martes, 9 de octubre de 2018

TRES DÉCADAS DE ACCION POLÍTICA JUVENIL: UNA VISIÓN COMPARATIVA




TRES DÉCADAS DE ACCION POLÍTICA JUVENIL:
UNA VISIÓN COMPARATIVA

Dictadura, 23 de Enero, revolución, Los Beatles, Poder Joven, los Hippies, apatía: treinta años de acontecer político juvenil 

Gehard Cartay Ramírez 

(Ensayo publicado en la revista Humanitas, Opinión e ideas sobre juventud y política, Tercera etapa, número uno, Enero-Abril, 1988)
                                                   
Jóvenes celebrando la caída de la dictadura pérezjimenista.


Una explicación necesaria
Para comprender cabalmente una visión comparativa sobre las tres últimas décadas de acción política juvenil se hace necesario, casi diría que imprescindible, una breve explicación en torno a la actuación de las  juventudes políticas a finales de la dictadura pérezjimenista.
Como se sabe, el régimen militar que culminó el 23 de enero de 1958 vivió lo que José Rodríguez Iturbe llamó en su libro Crónica de la década militar una etapa de “radiante autocracia”. Fue entre 1954 y 1957, una vez desmontado el aparato clandestino de Acción Democrática (AD) y privados de toda actividad política el Partido Social Cristiano Copei y Unión Republicana Democrática (URD). Aquellos años parecían inacabables, tanto que muchos llegaron a pensar, efectivamente, que la consolidación del régimen sería mucho más duradera.
En el caso particular de AD se produjo una situación que indudablemente haría sentir sus efectos años más tarde. El partido fundado en 1941 por Rómulo Betancourt se había debatido en los años siguientes al golpe de Estado contra el presidente Rómulo Gallegos –elegido en diciembre de 1947 y derrocado por los militares el 24 de noviembre de 1948– entre dos tesis: la del putchismo, alentada en el primer momento por quienes controlaban la organización; y la del entendimiento con las demás fuerzas democráticas, inspirada por Leonardo Ruíz Pineda, entonces su secretario general, que habría de imponerse en los estertores de la tiranía.
Sucedió que la eficacia del aparato represivo terminaría por liquidar a AD como partido actuante tan temprano como en 1954. Apenas quedaron entonces dos direcciones, la de un Comité Ejecutivo Nacional (CEN) en el exilio, y la de otro CEN clandestino, nunca reconocido por el primero, e integrado por jóvenes inexpertos y distanciados de la figura de los fundadores. Fue así como la juventud de AD, que comandaba al partido dentro del país, se aproximó mucho más a la dirigencia del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y terminó siendo prácticamente su apéndice político e ideológico. Creció entonces entre sus novatos líderes un verdadero sentimiento antibetancourista que culminaría estallando en 1960 con la primera división de AD, de la que surgiría el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).
Por lo que respecta a Copei, su situación no era menos precaria. Había, sin embargo, una recia unidad alrededor de Rafael Caldera, su máximo líder. Los jóvenes copeyanos activaban en liceos y universidades, en estrecho contacto con núcleos obreros y sindicales. Allí estaban, entre otros, Hilarión Cardozo, Eduardo Fernández, Régulo Arias Moreno, José de la Cruz Fuentes, por citar apenas unos pocos nombres. Su centro fundamental de actividad era la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, manteniendo, como ya se ha dicho, permanente contacto con el Comité Nacional de Copei en la clandestinidad y con las demás juventudes partidistas de entonces.
En el caso específico de sus movimientos juveniles, AD y Copei vivían entonces una relación inversamente proporcional: mientras los jóvenes adecos se separaban del tronco fundador, los socialcristianos mantenían una armoniosa y coherente vinculación con los cuadros adultos de su partido. A mi juicio, ambos hechos habrían de condicionar el destino histórico del movimiento político juvenil venezolano de estos últimos 30 años.
1958: Mientras a la candidatura presidencial Rómulo Betancourt se le opuso la propia juventud de AD, Rafael Caldera contó con la de su partido. La gráfica recoge el momento en que votaba, mientras se observa un joven Eduardo Fernández al fondo, a la derecha.

