lunes, 13 de noviembre de 2017

LA NECESARIA REGENERACIÓN DE VENEZUELA



LA NECESARIA REGENERACIÓN DE VENEZUELA
Gehard Cartay Ramírez
No será fácil la regeneración moral y económica de Venezuela, una vez que salgamos de esta terrible desgracia que sufrimos desde hace 18 años.
No será fácil superar tanta devastación y saqueo en todos los órdenes que ha perpetrado el régimen actual a partir de 1999. Requerirá de muchos años de esfuerzo honesto y creador. Habrá que apelar a los mejores hombres y mujeres, a los más honestos y decentes, a los más aptos y capaces, luego de la criminal depredación y la rapiña incesante que el chavomadurismo les ha hecho a los venezolanos en estas casi dos décadas de oprobio y destrucción.
Habrá que poner en marcha eficaces planes y programas para enfrentar la pobreza, la miseria, el hambre, el atraso y la disgregación social que han crecido como nunca antes bajo este régimen. Habrá que priorizar los objetivos sociales para sacar al pueblo del foso de miseria y hambre donde lo metió el chavomadurismo, así como elevar sus niveles de existencia, comenzando por reabastecerlo de comida y medicinas, crear empleos estables y, en general, mejorar su calidad de vida, hoy una de las peores del planeta.
La tragedia que padecemos ahora pocas veces antes la sufrió el país, a pesar de su violenta y compleja historia, lo cual es mucho decir. Y es que la degeneración moral –que incluye la degeneración política y social–, sin duda, la más grave, será también la más difícil de combatir, luego de la gigantesca corrupción, saqueo, perversidad y pillerías de la cúpula podrida que ha mandado en estos últimos lustros. Lo afirmo porque pareciera que una especie de lepra moral –sin remedio bajo el chavomadurismo– ha venido contagiando ciertos segmentos de la nación, lo cual da una idea de las muchas dificultades que habrá en el futuro para vencerla.
Tal vez la regeneración económica sea menos complicada. El país aún tiene recursos a tales fines, y muchísimos otros más que habrá que rescatar de las garras rusas y chinas, de los tentáculos del hoy todopoderoso narcotráfico y de las mafias financieras corruptas que nos han venido saqueando a los venezolanos, como testaferros de la cúpula podrida oficialista. Habrá que realizar una operación precisa y rápida para localizar sus responsables, aquí y en el exterior, confiscarles sus milmillonarias riquezas y bienes mal habidos, y reintegrarlos al patrimonio de la República, de donde nunca debieron salir.
Todo ello supone también atraer otra vez inversiones extranjeras y nacionales para rehabilitar el aparato productivo del país, luego de que el actual régimen lo destruyera en estos años recientes, lo que explica la escasez, el desabastecimiento y la carestía que hoy nos ahoga a casi todos, y que el régimen esconde tras la mentira de una supuesta “guerra económica”.
Porque, amigo lector, esto que hoy padecemos es una auténtica hecatombe en todos los órdenes. Ni siquiera puede equipararse con la ruina total que sufrió el país al terminar la guerra de Independencia en 1823 y la guerra federal en 1863. La actual crisis es mucho más grave todavía, tanto en términos morales como económicos. Los daños inmensos que se les han ocasionado a los venezolanos de hoy y de mañana, a la economía nacional y a la moral del país, serán casi irreversibles, si no somos capaces de sustituir –en el menor tiempo posible– a este régimen criminal y destructor. De no ser así, serán entonces definitivos durante 50 o 100 años más.
Por desgracia, hay algunos que no tienen la más mínima conciencia de la gravedad de esta crisis. Hay, incluso, a quienes no les importa lo que padecemos, y prefieren apostrofarse ante el régimen por unas cuantas migajas que caen del banquete de su cúpula podrida, en lugar de luchar en su contra para asegurar un futuro mejor para ellos y sus hijos.
Esa conjunción de molicie, oportunismo, cobardía, irresponsabilidad y complicidad -a veces separadas y no pocas veces juntas- que pareciera haberse apoderado de algunos, sigue siendo un gran obstáculo para salir de la crisis moral y económica que nos agobia. Se hace necesario entonces concientizar ese conglomerado indiferente y enrolarlos en el combate por superar esta pesadilla y trabajar en función de una Venezuela mejor.
Todo ello exigirá un robusto liderazgo moral, con experiencia y conciencia de lo que ahora sucede y de lo que hay que hacer para cambiarlo. No es tarea para dirigentes mediocres, inmediatistas y novatos. Es una tarea para estadistas, y no para parlanchines frívolos e ignorantes.
No es cualquier cosa lo que está planteado. Que se abstengan entonces los aventureros, ya sea de la política o de la antipolítica. Estos trágicos 18 años son más que suficientes. Ya basta. 
  @gehardcartay
El blog de Gehard Cartay Ramírez
LA PRENSA de Barinas ( Venezuela) - Martes, 07 de noviembre  de 2107.
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miércoles, 1 de noviembre de 2017

