sábado, 25 de mayo de 2019

136 aniversario del natalicio de Alfredo Arvelo Larriva

Ayer se cumplieron 136 años del natalicio del eximio poeta bariniteño Alfredo Arvelo Larriva. No hubo ninguna conmemoración oficial ni particular al respecto, a pesar de ser nuestro bardo paisano uno de los poetas más importantes del siglo XX venezolano. Pero ya se sabe que para el chavomadurismo la historia se reduce a tres nombres: Bolívar, Zamora y Chávez. Y del mundo civil absolutamente nadie merece ser recordado porque, sencillamente, no existe para el régimen.

Cito a continuación una parte de mi libro "Baquiano, volando rumbos. Vida y obra de Alberto Arvelo Torrealba" (2017), donde menciono la relación entre ambos poetas y primos: "El primo Alfredo Arvelo Larriva: En 1924, cumplidos los veinte años, el joven Arvelo Torrealba fue enviado a Caracas a realizar sus estudios secundarios. Barinas carecía entonces de institutos educacionales que ofrecieran tal posibilidad y en las ciudades cercanas donde funcionaban institutos de educación media, como Barquisimeto o Mérida, no residían familiares o amigos de confianza. Caracas era en aquel tiempo una ciudad pequeña -no llegaba a los doscientos mil habitantes-, apacible y agradable, con un atrayente clima y un ambiente ideal para el estudio y la reflexión. Tenía también, a pesar de su tamaño, una cierta vida cultural, en la medida en que el gomecismo la permitía, es decir, siempre que no estorbase los planes del dictador para perpetuarse en el poder. En la capital de la República vivía el poeta Alfredo Arvelo Larriva, sobrino y amigo de don Pompeyo. Alfredo, a quien confiaron finalmente el cuidado del primo adolescente, le llevaba 20 años y era ya un poeta consagrado en los círculos literarios y en la prensa caraqueña. Había publicado dos libros de poesía -Enjambre de rimas, en 1906, y Sones y canciones, en 1909-, aparte de escribir con frecuencia en la prensa capitalina y en algunas publicaciones especializadas, como El Cojo Ilustrado y La Lectura Semanal. Perteneció a la segunda generación modernista venezolana, junto a Jesús Semprún, Luis Correa, Alejandro Carías, Sergio Medina y José Tadeo Arreaza Calatrava. “La época en que escribió -reseñaría años después otro barinés, el también poeta Rafael Ángel Insausti-, saturada de la influencia de Rubén Darío, explica algunas excelencias y algunos defectos y debilidades de su poesía. Pero al revés de innúmeros hispanoamericanos que vivieron y murieron en olor de imitación, él intentó desde sus primeros poemas definir y acentuar las cualidades de que estaba inconfundiblemente dotado (…) Supo singularizar su verso, ágil, ecoante, conciso, viril por la fuerza de su textura y por el prurito de crearse a cada paso dificultades, no más que para saborear los placeres de la lid y del vencimiento (…) Había nacido para las grandes audacias, de esas que casi cambian la fisonomía de los idiomas. Lástima que se satisficiera con poco”.

La de Arvelo Larriva fue, sin duda, una personalidad trágica. En 1905, estando en Ciudad Bolívar, de paso para el Territorio Amazonas, muere su adversario en un lance personal. Permanecerá luego ocho largos años preso en las cárceles de Ciudad Bolívar, Maracaibo y Caracas. En ese tiempo publica los dos libros señalados y en 1911 funda la revista Sagitario. En marzo de 1913 sale en libertad, pero ese mismo año vuelve a la cárcel, esta vez por conspirar contra la dictadura gomecista, al lado del general Román Delgado Chalbaud, quien vive exilado en Francia. Ocho años después, en agosto de 1921, sale en libertad. Entre 1922 y 1927 residirá en Caracas, pero se trasladará con cierta frecuencia a Barinitas. Será entre 1924 y 1927 cuando Arvelo Torrealba entrará en contacto directo y personal con su primo Arvelo Larriva. Debió ejercer, desde luego, una enorme influencia sobre el estudiante, pues aparte del parentesco, Arvelo Larriva tenía su representación legal. Muchas seguramente fueron las tertulias entre el poeta en ciernes y el poeta ya consagrado, y tal vez por eso en los primeros versos del más joven se nota un cierta influencia del bardo bariniteño. Sin embargo, el poeta Arvelo Larriva viajará a Europa en 1927, y aún cuando volverá en 1928, cumpliendo tareas conspirativas bajo la jefatura del general Román Delgado Chalbaud, una vez fracasada la aventura del Falke en las costas de Cumaná, se trasladará en 1929 a Colombia y México, luego a Barcelona y, finalmente, a Madrid, donde morirá el 13 de mayo de 1934, a los 51 años de edad, víctima de un infarto". .