Democracia y subversión (1958-1968)
A la caída de la dictadura, el alborozo general inicial apunta hacia una indudable confluencia democrática. Todos los partidos políticos viven un momento excepcional, signado por la unidad, el diálogo y el consenso. Nadie acepta que se intente romper aquel esquema y todos sienten como suya la aspiración unitaria que se expresa por todo el país, llegándose incluso a pensar en la posibilidad de un solo candidato de los partidos y movimientos a la presidencia de la República.
Estos esfuerzos, como era de esperarse, no se concretaron. Pero abrieron el camino para un entendimiento interpartidista entre AD, URD y Copei, en el cual, a demás, participaron las Fuerzas Armadas Nacionales y los sectores empresariales. Ese acuerdo sería conocido posteriormente con el nombre de Pacto de Puntofijo, y suponía un acuerdo previo a las elecciones de 1958 para respaldar al candidato presidencial ganador, así como la integración de un gobierno de consenso nacional en base a un programa mínimo acordado por sus firmantes. El ensayo, en verdad, tropezó con serias dificultades desde sus inicios, primero por la ofensiva conspirativa derechista de fuerzas internas y externas y luego, una vez fundado el MIR como partido y aliado con el PCV, por la subversión castrocomunista que pretendió imitar aquí la proeza guerrillera efectuada en Cuba en 1959, apenas un año antes.
Este cuadro de violencia produjo, en mi opinión, una verdadera polarización entre las juventudes de Copei y las fuerzas juveniles marxistas de extrema izquierda, alzadas contra el sistema democrático y comprometidas con actos terroristas y más tarde con la guerra de guerrillas contra el gobierno de Betancourt. AD no tuvo entonces ninguna participación importante en aquella lucha. La razón fue muy obvia: el partido eje del gobierno se había quedado prácticamente sin cuadros jóvenes al desertar con el MIR la inmensa mayoría de ellos.
Correspondió entonces a los jóvenes socialcristianos la dura tarea de defender el gobierno de Betancourt (1959-1964), y con él al sistema democrático frente a la embestida insurreccional alentada por comunistas y miristas, librada no sólo desde las guerrillas, sino fundamentalmente en liceos y universidades, donde aquellos eran entonces mayoría. Sostengo, sin hipérbole alguna, que la democracia treintañera de estos días le debe mucho a la hidalguía, el coraje y la convicción de los jóvenes copeyanos de aquellos días. Porque, ciertamente, si no hubiera sido por la lealtad de Rafael Caldera y de Copei, cuya vanguardia en los momentos más dramáticos fue la Juventud Revolucionaria Copeyana (JRC), aquel difícil ensayo democrático –que también sostuvo, por supuesto, la singular entereza del presidente Betancourt– hubiera naufragado fácilmente en medio de las complejas circunstancias en que se desarrollaba. 
Afortunadamente, el gobierno coaligado, en unión de las Fuerzas Armadas, pudo salir airoso de la prueba que fue sometido. Derrotó militar y políticamente a la insurrección armada y pudo garantizar la continuidad del experimento democrático al garantizar las elecciones de diciembre de 1963, ganadas por Raúl Leoni, candidato de AD, y en las que llegó de segundo Rafael Caldera, abanderado de Copei. Así, los representantes de los dos partidos del gobierno coparon el primero y segundo lugar de las preferencias electorales, algo que demostró que la gran mayoría respaldaba la gestión de Betancourt, AD y Copei, pues ya URD y Jóvito Villalba habían abandonado el experimento coaligado.
Pero ese proceso de ninguna manera eliminó definitivamente la amenaza castrocomunista, que seguiría siendo recurrente, aunque epiléptica y débil. Porque si bien las guerrillas no emergieron exitosamente para liquidar la legalidad democrática, mantuvieron durante algún tiempo actividades foquistas y terroristas, especialmente a lo largo del período de gobierno de Leoni entre 1964 y 1969.
En aquellos años no se produjo tampoco ninguna recuperación de la Juventud de AD. Por el contrario, dos nuevas divisiones acudieron otra vez al partido blanco, siendo la última –encabezada por Luis Beltrán Prieto Figueroa y Jesús Ángel Paz Galarraga– la que se llevaría otra vez los menguados  cuadros jóvenes que en esos años había podido reclutar Acción Democrática.
Por esas razones, la Juventud de Copei mantuvo su papel protagónico de primer orden frente a una poderosa coalición de fuerzas marxistas integradas por los jóvenes del PCV y del MIR. La lucha continuó, muchas veces encarnizada y violenta, ya en la calle y en los centros de estudio, y no era solamente una lucha cuerpo a cuerpo, hombre a hombre. También era una confrontación fundamentalmente ideológica, de la cual saldrían airosos los jóvenes copeyanos, tal como lo ha demostrado la historia de nuestros recientes días.
Se podría decir, en síntesis, que aquella competencia entre los jóvenes socialcristianos y los jóvenes marxistas era una dura lucha entre la democracia y la subversión. Ese era, ni más ni menos, el dilema de entonces. Unos luchaban por fortalecer el proceso iniciado en 1958 y otros por conducirlo a un régimen socialista marxista, calcado del esquema montado por Fidel Castro en la isla cubana. Y el hecho paladino y claro de que todos aquellos protagonistas combatan hoy dentro del juego democrático, habla por sí solo sobre la justicia y la fuerza de los ideales que entonces sostuvimos los jóvenes del Partido Social Cristiano Copei.
De la lucha por la democracia, los jóvenes deben pasar al combate por mejorarla y ampliarla.

