Crónicas del Olvido
“BAQUIANO, VOLANDO RUMBOS”
(Vida y obra de Alberto Arvelo Torrealba)
**Alberto Hernández**
1.-
Alberto Arvelo Torrealba era de los pocos mortales que le conocía las mañas al diablo, por eso se hizo Florentino para encararse con él y probarse. Asumió la personalidad del cantador llanero para hacerle frente a la historia de su país, la que vivió con creces desde su vocación de escritor, abogado y diplomático.
Aunque –según estudiosos de su obra y vida- prefería al oscuro por la calidad de su tono, verbo y fuerza.
Viaja uno lector por los llanos, por la historia cercana de este país y por la vida de un hombre que a diario suena en Venezuela. Alberto Arvelo Torrealba es, precisamente, llanos, país y existencia y de esta manera lo registra Gehard Cartay Ramírez en su libro “Baquiano, volando rumbos (Vida y obra de Alberto Arvelo Torrealba)”, publicado por el Fondo Editorial de la Alcaldía del Municipio Barinas, 2017.
Es una lectura apaciguada por el talante del sujeto estudiado. Un libro que completa el tránsito de quien es el autor de una obra cimera. Una obra sembrada en el país que lee y en el país que recita de memoria sus versos. Es un libro donde la política, la poesía, la geografía, la hidrografía y el alma de una tierra arropa con gracia la versatilidad de un artista que hizo de su lar nativo icono, representación, savia y asunto, para que el país supiera de sus secretos, de sus arranques de vitalidad terrena. Es un libro enjundioso donde hablan muchos personajes. Donde se mueven y también viajan muchos nombres y apellidos que han construido o afectado, de alguna manera, la historia de esta geografía mestiza.
2.-
Gehard Cartay Ramírez es barinés como Arvelo Torrealba. Fue gobernador de su patria chica entre 1974 y 1992. Abogado y escritor, se dedicó a seguirle los pasos a este viajero impenitente que sigue siendo Arvelo Torrealba, porque de muchas maneras está en la voz de los venezolanos y araucanos de este lado y del lado colombiano. Su obra continúa diciendo, hablando, cantando, recitando, declamando. Es una poesía para eso, para añadirle a la tierra rural, a los ríos, al campo la gracia que ha perdido en la ciudad. Aquel terruño olvidado por quienes nacieron en él. Una tierra a la que se le puede seguir cantando en otro tono, sin necesidad de regresar al espíritu de aquellos que la siguen viviendo. El ejemplo está en Efraín Hurtado, quien construyó una poética del llano vista desde su formación académica sin dejar de tocar lo que le atañía como nacido en él.
Alberto Arvelo Torrealba es un clásico de la palabra del monte, de la palabra cerrera, orejana, vibradora como los caños y correnteras que cruzó y navegó. Es un bonguero que, como los personajes de Gallegos, sabía de la hondura, orillas y barrancos de las diferentes corrientes de los estados llaneros de Venezuela. Su poesía se asentó en ellas y de allí su paisaje y sus personajes.
Para quienes podrían amanecer con al ceño fruncido, es relevante afirmar que nadie que viva alejado de los asuntos de la “llaneridad” escribiría como Gallegos o como Arvelo. Pero se impone decir que su paso por este mundo dejó calcada, herrada, marcada la bestia, los demonios y los ángeles que sobrevuelan aquella tierra plana en la que apareció este país.
Por esa y muchas razones es preciso hacer un registro de autores y obras de quienes han nacido y escrito acerca de las cosas de los llaneros y sus vidas viajeras, trashumantes o detenidas en el mismo lugar.
3.-
El tomo de Gehard Cartay convida al lector a revisar los capítulos que cuentan la existencia del poeta y prosista barinés, quien fuera abogado, diplomático, ecologista, viajero y atento observador de la conducta de sus paisanos.
Este libro, para leer corrido o consultar, se extiende sobre el cuero seco de la historia que mucha gente de hoy, sostenida por el mal uso de la tecnología, desconoce. Una historia que se revela en estas páginas desde “La Venezuela de 1904”, pasando por la miseria de Barinas, Juan Vicente Gómez, Rómulo Gallegos, el liceo Caracas donde estudió el autor y algunos de los futuros gobernantes de la Nación. Igualmente, estudia Cartay todas las obras de Arvelo, desde “Música de cuatro” hasta “Lazo Martí, vigencia en lejanía”, que escribió, esta última, en su lecho de enfermo. Por supuesto, “Florentino y el Diablo” ocupa un espectro más amplio por ser la obra más importante del escritor barinés.
Datos y más datos dan cuenta de este exigente trabajo de Gehard Cartay. Me atrevo a decir que el más completo sobre el autor de los contrapunteadores de los llanos de este país olvidadizo.
“Caminos que andan” es un estudio de los ríos llaneros. Es un ensayo, una investigación que revela el carácter de este hombre que desde que escribió su primer trabajo no ha dejado de ser nombrado en casi todo el país. Su “Florentino y el Diablo” fue llevado a grabación. José Romero Bello y el Carrao de Palmarito hicieron de esa obra espacio de atracción cultural en medio mundo. Y así, desde “Doña Bárbara” y “Cantaclaro”, de Rómulo Gallegos, hasta la “Cantata Criolla”, de Antonio Estévez, el cantador anónimo, después Florentino Coronado, luego Florentino a secas, es la huella más honda que representa, junto con “El alma llanera”, el espíritu y ánima de quienes nacieron en esos potreros y aún recuerdan haber nacido allí.
Baquiano, Arvelo Torrealba sigue siendo entonado por coros, orfeones, orquestas y cantantes solistas que han hecho de ese poema, de esa copla, parte del espíritu de Venezuela.
viernes, 2 de agosto de 2019
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
sábado, 8 de junio de 2019
Informan los escasos medios de comunicación social existentes que le han cambiado el nombre al estado Vargas. Era, por cierto y como lo ha recordado el escritor Rafael Arráiz Lucca, la única entidad federal venezolana que llevaba el nombre de un prócer civil.