martes, 16 de abril de 2019

Arvelo y Cartay, dos hombres de palabra

 • Sábado 13 de abril de 2019
“Baquiano, volando rumbos”, de Gehard Cartay Ramírez
Baquiano, volando rumbos
Gehard Cartay Ramírez
Ensayo biográfico
Fondo Editorial de la Alcaldía de Barinas
Barinas, 2017
ISBN: 978-980-7771-03-0

I

La intención de esta crónica es la de celebrar con mi aplauso la aparición del ensayo Baquiano, volando rumbos, de la autoría de Gehard Cartay Ramírez, escritor de muchos rumbos y valía. Se trata de un hermoso relato de la vida y obra del poeta nacional Alberto Arvelo Torrealba (uno de ellos), un libro lleno de horizontes reveladores de las cosas más sencillas y desconocidas del autor de Florentino y el Diablo. Es pues, la obra de Cartay un lugar donde el retrato del poeta Arvelo se multiplica y se va como el tañío de los copleros a los distintos rincones que el espíritu del hombre dispone para sus emociones más profundas.

II

Respetables escritores venezolanos como Alexis Márquez Rodríguez con Aquellos mundos tersos; Orlando Araujo con Contrapunteo de la vida y la muerte, que le valió el Premio Nacional de Literatura; Humberto Febres Rodríguez con En negra orilla del mundo, y más recientemente Frank Pérez Contreras con Caminos del desamparo, Florentino y el Diablo (poesía y códigos poéticos de Arvelo Torrealba), pero ninguno, sin soslayar sus aportes para la comprensión de la obra de Arvelo, pudo develar la verdadera estatura intelectual y creadora del poeta de Música de cuatro: educador, jurisconsulto, ensayista, diplomático y, aunque suene redundante, poeta, gran poeta, como lo ha hecho Gehard Cartay, al descubrir las edades con que Arvelo Torrealba cultivó su vida, a su paso por este lado del planeta; todo esto gracias a la investigación disciplinada que durante años realizó para darse la mano con el hombre de la palabra encantada que el llano canta en verano y en invierno.

III

Baquiano, volando rumbos, fue editado por el Fondo Editorial Municipal de la Alcaldía de Barinas en 2017, y como cosa curiosa, por lo novedoso en la ensayística universal, Cartay Ramírez logra el cuerpo del libro como si desenvolviera papeles antiguos, rebosantes de poesía, para la historia de la literatura venezolana, la figura total de Alberto Arvelo Torrealba, la palabra que eterniza al hombre con su tierra, que inventó para vivir en poesía.

IV

Ya Arvelo venció, definitivamente, al Diablo, que lo tenía, entre cantos y lejanías. Su permanencia en la ciudad natal (Barinas) es relatada con bonitura por Cartay Ramírez, sus idas y venidas, siempre con la poesía a flor de labios; la vida estudiantil del poeta en Caracas también es minuciosamente narrada, donde fue condiscípulo de unos que fueron presidentes, ministros, científicos y grandes escritores.

V

Baquiano, volando rumbos, es para mí obra definitiva para el conocimiento integral del hombre que marcó los caminos de su vida con la poesía y el amor por su tierra nativa. Espero que se encienda una vela en el cuarto oscuro y aparezca una editorial que se interese en hacer una edición con un tiraje considerable, porque Baquiano, volando rumbos, es hasta ahora como un secreto, por lo limitado de su edición; la obra de Cartay Ramírez, abogado, político y escritor, bien vale la pena, va mi aplauso.
Alberto José Pérez

Alberto José Pérez

Poeta, editor y comentarista literario venezolano (El Samán, Apure, 1951). Ha publicado unos veinte libros de poesía, crónicas de libros y entrevistas. Sus últimos títulos son Un poeta como yo (Ediciones Mucuglifo), Confesionales (El Perro y La Rana), En la alta noche (Fondo Editorial del Caribe), La revelación del otro (El Perro y La Rana) y Pequeña antología (Editorial La Espada Rota). Es colaborador permanente de Contenido,suplemento literario del diario El Periodiquito. Ha sido galardonado con el Premio Único de Poesía de la Bienal de Literatura de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y con el Premio Nacional de Poesía “Centenario de Enriqueta Arvelo Larriva”. Fue distinguido por la Red de Escritores de Venezuela con el premio “Compañero de Viaje”, en reconocimiento a su contribución a las letras nacionales. Reside en Santa Clara (Barinas).

