamos ni alabamos irracionalmente, como quienes imaginan ingenuamente qua no vale la pena transformarla y perfeccionarla.
El gran reto de la dirigencia futuro del país será primordialmante convertir a la democracia en un proyecto básicamente eficaz en los planos políticos, social y económico. No puede ser tarea nuestra continuar con esa palabrería hueca que no se traduce en los hechos. No podernos continuar sumidos en la retórica de ocasión, ni en la tranquilidad de conciencia de las buenas intenciones. Debemos pasar a la acción para empujar a la democracia hacia una nueva visión del país, capaz de prepararlo para las grandes tareas del porvenir.
La democracia, si quiere ser fiel a su esencia más profunda, exige ahora serias y sustanciales transformaciones. La participación, que es el signo de los nuevos tiempos, es tal vez la mayor carencia del actual proyecto democrático. Hay que ir más allá de las meras formalidades de la democracia como sistema político y que son causas fundamentales de su estancamiento y excesivo conformismo de hoy. Como alguna vez lo ha dicho acertadamente el ex Presidente Rafael Caldera: “La democracia que sustentarnos busca (...) asegurar la participación permanente del pueblo en el proceso de las decisiones. No nos satisface una mera democracia formal, en la cual el pueblo es llamado cada cierto número de años a escoger entre diversos candidatos para el ejecutivo y los cuerpos deliberantes y después  es relegado hasta la próxima consulta electoral” (*).
Para superar estas desviaciones del ensayo democrático, debemos procurar fórmulas idóneas y precisas. Una primera reflexión en este sentido nos recomienda acercar más al representante con el representado, vale decir, al elegido con el elector. El reclamo de mejorar los mecanismos de elección ahora vigentes debe ser tomado en cuenta de manera muy especial.
En el campo económico debemos luchar por la extensión de los beneficios obtenidos por la democracia política y social. Sigue siendo angustiante la falta de estrategias para obtener mejores avances económicos dentro de la democracia. Por eso debe prestarse atención prioritaria a los sectores más pobres de la población, multiplicando las fuentes de empleo, de estudio y superación.
Hay que limpiar a la democracia de sus taras más envilecidas. Hay que despojarla de su tradicional ineficacia en la prestación de los servicios públicos, de su secular burocratismo parasitario y de quienes la sirven con desgano y flojera. Hay que combatir a sus roscas oligárquicas que pretenden vivir a expensas del Estado sin retribuirle nada. Hay que combatir a los empresarios de la desidia y el oportunismo, para quienes la acumulación de riqueza personal está por encima de la función social de la productividad. Hay que combatir a los sindicalistas que hacen de su oficio un medio para enriquecerse, traicionando a la clase obrera y convirtiéndose en prósperos especuladores del fraude y la estafa contra los intereses de los trabajadores.
La democracia tiene que derrotar a la corrupción si quiere mantenerse como sistema futuro. Probablemente, la corrupción sea el mayor mal que amenaza al sistema democrático. Cada día parece crecer el número de políticos inmorales para quienes lo fundamental es el aprovechamiento personal. Y en ese propósito no vacilan en utilizar sus cargos y posiciones para desmerecer la confianza del pueblo y contribuir al descrédito de la propia democracia.
A 25 años de existencia del régimen que los venezolanos hemos sostenido desde entonces, sea esta ocasión propicia para consignar las reflexiones que hemos hecho desde esta ilustre tribuna popular. Y agradecer al Concejo Municipal del Distrito Zamora, en la persona de nuestro buen amigo y compañero de ruta, don Tobías Arias, la invalorable oportunidad de venir esta mañana a Santa Bárbara a conmemorar el primer cuarto de siglo del proyecto democrático venezolano.
Muchas gracias.




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(*) Rafael Caldera, Especificidad de la Democracia Cristiana, Caracas,
1972.

martes, 2 de abril de 2013

LOS USURPADORES Y SUS IDEAS LOCAS
Gehard Cartay Ramírez

“Yo les digo, señores, que ustedes tenían que haber rezado mucho para que Chávez siguiera vivo, porque Chávez era el muro de contención de muchas ideas locas que a veces se nos ocurrían a nosotros (sic)”.
Teniente Diosdado Cabello.