Por esa razón y muchas más, se trata, sin duda, de otro atropello a la civilidad, dado que el sabio José María Vargas, aparte de haber sido presidente de la República (1835-1836), fue también rector de la Universidad Central de Venezuela entre 1827 y 1832 (UCV).
No debería extrañarnos, desde luego. Los venezolanos padecemos desde hace 20 largos años un régimen perverso y antipatriótico que ha pretendido eliminar la conciencia civil de nuestra gente e imponer, al costo de lo que sea, el más brutal militarismo que hayamos conocido, ¡y vaya que se trata de un récord, incluso en este país que ha soportado más 150 años de gobiernos militares desde 1830!
No resulta, por lo tanto, una casualidad que Vargas haya sido el primer presidente civil víctima de un golpe de Estado, comandado por el coronel Pedro Carujo, precursor del chavomadurismo y quien encabezó el atentado contra el Libertador en 1828. Por cierto que el general José Antonio Páez derrotó entonces a los golpistas y repuso en su cargo al sabio Vargas. Tal vez la decisión de quitarle su nombre al estado donde nació signifique también una reivindicación de aquella acción golpista. Así honrarían una vez más al golpismo que, como se sabe, inspiró el nacimiento del chavomadurismo.
Pero no debe extrañarnos, insisto. Un régimen tan funesto como el actual, que ha reducido la historia nacional a las figuras militares de Bolívar, Zamora y Chávez -y decretado el olvido de los héroes civiles, Vargas entre ellos-, se regodea con estas perversiones. No hay que olvidar que en el mismo Palacio de Miraflores hace años, después que arribó el chavismo al poder, fue sustituido un busto del escritor Rómulo Gallegos -primer presidente electo por el pueblo venezolano- y en su lugar colocado otro del general Cipriano Castro, quien ocupó ese mismo cargo por la puerta trasera del golpe de Estado entre 1899 y 1908. El presidente Gallegos, como se sabe, fue derrocado por los militares en 1948, nueve meses después de haber tomado posesión del cargo. Ese simple gesto habla por sí sólo del militarismo rampante que llegó al poder con Chávez y su cúpula podrida.
Por cierto, no creo, como afirman algunos, que tratar este tema sea un elemento de distracción sobre los graves problemas del país. Habría que ser muy estúpido para que un asunto como este nos haga olvidar el drama diario que vivimos los venezolanos en esta hora aciaga…
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
viernes, 7 de junio de 2019
Este es un libro sumamente interesante: trata sobre la tragedia política, económica y social de Zimbabue, un país africano dirigido por una dictadura militar. Para variar, su anterior tirano, Robert Mugabe, era admirado por Hugo Chávez, y hasta le entregó una réplica de la Espada de Bolívar, al igual que hizo con otros dictadores a que también lo embelesaban. El libro –escrito por Philip Haslam y Russel Lamberti– narra cómo aquel país, que fue uno de los más adelantados de África en los años ochenta, tocó fondo bajo una dictadura militar de más de 30 años. Lo asombroso es que el régimen chavomadurtista ha resultado una copia de la tragedia de aquel país, aunque peor en muchos aspectos, especialmente en cuanto a la híper inflación. Si la de Zimbabue llegó ser la más alta del mundo en su momento, la de Venezuela la ha superado con creces. Pero no sólo eso. El traductor del libro, el venezolano Federico González Daboín, le escribió a uno de los autores: “¿Conoces lo que ha sucedido en Venezuela durante los últimos 20 años? Si cambias las palabras Zimbabue por Venezuela y zimbabuenses por venezolanos, ¡tendrás otro libro! Pero sería una versión más aterradora, porque hay que agregar tecnología; supuestos carteles de la droga; corrupción en el manejo del petróleo, oro y recursos naturales; relaciones con Irán (uranio), Rusia (oro), China (recursos naturales) y Cuba (dinero y petróleo) También hay que mencionar la violencia promovida por “colectivos” afectos al Gobierno, que incluyen milicias impunes por asesinatos, robos y secuestros…” Philip Haslam, uno de los autores, menciona en el prólogo los desmanes que sufre Venezuela “en manos de un gobierno civil-militar corrupto”. Y menciona los millones de venezolanos que han abandonado su patria, huyendo de la tragedia que la asola; la ineficacia de las tres reconversiones monetarias hechas por el régimen; el hambre y la desnutrición generalizadas; la pobreza creciente que afecta a la clase media y empobrece aún más los más pobres; la descomunal crisis de los servicios públicos (los “apagones” prolongados, la falta de agua, de gas y de gasolina –en un país que hasta hace poco la exportaba, junto al petróleo y el gas, y que hasta vendía electricidad a sus vecinos); etc, etcétera). Vale la pena leerlo porque, aunque trata sobre la catástrofe de Zimbabue, allí se retrata también la que ahora sufrimos en Venezuela.
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
sábado, 25 de mayo de 2019
136 aniversario del natalicio de Alfredo Arvelo LarrivaAyer se cumplieron 136 años del natalicio del eximio poeta bariniteño Alfredo Arvelo Larriva. No hubo ninguna conmemoración oficial ni particular al respecto, a pesar de ser nuestro bardo paisano uno de los poetas más importantes del siglo XX venezolano. Pero ya se sabe que para el chavomadurismo la historia se reduce a tres nombres: Bolívar, Zamora y Chávez. Y del mundo civil absolutamente nadie merece ser recordado porque, sencillamente, no existe para el régimen.