Sus textos publicados antes de 2015
166 • 171 • 174 • 181 • 187 • 188 • 195 • 201 • 205 • 210 • 211 • 216 • 228 • 230 • 239 • 246 • 249 • 260 • 263 • 264 • 265• 266 • 271 • 273 • 276 • 280 • 289 • 296
Editorial Letralia: XIII. Experimento de letromancia (coautor)

domingo, 14 de abril de 2019


Un libro políticamente incorrecto

Fernando Luis Egaña

“Caldera y Betancourt: Constructores de la Democracia”, publicado en 1987 por el político y escritor venezolano Gehard Cartay Ramírez, con el sello editorial de Centauro, es decir de José Agustín Catalá, puede ser considerado como un libro “políticamente incorrecto”. Es más, como la suma de lo que es un libro “políticamente incorrecto”, en lo que se refiere a la historia de la democracia venezolana. En realidad, no toda su historia, sino la que va desde los albores de la lucha democrática en el siglo XX, hasta básicamente el caudaloso boom de los precios del petróleo, cuando ya finalizaba el tercer período presidencial de la República Civil, el presidido por Rafael Caldera de 1969 a 1974. El tema del libro es la importancia de Caldera y Betancourt en la construcción de la democracia. Al presentarse en 1987, ya Rómulo Betancourt había concluido su “parábola vital”, en 1981, y Rafael Caldera mantenía una intensa actividad como Senador Vitalicio y como líder político, tanto dentro como fuera de las fronteras del partido socialcristiano Copei. Y es evidente que la democracia que tanto costó construir, ya había entrado en un período de aguda crisis y, en no pocos aspectos, de descomposición, que el autor no ignora sino que pondera con angustia. Pero como es mi deber ceñirme al libro que intento prologar, le ahorraré al amable lector mis propias elucubraciones sobre esa accidentada historia que se desenvuelve vertiginosamente en la parte final del siglo pasado. Etapa cuyo examen de activos y pasivos todavía está por realizarse de una manera exhaustiva y desapasionada. Sus pasivos, reales e imaginarios, han sido objeto de machacona insistencia. Sus activos, no. Ese balance hay que hacerlo. Esperemos que Gehard Cartay disponga su talento en esa dirección. La densa apostilla que el autor incorpora al texto original, para precisamente hacer una sucinta evaluación de los tiempos posteriores a 1987, puede indicar que una nueva obra que complete la historia de la democracia, está por concebirse y adelantarse. Ojalá y así sea.
Volviendo, pues, a la “incorrección política”, tenemos que empezar por el principio, o el título del libro: colocar a Caldera antes de Betancourt, por lo menos sería una osadía, y para no pocos una herejía, y ya no tanto en relación con la “historia oficial” del presente, de la cual ambos se encuentran erradicados, sino de eso que llaman la sabiduría convencional o el sentido común. El entonces Senador Vitalicio Rafael Caldera, en sus palabras en la presentación del libro, reconoció claramente que Betancourt es “una figura a la cual correspondió el primer lugar, la primera responsabilidad en el proceso de establecimiento y consolidación de la democracia venezolana”. ¿Cómo es eso que el nombre del “padre de la democracia” vaya después de cualquier otro nombre, al ser historiada la propia democracia? No luce razonable. Incluso luce de mala índole. Más adelante veremos por qué el título seleccionado por Cartay no es una osadía, ni por supuesto una herejía, ni tampoco una distorsión interesada de la realidad histórica. Tiene una justificación que no suele apreciarse, que seguramente no fue apreciada lo suficiente en el tiempo de la publicación del libro, ni con posterioridad, pero que ahora debe plantearse de nuevo, con toda la insistencia de la verdad.
Hace poco me topé con una expresión aleccionadora: el olvido del pasado, implica, inexorablemente, la obliteración del futuro… Es una expresión radical en la que no caben fracturas. Y es una expresión veraz en relación con la tragedia venezolana del siglo XXI. Obliterar significa tachar, borrar, obstruir, devastar, en pocas palabras: anular la posibilidad de un futuro humano y digno, en el sentido que la referida expresión tiene para nuestro país. Obliterado se perfila el futuro de Venezuela, tanto o más de lo obliterado que ha estado su devenir bajo la egida de la hegemonía despótica y depredadora que viene imperando sobre la nación venezolana. Y en gran medida ello se debe al olvido del pasado. Pero no únicamente el olvido natural que se va produciendo con el paso de los años, que desdibuja la memoria y difumina los recuerdos. No. Otro tipo de olvido. Uno manufacturado por y desde el poder. Uno impuesto por las malas y las peores a través de todos los recursos públicos, y aceptado con poca o ninguna crítica por parte de mucha gente llamada a defender la trayectoria de nuestra democracia, pero que prefirió quedarse callada o, peor aún, transmutarse en colaboradores de lo que Manuel Caballero calificó como la pretensión de abolir la historia.

