jueves, 12 de julio de 2018


LA CONSTITUCIÓN Y LOS MILITARES
Gehard Cartay Ramírez
La Constitución Nacional es la Carta Fundamental de la República y, con tal carácter, establece los derechos y deberes de sus ciudadanos y precisa el modelo político, económico y social del Estado venezolano. 
Por tanto, su contenido nos obliga a todos sin excepción, y entre ellos están incluidos los miembros de la Fuerza Armada Nacional (FAN). Por eso mismo, cuando se le exige que cumplan sus deberes constitucionales nadie los insta a alzarse, sino todo lo contrario: a ser garantes de las normas constitucionales.
Y esa es, sin duda alguna, una alta exigencia nacional a estas alturas: que garanticen el cumplimiento de la Constitución, violada todos los días por el régimen castrochavomadurista. Pero cuando se le exige a la Fuerza Armada Nacional que garantice la vigencia de la Carta Magna, ella misma debe comenzar cumpliendo con el artículo 328, que la regula como institución castrense, y cuya cúpula viola a cada rato. La Constitución le ordena ser “una institución esencialmente profesional, sin militancia política”, que “en el cumplimiento de sus funciones, está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna”. Más claro no canta un gallo. Entonces, sobra eso de “Chávez vive” o lo de “patria socialista”. Comiencen, pues, por cumplir el artículo 328.
Desde luego que, basada en estas mismas razones -por estar “al servicio exclusivo de la Nación”-, la FAN debería exigirle al régimen que cumpla también con la Constitución y las leyes, respete el Estado de Derecho, garantice la comida así como la seguridad y los bienes de los venezolanos, deje de violar los derechos humanos, libere a los presos políticos y acceda a la celebración de elecciones limpias y transparentes.
¿Será mucho pedir? Por supuesto que no: todo eso está en las normas constitucionales, especialmente en el artículo 2 que define a Venezuela “como un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”, lo que ahora obviamente no es.
Hay que recordarle a la cúpula militar de hoy que desde 1958 hasta 1998 las FAN fueron -por expreso mandato de la Constitución de 1961- “apolíticas, no deliberantes y sometidas al poder civil”. Se les inculcó entonces una profunda raigambre constitucional y se las mantuvo alejadas del debate político-partidista. Se respetó -en lo posible- la meritocracia en materia de ascensos, revisados por el Senado, antes de ser aprobados por el Presidente de la República. Y se actualizó entonces a la alta oficialidad en temas de interés nacional, a través del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional durante el primer gobierno del presidente Rafael Caldera.
Entre 1958 y 1999 las FAN como institución tuvieron un comportamiento institucional, con apego a las normas constitucionales. En su momento, respaldaron la democracia republicana frente la subversión guerrillera de la extrema izquierda, patrocinada por el dictador cubano Fidel Castro, y la derrotaron militarmente.
La llegada al poder del actual régimen en 1999 cambió intempestivamente el papel de las FAN. No hay que olvidar, por cierto, que luego de la derrota de las guerrillas en los años sesenta, continuó la infiltración marxista de los cuadros medios de la institución armada (Véase mi libro Los orígenes ocultos del chavismo, Editorial Libros Marcados, 2006). Después siguieron la preparación sigilosa de una logia militar conspiradora y las intentonas golpistas de febrero y noviembre de 1992.
Estos lamentables hechos y la gigantesca crisis nacional creada por el actual desgobierno convierten a la institución militar en un factor decisivo en el desenlace de la actual situación. De allí que los venezolanos le reclamen a la Fuerza Armada Nacional que actúe en función de los principios constitucionales y sea garante efectivo de la institucionalidad democrática, y no el soporte armado de un proyecto político que ha destruido las instituciones, dividido al país y sembrado el odio, aparte de conducirnos a la más severa crisis económica que este país haya podido sufrir nunca antes.