Cito a continuación una parte de mi libro "Baquiano, volando rumbos. Vida y obra de Alberto Arvelo Torrealba" (2017), donde menciono la relación entre ambos poetas y primos: "El primo Alfredo Arvelo Larriva: En 1924, cumplidos los veinte años, el joven Arvelo Torrealba fue enviado a Caracas a realizar sus estudios secundarios. Barinas carecía entonces de institutos educacionales que ofrecieran tal posibilidad y en las ciudades cercanas donde funcionaban institutos de educación media, como Barquisimeto o Mérida, no residían familiares o amigos de confianza. Caracas era en aquel tiempo una ciudad pequeña -no llegaba a los doscientos mil habitantes-, apacible y agradable, con un atrayente clima y un ambiente ideal para el estudio y la reflexión. Tenía también, a pesar de su tamaño, una cierta vida cultural, en la medida en que el gomecismo la permitía, es decir, siempre que no estorbase los planes del dictador para perpetuarse en el poder. En la capital de la República vivía el poeta Alfredo Arvelo Larriva, sobrino y amigo de don Pompeyo. Alfredo, a quien confiaron finalmente el cuidado del primo adolescente, le llevaba 20 años y era ya un poeta consagrado en los círculos literarios y en la prensa caraqueña. Había publicado dos libros de poesía -Enjambre de rimas, en 1906, y Sones y canciones, en 1909-, aparte de escribir con frecuencia en la prensa capitalina y en algunas publicaciones especializadas, como El Cojo Ilustrado y La Lectura Semanal. Perteneció a la segunda generación modernista venezolana, junto a Jesús Semprún, Luis Correa, Alejandro Carías, Sergio Medina y José Tadeo Arreaza Calatrava. “La época en que escribió -reseñaría años después otro barinés, el también poeta Rafael Ángel Insausti-, saturada de la influencia de Rubén Darío, explica algunas excelencias y algunos defectos y debilidades de su poesía. Pero al revés de innúmeros hispanoamericanos que vivieron y murieron en olor de imitación, él intentó desde sus primeros poemas definir y acentuar las cualidades de que estaba inconfundiblemente dotado (…) Supo singularizar su verso, ágil, ecoante, conciso, viril por la fuerza de su textura y por el prurito de crearse a cada paso dificultades, no más que para saborear los placeres de la lid y del vencimiento (…) Había nacido para las grandes audacias, de esas que casi cambian la fisonomía de los idiomas. Lástima que se satisficiera con poco”.
La de Arvelo Larriva fue, sin duda, una personalidad trágica. En 1905, estando en Ciudad Bolívar, de paso para el Territorio Amazonas, muere su adversario en un lance personal. Permanecerá luego ocho largos años preso en las cárceles de Ciudad Bolívar, Maracaibo y Caracas. En ese tiempo publica los dos libros señalados y en 1911 funda la revista Sagitario. En marzo de 1913 sale en libertad, pero ese mismo año vuelve a la cárcel, esta vez por conspirar contra la dictadura gomecista, al lado del general Román Delgado Chalbaud, quien vive exilado en Francia. Ocho años después, en agosto de 1921, sale en libertad. Entre 1922 y 1927 residirá en Caracas, pero se trasladará con cierta frecuencia a Barinitas. Será entre 1924 y 1927 cuando Arvelo Torrealba entrará en contacto directo y personal con su primo Arvelo Larriva. Debió ejercer, desde luego, una enorme influencia sobre el estudiante, pues aparte del parentesco, Arvelo Larriva tenía su representación legal. Muchas seguramente fueron las tertulias entre el poeta en ciernes y el poeta ya consagrado, y tal vez por eso en los primeros versos del más joven se nota un cierta influencia del bardo bariniteño. Sin embargo, el poeta Arvelo Larriva viajará a Europa en 1927, y aún cuando volverá en 1928, cumpliendo tareas conspirativas bajo la jefatura del general Román Delgado Chalbaud, una vez fracasada la aventura del Falke en las costas de Cumaná, se trasladará en 1929 a Colombia y México, luego a Barcelona y, finalmente, a Madrid, donde morirá el 13 de mayo de 1934, a los 51 años de edad, víctima de un infarto". .
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
martes, 16 de abril de 2019

Baquiano, volando rumbos
Gehard Cartay Ramírez
Ensayo biográfico
Fondo Editorial de la Alcaldía de Barinas
Barinas, 2017
ISBN: 978-980-7771-03-0
I
La intención de esta crónica es la de celebrar con mi aplauso la aparición del ensayo Baquiano, volando rumbos, de la autoría de Gehard Cartay Ramírez, escritor de muchos rumbos y valía. Se trata de un hermoso relato de la vida y obra del poeta nacional Alberto Arvelo Torrealba (uno de ellos), un libro lleno de horizontes reveladores de las cosas más sencillas y desconocidas del autor de Florentino y el Diablo. Es pues, la obra de Cartay un lugar donde el retrato del poeta Arvelo se multiplica y se va como el tañío de los copleros a los distintos rincones que el espíritu del hombre dispone para sus emociones más profundas.
II
Respetables escritores venezolanos como Alexis Márquez Rodríguez con Aquellos mundos tersos; Orlando Araujo con Contrapunteo de la vida y la muerte, que le valió el Premio Nacional de Literatura; Humberto Febres Rodríguez con En negra orilla del mundo, y más recientemente Frank Pérez Contreras con Caminos del desamparo, Florentino y el Diablo (poesía y códigos poéticos de Arvelo Torrealba), pero ninguno, sin soslayar sus aportes para la comprensión de la obra de Arvelo, pudo develar la verdadera estatura intelectual y creadora del poeta de Música de cuatro: educador, jurisconsulto, ensayista, diplomático y, aunque suene redundante, poeta, gran poeta, como lo ha hecho Gehard Cartay, al descubrir las edades con que Arvelo Torrealba cultivó su vida, a su paso por este lado del planeta; todo esto gracias a la investigación disciplinada que durante años realizó para darse la mano con el hombre de la palabra encantada que el llano canta en verano y en invierno.