Los factores exógenos (1968-1978)
1968 fue un año excepcional. En Venezuela y el mundo ocurrieron una serie de hechos notables y fundamentales. El magazine Feriado del diario El Nacional lo definió recientemente como “el año en que pasó casi todo”, para referirse a la singularidad de tan insólitos acontecimientos.
¿Y qué ocurrió, en efecto? Pues ocurrieron varios hechos, desde la aparición de The Beatles, pasando por las muertes trágicas de Martín Luther King y Robert Kennedy; la masacre estudiantil en la plaza de Tlatlelolco, México; la invasión soviética a Checoeslovaquia y la inmolación del joven Jan Palach; el mayo francés y las luchas por los Derechos Civiles en Estados Unidos, y a partir de entonces la insurgencia de los grupos hippies , la expansión de lo que se llamó “el amor libre” –la libertad sexual– y el auge del consumo de drogas.
En Venezuela sucedió un hecho trascendental: por primera vez en nuestra historia republicana un gobierno legítimamente constituido era sucedido por otro similar, pero surgido del campo de la oposición democrática, mediante el voto popular. En este país de trágicas montoneras y caudillismos militares, un acontecimiento de tal naturaleza era, hasta ese momento, ciertamente inusual, extraño. Y lo realmente notorio de toda aquella circunstancia era la elección popular de un político y estadista que por largo tiempo se había preparado para ejercer la Presidencia de la República, con lo cual, por otra parte, se rompía el esquema monopartidista que quería imponer Acción Democrática. La elección de Rafael Caldera como Jefe de Estado consagró por vez primera la alternabilidad democrática en Venezuela y abrió camino hacia la consolidación del sistema que hoy –veinte años después– aún nos rige.
En este sentido, el mérito fundamental del gobierno del presidente Caldera (1969-1974), por lo que se refiere al proceso democrático, lo constituye la política de pacificación inspirada y ejecutada por él. Esa histórica decisión contribuyó a consolidar la democracia, al estimular y permitir el retorno a la vida legal de quienes se habían levantado en armas contra las instituciones y el Estado de Derecho. Esa política de pacificación desarticuló en forma definitiva la insurgencia armada y la lucha guerrillera, legalizó al PCV y al MIR –inhabilitados bajo el gobierno de Betancourt– y abrió la puerta de todos los sectores a la participación plena dentro del juego democrático y electoral.
Este trascedente hecho, lógicamente, tenía que producir consecuencias importantes dentro del proceso político del país, al cual, como es natural, no podían escapar las juventudes partidistas.
Una de ellas fue la emergencia de sectores juveniles no ligados a las organizaciones partidistas. La existencia de una nueva cultura “existencial” –por llamarla de alguna manera– a nivel juvenil, impulsada por los movimientos hippies y la masificación del consumo de drogas en casi todo el mundo, trajo consigo la irrupción de posturas radicales y escépticas frente a la política y los partidos. En Venezuela alcanzó cierta notoriedad el llamado Poder Joven, corriente amorfa e iconoclasta que ganó algún terreno entre los jóvenes. Por si fuera poco, una onda cuestionadora comenzó a insurgir en nuestras universidades clamando por la renovación total de los estudios superiores. Todos estos factores de alguna forma afectaron el desarrollo de los movimientos juveniles y trastornaron, a ratos, el momento político venezolano de entonces.
Lo cierto fue, en todo caso, que se inició un proceso de cuestionamiento de nuestras juventudes partidistas, las cuales, por su parte, intensificaron su actividad interna y dejaron de insistir en la lucha hacia fuera. El planteamiento no era ya –como lo fue entre 1958 y 1968– combatir a favor o en contra de la democracia, sino otro más elástico y menos trascendente. La “rutina democrática” que entonces comenzaba movería a los dirigentes jóvenes hacia otras áreas del quehacer político.
Entre 1974 y 1079 los movimientos juveniles de izquierda comienzan a perder terreno e influencia, mientras se produce una cierta recuperación de la juventud de AD y repunta aún más la JRC. La situación, empero, se caracteriza –a mi juicio– por la aparición de nuevos elementos que comportan modificaciones importantes en la lucha estudiantil, entre ellos la de un incipiente escepticismo de los jóvenes frente a los partidos y la de un notable crecimiento de sectores independientes en esa amplia franja social del país, la más importante y decisoria.