La resolución de la presente crisis de gobernabilidad sólo es posible mediante el cumplimiento efectivo e inmediato de los principios del sistema democrático y del Estado de Derecho que consagra la actual Constitución de la República y, por tanto, la Fuerza Armada Nacional tiene que ser su garante, pues ella ejerce la custodia de las armas propiedad del pueblo venezolano y el monopolio de la violencia.
@gehardcartay
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Jueves, 12 de julio de 2018
 




martes, 3 de julio de 2018


ANOMIA OPOSITORA
Gehard Cartay Ramírez
Resulta gravísima la anomia que sufre la dirigencia opositora en un momento en que debería estar activa y decidida para sustituir la dictadura que oprime a Venezuela.
Tal situación es inaudita por donde se le analice. Venezuela sufre ahora uno de los regímenes más destructores y letales que haya conocido su historia. En casi dos décadas, un régimen falaz y antipatriótico no sólo ha destruido casi todos los logros que el país había alcanzado hasta su desgraciada llegada al poder en 1999, sino que, por si fuera poco, ha condenado a los venezolanos al hambre y la miseria, no obstante ser nuestro país uno de los más ricos del planeta.
Frente a este cuadro, cada día más agónico, no se observa una reacción contundente y precisa de la dirigencia opositora, para no hablar de su liderazgo, que obviamente no existe ahora. Sus partidos políticos, algunos anémicos, otros confundidos y no pocos divididos, aparecen impotentes ante la desgracia que nos arropa, todo lo cual refuerza la desesperanza que, al estilo castrocomunista, nos induce cada día el chavomadurismo.
Se ha configurado así un dramático vacío de liderazgo, tanto personal como colectivo. No ha surgido hasta ahora alguien que encarne ese liderazgo opositor, combativo, decidido y resuelto a enfrentar al régimen, con todas las consecuencias que lleva implícito ese reto. Pero, igualmente, tampoco aparece por ningún lado, en estos precisos momentos, el liderazgo colectivo que requerimos los adversarios del régimen, para planificar, dirigir y ejecutar las tácticas y los movimientos necesarios para sustituir al actual régimen.
Pareciera que algunos dirigentes opositores se han atemorizado frente a la cúpula podrida del régimen, cáfila de mediocres, ineptos y corruptos que, a pesar de encabezar una dictadura, no se ocupan de gobernar en el sentido exacto del término (proteger la vida y los bienes de los ciudadanos y propender su progreso y desarrollo, para decirlo de la manera más simple). Así, hoy vivimos la paradoja de que no hay liderazgo en el régimen ni tampoco en la oposición, todo lo cual conforma la anomia general del país. Mientras tanto, nos precipitamos hacia una colosal tragedia humanitaria, sin que surja un liderazgo personal y colectivo que sustituya cuanto antes a quienes mal gobiernan y detenga efectivamente la tragedia que hoy envuelve hoy a venezolanos.
Son casi veinte años de ineficacia política y dirigencial. Y todo ello, a pesar de que la sociedad civil ha mostrado varias veces su beligerancia y fortaleza, y centenares de jóvenes han muerto a manos de la más feroz represión que haya conocido el país. Pero la dirigencia opositora le ha fallado en varios momentos decisivos, bien por falta de coraje, como sucedió en las elecciones presidenciales de 2012, o por no haber trazado una estrategia unitaria, efectiva y clara frente a las pasadas “elecciones” de 20 de mayo.
Todas estas equivocaciones opositoras arrancan, a mi juicio, de no haber comprendido desde sus inicios la auténtica naturaleza del régimen, en especial su indisimulado propósito de permanecer por siempre en el poder, exageración que aunque no podrá cumplirse nunca ni aquí ni en otro lado, cuenta ya dos décadas a su favor en Venezuela. Todavía recordamos cómo se entregó cobardemente el Congreso de la República elegido en 1988; o la irresponsable actitud de la antigua Corte Suprema de Justicia cuando avaló la convocatoria de la Constituyente de Chávez en 1999, a pesar de que la misma no estaba contemplada en la Constitución de 1961. Ambas conductas fueron una muestra inicial de la cobardía institucional que permitió a Chávez hacerse un traje a la medida para arrancar su proyecto totalitario. 