III
Baquiano, volando rumbos, fue editado por el Fondo Editorial Municipal de la Alcaldía de Barinas en 2017, y como cosa curiosa, por lo novedoso en la ensayística universal, Cartay Ramírez logra el cuerpo del libro como si desenvolviera papeles antiguos, rebosantes de poesía, para la historia de la literatura venezolana, la figura total de Alberto Arvelo Torrealba, la palabra que eterniza al hombre con su tierra, que inventó para vivir en poesía.
IV
Ya Arvelo venció, definitivamente, al Diablo, que lo tenía, entre cantos y lejanías. Su permanencia en la ciudad natal (Barinas) es relatada con bonitura por Cartay Ramírez, sus idas y venidas, siempre con la poesía a flor de labios; la vida estudiantil del poeta en Caracas también es minuciosamente narrada, donde fue condiscípulo de unos que fueron presidentes, ministros, científicos y grandes escritores.
V
Baquiano, volando rumbos, es para mí obra definitiva para el conocimiento integral del hombre que marcó los caminos de su vida con la poesía y el amor por su tierra nativa. Espero que se encienda una vela en el cuarto oscuro y aparezca una editorial que se interese en hacer una edición con un tiraje considerable, porque Baquiano, volando rumbos, es hasta ahora como un secreto, por lo limitado de su edición; la obra de Cartay Ramírez, abogado, político y escritor, bien vale la pena, va mi aplauso.
Alberto José Pérez
Poeta, editor y comentarista literario venezolano (El Samán, Apure, 1951). Ha publicado unos veinte libros de poesía, crónicas de libros y entrevistas. Sus últimos títulos son Un poeta como yo (Ediciones Mucuglifo), Confesionales (El Perro y La Rana), En la alta noche (Fondo Editorial del Caribe), La revelación del otro (El Perro y La Rana) y Pequeña antología (Editorial La Espada Rota). Es colaborador permanente de Contenido,suplemento literario del diario El Periodiquito. Ha sido galardonado con el Premio Único de Poesía de la Bienal de Literatura de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y con el Premio Nacional de Poesía “Centenario de Enriqueta Arvelo Larriva”. Fue distinguido por la Red de Escritores de Venezuela con el premio “Compañero de Viaje”, en reconocimiento a su contribución a las letras nacionales. Reside en Santa Clara (Barinas).
Sus textos publicados antes de 2015
166 • 171 • 174 • 181 • 187 • 188 • 195 • 201 • 205 • 210 • 211 • 216 • 228 • 230 • 239 • 246 • 249 • 260 • 263 • 264 • 265• 266 • 271 • 273 • 276 • 280 • 289 • 296
Editorial Letralia: XIII. Experimento de letromancia (coautor)
Sus textos publicados antes de 2015
166 • 171 • 174 • 181 • 187 • 188 • 195 • 201 • 205 • 210 • 211 • 216 • 228 • 230 • 239 • 246 • 249 • 260 • 263 • 264 • 265• 266 • 271 • 273 • 276 • 280 • 289 • 296
Editorial Letralia: XIII. Experimento de letromancia (coautor)
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
domingo, 14 de abril de 2019
Un libro
políticamente incorrecto
Fernando Luis Egaña
“Caldera
y Betancourt: Constructores de la Democracia”, publicado en 1987 por el
político y escritor venezolano Gehard Cartay Ramírez, con el sello editorial de
Centauro, es decir de José Agustín Catalá, puede ser considerado como un libro
“políticamente incorrecto”. Es más, como la suma de lo que es un libro
“políticamente incorrecto”, en lo que se refiere a la historia de la democracia
venezolana. En realidad, no toda su historia, sino la que va desde los albores
de la lucha democrática en el siglo XX, hasta básicamente el caudaloso boom de
los precios del petróleo, cuando ya finalizaba el tercer período presidencial
de la República Civil, el presidido por Rafael Caldera de 1969 a 1974. El tema
del libro es la importancia de Caldera y Betancourt en la construcción de la
democracia. Al presentarse en 1987, ya Rómulo Betancourt había concluido su
“parábola vital”, en 1981, y Rafael Caldera mantenía una intensa actividad como
Senador Vitalicio y como líder político, tanto dentro como fuera de las
fronteras del partido socialcristiano Copei. Y es evidente que la democracia
que tanto costó construir, ya había entrado en un período de aguda crisis y, en
no pocos aspectos, de descomposición, que el autor no ignora sino que pondera
con angustia. Pero como es mi deber ceñirme al libro que intento prologar, le
ahorraré al amable lector mis propias elucubraciones sobre esa accidentada
historia que se desenvuelve vertiginosamente en la parte final del siglo
pasado. Etapa cuyo examen de activos y pasivos todavía está por realizarse de
una manera exhaustiva y desapasionada. Sus pasivos, reales e imaginarios, han
sido objeto de machacona insistencia. Sus activos, no. Ese balance hay que
hacerlo. Esperemos que Gehard Cartay disponga su talento en esa dirección. La
densa apostilla que el autor incorpora al texto original, para precisamente
hacer una sucinta evaluación de los tiempos posteriores a 1987, puede indicar
que una nueva obra que complete la historia de la democracia, está por
concebirse y adelantarse. Ojalá y así sea.
Volviendo,
pues, a la “incorrección política”, tenemos que empezar por el principio, o el
título del libro: colocar a Caldera antes de Betancourt, por lo menos sería una
osadía, y para no pocos una herejía, y ya no tanto en relación con la “historia
oficial” del presente, de la cual ambos se encuentran erradicados, sino de eso
que llaman la sabiduría convencional o el sentido común. El entonces Senador
Vitalicio Rafael Caldera, en sus palabras en la presentación del libro,
reconoció claramente que Betancourt es “una figura a la cual correspondió el
primer lugar, la primera responsabilidad en el proceso de establecimiento y
consolidación de la democracia venezolana”. ¿Cómo es eso que el nombre del
“padre de la democracia” vaya después de cualquier otro nombre, al ser
historiada la propia democracia? No luce razonable. Incluso luce de mala
índole. Más adelante veremos por qué el título seleccionado por Cartay no es
una osadía, ni por supuesto una herejía, ni tampoco una distorsión interesada
de la realidad histórica. Tiene una justificación que no suele apreciarse, que
seguramente no fue apreciada lo suficiente en el tiempo de la publicación del
libro, ni con posterioridad, pero que ahora debe plantearse de nuevo, con toda
la insistencia de la verdad.