¿Escepticismo vs. Activismo? (1978-1988) 
La última década de estos breves comentarios se enmarca entre 1978 y 1988. Estos últimos diez años, al igual como sucedió entre 1968 y 1978, se inician con un nuevo ascenso al poder por parte de del Partido Social Cristiano Copei, a través del triunfo de Luis Herrera Campíns en las elecciones presidenciales de 1978.
Al culminar ese año el país estaba quebrantado económica y moralmente, bajo la conducción errática y mesiánica del presidente Carlos Andrés Pérez, elegido en 1973. Fue algo absurdo, pues su período presidencial fue precisamente el tiempo de las vacas gordas, producto de los altos precios petroleros, nunca antes percibidos por ningún gobierno anterior. Así, la revolución de las magnitudes, como las calificó el presidente Rafael Caldera al terminar su período en 1974, es decir, toda aquella inaudita bonanza petrolera, no fue bien administrada y, al finalizar el gobierno de CAP, la deuda pública se había multiplicado exponencial e irresponsablemente, a pesar de los altos ingresos por concepto de venta del petróleo.

Por desgracia, esta situación continuó bajo los gobiernos siguientes, a pesar de que se mantuvieron los altos precios en el mercado petrolero por lo menos hasta el final de la década, bajo el gobierno de Jaime Lusinchi (1984-1989).

En todo caso, la década que culmina ahora en 1988 replanteó en términos realmente preocupantes la excesiva partidización de la vida venezolana. Surgía, así, un cansancio evidente por la tendencia de los partidos a arropar todas las áreas del acontecer nacional, sin respetar la autonomía de las sociedades intermedias, y traspasando ciertos límites que el pluralismo y los derechos ciudadanos imponían respetar. Si a este hecho unimos la característica ya anotada de cierto escepticismo hacia los partidos por parte de los jóvenes, bien podemos apreciar entonces las causas de esta falta de combatividad que todos percibimos hoy en día en el ámbito juvenil.
Una cuestión que vale la pena destacar se refiere también al excesivo afán político que pareciera apoderarse de los dirigentes juveniles de los partidos políticos venezolanos. Son, o parecieran querer serlo, políticos antes que nada, asignando relativa importancia a áreas muy sensibles para la juventud venezolana, como la educación, la música, el deporte, la actividad ecológica o recreacional, etc. Y esto es fundamental, a mi juicio, porque ser líder juvenil de un partido político comporta una vivencia y un profundo sentido testimonial de todo lo que mueve y conmueve a los jóvenes. En paralelo, y seguramente por eso mismo, hay que reconocer también que la actual política partidaria no pareciera ocupar el primer lugar entre los intereses y sentimientos de la juventud venezolana a que hago referencia.
 