De allí que el conjunto de las nuevas generaciones manifieste una ignorancia crasa y supina –como le gustaba decir al sacerdote jesuita Francisco Arruza--, sobre el proceso de construcción de la democracia en Venezuela, tema central del libro de Gehard Cartay. Y se incluye en ese conjunto, con valiosas excepciones, a quienes han buscado liderar la lucha política desde el relevo generacional. Por eso es tan oportuna la nueva edición de “Caldera y Betancourt”. Cierto que debe reconocerse un interés de nueva data en inquirir sobre la historia de Venezuela, y en particular en relación con los llamados “antecedentes” que explicarían el ascenso de la hegemonía roja. Y hay textos que reflejan ese interés. Pero entre varios de estos, hay tanta tergiversación, tanta acomodación partisana, cuando no falseamiento descarado, tanta basura editorial, para usar unos términos tajantes, que una obra como la de Cartay, seria, bien diseñada, bien documentada, y bien escrita, es un aporte genuino al entendimiento de nuestra conciencia histórica.

El objetivo de estas líneas es enfatizar tres tópicos que son definidos en el libro de una manera esclarecedora, aunque el grueso de la opinión pública considerase las cosas de otra manera. El primer tópico es que sin Acción Democrática y Rómulo Betancourt no habría sido posible la construcción de la democracia venezolana, pero... sólo con Acción Democrática y Rómulo Betancourt, tampoco habría sido posible esa hazaña. A ver: AD con Betancourt como máximo líder es el promotor fundamental de la nueva política del siglo XX. La política de los partidos políticos. Sin éstos, la vieja política, la política de tradición militar –con sus distintas expresiones, desde las plenamente dictatoriales, hasta las inspiradas por un magisterio protocivilista-- habrían permanecido en Miraflores. La construcción de la democracia habría quedado como una quimera, o como un proyecto fallido, en el mejor de los “escenarios”. Sin embargo, si AD y Betancourt hubieran persistido en la aspiración o tendencia  originaria de establecer una hegemonía política, sin opciones reales de alternancia en el poder para otros partidos o corrientes políticas, entonces esa hegemonía, por definición, no habría sido democrática y, probablemente, habría traído de vuelta al factor militar al centro del poder. No estamos especulando sobre hipótesis etéreas. El desenvolvimiento del Trienio (1945-1948) y su truncada conclusión, sin desmeritar ni un ápice su contribución al impulso de un proyecto nacional-democrático, demuestran que las tendencias hegemónicas, más temprano que tarde, terminan contradiciendo las aspiraciones democráticas.
Todo esto quiere significar, que el papel de Copei y Caldera, en el proceso constructor de la democracia, no es uno meramente importante, ni mucho menos auxiliar; es un papel esencial, porque sin Copei y Caldera, no se hubiera consolidado un equilibrio político que hiciera posible la alternancia, vale decir, la verdadera construcción de una democracia perdurable. En otras palabras, Copei y Caldera fueron un componente esencial de la democracia venezolana, tal y como ésta se fue iniciando, desarrollando, arraigando, y desde luego conduciendo al país durante décadas. Ello no menoscaba la relevancia de Acción Democrática y, en especial, de Rómulo Betancourt. Al contrario, la sitúa en una perspectiva de madurez y sana comprensión de la democracia como un sistema de pesos y contrapesos. Y los mismos, por cierto, no se improvisan o decretan, sino que se reconocen y aprovechan para darle piso a la convivencia democrática. El tan comentado “sectarismo adeco” de los primeros años en el poder, no resucitó, tal cual, en el complejo establecimiento de la República Civil. El Pacto de Punto Fijo es una prueba fructífera, y no tanto porque se haya suscrito, sino porque Betancourt y la mayor parte de AD, y Caldera y Copei, a pesar de todos los pesares, lo cumplieron del primer al último día del quinquenio inaugural de la naciente democracia. Quizá quien mejor lo admite y congratula con su elocuencia singular, ha sido el propio presidente Betancourt, como queda reflejado en esta obra. Y esto nos lleva al segundo tópico.