Hace
poco me topé con una expresión aleccionadora: el olvido del pasado, implica,
inexorablemente, la obliteración del futuro… Es una expresión radical en la que
no caben fracturas. Y es una expresión veraz en relación con la tragedia
venezolana del siglo XXI. Obliterar significa tachar, borrar, obstruir,
devastar, en pocas palabras: anular la posibilidad de un futuro humano y digno,
en el sentido que la referida expresión tiene para nuestro país. Obliterado se
perfila el futuro de Venezuela, tanto o más de lo obliterado que ha estado su
devenir bajo la egida de la hegemonía despótica y depredadora que viene
imperando sobre la nación venezolana. Y en gran medida ello se debe al olvido
del pasado. Pero no únicamente el olvido natural que se va produciendo con el
paso de los años, que desdibuja la memoria y difumina los recuerdos. No. Otro
tipo de olvido. Uno manufacturado por y desde el poder. Uno impuesto por las
malas y las peores a través de todos los recursos públicos, y aceptado con poca
o ninguna crítica por parte de mucha gente llamada a defender la trayectoria de
nuestra democracia, pero que prefirió quedarse callada o, peor aún,
transmutarse en colaboradores de lo que Manuel Caballero calificó como la
pretensión de abolir la historia.
De
allí que el conjunto de las nuevas generaciones manifieste una ignorancia crasa
y supina –como le gustaba decir al sacerdote jesuita Francisco Arruza--, sobre
el proceso de construcción de la democracia en Venezuela, tema central del
libro de Gehard Cartay. Y se incluye en ese conjunto, con valiosas excepciones,
a quienes han buscado liderar la lucha política desde el relevo generacional.
Por eso es tan oportuna la nueva edición de “Caldera y Betancourt”. Cierto que
debe reconocerse un interés de nueva data en inquirir sobre la historia de
Venezuela, y en particular en relación con los llamados “antecedentes” que
explicarían el ascenso de la hegemonía roja. Y hay textos que reflejan ese
interés. Pero entre varios de estos, hay tanta tergiversación, tanta
acomodación partisana, cuando no falseamiento descarado, tanta basura
editorial, para usar unos términos tajantes, que una obra como la de Cartay,
seria, bien diseñada, bien documentada, y bien escrita, es un aporte genuino al
entendimiento de nuestra conciencia histórica.
El
objetivo de estas líneas es enfatizar tres tópicos que son definidos en el
libro de una manera esclarecedora, aunque el grueso de la opinión pública
considerase las cosas de otra manera. El primer tópico es que sin Acción
Democrática y Rómulo Betancourt no habría sido posible la construcción de la
democracia venezolana, pero... sólo con Acción Democrática y Rómulo Betancourt,
tampoco habría sido posible esa hazaña. A ver: AD con Betancourt como máximo
líder es el promotor fundamental de la nueva política del siglo XX. La política
de los partidos políticos. Sin éstos, la vieja política, la política de
tradición militar –con sus distintas expresiones, desde las plenamente
dictatoriales, hasta las inspiradas por un magisterio protocivilista-- habrían
permanecido en Miraflores. La construcción de la democracia habría quedado como
una quimera, o como un proyecto fallido, en el mejor de los “escenarios”. Sin
embargo, si AD y Betancourt hubieran persistido en la aspiración o
tendencia originaria de establecer una
hegemonía política, sin opciones reales de alternancia en el poder para otros
partidos o corrientes políticas, entonces esa hegemonía, por definición, no habría
sido democrática y, probablemente, habría traído de vuelta al factor militar al
centro del poder. No estamos especulando sobre hipótesis etéreas. El
desenvolvimiento del Trienio (1945-1948) y su truncada conclusión, sin
desmeritar ni un ápice su contribución al impulso de un proyecto nacional-democrático,
demuestran que las tendencias hegemónicas, más temprano que tarde, terminan
contradiciendo las aspiraciones democráticas.
Todo
esto quiere significar, que el papel de Copei y Caldera, en el proceso
constructor de la democracia, no es uno meramente importante, ni mucho menos
auxiliar; es un papel esencial, porque sin Copei y Caldera, no se hubiera
consolidado un equilibrio político que hiciera posible la alternancia, vale
decir, la verdadera construcción de una democracia perdurable. En otras
palabras, Copei y Caldera fueron un componente esencial de la democracia
venezolana, tal y como ésta se fue iniciando, desarrollando, arraigando, y
desde luego conduciendo al país durante décadas. Ello no menoscaba la
relevancia de Acción Democrática y, en especial, de Rómulo Betancourt. Al
contrario, la sitúa en una perspectiva de madurez y sana comprensión de la
democracia como un sistema de pesos y contrapesos. Y los mismos, por cierto, no
se improvisan o decretan, sino que se reconocen y aprovechan para darle piso a
la convivencia democrática. El tan comentado “sectarismo adeco” de los primeros
años en el poder, no resucitó, tal cual, en el complejo establecimiento de la
República Civil. El Pacto de Punto Fijo es una prueba fructífera, y no tanto porque
se haya suscrito, sino porque Betancourt y la mayor parte de AD, y Caldera y
Copei, a pesar de todos los pesares, lo cumplieron del primer al último día del
quinquenio inaugural de la naciente democracia. Quizá quien mejor lo admite y
congratula con su elocuencia singular, ha sido el propio presidente Betancourt,
como queda reflejado en esta obra. Y esto nos lleva al segundo tópico.