Esta declaración tiene -al menos- tres interpretaciones, todas terribles para el país en caso de que los usurpadores de las “muchas ideas locas” sigan en el poder.
La primera: si el extinto presidente era “el muro de contención” de las loqueras de su entorno, esa circunstancia parece no haber servido de nada. Luego de 14 años de ejercicio pleno del poder y habiendo manejado milmillonarios recursos que nunca tuvo antes ningún gobierno en Venezuela, el finado presidente nos deja un país devastado, quebrado y dividido, con la inflación más alta del continente, cerca de 200.000 venezolanos asesinados desde 1999, el hambre, la pobreza y el desempleo en crecimiento, los servicios públicos colapsados, PDVSA en ruinas, miles de industrias cerradas, la agricultura y la cría casi inexistentes, etc.
La segunda: siendo nefasto el legado del difunto -y él era entre ellos el único cuerdo, según el teniente Cabello-, entonces lo que viene será peor, en caso de que el usurpador Maduro y su combo continúen en el poder sin el “muro de contención” que significaba su ahora fallecido jefe.
La tercera: si Chávez era “el muro de contención” de las “muchas ideas locas” que se les ocurrían al grupo de Maduro y Cabello, ¿cómo es posible que puedan hablar y pedir votos en su nombre, y fingir que desde el más allá y “desde su corazón” (sic) él los apoya?
La única explicación es la de que están urgidos de aprovecharse de la memoria del presidente muerto y explotarla para asegurarse los votos del pueblo chavista, e impedir que buena parte de estos migren hacia Capriles -lo que puede suceder-, vista la mediocre, melancólica y alicaída candidatura del usurpador.
En todo caso, lo que no se discute es que esta gente tiene “muchas ideas locas”, no sólo porque lo confiese el teniente Cabello, sino porque a todos nos consta. Recuerde el lector las mentiras de Maduro sobre la salud de Chávez, cuando ya se sabía que estaba moribundo, o tal vez muerto, quizás. Desde decir que había conversado con él, que ya estaba caminando y haciendo ejercicios, que le había firmado unos decretos (para echarle el muerto de la devaluación) y, ya en Caracas, que se había reunido por cinco horas con su gabinete. Puras mentiras, como se comprobó después, dado el estado terminal del enfermo que le impedía tales cosas.
También están otras “muchas ideas locas”. Para comenzar, haber despreciado las propias órdenes de Chávez sobre su sustitución en caso de que muriera. Las anunció al país el 8 de diciembre de 2012, y no eran otra cosa que el cumplimiento del artículo 233 de la Constitución. No le hicieron caso y con el celestinaje del Tribunal Supremo y las demás instituciones públicas, dieron un golpe de Estado. El resultado: impusieron como presidente a un sujeto que nadie eligió.
  Luego vino el espectáculo de las largas exequias del extinto. Volvieron a desconocer su voluntad de ser sepultado en Sabaneta. Por supuesto, convirtieron todo aquello en el inicio de la campaña electoral de la apagada candidatura de Maduro. Esta, que no tiene luz propia, necesita desesperadamente medrar del liderazgo del presidente muerto, y lo viene haciendo de la manera más cínica posible.
Pero las peores de esas “muchas ideas locas” son las de orden económico, pues nos empobrecen aún más a todos. La más criminal de ellas -la devaluación del bolívar del viernes rojo del 8 de febrero- se la cargaron al propio Chávez para no aparecer ellos como los responsables. A partir de ese momento, el régimen nos robó el 50 por ciento de nuestros salarios y depósitos bancarios, mientras que, al mismo tiempo, aumentó al doble el precio de los artículos de la dieta diaria y de los servicios públicos, así como de otras operaciones.
Una nueva devaluación se produjo la semana pasada con la fulana subasta de dólares. La misma triplicará su valor en bolívares, con los consiguientes efectos devastadores en el precio de productos y bienes, tanto importados como los pocos que aún se producen aquí. Con esta medida, el régimen “que tanto ama a los pobres”, los seguirá multiplicando.
Y ello, para no hablar de los asesinatos que se han incrementado con la llegada del usurpador a la presidencia, el empeoramiento de los servicios públicos, el desempleo, el hambre y la pobreza, entre otras desgracias.
Contra esas “muchas ideas locas” hay que votar abrumadoramente por Capriles.

 (LA PRENSA de Barinas - Martes, 2 de abril de 2013)