No es cierto, como se ha alegado hasta el cansancio, de buena y mala fe,  que Betancourt haya “inventado” a Caldera y a Copei, como una especie de taumaturgo que necesitaba una contraparte formal para la presentación democrática de su proyecto político. Gehard Cartay expone la falsedad de ese alegato, no con opiniones teñidas por su adherencia a la ideología socialcristiana, sino con argumentos documentados según criterios profesionales. Viene a cuento la conseja de que todos tenemos derecho a nuestras propias opiniones, pero no tenemos derecho a nuestros propios hechos. Y los hechos son tercos, como proclamaba Lenin. Para comenzar, la génesis del movimiento socialcristiano en Venezuela tiene una trayectoria y autonomía propias. Siempre en el marco de la apertura que se inicia en 1936, que es el contexto general para todas las iniciativas políticas de aquella época. Y ese nacimiento del movimiento socialcristiano, cuya primera expresión principal es la UNE, no es consecuencia de una directriz foránea, sino que es una expresión profundamente nacional. A través de los años y de formas políticas diversas, esa corriente política desemboca en la fundación de Copei, en 1946, como un partido político de proyección hacia toda las regiones del país, y con la vocación expresa de irse acuerpando para llegar democráticamente al poder. Lo cual lograría al ganar las elecciones de 1968, luego de un proceso continuo de crecimiento político que sobrevivió muchas adversidades, tanto por el fundamentalismo en la dinámica política de origen democrático, como por el ensañamiento de la dictadura militar.