No
es cierto, como se ha alegado hasta el cansancio, de buena y mala fe, que Betancourt haya “inventado” a Caldera y a
Copei, como una especie de taumaturgo que necesitaba una contraparte formal
para la presentación democrática de su proyecto político. Gehard Cartay expone
la falsedad de ese alegato, no con opiniones teñidas por su adherencia a la
ideología socialcristiana, sino con argumentos documentados según criterios
profesionales. Viene a cuento la conseja de que todos tenemos derecho a
nuestras propias opiniones, pero no tenemos derecho a nuestros propios hechos.
Y los hechos son tercos, como proclamaba Lenin. Para comenzar, la génesis del
movimiento socialcristiano en Venezuela tiene una trayectoria y autonomía
propias. Siempre en el marco de la apertura que se inicia en 1936, que es el
contexto general para todas las iniciativas políticas de aquella época. Y ese
nacimiento del movimiento socialcristiano, cuya primera expresión principal es
la UNE, no es consecuencia de una directriz foránea, sino que es una expresión
profundamente nacional. A través de los años y de formas políticas diversas,
esa corriente política desemboca en la fundación de Copei, en 1946, como un
partido político de proyección hacia toda las regiones del país, y con la
vocación expresa de irse acuerpando para llegar democráticamente al poder. Lo
cual lograría al ganar las elecciones de 1968, luego de un proceso continuo de
crecimiento político que sobrevivió muchas adversidades, tanto por el
fundamentalismo en la dinámica política de origen democrático, como por el
ensañamiento de la dictadura militar.
Caldera
no llegó a la presidencia gracias a unas muletas de Betancourt. Y si se aduce
que su victoria es efecto de una división de AD instigada por Betancourt, acaso
para favorecerlo; Cartay responde con claridad esos peregrinos señalamientos,
recordando que el ámbito político de centro, opuesto o distinto a AD, también
fue dividido a esos comicios. La expansión política de Copei y del liderazgo de
Caldera, se entendía entonces, que lo encaminaría a liderar el gobierno. No fue
sorpresivo su triunfo ni podía serlo, dado el historial de constante ascenso de
esa parcialidad política y de su figura principal. No obstante, Rómulo
Betancourt tiene en relación a Caldera y Copei, un mérito que se debe valorar y
que por diversos motivos no se hace: el de darse cuenta que la construcción de
la democracia, sobre todo a partir de 1958, requería de modo esencial de la
participación activa de los socialcristianos. Pudo no haberlo hecho. Pudo
haberse equivocado, por ejemplo, y apostar el sustento de la democracia en
Jóvito Villalba y su partido. Pero Betancourt no se volvió a equivocar. Acertó.
Y ese acierto es consecuencia del reconocimiento de una realidad política, más
allá de sus preferencias. Y esa realidad la constituyó la fuerza y
representatividad nacional alcanzada por Caldera y Copei, a lo largo de una
dilatada y complicada lucha política. Si además esa realidad no contravenía sus
convicciones de estadista y político de raza, mejor todavía. Y estas
reflexiones nos conducen al tercer tópico.
Gehard
Cartay se explaya con soltura y conocimiento sobre las diferencias entre
Caldera y Betancourt, en cuanto a la formación política, sus orientaciones
ideológicas, sus peculiaridades al ejercer el liderazgo partidista y
gubernamental, y otros aspectos de importancia. Pero lo novedoso de su análisis
es que no se limita al amplio tema de las diferencias, sino que también se
ocupa de las semejanzas. Por las razones propias de un prólogo –que tiene por
finalidad presentar un libro y no esbozar otro--, destaco tres semejanzas que
Cartay considera extensamente, aunque no las desglose en la misma secuencia.
La
primera semejanza es que Betancourt y Caldera, Caldera y Betancourt, a los
efectos de estas consideraciones, el orden de los factores no altera el
producto… fueron caudillos políticos. Los grandes caudillos políticos de la democracia
venezolana. Un caudillo es un jefe que no tiene par en su colectivo. Lo
específico de Caldera y Betancourt es que fueron caudillos civiles. Su arma no
era el fusil sino la pluma y el estrado. Su instrumento no era el ejército, de
montonera o de academia, sino el partido político. Su proyecto no era
simplemente llegar y mantenerse en el poder, sino promover una transformación
política, económica y social de la nación venezolana, en el horizonte de una
democracia hecha en Venezuela, y sujeta a reglas institucionales. Los
caudillos, por más disimiles que sean en innumerables cuestiones, pueden
entenderse en tanto caudillos. Se advierten recíprocamente como tales y pueden
ponerse de acuerdo, en medio de situaciones extremas que favorecen el conflicto
o la confrontación. No será muy académica esta aseveración, pero tampoco es
aventurada. La experiencia lo confirma.
Una
segunda semejanza es que Betancourt, bisoño aún, entendió que el quehacer
político exigía la creación de un partido político. No de una corriente de
opinión o de un movimiento de voluntades más o menos convergentes. No. De una
estructura política, con una doctrina delimitada, con unos comandos de
dirección, con una presencia organizativa a lo largo y ancho del país, y con la
explícita vocación de luchar para alcanzar el poder y llevar a la realidad su
proyecto de transformación. Caldera también lo entendió de esa manera, y actuó
en consecuencia. AD se funda oficialmente en 1941 y Copei en 1946. No sería una
insensatez el afirmar que un principio rector de estos dos partidos fue el
centralismo democrático. Eufemismo leninista para denominar al partido de masas
con un mando vertical, en el que hay espacio para discutir sobre la decisión
más conveniente, pero una vez adoptada, se acaban los espacios deliberativos y
se impone una línea única de acción. AD demostró ser un partido más heterogéneo
que Copei. Sus traumáticas divisiones internas ocurrieron en un tiempo en que
importantes voceros copeyanos se ufanaban que su partido era “anti-sísmico”.