martes, 26 de marzo de 2013

CONTRA  LA USURPACION Y LA MENTIRA
Gehard Cartay Ramírez
Al usurpador que está en Miraflores no lo eligió la gente como presidente, ni tampoco como candidato presidencial del régimen.
Seguramente a él eso lo importa un pito. Le basta con que lo haya ungido para ambas posiciones el extinto presidente y jefe único del proceso. Al fin y al cabo, esa siempre fue la práctica del difunto: el menosprecio por la opinión y la voluntad soberana de las mayorías y la absoluta convicción de que sólo él era el único capaz de escoger a los demás.
Por eso, Maduro, el usurpador, hace todo cuanto puede para demostrar que él no es él, sino el ungido del finado. Por eso mismo, y sin ningún escrúpulo ni respeto por su fallecido jefe, inició su campaña electoral detrás de la urna de este. Por eso mismo, en auxilio a su mediocridad escandalosa, sus discursos son una repetición de frases del desaparecido, a quien nombra miles de veces desde la inseguridad que lo caracteriza por ser alguien sin personalidad propia. Porque eso es lo que ha terminado siendo: una caricatura de quien lo puso allí.
Por supuesto que la lógica del régimen no podía ser otra. Un movimiento caudillista, personalista, basado en una jefatura única que ordenaba y los demás obedecían, todo ello bajo una disciplina militar, no podía ser de otra manera. La verdad es que Chávez hizo de su partido un simple ejército, que sólo obedecía a su exclusiva voluntad. Y temeroso tal vez de perder su influencia, nunca dejó que alguien de los suyos se destacara como posible relevo.
Quien quiso ser alguien en los niveles altos y medios -exceptuando la presidencia, por supuesto- sabía que tenía que ser escogido por Chávez. Esto suponía, desde luego, obsecuencia absoluta al caudillo. Y si alguna vez este se sintió traicionado por alguien, solamente un ejercicio de contrición y lealtad perruna pudo permitir el regreso al redil cercano, como sucedió con Arias Cárdenas.
Al no existir sino la única voluntad del jefe, nadie más podía decidir. Por eso mismo, los candidatos a gobernadores, alcaldes y diputados fueron siempre nombrados por el caudillo sabaneteño. A nadie podía extrañar entonces que hiciera lo mismo cuando, vencido finalmente por la enfermedad que lo mató, nombrara por cadena de radial y televisiva -fiel a su estilo- al sucesor. Entonces, como siempre, nada le importó la opinión de los demás.
Por eso Maduro es candidato, sin tener otros méritos que haber cultivado el apoyo del jefe único, a quien también lo recomendaron los hermanos Castro, por ser una ficha de la dictadura cubana en Venezuela. Y esto último es gravísimo. El hecho de ser el hombre de Cuba en Venezuela, supone que, si es elegido, se acentuará la dependencia del régimen de la tiranía castrista, con todos los riesgos que ello implica y que ya conocemos en cierto modo.
Sólo un personaje gris y mediocre, sin condiciones ni méritos para aspirar al sitial que hoy usurpa por la complicidad de los poderes legislativo y judicial, podía ser la persona escogida. Su jefe único no podía aceptar que otro le pudiera hacer sombra ni siquiera después de muerto. Tal vez por eso -y porque nada nunca es seguro-, el inefable candidato del régimen hoy hace todo lo posible para cumplir con ese encargo. Más adelante, si logra sus propósitos de ahora, hará lo que siempre hacen los segundones: echar a un lado a quien lo encumbró y erigirse en otro jefe absoluto. Los hermanos Castro tal vez ya se lo hayan recomendado.
Lo más grave es que se trata de un personaje desconocido, que ha hecho de la mentira su signo, como lo demostró su sarta de embustes sobre la situación del Chávez moribundo. Un sujeto que no reúne las mínimas condiciones para aspirar la presidencia: carece de liderazgo propio, no tiene formación intelectual ni administrativa y muestra una orfandad absoluta en materia de capacidad y carácter para el cargo que usurpa y aspira revalidar.
Los 100 días que ha estado usurpando la presidencia son suficientes para darnos una idea del personaje. Son 100 días en que todo ha empeorado: dos devaluaciones de nuestra moneda, más inflación, inseguridad, desempleo, pobreza, escasez y servicios públicos inservibles, entre otras calamidades agravadas. Si esto es lo que ha hecho en 100 días usurpando el cargo, imagínense la desgracia si llegara a estar allí más tiempo.
Por eso es un deber de conciencia derrotar la usurpación y la mentira, y elegir a Capriles Radonski como presidente. Se trata de un líder en ascenso, que siempre ha sido elegido por el pueblo para los cargos que ha ejercido (diputado, alcalde, gobernador), incluyendo su candidatura presidencial, y nunca por el dedo de nadie. Tiene experiencia de gobierno e ideas y equipos para hacerlo como presidente de la República. Todo lo contrario al usurpador.     

(LA PRENSA de Barinas - Martes, 26 de marzo de 2013) 



domingo, 24 de marzo de 2013



EN LA TIERRA DE SUS LUCHAS, GENERAL ZAMORA

Discurso de Orden pronunciado por el diputado
 GEHARD CARTAY RAMÍREZ
 ante el Concejo Municipal del Distrito Barinas

 (Santa Inés, 10 de diciembre de 1982)

Aquí estamos, nuevamente, en la tierra de sus luchas, General Zamora.
Hemos venido a conmemorar un nuevo aniversario de aquella fiera batalla de Santa Inés, el pueblo que desde entonces entró en la historia patria.
Mire Usted, General, como todo sigue casi igual, como nada ha cambiado desde entonces.
El pueblo sigue siendo pequeño, acogedor y paciente, como todos los pueblos llaneros. Allí están los árboles centenarios que lo vieron pasar a Usted y a su tropa de valientes. Allí sigue ondeando el río, murmurando voces que sólo el llano sabe traducir. Y debajo de esta sombra placentera, alrededor de la Plaza que ahora lleva su nombre, la gente sigue esperando justicia y pan, las mismas cosas por las que Usted luchó hasta que cayó mortalmente en San Carlos.
Pero aquí también sigue viva la esperanza, General Zamora. La gente no se ha dejado apesadumbrar por el pesimismo y los negadores de siempre. El pueblo sabe que no todo está hecho y que en el futuro habrá que ganar nuevas batallas contra el hambre, la miseria y el escepticismo. Pero sigue en pié de lucha, con el mismo ánimo y el mismo coraje de los hombres que entonces lo acompañaron con fe a Usted, General del Pueblo Soberano.
Aquí estamos, pues, evocando aquellos días de diciembre de 1859, cuando Usted libró una batalla que cambió el curso de la práctica militar y de la guerra en Venezuela y el continente.
Pero no nos enorgullece la guerra, General. La guerra no puede ser motivo de orgullo para los hombres. Nos enorgullecen su coraje, su voluntad y su testimonio. Porque Usted ha sido uno de los pocos revolucionarios que no se dejó arrinconar en el limbo de la teoría y de las especulaciones, como sucede a tantos fatuos e hipócritas que presumen de revolucionarios. Usted fue a la brega por el pueblo y por una revolución que todavía no ha sido plenamente justificada ante la Historia por quienes vinimos después.
Por eso estamos aquí, con el libro de la Historia en las manos.