Caldera no llegó a la presidencia gracias a unas muletas de Betancourt. Y si se aduce que su victoria es efecto de una división de AD instigada por Betancourt, acaso para favorecerlo; Cartay responde con claridad esos peregrinos señalamientos, recordando que el ámbito político de centro, opuesto o distinto a AD, también fue dividido a esos comicios. La expansión política de Copei y del liderazgo de Caldera, se entendía entonces, que lo encaminaría a liderar el gobierno. No fue sorpresivo su triunfo ni podía serlo, dado el historial de constante ascenso de esa parcialidad política y de su figura principal. No obstante, Rómulo Betancourt tiene en relación a Caldera y Copei, un mérito que se debe valorar y que por diversos motivos no se hace: el de darse cuenta que la construcción de la democracia, sobre todo a partir de 1958, requería de modo esencial de la participación activa de los socialcristianos. Pudo no haberlo hecho. Pudo haberse equivocado, por ejemplo, y apostar el sustento de la democracia en Jóvito Villalba y su partido. Pero Betancourt no se volvió a equivocar. Acertó. Y ese acierto es consecuencia del reconocimiento de una realidad política, más allá de sus preferencias. Y esa realidad la constituyó la fuerza y representatividad nacional alcanzada por Caldera y Copei, a lo largo de una dilatada y complicada lucha política. Si además esa realidad no contravenía sus convicciones de estadista y político de raza, mejor todavía. Y estas reflexiones nos conducen al tercer tópico.
Gehard Cartay se explaya con soltura y conocimiento sobre las diferencias entre Caldera y Betancourt, en cuanto a la formación política, sus orientaciones ideológicas, sus peculiaridades al ejercer el liderazgo partidista y gubernamental, y otros aspectos de importancia. Pero lo novedoso de su análisis es que no se limita al amplio tema de las diferencias, sino que también se ocupa de las semejanzas. Por las razones propias de un prólogo –que tiene por finalidad presentar un libro y no esbozar otro--, destaco tres semejanzas que Cartay considera extensamente, aunque no las desglose en la misma secuencia.
La primera semejanza es que Betancourt y Caldera, Caldera y Betancourt, a los efectos de estas consideraciones, el orden de los factores no altera el producto… fueron caudillos políticos. Los grandes caudillos políticos de la democracia venezolana. Un caudillo es un jefe que no tiene par en su colectivo. Lo específico de Caldera y Betancourt es que fueron caudillos civiles. Su arma no era el fusil sino la pluma y el estrado. Su instrumento no era el ejército, de montonera o de academia, sino el partido político. Su proyecto no era simplemente llegar y mantenerse en el poder, sino promover una transformación política, económica y social de la nación venezolana, en el horizonte de una democracia hecha en Venezuela, y sujeta a reglas institucionales. Los caudillos, por más disimiles que sean en innumerables cuestiones, pueden entenderse en tanto caudillos. Se advierten recíprocamente como tales y pueden ponerse de acuerdo, en medio de situaciones extremas que favorecen el conflicto o la confrontación. No será muy académica esta aseveración, pero tampoco es aventurada. La experiencia lo confirma.
Una segunda semejanza es que Betancourt, bisoño aún, entendió que el quehacer político exigía la creación de un partido político. No de una corriente de opinión o de un movimiento de voluntades más o menos convergentes. No. De una estructura política, con una doctrina delimitada, con unos comandos de dirección, con una presencia organizativa a lo largo y ancho del país, y con la explícita vocación de luchar para alcanzar el poder y llevar a la realidad su proyecto de transformación. Caldera también lo entendió de esa manera, y actuó en consecuencia. AD se funda oficialmente en 1941 y Copei en 1946. No sería una insensatez el afirmar que un principio rector de estos dos partidos fue el centralismo democrático. Eufemismo leninista para denominar al partido de masas con un mando vertical, en el que hay espacio para discutir sobre la decisión más conveniente, pero una vez adoptada, se acaban los espacios deliberativos y se impone una línea única de acción. AD demostró ser un partido más heterogéneo que Copei. Sus traumáticas divisiones internas ocurrieron en un tiempo en que importantes voceros copeyanos se ufanaban que su partido era “anti-sísmico”. Pero esto es secundario al asunto principal: ni Betancourt ni Caldera concebían que pudiera existir una actividad política eficaz sino a través de partidos políticos. Y buena parte de sus vidas en el dominio público, estuvieron dedicadas a forjarlos.
Una tercera semejanza tiene que ver con la centralidad de la cuestión social en el discurso y en el obrar político. Desde fuentes intelectuales distintas: el marxismo primero y el reformismo nacionalista después, en Rómulo Betancourt; y la Justicia Social, inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia y el Derecho Laboral de América Latina, en Rafael Caldera; la temática social siempre está en la vanguardia del mensaje. No es una casualidad, ni menos una extraña confluencia desde posiciones ideológicas diferentes. La semejanza rebasa las rígidas categorías de izquierda o derecha, que muchas veces no aclaran sino oscurecen las explicaciones. Gehard Cartay lo sugiere y me permito seguirlo al sostener que la primacía de lo social surge de la propia realidad que vivía Venezuela, cuando las libertades públicas empiezan a permitir que el país se vea en el espejo de una miseria generalizada, de un atraso educativo pasmoso y de una situación de insalubridad pública de proporciones trágicas. El Programa de Febrero, anunciado y comenzado a llevar adelante en el gobierno de transición del general Eleazar López Contreras, es un signo ejemplar de la entrada del drama social en la máxima ocupación oficial del Estado venezolano. ¿Cómo no iban el nacional-revolucionario Betancourt, y el social-laboralista Caldera, asumir ese drama como el núcleo capital de sus respectivas propuestas políticas? Y lo hicieron desde el principio, Betancourt en sus abundantes escritos durante el exilio gomecista, y a su retorno a Venezuela en su infatigable tarea de difusión política; y Caldera desde sus columnas estudiantiles en la prensa, y en su labor universitaria y legislativa como  promotor del concepto del trabajo como hecho social.
El lema fundacional de AD fue “Pan, Tierra y Trabajo”, y el de Copei: “Por la Justicia Social en una Venezuela mejor”. La centralidad de lo social es, como se expresaría ahora: “pública, notoria y comunicacional”… Algunos, en estos años de mengua, creen que están innovando al proponer la consigna de una “democracia social”. No es ni nueva ni original. No sé si sus recientes proponentes estarán al tanto, pero la noción de democracia social se encuentra en los cimientos del proceso de la construcción de la democracia venezolana, tanto en Betancourt como en Caldera. Una dimensión de la importancia de lo social en la lucha política, es su valoración desde una óptica nacional, asentada en nuestra historia, y con la aspiración de superar las extremas necesidades con base a políticas nacionales, no a fórmulas internacionalistas, viniesen de donde viniesen.
Estas apretadas páginas son, apenas, una presentación muy escueta de una obra de trascendencia.  “Caldera y Betancourt: Constructores de la Democracia”, lo es, sin lugar a dudas. Su “incorrección política” en relación a la caricatura de cultura política que impera en Venezuela, puede que la haga llamativa. Pero lo más deseable es que contribuya a que no sigamos olvidando el pasado, y por el contrario lo rescatemos con las luces que merece. Y no quisiera concluirlas sin hacer una referencia a Gehard Cartay Ramírez, político y escritor, quien ha dedicado su vida pública no sólo a la acción política y gubernativa, como parlamentario socialcristiano y exitoso gobernador de su tierra natal, el estado Barinas; sino también a pensar y escribir sobre la historia contemporánea de Venezuela, desde múltiples ángulos y privilegiando el género histórico-biográfico. Mi buen y respetado amigo, Gehard Cartay tiene mucho por hacer en este país que necesita hacerse de nuevo.