Pero esto es secundario al asunto principal: ni Betancourt ni Caldera concebían
que pudiera existir una actividad política eficaz sino a través de partidos
políticos. Y buena parte de sus vidas en el dominio público, estuvieron
dedicadas a forjarlos.
Una
tercera semejanza tiene que ver con la centralidad de la cuestión social en el
discurso y en el obrar político. Desde fuentes intelectuales distintas: el
marxismo primero y el reformismo nacionalista después, en Rómulo Betancourt; y
la Justicia Social, inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia y el Derecho
Laboral de América Latina, en Rafael Caldera; la temática social siempre está
en la vanguardia del mensaje. No es una casualidad, ni menos una extraña
confluencia desde posiciones ideológicas diferentes. La semejanza rebasa las
rígidas categorías de izquierda o derecha, que muchas veces no aclaran sino
oscurecen las explicaciones. Gehard Cartay lo sugiere y me permito seguirlo al
sostener que la primacía de lo social surge de la propia realidad que vivía
Venezuela, cuando las libertades públicas empiezan a permitir que el país se
vea en el espejo de una miseria generalizada, de un atraso educativo pasmoso y
de una situación de insalubridad pública de proporciones trágicas. El Programa
de Febrero, anunciado y comenzado a llevar adelante en el gobierno de
transición del general Eleazar López Contreras, es un signo ejemplar de la
entrada del drama social en la máxima ocupación oficial del Estado venezolano.
¿Cómo no iban el nacional-revolucionario Betancourt, y el social-laboralista
Caldera, asumir ese drama como el núcleo capital de sus respectivas propuestas
políticas? Y lo hicieron desde el principio, Betancourt en sus abundantes
escritos durante el exilio gomecista, y a su retorno a Venezuela en su infatigable
tarea de difusión política; y Caldera desde sus columnas estudiantiles en la
prensa, y en su labor universitaria y legislativa como promotor del concepto del trabajo como hecho
social.
El
lema fundacional de AD fue “Pan, Tierra y Trabajo”, y el de Copei: “Por la
Justicia Social en una Venezuela mejor”. La centralidad de lo social es, como
se expresaría ahora: “pública, notoria y comunicacional”… Algunos, en estos
años de mengua, creen que están innovando al proponer la consigna de una
“democracia social”. No es ni nueva ni original. No sé si sus recientes
proponentes estarán al tanto, pero la noción de democracia social se encuentra
en los cimientos del proceso de la construcción de la democracia venezolana,
tanto en Betancourt como en Caldera. Una dimensión de la importancia de lo
social en la lucha política, es su valoración desde una óptica nacional,
asentada en nuestra historia, y con la aspiración de superar las extremas
necesidades con base a políticas nacionales, no a fórmulas internacionalistas,
viniesen de donde viniesen.
Estas
apretadas páginas son, apenas, una presentación muy escueta de una obra de
trascendencia. “Caldera y Betancourt:
Constructores de la Democracia”, lo es, sin lugar a dudas. Su “incorrección
política” en relación a la caricatura de cultura política que impera en
Venezuela, puede que la haga llamativa. Pero lo más deseable es que contribuya
a que no sigamos olvidando el pasado, y por el contrario lo rescatemos con las
luces que merece. Y no quisiera concluirlas sin hacer una referencia a Gehard
Cartay Ramírez, político y escritor, quien ha dedicado su vida pública no sólo
a la acción política y gubernativa, como parlamentario socialcristiano y
exitoso gobernador de su tierra natal, el estado Barinas; sino también a pensar
y escribir sobre la historia contemporánea de Venezuela, desde múltiples
ángulos y privilegiando el género histórico-biográfico. Mi buen y respetado
amigo, Gehard Cartay tiene mucho por hacer en este país que necesita hacerse de
nuevo.
Caracas,
mayo, 2018
(Prólogo de Fernando Luis Egaña a la segunda edición de mi libro "Caldera y Betancourt, Constructores de la Democracia". Publicado en el "Papel Literario" de "El Nacional", sábado 13 de abril de 2019.)
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
domingo, 3 de marzo de 2019
Acaban de cumplirse 30 años de "El Caracazo", un evento que dejó muertos, heridos y desaparecidos, luego de varios días de saqueos y desórdenes. Y aunque no fue un hecho espontáneo, sí habían entonces descontento y rabia en muchos sectores, aunque no en el grado superlativo de hoy en día, cuando -al menos desde hace algo más de un lustro- han explotado "Caracazos" en casi todos los pueblos de Venezuela.
Transcribo a continuación un fragmento de mi libro "Cómo se destruye un país" (Editorial Los Libros de El Nacional), relativo a aquellos trágicos sucesos.
Explota “el Caracazo”
La difícil situación económica y social que heredaba CAP –sobre todo
cuando la ingenua esperanza popular creía que vendrían tiempos mejores, tal
como lo había ofrecido el candidato ganador- no podía sino ser el apropiado
caldo de cultivo para una explosión social inminente.
Y así fue: el 27 de febrero de
1989, 25 días después de haber tomado CAP posesión de la Presidencia de la República , se produjo en
Caracas y en distintos sitios del país una insurgencia aparentemente espontánea, no dirigida
ni liderizada por organización o grupo alguno en particular, sino producto de
la ira de algunos sectores populares. Fue conocida como el Caracazo y produjo centenares
de muertos y desaparecidos, miles de heridos y detenidos, incontables
saqueos y milmillonarias pérdidas económicas. Y produjo, también, el fin de una
era política y partidista, así como un alerta roja frente a las perversiones de
la democracia, su ineficacia y, sobre todo, su creciente corrupción.