El pacto de Puntofijo



A propósito de los 59 años del Pacto de Puntofijo

 


El 30 de octubre de 1958 se había firmado en la Quinta “Puntofijo” de la Avenida Solano, sector Las Delicias de Sabana Grande en Caracas, hogar de Rafael Caldera, un trascendental acuerdo institucional entre las tres fuerzas políticas más importantes del país.

Ese acuerdo era la lógica conclusión de las conversaciones que, desde enero de ese mismo año, habían venido sosteniendo Betancourt, Villalba y Caldera, cuando -a la caída de la dictadura- se reunieron en Nueva York.  La motivación central no era otra que el reclamo de la unidad nacional. El llamado espíritu del 23 de Enero  seguía influyendo poderosamente en todas y cada una de las decisiones políticas del momento, sobre todo de cara a otra exigencia suprema como lo era el desarrollo pacífico y ordenado de la transición política en ejecución. Y si bien es cierto que la búsqueda del candidato único había fracasado y que, al final, cada partido político presentaría el suyo -dos militantes y un militar activo-, ese esfuerzo se orientó entonces hacia un acuerdo solemne. Su objetivo fundamental: asegurar el cumplimiento de las reglas del juego, normales en cualquier democracia, pero importantísimas en aquel momento cuando Venezuela salía de un largo período dictatorial y militarista. Así fue como nació lo que con posterioridad ha sido conocido como el  Pacto de Puntofijo.

Era, pues, un acuerdo coyuntural, forzado por aquellas circunstancias tan especiales. No tenía, expresamente, intenciones de largo alcance sino más bien de corto y probablemente mediano plazo. Era un pacto de proposiciones muy concretas, referidas a un momento específico y dirigido a lograr metas realistas y prácticas. No era, en consecuencia, una simple declaración de principios ni tampoco un  pronunciamiento teórico o programático. Se diría que consistía  esencialmente en un acuerdo táctico momentáneo en función de una estrategia inmediata: asegurar la transición de la dictadura a la democracia.

Contra todo lo que se ha escrito y dicho posteriormente, la verdad histórica es que el Pacto de Puntofijo fue un acuerdo circunstancial, referido apenas a los próximos cinco años, contados a partir de 1959, cuando tomará posesión el siguiente gobierno.

Afirmar, por tanto, que en ese preciso instante se comprometió el futuro de los siguientes cuarenta años del país es  -cuando menos- un disparate. Esto hay que aclararlo en aras de la verdad histórica. Y ello en virtud de que una abundante literatura, y sobre todo una interminable retórica política interesada, han terminado desvirtuando lo que, en realidad, fue el Pacto de Puntofijo. Gracias a esa tergiversación histórica,  hoy la gran mayoría de los venezolanos lo perciben como un diabólico acuerdo entre AD y Copei para repartirse el poder durante cuarenta años, usufructuar sus privilegios, distribuirse sus ventajas materiales y someter a los venezolanos a una especie de reino del terror, la ineficiencia, la corrupción y todas las otras taras políticas que puedan existir.