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Cuenta José León Tapia que días antes de la batalla, Usted salió de Barinas hacia la Mesa de Cabascas, cerca de Guanare, a conseguirse con el futuro Mariscal Falcón. Eran cuñados y amigos, a pesar de que habían hecho surgir entre ambos rivalidades y mezquindades por el liderazgo de la Causa. Pero allí se entendieron, sirviendo de mediador José Desiderio Trías. Se pusieron de acuerdo para las próximas batallas y Usted, General Zamora, fue desde entonces comandante del ejército, dejando a su cuñado como Presidente en campaña.
Por los caminos polvorientos del llano se vino con su gente hacia Barinas, atravesando ríos y quebradas, oliendo el mastranto de la sabana y espantando a los pájaros con el ruido de su caballería. En Barinas amaneció con su tropa el 27 de octubre y desde entonces se dedicó febrilmente a preparar su estrategia. Cuando llegó a Santa Inés, la gente del gobierno no sabía dónde estaban Usted y su ejército. Los habla confundido y mientras el general Pedro Ramos, del ejército godo, se dirigía hacia El Real, ya Usted estaba aquí cerca, mandando a construir las trincheras y veredas desde donde sus 3000 hombres derrotarían a las huestes de Caracas.
Los tiros comenzaron el 9 de diciembre cuando la caballería de León Colina abrió fuegos en La Palma, cerca de Santa Inés. Pero la cosa fue realmente al día siguiente, el 10 de diciembre, como lo inmortalizó el Escudo de Barinas. Usted se levantó temprano ese día, General, y con el alba y el rocío de la sabana, discutió su estrategia con el Estado Mayor. Lo acompañaban entonces el joven Guzmán Blanco y Level de Goda, ambos lugartenientes suyos.
Después distribuyó sus hombres en las trincheras. Allí, en la que mandó a excavar a la salida del pueblo, puso a Rafael Petit y sus 200 hombres. Más allá el ingeniero Charquet, el hombre que dirigió el trabajo de campo, defendía otra vereda. Y más allá, a la entrada de la sabana, en el Trapiche de San José, José Desiderio Trías, Juan José Mora y el general Francisco de Paula 0rtíz, esperaban sus órdenes al frente de la soldadera.
Como a las 10 de la mañana comenzó la batalla. Si lo que dicen los libros es cierto, Usted debe recordar, General, cómo fueron cayendo las tropas del gobierno. Caían unos tras otros, sin saber de dónde les disparaban, muriendo sin atisbar lo que pasaba. A todas estas, la lucha era más fiera allá en el cañaveral del rio. El enemigo estaba confundido. Estaba perdiendo la batalla, creyendo, al mismo tiempo, que la ganaba.
Hacia la tarde Usted dirigió la ofensiva final, pasando por encima de montones de muertos y de armas tiradas, entre el polvo y el humo que componen la neblina de la guerra. Ya en la noche, Usted había conseguido la victoria. El adversario se retiraba en desorden, maltratado el orgullo caraqueño y oligarca de sus generales.
Y amaneció de fiesta la sabana, embanderada de amarillo y de alegría, mientras Usted tocaba el clarín frente al cielo azul de Santa Inés.