La presencia de la juventud venezolana en la calle fue una constante desde 1958.
La democracia nuestra de cada día: renovarla y mejorarla
Conviene también apuntar otro hecho complementario para explicar ese escepticismo entre gran parte de nuestros jóvenes: la democracia es hoy un hecho común y corriente.
Espero que se me entienda cabalmente el sentido de esta expresión. Digo “común y corriente” por contrario a aquel sueño que movió a los jóvenes bajo la dictadura pérezjimenista. Esta generación de hoy, en cambio, ha vivido en democracia, la ha conocido y sentido y, por esto mismo, forma parte de su cotidianidad. Esto tal vez explique también por qué no entiende los reiterados golpes de pecho de algunos “mártires de la resistencia” resurrectos y no hace suya –tal vez no tendría por qué hacerlo, en verdad– toda esa carga romántica, a veces épica y epopéyica, que pudo haber tenido en su momento esa lucha, hoy lejana en el tiempo para ellos. No se trata, por tanto, de discutir si los jóvenes de ahora creen o no en la democracia. Hay que entender entonces que la conciben como una forma de vida, bajo la cual se han educado y formado y, por tanto, como una vivencia de todos los días.
Sin embargo, este mismo hecho tendría como característica positiva la mayor perspicacia y agudeza de los jóvenes de hoy para sentir también las fallas y carencias del sistema democrático. Si antes la juventud antiperezjimenista luchó por la democracia, al igual que lo hicieron luego los jóvenes socialcristianos y adecos para fortalecerla frente a los embates de la derecha golpista y la guerrilla castro comunista a principios de los años sesenta, hoy el reto no es otro que combatir por mejorar la democracia , profundizándola y ampliándola.
Podríamos decir, finalmente, que hoy estamos frente a un cuadro preocupante debido a la cada vez mayor indiferencia de los jóvenes ante los partidos y la política. Debemos procurar revertir esa tendencia, abriendo espacios cada vez más amplios a quienes quieren luchar en áreas no necesariamente exclusivas de las organizaciones partidistas, y formando un liderazgo juvenil que interprete a la mayor porción de la juventud del país, no mediante artificios mecánicos e inauténticos, sino a través de un combate que se proponga, de verdad, hacer suyos los sueños y angustias de la juventud venezolana de nuestros días.
Sólo faltaría decir que ese esfuerzo debe tener como ingrediente de primer orden la fuerza de un mensaje fresco y sincero, capaz de adentrarse en la conciencia y el corazón de nuestros jóvenes y de conmoverlos para lograr su efectiva y real participación en los asuntos del país, de la política y de los partidos.        