La otra gran paradoja la constituye el hecho de que más del 80 por ciento del país rechaza el régimen de Maduro y, sin embargo, a pesar de esa orfandad de apoyo, este último se mantiene sostenido únicamente por la cúpula militar. Todo lo cual explica –a su vez– la desconexión actual entre la fuerza armada y su compromiso sagrado de respetar y hacer respetar la Constitución y las leyes de la República. Y no sólo eso, sino también su falta de sintonía con el sentimiento mayoritario de los venezolanos. 
Hay que despertar a la oposición de su modorra actual. Hay que sacudirla para vuelva a la lucha y al combate efectivo por la sustitución del chavomadurismo cuanto antes. Pero esa tarea pasa por la inaplazable revisión de los actuales dirigentes opositores, así como por el cambio en la manera de adelantar ese combate por una mejor Venezuela. Todo este tema es digno de un debate abierto y plural. Pero no se puede demorar más. Cuanto antes lo hagamos, menos tiempo tendrá el régimen para seguir destruyendo a Venezuela.
@gehardcartay 
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Viernes, 29 de junio de 2018.

lunes, 25 de junio de 2018


¿TODO PASADO FUE MEJOR?
Gehard Cartay Ramírez
En muchos de quienes vivieron parte de la República Civil (1959 – 1999) hay una evidente nostalgia por aquellos tiempos.
Y es natural que así sea. Pero en aquellos otros que no la conocieron hay también, sin duda, no una nostalgia por ese ciclo histórico, sino una gran frustración y molestia por la destrucción del país a manos del chavomadurismo. Eso es lo que explica que hayan dado una gran batalla y ofrendado más de un centenar de vidas en las calles el año pasado, y también, por desgracia, que muchos de ellos estén abandonando el país, buscando un mejor destino, ese que obviamente aquí no conseguirán mientras exista el presente régimen.
¿Significa esto que todo pasado fue mejor? Dependiendo de las circunstancias y de los ciclos históricos se podría responder esta interrogante. Quien analice la historia venezolana desde sus inicios conseguirá respuestas dispares.
Así, por ejemplo, las teorías cuasi paradisíacas sobre la etapa indígena en lo que hoy es territorio venezolano sostienen que la misma fue mejor que lo que vino luego. Tal vez tengan razón. Sin embargo, hubo también entonces guerras tribales violentas, aquí y en todo el continente.
La conquista y colonización española fue luego una larga etapa de imposición de una cultura extraña sobre la autóctona, con sus consecuencias nefastas: la esclavitud y la explotación de los pobladores originarios. Resulta, por tanto, obvio que esta etapa no fue mejor que el tiempo de los aborígenes.
Sin embargo, la posterior Guerra de Independencia liquidó la economía y la paz. Entre 1830 y 1859, los esfuerzos por consolidar la República fueron auspiciosos. Y cuando apenas se estaban recuperando la economía y la paz social explotó la llamada Guerra Federal, que acabó con los nacientes logros. Sin duda, los años inmediatamente anteriores habían sido mejores.
Vino luego la larga autocracia de Guzmán Blanco y sus sucesores políticos. Posteriormente, la de los militares andinos en el poder, entre 1899 y 1945, primero con los generales Castro y Gómez, y luego con los también generales López Contreras y Medina. Esta última etapa significó un avance en todo sentido.
Con la denominada Revolución de Octubre que en 1945 derrocó a Medina comenzó un sostenido proceso de ascenso económico y social que duró hasta finales del siglo XX. Se proyectaron grandes obras públicas y se inició una etapa de modernización del país. En 1946 fue elegida una Asamblea Constituyente que dictó la primera Constitución democrática, y en 1947 fue electo el escritor Rómulo Gallegos como el primer presidente escogido en comicios directos, universales y secretos. Y aunque será derrocado por las Fuerzas Armadas a los nueve meses de haber tomado posesión, serán los militares quienes ejecuten algunas de aquellas grandes obras, muchas de las cuales fueron continuadas por los gobiernos democráticos surgidos a la caída de la dictadura perezjimenista.