Caracas, mayo, 2018

(Prólogo de Fernando Luis Egaña a la segunda edición de mi libro "Caldera y Betancourt, Constructores de la Democracia". Publicado en el "Papel Literario" de "El Nacional", sábado 13 de abril de 2019.)



domingo, 3 de marzo de 2019


Acaban de cumplirse 30 años de "El Caracazo", un evento que dejó muertos, heridos y desaparecidos, luego de varios días de saqueos y desórdenes. Y aunque no fue un hecho espontáneo, sí habían entonces descontento y rabia en muchos sectores, aunque no en el grado superlativo de hoy en día, cuando -al menos desde hace algo más de un lustro- han explotado "Caracazos" en casi todos los pueblos de Venezuela. 

Transcribo a continuación un fragmento de mi libro "Cómo se destruye un país" (Editorial Los Libros de El Nacional), relativo a aquellos trágicos sucesos.

Explota “el Caracazo”
La difícil situación económica y social que heredaba CAP –sobre todo cuando la ingenua esperanza popular creía que vendrían tiempos mejores, tal como lo había ofrecido el candidato ganador- no podía sino ser el apropiado caldo de cultivo para una explosión social inminente.
 Y así fue: el 27 de febrero de 1989, 25 días después de haber tomado CAP posesión de la Presidencia de la República, se produjo en Caracas y en distintos sitios del país una insurgencia aparentemente espontánea, no dirigida ni liderizada por organización o grupo alguno en particular, sino producto de la ira de algunos sectores populares. Fue conocida como el Caracazo y produjo centenares  de muertos y desaparecidos, miles de heridos y detenidos, incontables saqueos y milmillonarias pérdidas económicas. Y produjo, también, el fin de una era política y partidista, así como un alerta roja frente a las perversiones de la democracia, su ineficacia y, sobre todo, su creciente corrupción.
El Caracazo ha sido el hecho de mayor violencia que se ha registrado en la reciente vida venezolana. Se inició tempranamente el 27 de febrero de 1989 con una airada protesta de algunos pobladores de Guarenas, Estado Miranda, a escasos 40 kilómetros de Caracas, por el aumento de los precios del transporte colectivo. De allí pasó a Caracas y se extendió en un primer momento por el centro de la ciudad, luego hacia el oeste y posteriormente hacia el este. La violencia se apoderó de los cuatro costados de la metrópolis, convertida en múltiples saqueos, disparos, enfrentamientos con la policía, confusión y caos total. Aquellos dantescos escenarios eran trasmitidos en vivo por los canales de TV a todo el país. Ese día la fuerza pública fue desbordada y derrotada por la insurrección.
A la mañana siguiente, 28 de febrero, los desórdenes aumentaron en Caracas. Ya las imágenes de la televisión habían producido su efecto contagioso en otras partes del país. El gobierno, tomado por sorpresa el día anterior, no reaccionaba aún. El presidente Pérez había estado en Barquisimeto y al regresar probablemente desestimó los alcances de aquella furia popular, al igual que sus cercanos colaboradores. Sería en horas de la tarde de ese mismo día cuando CAP resolvería suspender las garantías constitucionales, decretar el toque de queda y sacar el ejército a la calle para contener los saqueos y las diversas manifestaciones de violencia. Por supuesto que de allí a una matanza indiscriminada sólo había un paso. El ejército no estaba preparado para este tipo de contingencias, a diferencia de la Guardia Nacional. A sangre y fuego, en todo caso, los militares controlaron la situación luego de varios días de combate, pero con un saldo trágico de víctimas, muchas de ellas inocentes, cruelmente atrapadas en aquel tráfago de muerte y dolor.
Hubo innumerables violaciones a los derechos humanos, según denunciarían posteriormente las organizaciones no gubernamentales del ramo e, incluso, se habló de ejecuciones sumarias, de razzias incontrolables en barrios y urbanizaciones, así como de  ametrallamientos indiscriminados contra humildes familias en sus propias viviendas. El entonces diputado y ex candidato presidencial Teodoro Petkoff denunció en el Congreso  “numerosos casos de  fríos asesinatos: heridos rematados, muertos en allanamientos, sin mediar palabras, sorprendidos con tiros por la espalda, con tiros en la nuca, acribillados en su propia casa, mientras veían televisión; fusilados sumariamente,  en plena calle; víctimas de la ley de fuga y muertos por la espalda; asesinados en sus vehículos, cuando regresaban pacíficamente a sus hogares;  masacrados porque no se detuvieron cuando les dieron la voz de “alto”, transeúntes pacíficos acribillados en la calle desde módulos policiales; detenidos que fueron conminados a subir a un camión militar y luego asesinados por soldados y tirados en un zanjón; en fin una verdadera matanza, sin lógica, sin sentido, sin coherencia, sin la menor explicación racional, sin justicia, por supuesto”(6). Y todo ello sin hablar de los desaparecidos. En definitiva, aquello fue toda una tragedia nacional, como nunca antes seguramente se había visto en nuestro angustioso devenir histórico. 
Sólo después de cinco días de cruentos combates, la calma volvió a Caracas y a otras ciudades, pero a un costo humano, social, político y económico muy grande. La ciudad capital semejaba un gigantesco basurero, un auténtico escenario de guerra, en medio de olores putrefactos y de una gran tristeza. De un sitio a otro, familias enteras buscaban desesperadamente a padres, hijos, esposos, esposas y amigos desaparecidos en aquellos turbulentos días. Por si fuera poco, el desabastecimiento alimentario golpeó entonces a los ya aterrados habitantes capitalinos, en virtud de la casi absoluta falta de provisiones. Se implementó inmediatamente un plan aéreo para traerlas del interior, a través del aeropuerto de La Carlota. Pero la labor era ciclópea. La gran mayoría de abastos y supermercados de Caracas ya no existían debido a los saqueos, y en los escasos mercados populares que fueron abastecidos poco después hubo trifulcas y largas colas para adquirir algunos alimentos. Por supuesto que toda esta difícil situación estaba acompañada de brotes especulativos por parte de comerciantes y traficantes inescrupulosos, lo que obligó a las autoridades a decretar una cesta básica mínima y una estricta vigilancia de precios por parte de los militares. El transporte colectivo tardó varios días en normalizarse, así como las labores de aseo urbano y mantenimiento de la metrópolis, cuyas calles estaban cubiertas por miles de toneladas de basura e impregnadas de todo tipo de olores nauseabundos. Los organismos de seguridad fueron declarados en emergencia ante aquel cuadro dramático de establecimientos, locales y centros comerciales saqueados, destruidos o incendiados.
El trauma psicológico experimentado por los venezolanos, a propósito de todos estos hechos de violencia, no sería superado fácilmente y por muchos años. El miedo y la desconfianza entre unos y otros se convertiría, a la postre, en un complejo colectivo que no se esfumaría tampoco rápidamente con el tiempo. Venezuela sería otra luego del Caracazo, y no volvería a ser la misma desde entonces.
Se iniciaba entonces un nuevo país, una nueva historia, una nueva etapa. Vendrían inexorablemente nuevos escenarios y nuevos actores. Aquello no había sido una simple explosión social, pasajera y transitoria, sino la señal indiscutible de que las cosas iban a cambiar, a pesar de la resistencia, la torpeza o el desprecio del liderazgo venezolano de entonces. Por de pronto, tal vez aturdida por los acontecimientos, la clase dirigente no se dio cuenta de lo que había ocurrido. Tardaría todavía unos años más para comprenderlo.