miércoles, 26 de septiembre de 2018


EL SOCIALISMO COMO FRACASO

Gehard Cartay Ramírez
El actual régimen venezolano se cataloga como “socialismo del siglo XXI, justamente luego de que esa etiqueta ideológica resultara uno de los fraudes históricos más notables de la historia.
No tiene nada de raro, entonces, que esta tragedia que vivimos los venezolanos desde hace varios años también se defina como socialista. Cualquiera que haya leído un poco de historia sabe que el socialismo ha fracasado en todas partes porque fue incapaz de desarrollar un modelo económico que permitiera distribuir la riqueza, promover la iniciativa personal de cada quien y respetar el derecho de propiedad como una conquista humana lograda por el trabajo de hombres y mujeres.
El socialismo fracasó estruendosamente en todas partes, al igual que ha fracasado en Venezuela. Esa es la gran verdad. Primero fue la caída del Muro de Berlín y la liquidación de la Alemania Comunista por haber llevado al hambre, la miseria y al atraso aquella parte del pueblo alemán. Luego vino el derrumbe de la Unión Soviética, la gran mentira del siglo XX, considerada por sus seguidores como el paraíso socialista del mundo. Pero se acabó porque su fracaso económico fue de tal magnitud que, sin que nadie disparara un tiro en su contra, los propios rusos decidieron liquidarla. El efecto dominó no se hizo esperar: como si fueran un castillo de naipes también se acabaron las Repúblicas Socialistas satélites de la Unión Soviética.
Desde la década de los 90, China también abandonó el socialismo como sistema económico, si bien se mantiene, por ahora, un régimen comunista en lo político. Algo parecido ocurre con Vietnam, reconvertido también al capitalismo, luego de 20 años de sistema socialista marxista. A estas alturas, apenas Corea del Norte y Cuba mantienen esquemas socialistas, lo que ha significado su fracaso, tanto en el plano político, como en el campo económico y social. Ambos países son víctimas de férreas dictaduras, donde se irrespetan los derechos humanos, no hay libertades de ningún género y sus pueblos están condenados a ser eternamente pobres y miserables.
La mejor demostración del fracaso socialista lo constituye el hecho indiscutible de que en hoy en Cuba, por ejemplo, la gente huye o trata de huir hacia los Estados Unidos, aún a riesgo de que los devoren los tiburones. Nunca se ha visto que los estadounidenses huyan hacia “el mar de la felicidad” cubana. Todo lo contrario. Lo mismo pasaba entre 1946 y 1989 con la gente de Alemania Comunista que escapaba hacia la Alemania Demócrata Cristiana, pero nunca ocurría al revés. La explicación está en que el socialismo es contrario a las aspiraciones de progreso y superación del ser humano, y por eso siempre estará condenado al fracaso.
En nuestro caso, el socialismo que ofrece el régimen que padecemos desde 1999 está fundado en las mismas limitantes e ingredientes por los cuales ha fracasado en otras partes. Uno de ellos es la conversión de nuestra gente en pedigüeños de dádivas oficiales, a través de las fulanas Misiones. Se anula entonces su capacidad para ser autónomos económicamente, susceptibles, por tanto, de ceder a la presión del régimen cada vez que sea necesario, con bonos y ayudas miserables. Lo mismo pasa con los Mercal y los Claps, siguiendo el esquema de racionamiento cubano, capaz de controlar así a la gente para sus fines políticos y clientelares.
No hay en estos mecanismos socialistas ningún incentivo a la superación de la persona, a su crecimiento económico y social, a su capacidad para tener su propia empresa o actividad de lucro. Sólo se busca que todos sean empleados al servicio del Estado, y no de la sociedad, de sus familias y de sí mismos.
No se persigue crear una sociedad de propietarios -como debe ser-, sino de obreros asalariados en función de las metas del régimen y su cúpula corrupta. Por eso mismo, el régimen destruyó la industria nacional y quebró al sector agropecuario. De esta forma se ha producido un empobrecimiento general, estrangulada la iniciativa personal, impedida la creación y distribución de la riqueza y casi liquidado el derecho de propiedad como uno de los derechos humanos fundamentales en toda sociedad auténticamente participativa.
¿Será esto lo que desean los venezolanos? Yo estoy seguro que no. Este es un pueblo libertario, con capacidades creadoras, sentido de progreso y espíritu de superación. Por eso mismo, no podemos a aceptar que se nos siga convirtiendo en un país más empobrecido, sumido en la miseria, la tristeza y el desamparo como ahora le ocurre al hermano pueblo cubano.
Esto tiene que acabarse pronto, como se acabó en otras latitudes del planeta que también sufrieron la maldición del socialismo.
@gehardcartay
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Jueves, 20 de septiembre de 2018. 