Por contraposición hay que agregar que tampoco corresponden al Pacto de Puntofijo los aspectos positivos y negativos de estos últimos 40 años, y esto también debe quedar absolutamente claro. Cada gobierno elegido en este período tiene sus responsabilidades asumidas ante la historia, sin que pueda establecerse una especie solución de continuidad entre, por ejemplo, el segundo gobierno de Betancourt y el primer gobierno de Caldera. Más todavía: esa solución de continuidad no es posible, incluso, pretenderla entre los primeros y segundos gobiernos de Caldera y de Carlos Andrés Pérez, con todo y que hayan sido esas mismas personas quienes ejercieran la presidencia en dos oportunidades distintas. Resulta entonces, por decir lo menos, una falacia pretender arropar estas cuatro décadas históricas con el llamado Pacto de Puntofijo, aparte de un ejercicio de superficialidad y banalidad inadmisible como mecanismo de análisis histórico, por aquello de que cada momento tiene sus propias circunstancias.

En este sentido, el testimonio del propio Caldera es categórico y definitivo: “El Pacto de Puntofijo fue acordado para un período de gobierno, es decir, para el quinquenio 1959-1964 (subrayado de Caldera). Fue complementado al cierre del proceso electoral con una declaración de principios y un programa mínimo de gobierno, suscritos por los candidatos presidenciales de los tres partidos y del Partido Comunista, a saber, Rómulo Betancourt(AD), Wolfgang Larrazábal (URD y PCV) y Rafael Caldera (COPEI)”. Y agrega el ex presidente, como para que no quede duda alguna al respecto: “No se previó su duración más allá del primer quinquenio, como se acaba de indicar; pero, indudablemente, el espíritu del 23 de Enero, el compromiso solidario de mantener las instituciones por encima de las diferencias partidistas, la defensa de las libertades y de los derechos humanos y el compromiso social, inseparable del derecho y el deber de gobernar, valores que inspiraron el Pacto de Puntofijo, sobrevivieron al término previsto”.

Esta última y lúcida interpretación de Caldera es la que explica porque se tiene a Puntofijo como “el pacto histórico” de estos últimos cuarenta años. Ciertamente que elementos consustanciales del sistema democrático como lo son el respeto a los resultados electorales, la existencia de los partidos políticos, los acuerdos parlamentarios, los entendimientos cíclicos entre los adversarios, los compromisos obligantes para mantener el sistema, etc, al verse consolidados durante estas cuatro décadas -algo nunca antes visto en nuestra accidentada historia republicana-, han permitido a algunos especular sobre el acuerdo que arropó tan largo período nacional. No puede extrañar entonces que al Pacto de Puntofijo también se le enrostren todas las fallas que se produjeron en ese tiempo y se le nieguen, hipócritamente, los logros que evidentemente hubo.

Otro expresidente socialcristiano, Luis Herrera Campíns, ha escrito con mucha claridad que el Pacto de Puntofijo “fue absolutamente diáfano. No engañó a nadie. El voto en pro de alguno de los colores partidistas de URD, COPEI o AD era en favor de la constitución de un Gobierno de Unidad  Nacional. A los parciales de cada agrupación se les permitía transitar su propio camino, pero los tres convergían en la necesidad de hacer un gobierno solidario. De manera que se ve a las claras la doble significación de `Punto Fijo´: por un lado, un pacto con ribetes electorales para ceñir la disputa a reglas de altura, de compostura republicana y de consideración cívica, y, por otra parte, un pacto ejecutivo, de gobierno”. Así, agregaba, lo electoral estaba contenido propiamente en el documento central, suscrito por los respectivos candidatos presidenciales, en tanto que lo relativo al ejercicio inmediato de gobierno se incluía en programa mínimo, igualmente firmado por aquellos. “Nuestra política venía de agudas peleas sectarias en años anteriores -sigue explicando Herrera Campíns- y por primera vez aparecía una tentativa seria de coincidir en tareas nacionales  varias fuerzas políticas de distinto signo ideológico y de acordarse sobre ordenación de prioridades. Y concluye: “Se iban a pautar así las grandes líneas de acción político-administrativa para el primer gobierno del nuevo ensayo democrático”.