jueves, 21 de febrero de 2019

Debo agradecer los comentarios publicados el pasado domingo 17-02-2019 en "El Universal" por el periodista y analista político Manuel Felipe Sierra sobre la segunda edición de mi libro "Caldera y Betancourt, Constructores de la Democracia", y que cito a continuación:
"CONSTRUCTORES
DE LA DEMOCRACIA
Gehard Cartay Ramírez, dirigente político, exparlamentario
y exgobernador del estado Barinas, ha puesto en circulación con la actualización correspondiente su libro “Caldera y Betancourt: Constructores de la Democracia”, un texto que resume además de una rigurosa investigación un planteamiento que según el prologuista Fernando Egaña lo
hace “un libro políticamente incorrecto” por cuanto de entrada se trata de dos figuras fundamentales de la política pero que estuvieron enfrentadas históricamente desde la muerte de Gómez y que protagonizaron un duro enfrentamiento en los años posteriores al 18 de octubre de 1945. Cartay pasa revista a las diferencias que llevaron a los dos líderes a la
fundación de Acción Democrática en la línea de la socialdemocracia latinoamericana y de Copey que devino
de la concepción falangista de los años 30 al planteamiento
de la democracia cristiana impulsada en la posguerra mundial con fuerza en Alemania e Italia. Sin embargo, el autor se refiere principalmente al compromiso de Caldera y Betancourt a raíz del Pacto de Punto Fijo en 1958 de mantener la línea fundamental del acuerdo en el sentido de trabajar en la dura e incierta tarea de estabilizar la democracia. Una obra que resulta oportuna y pertinente para entender los últimos tiempos de la vida venezolana".