miércoles, 22 de marzo de 2017

VACÍO DE LIDERAZGO



VACÍO DE LIDERAZGO
Gehard Cartay Ramírez
En Venezuela, ahora, hay un vacío de liderazgo, es decir, de auténticos conductores enérgicos hacia lo grande y lo bueno.
Los líderes son distintos a los dirigentes. Estos son necesarios y útiles a los pueblos, aunque a veces carecen de coraje, templanza y valentía para conducirlos y orientarlos. Y desde que existen las encuestas, la mayoría de ellos se han convertido en sus prisioneros. Así, han terminado por no conducir a la gente, diciendo lo que, supuestamente, las mayorías quieren. En lugar de conducir, se dejan conducir por matrices de opinión, muchas veces falsas.
El liderazgo, en cambio, es una conducción superior que debe convencer a los pueblos sobre la conveniencia de una posición y sus formas de lucha para alcanzar el triunfo de esos objetivos. En política, como bien se sabe, la meta es el poder. Sólo que, si se trata de un elevado liderazgo moral, el poder no debe ser un fin en sí mismo sino un medio para mejorar la vida de la gente.
Hay varios ejemplos al respecto. Uno de ellos, tal vez el más emblemático, fue el del político inglés Winston Churchill. En los años treinta, y a raíz del ascenso de Hitler al poder en Alemania, Churchill se dedicó, con ocasión y sin ella, a denunciarlo como una amenaza contra el mundo libre y, en particular, contra Inglaterra. Muy pocos le creyeron entonces y hasta llegaron a acusarlo de estar fuera de sus cabales. Pero, él, nadando siempre contra la corriente, insistió hasta que, tarde ya, Inglaterra se dio cuenta del error de haber menospreciado al dictador nazi.
Churchill fue un líder auténtico. Su discurso no era el precisamente que querían oír sus compatriotas. Pero no se amilanó, ni se plegó a lo que la mayoría pacifista quería entonces. Todo lo contrario: la enfrentó, corriendo el riesgo de liquidar su carrera política y su credibilidad. Al final, los hechos le dieron la razón, fue elegido primer ministro y ganó la guerra, junto a los aliados. Pero lo logró porque era un líder y no un dirigente.  
Por desgracia, hoy en Venezuela, aunque existan muchos dirigentes, escasean los liderazgos. No hay liderazgo en el régimen, ni en la oposición. No hay liderazgo en los organismos intermedios de la sociedad civil, ni en el ámbito militar. Lo que existe es una especie de anomia y de anarquía, donde una neodictadura detenta el poder férreamente, pero el país se les va de las manos por falta de respuestas a sus problemas más acuciantes.
Una situación preocupante, sin duda. Porque un país sin liderazgo es una nave a la deriva. Y así estamos ahora. Porque un liderazgo real es aquel que provoca en la gente una mística contagiosa, una emoción en las conciencias, un sueño compartido por miles o millones y, sobre todo, una indetenible vocación de cambios profundos.
El régimen carece ahora de todo ello. Si alguna vez, bajo el liderazgo delirante de su extinto jefe, emocionó a alguna gente, hoy es un cascarón vacío de ilusiones y proyectos, sin un líder real y en medio de la más espantosa corrupción y mediocridad. Maduro nunca ha sido líder de nadie. Llegó allí impuesto por su protector, a su vez presionado por intereses foráneos. Por eso, su gestión ha sido un desastre, agravado por la nefasta herencia que le dejó su jefe.
Lamentablemente, en la oposición ahora falta también un liderazgo que apasione, oriente y señale caminos a los venezolanos. No estoy hablando de otro caudillo, ni un nuevo “salvador de la patria”, ni de otro “iluminado”. Ya sabemos que por creer algunos en esas pendejadas llegamos a este desastre. Lo que viene no es tarea de un solo hombre, sino todos los venezolanos, bajo la conducción de un liderazgo democrático, rodeado de los mejores, que nos una y nos oriente.
Pero debe ser un líder que, incluso, como Churchill, sea capaz de nadar contra la corriente si es preciso, sin dejarse llevar por la desesperación, la desesperanza, los radicalismos infantiles o las estrategias del régimen. Un líder con los pies sobre la tierra, sensato y audaz al propio tiempo, experimentado y abierto a los nuevos tiempos, corajudo, capaz de encabezar la transición que viene y que no puede ser conducida por cualquiera.
Rodolfo José Cárdenas, el recientemente desaparecido dirigente e ideólogo socialcristiano, escribió al respecto: “Muchas veces los pueblos están echados. Necesitan entonces del coraje macabeo. Hay que ponerlos de pie (…) A algunos pueblos hay que abrirles la marcha con la fe de los conductores enérgicos.”(“Las trece virtudes”, Caracas, 1968).           
Algo parecido sucede hoy en Venezuela. Por eso, los venezolanos debemos ponernos de pie y marchar hacia el objetivo de cambiar el desastre actual. No hay otra alternativa.
@gehardcartay
El Blog de Gehard Cartay Ramírez