***

Desde entonces hasta hoy han pasado ya ciento veintitrés años. Ya Usted no está, General, ni aquellos hombres tampoco. Las trincheras se han enmontado y la tierra ha cubierto los pertrechos que quedaron después de la batalla. Ahora todo es silencio y calma, mientras el viento y los pájaros entonan su canción de siempre.
Hace pocos años, en parranda de ocasión, vinieron por aquí a ofrecerle un parque a Usted, General, a sus hombres y a este humilde pueblo llanero. Se dijeron entonces discursos altisonantes y demagógicos, con su carga de palabras huecas y rimbombantes. La megalomanía entonces imperante en el Poder vino aquí a proclamar una segunda Federación, mancillando estos campos -donde los suyos y los otros- regaron su sangre, con promesas demagógicas que nunca se cumplieron.
Aquellas palabras se las llevó el viento, y Santa Inés sólo pudo ver de lejos la fiesta de bebidas y comilonas conque pretendieron festejar la fecha de la batalla. Ese día, Usted, General, debió sentirse triste y encolerizado ante tanta farsa y tanta mentira.
Contra esa Venezuela hablachenta y ebria de falsas grandezas, es nuestra lucha ahora, General. Contra esa Venezuela licenciosa, sórdida e inútil, dispararemos nuestras armas del esfuerzo y del trabajo creador. Iremos a esas nuevas batallas, con la fe decidida que nos caracteriza a quienes creemos en un futuro mejor.
Déjeme decirle, sin embargo, que después de cien años de su lucha, el país no es el de entonces. Hemos avanzado en muchos aspectos. Ahora somos una democracia, imperfecta, con fallas, claro está, pero un régimen que al fin y al cabo, como dice el lugar común, “es el menos malo de todos”. Nos toca, sin embargo, superarlo, mejorarlo y perfeccionarlo.
Ya no somos, como en su época, tierra de caudillos y montoneras, donde las “revoluciones”, a cada cual la más inútil, se sucedían de manera interminable. Usted recuerda cómo entonces cualquier cacique con pretensiones de grandeza usaba a sus peones para llegar al poder. Instalados allí, como luego sucedería con su lugarteniente Guzmán Blanco, se traicionaban los ideales para entregarse después al disfrute sensual del poder y la riqueza.
Ya no somos, le repito, aquél pueblo arisco de antes. Ahora vivimos bajo un régimen alternativo que cumplirá 25 años en enero de 1983. Y se ha dicho que nunca como ahora el país había vivido un período tan prolongado de estabilidad y respeto a las libertades ciudadanas.
Yo no he venido, sin embargo, a hablarle a Usted de las bondades de nuestra democracia. No pertenezco ni a quienes la niegan ni a quienes les riegan incienso piadosa y calladamente. Estoy ubicado al lado de quienes quieren preservarla, a costa de mejorarla y superarla.
Esa es la angustia de los jóvenes de hoy, General. Queremos una democracia que pueda deslastrarse de los vicios que hoy la azotan: ineficacia, corrupción y falta de sensibilidad social. Queremos una democracia que sirva a todos, y no a unos pocos. Queremos una democracia por sobre las palabras y más allá de las buenas intenciones. Queremos una democracia de verdad. Una democracia al servicio del hombre venezolano, capaz de comprenderlo en sus angustias y satisfacerlo en sus necesidades.
Esta democracia nuestra está pidiendo frescura de ideales, limpieza de principios y rectitud de procederes. No quiere dejarse contaminar por los virus que a cada rato surgen intentando minarla y acabarla. Quiere derrotarlos a todos y por eso mismo está reclamando honestidad y capacidad a sus dirigentes de hoy y de mañana. Y en esta tarea, puede Usted estar seguro de que la futura Historia unirá a gruesos contingentes de venezolanos que quieren ganarse limpiamente el porvenir.
Como Usted, General Zamora, quiso hacerlo, en este mismo sitio, hace ya ciento veintitrés años.
Muchas gracias.

miércoles, 20 de marzo de 2013

LA BATALLA DEL FUTURO

Discurso de Orden pronunciado por el diputado
 GEHARD CARTAY RAMÍREZ
 Ante el Concejo Municipal del Distrito Palavecino del Estado Lara

(Cabudare, 25 de noviembre de 1982)

La generosidad del Ilustre Concejo Municipal del Distrito Palavecino me brinda la oportunidad de venir esta mañana a conversar con Ustedes.
Yo agradezco profundamente esta invitación porque podría decir que me siento como en mi propia tierra: he salido de Barinas y llegado a Cabudare, casi sin dejar de pisar tierra llanera. Al fin y al cabo, no es fortuita la circunstancia de que, partir de estos parajes, se abra la llanura portugueseña en sentido suroeste. Y yo, que soy llanero de Barinas, al contemplar el paisaje de esta tierra me he sentido cobijado por su calor y su gente.
Se me antoja, además, que Cabudare es una especie de remanso de la buena amistad, juntando solidaridad y cariño como juntó poco a poco sus casas y su gente para que se formara esta hoy pujante ciudad. Porque Cabudare, según cuenta don Rafael Domingo Silva Uzcátegui en su Enciclopedia Larense, no puede precisar la fecha de su fundación a causa de haber ido “formándose lentamente a través de los años”. Aquél caserío de nombre tan sonoro y exótico que Pablo Neruda, el gran poeta chileno, creyó sinónimo del agua; aquel caserío, repito, cercano “al oriente del de Taravana, en el camino que de Barquisimeto conduce a los Llanos”, bien pudo fundarse en 1700, a juzgar por la importancia que la Iglesia Católica -con su sagacidad sociológica de siempre- le otorgó entonces al convertirla en parroquia separada del “Pueblo del Cerrito de Santa Rosa”, según nos cuenta Juan de Dios Meleán, citado por Mac Pherson en su Diccionario del estado Lara.
Debió ser apacible y tranquila la estancia de la vida de aquellos años en Cabudare, antes de acercarse tanto, como ahora, a Barquisimeto. Aquí, abajo, a orillas del río Turbio, las aguas regaban generosamente anchas extensiones de caña de azúcar, mientras que más allá pastoreaban las vacas y las cabras. Y mientras tanto, arriba, en la serranía, crecían los cafetos, al lado del maíz y de los bosques, cuya madera debió ser buena para la ebanistería como sus plantas para la medicina. Cabudare fue, además, excelente productor de aguardiente de caña, bien saboreado por el exigente paladar de llaneros y centrales.
Cabudare fue así mismo tierra de guerreros heroicos de nuestra Independencia, como aquel Cristóbal Palavecino que fue guerrillero de la libertad. O aquél José Gregorio Bastidas, su compañero de luchas, que luego marcharía al lado de Páez en Carabobo el día de la victoria definitiva de la Patria.
Cabudare vio también iniciar la carrera política fulgurante de don Simón Planas, senador por Barquisimeto y ministro del Interior de José Gregorio Monagas, a quien acompañaría en la firma del Decreto que abolió para siempre la esclavitud en Venezuela. 0 cuna del doctor Juan de Dios Ponte, juez, letrado, parlamentario, filántropo, emprendedor, empresario, modernizador y futurista, a cuya lúcida mentalidad y decidida actividad se deben muchos logros alcanzados por esta región en el siglo anterior.
Son hombres y hechos de esta tierra que dicen mucho de su pasado luminoso. Y no seré yo quien este mañana pretenda enseñar a Ustedes lo que ya saben por haberlo vivido -de generación en generación- en todos estos años, ni quien -por las mismas razones- me detenga a hacer mayores consideraciones históricas sobre otros hombres, hechos y circunstancias que Ustedes conocen mejor que yo.