El Caracazo ha sido el hecho
de mayor violencia que se ha registrado en la reciente vida venezolana. Se
inició tempranamente el 27 de febrero de 1989 con una airada protesta de
algunos pobladores de Guarenas, Estado Miranda, a escasos 40 kilómetros de
Caracas, por el aumento de los precios del transporte colectivo. De allí pasó a
Caracas y se extendió en un primer momento por el centro de la ciudad, luego
hacia el oeste y posteriormente hacia el este. La violencia se apoderó de los
cuatro costados de la metrópolis, convertida en múltiples saqueos, disparos,
enfrentamientos con la policía, confusión y caos total. Aquellos dantescos
escenarios eran trasmitidos en vivo
por los canales de TV a todo el país. Ese día la fuerza pública fue desbordada
y derrotada por la insurrección.
A la mañana siguiente, 28 de febrero, los desórdenes aumentaron en
Caracas. Ya las imágenes de la
televisión habían producido su efecto contagioso en otras partes del país. El
gobierno, tomado por sorpresa el día anterior, no reaccionaba aún. El
presidente Pérez había estado en Barquisimeto y al regresar probablemente
desestimó los alcances de aquella furia popular, al igual que sus cercanos colaboradores.
Sería en horas de la tarde de ese mismo día cuando CAP resolvería suspender las
garantías constitucionales, decretar el toque de queda y sacar el ejército a la
calle para contener los saqueos y las diversas manifestaciones de violencia.
Por supuesto que de allí a una matanza indiscriminada sólo había un paso. El
ejército no estaba preparado para este tipo de contingencias, a diferencia de la Guardia Nacional.
A sangre y fuego, en todo caso, los militares controlaron la situación luego de
varios días de combate, pero con un saldo trágico de víctimas, muchas de ellas
inocentes, cruelmente atrapadas en aquel tráfago de muerte y dolor.
Hubo innumerables violaciones a los derechos humanos, según
denunciarían posteriormente las organizaciones no gubernamentales del ramo e,
incluso, se habló de ejecuciones sumarias, de razzias incontrolables en barrios y urbanizaciones, así como
de ametrallamientos indiscriminados
contra humildes familias en sus propias viviendas. El entonces diputado y ex
candidato presidencial Teodoro Petkoff denunció en el Congreso “numerosos casos de fríos asesinatos: heridos rematados, muertos
en allanamientos, sin mediar palabras, sorprendidos con tiros por la espalda,
con tiros en la nuca, acribillados en su propia casa, mientras veían
televisión; fusilados sumariamente, en
plena calle; víctimas de la ley de fuga y muertos por la espalda; asesinados en
sus vehículos, cuando regresaban pacíficamente a sus hogares; masacrados porque no se detuvieron cuando les
dieron la voz de “alto”, transeúntes pacíficos acribillados en la calle desde
módulos policiales; detenidos que fueron conminados a subir a un camión militar
y luego asesinados por soldados y tirados en un zanjón; en fin una verdadera
matanza, sin lógica, sin sentido, sin coherencia, sin la menor explicación
racional, sin justicia, por supuesto”(6). Y todo ello sin hablar de los
desaparecidos. En definitiva, aquello fue toda una tragedia nacional, como
nunca antes seguramente se había visto en nuestro angustioso devenir histórico.
Sólo después de cinco días de cruentos combates, la calma volvió a
Caracas y a otras ciudades, pero a un costo humano, social, político y
económico muy grande. La ciudad capital semejaba un gigantesco basurero, un
auténtico escenario de guerra, en medio de olores putrefactos y de una gran
tristeza. De un sitio a otro, familias enteras buscaban desesperadamente a
padres, hijos, esposos, esposas y amigos desaparecidos en aquellos turbulentos
días. Por si fuera poco, el desabastecimiento alimentario golpeó entonces a los
ya aterrados habitantes capitalinos, en virtud de la casi absoluta falta de
provisiones. Se implementó inmediatamente un plan aéreo para traerlas del
interior, a través del aeropuerto de La Carlota. Pero la
labor era ciclópea. La gran mayoría de abastos y supermercados de Caracas ya no
existían debido a los saqueos, y en los escasos mercados populares que fueron
abastecidos poco después hubo trifulcas y largas colas para adquirir algunos
alimentos. Por supuesto que toda esta difícil situación estaba acompañada de
brotes especulativos por parte de comerciantes y traficantes inescrupulosos, lo
que obligó a las autoridades a decretar una cesta básica mínima y una estricta
vigilancia de precios por parte de los militares. El transporte colectivo tardó
varios días en normalizarse, así como las labores de aseo urbano y
mantenimiento de la metrópolis, cuyas calles estaban cubiertas por miles de
toneladas de basura e impregnadas de todo tipo de olores nauseabundos. Los
organismos de seguridad fueron declarados en emergencia ante aquel cuadro
dramático de establecimientos, locales y centros comerciales saqueados,
destruidos o incendiados.
El trauma psicológico experimentado por los venezolanos, a propósito de
todos estos hechos de violencia, no sería superado fácilmente y por muchos
años. El miedo y la desconfianza entre unos y otros se convertiría, a la
postre, en un complejo colectivo que no se esfumaría tampoco rápidamente con el
tiempo. Venezuela sería otra luego del
Caracazo, y no volvería a ser la misma desde entonces.
Se iniciaba entonces un nuevo país, una nueva historia, una nueva
etapa. Vendrían inexorablemente nuevos escenarios y nuevos actores. Aquello no
había sido una simple explosión social, pasajera y transitoria, sino la señal
indiscutible de que las cosas iban a cambiar, a pesar de la resistencia, la
torpeza o el desprecio del liderazgo venezolano de entonces. Por de pronto, tal
vez aturdida por los acontecimientos, la clase dirigente no se dio cuenta de lo
que había ocurrido. Tardaría todavía unos años más para comprenderlo.
Abogado por la Universidad Central de Venezuela (1973), dirigente político demócrata cristiano, Diputado al Congreso de Venezuela (1974-1992), Gobernador del Estado Barinas por elección popular (1992-1996), escritor y columnista de prensa, autor de varios libros sobre historia contemporánea venezolana.
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