Pocos pueden dudar hoy que a partir de entonces y hasta 1999 hubo una etapa de progreso ascendente, al punto que en aquel tiempo surgió una pujante clase media, como pocas en el continente. Porque si bien es cierto que durante de la década militar (1948-1958) se construyeron obras públicas fundamentales, no lo es menos que, entre 1958 y 1998, La República Civil superó aquellos logros, mientras se expandían también el sistema democrático y el respeto a las libertades públicas y los derechos humanos.
Como puede notarse, en medio de tropiezos y dificultades, se avanzó en todos los órdenes, a pesar de ciertos retrocesos puntuales, como la ausencia de democracia durante la dictadura del general Pérez Jiménez y la insurgencia guerrillera castrocomunista, a comienzos de los años sesenta. Pero queda fuera de toda duda que, entre 1959 y 1973 -bajo los gobiernos progresistas de Betancourt, Leoni y Caldera-, Venezuela fue un país con una economía en ascenso, una moneda fuerte, niveles de endeudamiento mínimos y un manejo prudente, austero y decente de los dineros públicos.
Y si bien es cierto que el alza sorpresiva de los precios petroleros en 1973 indigestó financieramente al país y se malbarató parte de aquella montaña de recursos a partir del primer gobierno de CAP, no lo es menos que -seguido del de Herrera Campíns y Lusinchi, entre 1974 y 1988- Venezuela siguió creciendo económicamente, con saldo positivo en materias de salud, educación, vivienda, descentralización y servicios públicos.
Por desgracia, crecieron también la corrupción, la pobreza y la deuda externa, aunque nunca en las inmensas proporciones actuales. El punto de inflexión entonces volvió a presentarse, al igual que en su primera gestión, durante el gobierno de CAP II, al producirse el Caracazo, los golpes militares de 1992 y su destitución en 1993. Posteriormente, el gobierno de Caldera II garantizó cinco años de paz, así como la continuidad administrativa y la ejecución de importantes obras públicas.
Sin embargo, y a pesar de todo, la mayoría estaba descontenta y quería un cambio radical. Todo esto llevó al poder a un militar golpista como Hugo Chávez Frías, quien prometió entonces resolver los problemas del país, y luego de 13 años largos, cuando falleció en La Habana, no había resuelto ninguno, sino creado otros nuevos y más complejos. Sus sucesores han continuado aquel nefasto legado. Hoy el país ha retrocedido un siglo, arruinado y peor que nunca, con más pobreza y miseria, desabastecimiento y hambre, inseguridad terrorífica, inflación descontrolada y corrupción sin precedentes.
 Obviamente que aquel pasado fue mejor que este presente trágico. ¿O usted lo duda, amigo lector? 
@gehardcartay
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Viernes,, 22 de Junio de 2018.










miércoles, 20 de junio de 2018


LA PESADILLA CHAVOMADURISTA
 Gehard Cartay Ramírez
En Venezuela vivimos una larga pesadilla chavomadurista, caracterizada por el hambre, la corrupción y la destrucción del país que veníamos siendo.
Sin embargo, a diferencia de las pesadillas del sueño, la que hoy sufrimos los venezolanos no termina aún porque no hemos despertado, como debía ser. Por diversas razones, seguimos siendo incapaces de terminar con ella, mientras cada vez más esa misma pesadilla sigue devorándonos con su carga de muerte, odio y destrucción.
Son veinte años ya de dominio por parte de una cáfila de desadaptados, resentidos y criminales, cuya incapacidad y corrupción han destruido un país que ahora podría estar entre los más desarrollados y progresistas del mundo, y no convertido en una nación donde campean la miseria, el hambre, la corrupción y las enfermedades.