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Hablemos entonces del presente, de la promisión posible y de los desafíos fascinantes del porvenir, de nosotros mismos y de quienes vendrán después. Y no hay mejor tribuna que la que Ustedes me ofrecen en este recinto municipal del pueblo.
Ya se ha repetido hasta la saciedad que, en efecto, los Concejos Municipales constituyen las instituciones más cercanas a la comunidad y, por esto mismo, las que mejor entienden y perciben sus más apremiantes necesidades y aspiraciones. Esa cercanía con el pueblo las ha venido enfrentando a la grave responsabilidad de convertirse en su mejor aliado y en su más cabal instrumento de realización.
En un sistema democrático como el nuestro, pasando por sus evidentes carencias y problemas, la Municipalidad desarrolla una misión francamente trascendente. La democracia, que de acuerdo con aquel lugar común debería ser el gobierno del pueblo, ha sembrado sus bases más profundas en la institución de los Concejos Municipales. De allí que su función, buena o mala, sea tan cara a la viabilidad futura del experimento democrático. Y si enfrentamos las cosas con la sinceridad que reclaman estos tiempos, claramente, sin ofender a nadie, pero sin callar tampoco lo que todo el mundo conoce, estamos entonces en la obligación de decir unas cuantas verdades.
Una de ellas, sin duda, es que la experiencia municipal en Venezuela, salvo las naturales excepciones, no fue antes exitosa ni feliz como lo hubieran deseado los venezolanos. Hace ya algunos años, asistimos a una degradación insólita de los Concejos Municipales. En muchos casos, la incapacidad, la negligencia y la corrupción les impidieron acercarse a los fines que les dieron nacimiento. Esas fallas perjudicaron sus vínculos con las comunidades y fueron abono eficaz para el descrédito de nuestra joven democracia.
Fueron muchas las causas y numerosos los culpables. El clientelismo electoral, la demagogia y la falta de tino de los partidos a la hora de seleccionar sus candidatos, unidas a las pugnas estériles que asfixiaban sospechosos conciliábulos de peores intereses, así como la escasez de medios o la ausencia de sensibilidad social, separadas o juntas, todas estas taras fueron debilitando nuestros Concejos Municipales hasta robarles el aliento para seguir adelante. El hombre común y corriente del pueblo dejó de sentir a las Municipalidades como su instrumento de participación más próximo, a través del cual alcanzar la realización de las angustias colectivas.
No se puede pensar, hay que advertirlo, que todo cuanto pasaba era culpa de los propios Cabildos. No podía tampoco apelarse al simplismo o la arbitrariedad de juzgarlos sin buscar las otras causas de sus fallas y errores. Se trataba de problemas estructurales y de causas superiores. No se había aprobado, por ejemplo, una legislación nacional orgánica en materia municipal. No se habían establecido mecanismos de coordinación en la ejecución de programas con el poder regional o nacional. No se había entendido, y pienso que aún se sigue sin comprenderlo a plenitud, que el Municipio debe ser la palanca autónoma e independiente, capaz de proveer por sí sólo a la consecución de sus fines.
Afortunadamente, se ha hecho un esfuerzo común para enderezar entuertos y corregir el rumbo. Sin ser la panacea que teóricamente supone toda regla legal, se han producido dos hechos francamente auspiciosos.
Uno, la posibilidad de elegir en comicios separados a los miembros de los Ayuntamientos, experimento que apenas se acaba de iniciar en junio de 1979. Ya no tendremos que elegir candidatos anónimos o desconocidos, escogidos clandestinamente detrás del carisma de un candidato presidencial o de la fortuna electoral de una maquinaria partidista. La elección separada supone una mejor selección de los candidatos, aunque personalmente suscribo la tesis de una escogencia uninominal, con nombres y apellidos, sin listas a dedo, que posibilite una más directa escogencia de los concejales. Aún así, el mecanismo recién establecido bien puede ser la antesala para una elección de primer grado que perfeccione la más absoluta voluntad del elector.
La otra circunstancia la constituye la aprobación de la nueva Ley Orgánica de Régimen Municipal. Este novedoso régimen legal dota a las corporaciones municipales de una nueva estructura interna tendiente a mejorar la administración y el control de sus recursos, así como la prestación de los servicios y un contacto mayor de los Cabildos con el pueblo y sus exigencias.
Pero no nos hagamos la necia ilusión de pensar que todas estas reformas ayudarán por sí solas a mejorar los Ayuntamientos. Si no hay una recia voluntad para llevarlos a la práctica, si no se trabaja más duro y si no se hace realidad aquella máxima del Libertador según la cual “la mejor política es la honradez”, será muy difícil responder al cambio obligado que las circunstancias actuales y futuras están planteando con urgencia a nuestros Consejos Municipales.