martes, 11 de septiembre de 2018


LA DIASPORA QUE AMENAZA
Gehard Cartay Ramírez
El régimen castrochavomadurista se ha equivocado si creía que promoviendo la terrible diáspora venezolana que estamos presenciando  podía repetir aquí la experiencia castrocomunista de la Cuba de los años sesenta.
Como se sabe, la entonces triunfante revolución cubana estimuló la huida de muchos de sus nacionales, al tomar el poder en 1959. Consideraba, no sin razón, que mientras más opositores suyos se fueran del país, entonces quedaba despejado el camino para imponer su régimen totalitario. Así, en cuanto pudo y de manera expedita, expropió todas las empresas y fincas agropecuarias y dejó en la ruina a miles de propietarios y emprendedores, la mayoría de los cuales huyeron a Miami.  
La insensibilidad e irresponsabilidad del castrochavomadurismo, al creer que se quita un problema de encima mientras más compatriotas emigren, se le convertirá, sin embargo, en un boomerang y sus consecuencias podrían ser letales para la dictadura venezolana si finalmente, como todo pareciera indicar, la inmigración desde Venezuela se irá agravando y convirtiendo en un serio inconveniente para los países que la han venido recibiendo.
No es cualquier cosa esa eventualidad. La venezolana, ahora mismo, es la migración más numerosa que se haya producido en Suramérica y superior, según lo han dicho expertos de las Naciones Unidas, a las causadas en la actualidad por las guerras en el Medio Oriente o la miseria y el hambre en el África, las cuales tienen como destino al continente europeo.    
De ser un país que en el pasado recibió miles de inmigrantes de todas partes, Venezuela ha pasado a ser hoy un país donde millones de sus hijos ahora emigran hacia otras latitudes, huyendo de la tragedia chavomadurista que nos ha arruinado como nación y empobrecido como pueblo.
Son compatriotas que escapan del hambre, la violencia, la inseguridad y la escasez que sufre Venezuela como pocas veces antes. Muchos prefieren adentrarse en un mundo de riesgos y abandonar su tierra, y no seguir siendo castigados por la gigantesca y dramática crisis que sufrimos aquí. Lo grave es que se trata de un fenómeno que tiende a masificarse, tal como ocurre con las migraciones de centroamericanos y mejicanos hacia Estados Unidos, o las producidas en otras latitudes por guerras y fenómenos telúricos.
Se calcula que son más de tres millones los venezolanos que se han marchado, la mayoría de ellos jóvenes profesionales, capaces y en plenitud de condiciones físicas e intelectuales. Hoy, en lugar de haber sido incorporados a trabajar por su país, son, por el contrario, prácticamente echados, al negárseles oportunidades y mejores condiciones de vida para ellos y sus familias.
Se trata de un hecho inédito hasta ahora. Y como consecuencia de la quiebra y la ruina de Venezuela a manos del actual régimen, el país enfrenta lo que algunos especialistas denominan “la descapitalización del conocimiento”, todo lo cual pone en grave peligro el futuro del país.
Pero estos efectos devastadores en lo interno tienen también consecuencias políticas y económicas en lo externo. Resulta obvio que países como Colombia, Brasil, Perú, Ecuador y Panamá, por citar los que han recibido el mayor contingente de la diáspora venezolana, no se van a quedar de brazos cruzados, mientras el régimen chavomadurista se hace el loco y con el mayor cinismo niega esa terca realidad, afirmando que aquí no hay ninguna tragedia humanitaria y que los venezolanos vivimos en el mejor de los mundos.
Será entonces, a partir de esta realidad geopolítica en el subcontinente suramericano –aparte de otros hechos que vinculan a la dictadura venezolana con graves irregularidades contra la seguridad y estabilidad del hemisferio occidental–, que aquí podría plantearse una intervención de las Naciones Unidas y de la Organización de los Estados Americanos, tanto por la tragedia humanitaria que afecta ahora a Venezuela, como por sus consecuencias directas sobre la región.
Ese podría ser el efecto boomerang que produzca la diáspora venezolana sobre el régimen castrochavomadurista. No se trata de marines invadiendo a Venezuela, sino de fuertes acciones dirigidas a obligar al régimen venezolano a asumir su responsabilidad por haber creado este caos humanitario. Si habrá luego acciones militares concretas, ese es otro problema. Pero, ahora, lo lógico sería una ofensiva continental para ayudar a los emigrantes venezolanos y propiciar, en paralelo, una intervención de los organismos multilaterales  frente a la tragedia humanitaria producida por la dictadura que oprime a Venezuela.
El tiempo dirá si todo esto será posible. Pero de lo sí podemos estar seguros es de que el resto de los gobiernos latinoamericanos tomarán las medidas que les correspondan, en resguardo de sus propios intereses y los de la región.  
@gehardcartay
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Lunes, 10 de septiembre de 2018.