No deja de ser una ironía que Venezuela, la misma que con Bolívar, Sucre y otros guerreros encabezó la lucha por la libertad de buena parte del continente suramericano, casi 200 años después se haya convertido en un país secuestrado por el despotismo autoritario de un grupo de forajidos que hoy la someten al hambre, la miseria y  la tiranía.
Y más sorprendente aún resulta que hayamos permitido que esta opresión dictatorial se prolongue en el tiempo y que, en pleno siglo XXI, mientras casi todos los demás países del hemisferio constituyen democracias en pleno funcionamiento, la nuestra haya muerto y hoy la sustituya una mascarada que sólo oculta un perverso sistema inspirado por la monstruosidad  castrocomunista.
Porque si algo debemos tener muy claro los venezolanos es que toda esta pesadilla no es una mera casualidad. No, en absoluto. Ella forma parte de la ofensiva de destrucción y arrase que desarrolla el actual régimen y que tiene objetivos muy claros.
El primero de ellos lo constituye la exclusión, el sectarismo y la división entre los venezolanos, con su carga de odios y enfrentamientos. El segundo objetivo ha sido la destrucción de las instituciones democráticas que venían funcionando regularmente desde 1958. Así, Venezuela ha retrocedido al siglo XIX, pues desde el poder se ha privilegiado el caudillismo y la violencia armada contra los ciudadanos y sus derechos, mediante la violación sistemática de la Constitución y las leyes.
Otro objetivo logrado por el régimen ha sido la destrucción de la clase media y el empeoramiento de las condiciones de vida de los pobres, depauperando a la primera y llevando a la miseria más deplorable a los segundos. Para lograr tan retorcido propósito ha liquidado las inversiones nacionales y extranjeras, desconocido el derecho de propiedad privada, cerrado miles de fábricas e invadido y arruinado otras miles de fincas agropecuarias productivas y, por consecuencia, acabado con millones de puestos de trabajo. Por eso mismo -y no por la mentira de “la guerra económica”- hoy escasean la comida, las medicinas y los empleos, al punto de convertirnos ya en un país africano marcado por el hambre y el desempleo.
Igualmente el régimen ha liquidado el progreso alcanzado luego de varios años por los venezolanos. Así, los logros fundamentales de la República Civil entre 1959 y 1998, que crearon una clase media en ascenso y sacaron de la pobreza a centenares de miles de familias, han sido destruidos por el empeño en establecer aquí un modelo calcado de la dictadura castrocomunista cubana, una de las estafas ideológicas más grandes de la historia, que ha hundido en el hambre y la pobreza a todo un pueblo entero desde hace 60 años. Lo mismo quieren hacer aquí: igualarnos por debajo para empobrecernos a todos, menos a la cúpula podrida del régimen, cada vez más rica.
A quien más ha perjudicado esta expresa y deliberada política de destrucción ha sido a la juventud venezolana, no sólo por la muerte de centenares de jóvenes en manifestaciones y protestas contra el régimen, sino también por cerrarle las puertas hacia un futuro mejor. Eso explica por qué millones de nuestros muchachos huyen hacia otros países en busca de mejores oportunidades.
Mientras tanto, el país se cae a pedazos, la anarquía avanza incontenible, las instituciones han sido destruidas, los servicios públicos no funcionan, la salud dejó de ser un derecho y hoy mueren muchos venezolanos por carecer de medicinas y de falta de atención médica en hospitales públicos o privados.
La onda destructora del régimen también ha condenado al hambre a muchos venezolanos, ya sea por haber arruinado el aparato productivo nacional con su consecuencia directa, el desabastecimiento y la escasez, y también por la mega inflación que ha liquidado la capacidad adquisitiva de los venezolanos. Por desgracia, sus menguados salarios ya no alcanzan para nada y cada día se les hace más difícil adquirir los alimentos necesarios para mantener a su familia.
Hay que despertar ya de esta pesadilla. Hagamos nuestra aquella significativa consigna del Papa San Juan Pablo II en una de sus visitas a Venezuela: “Despierta y reacciona. Es el momento…”   
@gehardcartay
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Viernes, 15 de junio de 2018.