Rómulo Betancourt, beneficiario directo históricamente del Pacto de Puntofijo, dijo en su discurso de toma de posesión en 1959, lo siguiente: “Mucho más profundo que la regularización de la controversia pública y el respeto a las reglas del juego democrático, fue el sentido que se le dio a la tregua interpartidista. Llegó a tan positivos extremos como el de la suscripción, el 31 de octubre de 1958, de un pacto público, en el cual los partidos Acción Democrática, el socialcristiano Copei y Unión Republicana Democrática adquirieron compromisos concretos con la nación, en vísperas de iniciarse la campaña electoral de esas tres colectividades, cada una de ellas con su propio candidato a la Presidencia y con listas propias de aspirantes a cargos electivos en organismos deliberantes. Se comprometieron a darle al debate electoral un sostenido y elevado tono principista, erradicándose el desfogue verbal y la acrimonia personalista; a respetar y hacer respetar el resultado de los comicios; a popularizar un programa común de gobierno y a que se gobernase luego dentro de un régimen de coalición”. Agregaba a continuación que, a  pesar de los augurios en contrario, los compromisos previos a las elecciones se cumplieron, como fracasarían también “los cálculos alarmistas de los descreídos -ironizaba seguidamente-, algunos formulados con la mejor buena intención. He podido llegar a un acuerdo de fondo con los partidos políticos, a través de sus jefes doctores Jóvito Villalba y Rafael Caldera, para la integración de un gobierno de ancha base nacional, donde tienen los partidos adecuada representación así como también los sectores de la producción sin ubicación partidista y los grupos técnicos”.  

El ex presidente Carlos Andrés Pérez, en cambio, opina que Puntofijo fue una trampa en contra de AD. En el libro Conversaciones con Carlos Andrés Pérez, entrevistado por el periodista Alfredo Peña, dijo resueltamente: “Para mí el llamado Pacto de Punto Fijo fue una trampa urdida contra Acción Democrática para conducirnos a una política de apoyo al ganador de las elecciones, porque jamás creyeron en la victoria de Betancourt. El pacto (...) fue una iniciativa originada en la idea de la imposibilidad del triunfo presidencial de AD y, lógicamente, en forzar al Partido a respaldar a URD o COPEI. Digo esto, sin negar la importancia del compromiso político adquirido por todos de apoyar al gobierno surgido de las elecciones”.

Del acuerdo fue excluido el Partido Comunista de Venezuela. Esa exclusión fue tácita y no expresa. Betancourt pretendió posteriormente hacer creer -y así lo afirmó en su ya citado discurso de toma de posesión- que la misma había sido “por decisión razonada de las organizaciones que lo firmaron”, lo cual no es verdad. Si se revisa exhaustivamente el texto del acuerdo, esa exclusión no aparece mencionada en ninguna parte. Por supuesto que lo que sí es cierto es que el PCV no fue llamado a firmar el acuerdo, pero las razones para esa decisión no aparecen en el documento en referencia. Por el contrario, el quinto punto en su parte final señala, textualmente, que “como este acuerdo no fija principio o condición contrarios al derecho de las otras organizaciones existentes en el país, y su leal cumplimiento no limita ni condiciona el natural  ejercicio por ellas, de cuantas facultades pueden y quieren poner al servicio de las altas finalidades  perseguidas, se invita a todos los organismos democráticos a respaldar, sin perjuicio de sus concepciones específicas, el esfuerzo comprometido en pro de la celebración del proceso electoral en un clima que demuestre la aptitud de Venezuela para la práctica ordenada y pacífica de la democracia”. Aún más: tanto la Declaración de Principios como el Programa Mínimo de Gobierno suscritos como complemento del Pacto de Puntofijo, fueron, a su vez, firmados por Larrazábal en su condición de candidato de la alianza formada por URD y el PCV.

Tal vez convenga, en todo caso, aclarar aquí que quien sí razonó su firme decisión de excluir al PCV del gobierno que iba a presidir fue el propio Betancourt. Y lo hizo sin mediastintas, de manera clara y contundente: “En el transcurso de mi campaña electoral fui explícito en el sentido de que no consultaría al Partido Comunista para la integración del gobierno y en el de que, respetando el derecho de ese partido a actuar como colectividad organizada en el país, miembros suyos no serían llamados por mí para desempeñar cargos administrativos en los cuales se influyera sobre los rumbos de la política nacional e internacional de los venezolanos...” Al asumir tal posición, el flamante presidente electo no actuaba improvisadamente sino en base su zamarro cálculo político personal: primero, despejaba así cualquier duda ante el gobierno norteamericano y las demás democracias occidentales; segundo, calmaba al sector militar, cuya desconfianza hacia los comunistas era aún muy notoria, y tercero, practicaba él mismo una posición de principios asumida desde el momento mismo en que abdicó de su temprana militancia comunista costarricense y se propuso trabajar en función de un proyecto político nacionalista revolucionario.