viernes, 31 de agosto de 2018


EL PEOR RÉGIMEN DE NUESTRA HISTORIA
Gehard Cartay Ramírez
Nunca antes hubo un régimen tan incapaz, inepto, corrupto e insensible como el actual, pese a que, desde 1999, manejaron una montaña de petrodólares como ninguno otro en nuestra historia.
Nunca tuvimos un presidente peor evaluado que el actual, cuyo único mérito histórico será haber superado en esa escala a Julián Castro, quien desgobernó Venezuela entre 1858 y 1859, y al que siempre se le tuvo como el más infame de todos los gobernantes en nuestra historia republicana.
Y es que, luego de casi dos décadas de ininterrumpido y abusivo ejercicio del poder por parte del castrochavomadurismo, son inocultables sus signos del cáncer terminal: una economía en ruinas (hambre, miseria, desabastecimiento, escasez, alto costo de la vida, hiperinflación), inseguridad como nunca, huída de millones de venezolanos hacia otros países y una desvergonzada corrupción en todas las escalas oficiales (desde la más alta hasta la más baja) y privadas. Ciertamente, Venezuela nunca estuvo peor que ahora, lo cual ya es mucho decir.
Lo que estamos presenciando en estos trágicos días es la demostración más escandalosa de que hoy en Venezuela no hay gobierno, sino un régimen dictatorial –tutelado por otra dictadura foránea– signado por la corrupción, el saqueo y su propósito criminal de destruir el país. ¿O alguien, a estas alturas, puede dudarlo?
Así las cosas, nadie sensato puede pretender que este régimen va a ocuparse de resolver los problemas que ha creado desde 1999, sobre todo si hay que concluir forzosamente que hoy el principal problema de Venezuela es precisamente ese mismo régimen.
No han faltado quienes señalan que, más allá de tan colosal ofensiva de destrucción nacional y del vulgar despojo que el régimen nos ha hecho a todos –empobreciéndonos cada vez más–, hay motivaciones mucho más sombrías. No faltan economistas serios y prestigiosos han llegado a afirmar, incluso, que detrás de todo este colosal desastre castrochavomadurista hay una gigantesca operación de lavado de dineros sucios, provenientes de mafias oficialistas vinculadas a negocios ilícitos. Tal vez tengan razón, porque con gente de esta ralea todo es posible.
Otros han señalado que se trata de un plan estructurado desde Cuba con el propósito de extraerle a Venezuela todos sus recursos financieros y económicos hasta arruinarla completamente. Así, la dictadura castrocomunista podría mantenerse por un tiempo más, gracias a sus sirvientes chavomaduristas, quienes desde el principio han demostrado que actúan siempre en su beneficio, así eso signifique traicionar a su país, lo que, en efecto, han hecho. Puede que a los más descreídos esto pueda parecerle un argumento de película de ficción, pero a la mayoría nos consta que es una realidad que ya dura varios años.
Por cierto que ese saqueo y explotación de nuestros recursos por parte de la dictadura cubana y sus lacayos de aquí forma parte, como resulta lógico suponer, de un proyecto de dominación absoluta sobre Venezuela, lo que nos ha convertido en una colonia suya. Y no deja de ser paradójico que un país extenso y rico como el nuestro sea dominado, desde una isla pequeña y pobre, por una dictadura de las peores que ha sufrido Latinoamérica y que se ha convertido históricamente en un parásito de otros países para poder subsistir (antes la extinta Unión Soviética y ahora Venezuela).
Por desgracia, y a pesar del largo tiempo transcurrido, todavía hay sectores de la oposición que no han terminado de entender esta realidad y juegan a ser adversarios del régimen dentro de un supuesto juego democrático. Algunos cínicos se hacen los desentendidos para continuar sus negociados con el régimen, y otros parecen no darse cuenta, tal vez por pendejos o estúpidos, vaya usted a saber.
Como lo ha afirmado Fernando Egaña en reciente artículo de opinión esos sectores de la oposición “se agotan en la minucia del día a día, y soslayan por completo el contexto general, sin el cual los asuntos particulares, o no se comprenden en lo absoluto, o se comprenden de una manera peligrosamente equivocada”.
Lo cierto es que ese proyecto de dominación castrocomunista y sus cómplices chavomaduristas ha arruinado y destruido a Venezuela en estos casi 20 años de desgracias y vicisitudes para casi todos nosotros. Eso nadie lo discute hoy día, ni siquiera ellos mismos, que culpan del desastre que crearon –porque resulta imposible ocultarlo o negarlo– a una supuesta “guerra económica”, a “la derecha”, al “imperio”, a “la oligarquía” y al largo etcétera de excusas y chivos expiatorios que siempre citan para no asumir sus trágicos errores y traiciones.
Tampoco podría siquiera discutirse que el actual régimen pasará a la historia –insisto– como el peor de todos en nuestra vida republicana, no sólo por haber empobrecido y destruido a Venezuela, sino por haberlo hecho para beneficiar a la cúpula dictatorial de otro país, lo cual no puede merecer otra calificación como no sea la de traición a la patria.
   @gehardcartay
LAPATILLA.COM
Miércoles, 29 de agosto de 2018