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Otras reflexiones sacuden también nuestra conciencia, sobre todo cuando miramos el pasado, el presente y el porvenir venezolanos.
No resisto la tentación de echar mano al socorrido y repetido argumento de que Venezuela lo ha tenido todo, riqueza y recursos, y sin embargo, poco a nada hemos hecho para ponerla a andar con paso firme hacia un futuro de insospechadas latitudes.
Debo adelantar, antes de proseguir, que no me encuentro entre los pesimistas y mucho menos entre los llamados profetas del desastre que alguna vez denunció el Presidente Herrera, al referirse los paniaguados que confunden los intereses del país con sus particulares intereses políticos y económicos. Soy más bien por vocación y formación profundamente optimista, cuidando, por supuesto, de no resbalar por la pendiente de las falsas ilusiones que nos conduce siempre al precipicio de los negadores de oficio. Soy un optimista realista, como creo que corresponde a quienes mañana seremos los líderes de un país distinto al que vivimos hoy.
Ese realismo optimista nos obliga a alertar contra las tentaciones que en años recientes turbaron la mente megalómana de gobernantes frívolos y mediocres. Bajo la férula de estos líderes fantasiosos, el país vivió en un bonche permanente, embriagándolo todo con el derroche petrolero y milmillonario de una Venezuela absurdamente saudita, olvidando criminalmente que, años más tarde, la crisis mundial del petróleo nos obligaría a ajustarnos el cinturón y a despertarnos de aquel sueño demente y faraónico. Mientras tanto, los petrodólares alimentaban una economía ficticia y postiza, en la cual la agricultura fue sustituida por el trueque vulgar de los hidrocarburos por los alimentos que nos llegaban de otros países que sí han entendido que la clave del futuro está en el autoabastecimiento de cada nación. El maná petrolero que brotaba del suelo tuvo entonces virtudes mágicas para enriquecer aún más a los que ya son ricos, por la vía de los subsidios fraudulentos, de los créditos que no se pagan, de las becas que no se retribuyen y de los sueldos que no se trabajan.
Se implantó así una Venezuela facilista, engreída y falsa que vergonzosamente recorrió el Continente repartiendo sus rentas, sin haber resuelto adentro los problemas de sus habitantes. Aquella economía del delirio llegó a ser tan insólita que hasta permitió -como en una fábula novelada por García Márquez- darnos el lujo de regalar un barco a un país sin mar y sin armada.
A esa Venezuela hemipléjica que todo lo devora, tenernos que derrotarla en las duras luchas del porvenir. Tenemos que enfrentar todo lo que la caracteriza. Tenemos que saltar por encima de sus  valores trastocados, de sus ideas confusas y de su comportamiento consumista y nuevoriquista. Tenemos que echar a un lado sus políticos de palabras huecas y conductas censurables, desmedidos en su ambición de poder y analfabetos en la conducción de gobierno. Tenemos que echar a un lado a sus empresarios bellacos, que amasan riquezas súbitas y viven medrando parasitariamente a la sombra del poder económico del Estado. Tenemos que echar a un lado a sus sindicalistas demagogos, que nunca han trabajado y que con manos de señorita pretenden ahogar al país en la fantasía borracha de peticiones imposibles y desmedidas. Si no logramos desplazar a estos dirigentes irresponsables e incapaces, esquiroles de toda laya, tal vez será muy tarde mañana cuando queramos aplicar medidas heroicas.
Tenemos que sublevarnos contra tanta falsedad, contra tanta hipocresía, contra tanto fariseísmo. Tenemos que obligarnos todos a corregir el rumbo y a rectificar nuestras propias flaquezas. Tenemos que insurgir contra quienes han mediocrizado la Patria de Simón Bolívar. Si queremos ser dignos de su herencia de grandeza, los venezolanos debemos ser ahora más serenos, sensatos y austeros. Hay que volver al camino del trabajo creador. Hay que rechazar el facilismo. Hay que despreciar la riqueza fácil. Hay que volver a la disciplina, al esfuerzo y a la constancia que conocieron nuestros antepasados, cuando aún el petróleo no había corrompido nuestra manera de ser y de querer.
Excúsenme Ustedes, amigas y amigos, tanta crudeza y desenfado al hablar de todas estas cosas. Seríamos insinceros si no lo hiciéramos. Pero una palabra silenciada por quienes nos negamos a heredar esa caricatura de país, equivaldría a traicionar nuestra conciencia, el más preciado de nuestros bienes personales.