Lo cierto definitivamente es que el indudable desarrollo democrático del país tuvo, entonces, su piso más sólido en Puntofijo. Ha sido, por lo demás, el acuerdo político más importante del siglo XX venezolano en virtud de haber iniciado exitosamente una experiencia democrática interpartidista sin antecedentes en la historia nacional.  

 (Extraído de mi libro Orígenes ocultos del chavismo. Militares, guerrilleros y civiles, Editorial Libros Marcados, Caracas, 2006, Capítulo IV, páginas 103-108.)

viernes, 20 de octubre de 2017

EN MEMORIA DE EDGAR CARTAY RAMÍREZ, 40 AÑOS DESPUÉS



EN MEMORIA DE EDGAR CARTAY   RAMÍREZ, 40 AÑOS DESPUÉS
El pasado domingo 15 de octubre se cumplieron 40 años de la trágica muerte de mi hermano Edgar Cartay Ramírez en un absurdo accidente de tránsito ocurrido en Barinas.
Fue la primera vez que la muerte de un ser querido me golpeó tan de cerca.
Edgar era licenciado en Historia, graduado en la Universidad de Los Andes en 1971. Se vino a Barinas inmediatamente e ingresó a la docencia en educación media. Era un hombre generoso y amigable, aunque de pocas palabras.
Sin embargo, llevaba por dentro una luz de esperanza y a cada cual daba un poco de esa luz, especialmente a sus numerosos alumnos. En la familia era también el más ingenioso de todos sus hermanos. Recuerdo que siempre nos ayudaba en los juegos infantiles, construyendo juguetes o permitiendo el vuelo de nuestra imaginación.
Esa calidad humana le permitió ejercer funciones de liderazgo estudiantil. Fue así como sus compañeros lo eligieron presidente del Centro de Estudiantes del Liceo O´Leary. Después se fue a Mérida, a estudiar Derecho, pero pudo más su vocación por la historia. Años más tarde, coincidiríamos allí y hasta fuimos compañeros de habitación en una pensión estudiantil en la carrera ocho, por los lados de Barinitas, la primera estación del teleférico de Mérida.
Siendo estudiante universitario, Edgar fue también un activista político de izquierda -algunos de sus contemporáneos lo llamaban entonces “el comandante”, por cierto- e impulsor de importantes iniciativas, entre ellas, la Asociación de Estudiantes Barineses de la Universidad de los Andes. Edgar fue igualmente un bohemio, amigo de parradas y de tragos. Sus numerosas amistades siempre lo consideraron un hombre sincero, afable, enemigo de formalidades, espontáneo y sencillo. En sus últimos años se hizo socialcristiano y participó activamente en los inicios de la campaña electoral de Luis Herrera Campíns.
Acababa de cumplir 33 años cuando fue sorprendido por la fatalidad. Nos lo cobró una madrugada de octubre, y apenas pudo su recia fibra de hombre joven luchar contra la adversidad algunas horas, mientras lo trasladábamos por vía aérea a Caracas, donde finalmente falleció.
Rendimos ahora, 40 años después, homenaje a su memoria y su ejemplo.

GEHARD  CARTAY RAMÍREZ


        