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Señores concejales:
Reitero nuevamente mi agradecimiento por haberme permitido usar esta Tribuna. La he utilizado para desahogar la angustia que nos consume a los jóvenes de hoy y para expresar así mismo, sin embargo, nuestra profunda convicción de que vendrán mejores días en la faena fascinante de conquistar el porvenir. 
No dejemos que el pesimismo y la desesperanza pretendan ganarnos la batalla del futuro.
Muchas gracias.






martes, 19 de marzo de 2013

UN LEGADO NEFASTO (II)
Gehard Cartay Ramírez

Junto al caudillismo, autoritarismo, militarismo, centralismo y la siembra del odio y persecución a sus adversarios, el legado del régimen de Hugo Chávez también deja otros resultados ominosos.
En el plano institucional, como en cualquier dictadura, su palabra era la ley. Lamentablemente, el extinto presidente siempre se consideró por encima de la Constitución, del Estado de Derecho y del orden jurídico, desconocidos por él cada vez que pudo. A ese despropósito contribuyeron la existencia de una Asamblea Nacional perruna que le entregó sus facultades legislativas y el incondicionalismo vergonzoso del Poder Judicial, siempre presto a avalar sus arbitrariedades y justificar su compulsión a violar las normas jurídicas.
En el plano electoral, el régimen de Chávez contó con un Consejo Nacional Electoral hecho a su medida. A menudo se ha dicho que ganó la mayoría de las elecciones desde 1998. Seguramente fue así en ciertos casos y en otros no. Pero lo que nadie puede dudar es que, a partir del año 2000, esos comicios estuvieron viciados por el fraude, el ventajismo y el uso corrupto y corruptor de los dineros y recursos del Estado para favorecer al régimen. Sus adversarios, en cambio, compitieron siempre en un plano de absoluta desigualdad frente a Chávez y su partido. Fue así como logró potenciar su apoyo popular, echando mano a los recursos de uno de los Estados petroleros más ricos del mundo, como lo es Venezuela.
 Los costos sociales del régimen chavista también son colosales. Aparte de la división y el odio que inoculó a los suyos, están también otros perjuicios. Uno de ellos, trascendente por sus consecuencias, es haberle hecho perder la fe en su país a los jóvenes. Y ello derivó en que la gran mayoría de ellos no creyeran en él y lo combatieran, a pesar de que eran unos niños cuando asumió el poder y no conocieron otro presidente. Otros miles de jóvenes se han ido de Venezuela pensando en que, por ahora, aquí no hay oportunidades de superación, a menos que se identifiquen con el régimen.
Un mito esparcido por la propaganda oficial -y repetido por ciertos opositores ingenuos- atribuye a Chávez haber “colocado a los pobres en la agenda”. Si por tal se entiende su uso demagógico con fines electorales, entonces es verdad que los puso en su agenda personal. Porque lo cierto es que su régimen no ejecutó políticas económicas para sacar a millones de compatriotas de la pobreza, lo que significaba proporcionarles empleo, calidad de vida, seguridad social y oportunidades de superación. Esta es la única manera de acabar con la pobreza, como lo vienen haciendo los gobiernos de Brasil, Chile y Colombia en los últimos años. Pero aquí nada de eso se hizo. Se aplicó una política clientelar de dádivas de migajas, sin crear riqueza y empleo, ni  mejorar la calidad de vida del pueblo.
La inseguridad generalizada es otra herencia nefasta del difunto presidente. Inseguridad personal, inseguridad jurídica, inseguridad de los bienes, etc. Desde 1999 hubo cerca de 200.000 asesinatos en Venezuela. El hampa y la delincuencia campearon en todas partes, sin enfrentarlos a fin de garantizar la vida y los bienes de los ciudadanos. Otros miles murieron a manos de cuerpos policiales, militares y paramilitares del régimen, creándose así un infierno en materia de violación de los derechos humanos.
Tampoco hubo seguridad para los bienes, ni respeto al derecho de propiedad privada establecido en la Carta Magna. Confiscaciones e invasiones, la mayoría estimuladas o consentidas por las autoridades, afectaron a muchos venezolanos, sobre todo en el campo.
Chávez deja una economía en ruinas, a pesar de haber manejado 900.000 millones de dólares, gracias a los altos precios internacionales del petróleo. Nada de eso se tradujo en desarrollo y fortalecimiento económico del país. Por si fuera poco, la deuda externa también la deja en niveles alarmantes. Se volvió a repetir el Efecto Venezuela de CAP I: el país obtuvo miles de millones de dólares petroleros y al mismo tiempo se endeudó como nunca, algo insólito. Y eso para no referirnos aquí a los miles de millones de dólares regalados a otros países, en  perjuicio del pueblo venezolano.
Deja también a Venezuela con la más elevada inflación del continente; el costo de la vida en altos niveles; más de 10.000 empresas cerradas; la producción agropecuaria en ruinas, gracias a las multimillonarias importaciones de otros países; PDVSA en quiebra; desabastecimiento y escasez; altos niveles de desempleo, etc., etcétera.
Un aspecto particularmente vergonzoso es el crecimiento de la corrupción desde 1999. El de Chávez es el régimen más corrupto y corruptor que ha tenido este país. Un régimen que manejó miles de millones sin control, una verdadera caja negra. Sólo basta ver a los nuevos ricos del régimen para comprobar cómo creció la corrupción en estos últimos años.
Chávez, por haber sido presidente, entra en la historia y su legado también. Por tanto, este último está expuesto al análisis crítico. Y desde el respeto a su persona, deteniéndonos sólo en su gestión como gobernante, hice siempre y hago ahora estas observaciones, sobre las cuales -valga anotarlo- ya antes escribí dos libros: Orígenes ocultos del chavismo (2006) y Cómo se destruye un país (2009).
El tiempo, juez implacable, dirá mucho más sobre su nefasto legado. 

   (LA PRENSA de Barinas - Martes, 19 de marzo de 2013)