jueves, 19 de octubre de 2017

EL FRAUDE ELECTORAL COMO RECURSO



EL FRAUDE ELECTORAL COMO RECURSO
Gehard Cartay Ramírez
A riesgo de parecer simplista, creo que lo sucedido este domingo anterior es producto de un escandaloso mega fraude por parte del régimen.
Así de simple. Si alguien me preguntara en que baso mi afirmación, simplemente le diría que es absurdo que en un país colapsado, cada vez más hambriento y pobre, donde la indignación contra Maduro abunda en todas partes y a toda hora, con casi todo el mundo en su contra, el régimen gane unas elecciones con mayor comodidad que en tiempos de su extinto jefe. ¿Hará falta agregar algo más? 
Lo otro sería creer que los venezolanos somos oligofrénicos, pues en diciembre de 2015 le dimos las dos terceras partes de la Asamblea Nacional a la MUD y ahora se la cedimos al régimen en cuanto a gobernadores.
De modo que el fraude es demasiado evidente. Pero, desde luego, al analizar los recientes resultados existen otras variables importantes. La abstención, por ejemplo, tuvo consecuencias catastróficas para los candidatos de la MUD. Y los errores de algunos de estos y sus comandos de campaña –el triunfalismo, el sectarismo y la autosuficiencia– también influyeron en menor cuantía sobre los resultados del 15 de octubre pasado.
Sin embargo, de todos ellos el más importante –insisto– lo constituye el mega fraude perpetrado por el régimen y su CNE. Porque no hay que olvidar que las prácticas fraudulentas han sido una constante bajo el régimen chavomadurista desde 1999, cuando se eligió la Constituyente, repetidas en casi todos los demás procesos electorales.
Ya se sabe que, a partir de esa fecha, el CNE ha estado integrado mayoritariamente por partidarios del régimen (¡Hasta el impresentable Jorge Rodríguez fue presidente en una ocasión!), capaces de cualquier trapacería para perpetuar el nefasto chavomadurismo en el poder. Claro: siempre dejan un rector de “la oposición”, por lo general un pendejo rodeado de zorras.
Vamos a estar claros al respecto. Un fraude electoral no es sólo cambiar unos resultados o robarse los votos del adversario para desconocer su victoria. Ahora se trata de un mecanismo más amplio. En el caso venezolano, incluye el ventajismo gubernamental milmillonario, el colosal peculado de uso con los recursos del Estado para favorecer sus candidatos, la coacción y persecución contra los empleados públicos para obtener su apoyo, y –lo más relevante a mi juicio– la descarada utilización del CNE para producir los resultados deseados por el régimen.
Veamos este último caso por ser el más importante. Como ya señalé, desde 1999 el CNE sólo ha servido para complacer los propósitos electorales del régimen, tarea que han cumplido incurriendo en cualquiera de los delitos electorales señalados en las leyes. Cómo olvidar, por ejemplo, la utilización del famoso kino de Chávez en 1999, cuando el régimen eligió el 92% de los constituyentes con apenas el 25% de los votos, mientras que la oposición, con el 20% de los votos, sólo logró elegir el restante 9%. Habría que recordar también el plebiscito de 2007 sobre la reelección indefinida que perdió Chávez abrumadoramente (Victoria de mierda de la oposición, la calificó entonces), cuyos resultados oficiales nunca ofreció el CNE.
Desde 1999 el CNE se ha convertido en el ministerio de asuntos electorales del régimen. Y en esa función han dejado de cumplir el papel de árbitro que les asigna la Constitución para convertirse en apañadores de todo tipo de fraudes y trampas. Desde permitir el más grotesco ventajismo gubernamental (que incluye peculado, malversación, corrupción, utilización indebida de los medios y bienes del Estado a favor de sus candidatos, etc), hasta la mudanza intempestiva e inconsulta de más de setecientos mil electores, apenas la pasada semana, con lo cual intencionalmente impidieron que ejercieran su voto.
Pero hubo otros hechos premeditados y alevosos, con el objetivo de favorecer a los candidatos oficialistas. Uno de ellos, que deberá inculparlas en su momento, cuando sean enjuiciadas sus autoras, lo es haber inducido a error a millones de votantes al no permitir la sustitución de candidatos prevista en la ley electoral. Así, quienes no estaban informados votaron por aspirantes que ya habían renunciado, afectando a los candidatos de la MUD y propiciando cientos de miles, tal vez millones de votos nulos, que, obviamente, influyeron también en los resultados finales.
Le corresponde ahora a la MUD demostrar el mega fraude electoral y documentarlo suficientemente, así como denunciarlo en todas las instancias posibles. Desde el fraude estadístico que supone la alteración de los resultados y los abusos del régimen convalidados por el CNE, hasta destacar la función desmotivadora, de impedimento y obstrucción conciente para que millones de electores ejercieran su derecho a votar, pasando por inducir a millones de ellos a error, así como las múltiples violaciones a la Constitución nacional y las leyes de la República.
¡Ahora la MUD tiene la palabra! 
@gehardcartay
El Blog de Gehard Cartay Ramírez
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 17 de octubre de 2017.
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