domingo, 12 de marzo de 2017

LA DIÁSPORA VENEZOLANA: OTRA TRAGEDIA


LA DIÁSPORA VENEZOLANA: OTRA TRAGEDIA
Gehard Cartay Ramírez
Nunca se podrá medir exactamente la inmensa magnitud de la tragedia que ha significado para Venezuela la presencia del chavomadurismo en el poder.
Cuando este nefasto y ominoso tiempo haya pasado, sus estudiosos se asombrarán aún más del descomunal daño, casi irreversible, que estos sicópatas y sicofantes de la política nos hicieron a los venezolanos de entonces y a los que vendrían después.
Por ahora, luego de 18 años, nadie duda que han destruido a Venezuela. La han destruido en todos los aspectos. Han destruido la economía de uno de los países más ricos del mundo. Han destruido a PDVSA, que hace apenas veinte años era la quinta empresa más poderosa del planeta. Han destruido la agricultura y la cría. Y han convertido a Venezuela en un Estado fallido.
Como resultante de esta criminal destrucción, ahora los venezolanos somos más pobres cada día. Ahora somos más pobres porque nuestra moneda no vale nada, aquí y afuera. Ahora somos más pobres porque nuestros salarios cada vez alcanzan menos para comprar la comida y los bienes indispensables. Ahora somos más pobres porque nuestras oportunidades de superación son cada día más limitadas. Por contraste, la cúpula del chavomadurismo se hace cada día más rica y de manera obscena.
Han destruido al Estado y las instituciones. Han convertido a Venezuela en un Estado forajido, vinculado a los más siniestros intereses y a la peor corrupción de todos los tiempos. Hoy en nuestro país el poder sólo es usado para enriquecer aún más a la oligarquía que lo detenta. Eso nunca había ocurrido en las groseras dimensiones actuales.
Pero la mayor destrucción del chavomadurismo en el poder ha sido la de nuestro futuro como nación, todo lo cual perjudica especialmente a su juventud, es decir, a los venezolanos del mañana. Por desgracia, bajo el presente régimen y como consecuencia de sus nefastas políticas, económicas y sociales, nuestro país poco o nada puede ofrecerles a sus ciudadanos y, en particular, a los jóvenes.
Al respecto, el profesor Ivan Vega, académico de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, acaba de alertar en declaraciones de prensa sobre el drama de la actual emigración de los venezolanos, algo sin precedentes. Tras señalar que esto nunca había ocurrido antes, pues Venezuela siempre fue un país abierto a los inmigrantes llegados de otras naciones, también advirtió sobre lo que denominó “la descapitalización del conocimiento, una tendencia silenciosa que pone en jaque el futuro del país”.
 Y esto no es otra cosa que “fuga de cerebros”. Gente joven y capaz, formada en nuestras mejores universidades, que se han marchado afuera buscando oportunidades que ahora se les niegan en su propio país. Son profesionales en distintas ramas, científicos e intelectuales, profesores universitarios, en fin, talentos que necesitamos aquí, pero a quienes el régimen actual les niega su valía, como ocurre con los docentes de educación superior, por citar un caso, quienes hoy devengan sueldos miserables.
Mientras tanto, Venezuela está rezagada tecnológicamente, un retroceso gravísimo, mientras otros países del continente avanzan en este campo. Vega sostiene que el próximo gobierno tendrá que hacer un esfuerzo extraordinario para revertir esta crisis de talento. Ese esfuerzo, si es contínuo en el futuro, nos puede llevar 20 años, por lo menos.
Vega señaló que “Chávez liquidó a tres generaciones (…) El proceso de las misiones; es decir, el regalo de certificados educativos (…) y la inserción en bloques educativos de cinco años, aniquiló el conocimiento de esas personas y por ende es un pérdida brutal para el país”. “Su mayor daño no fue a la economía, fue generar ex profeso pobreza intelectual, con altísimo impacto negativo para los próximos 20 años”.
Pero la emigración venezolana, según este mismo investigador, afecta también a sectores sin formacion profesional. Esa falta de oportunidades en su propia patria ha llevado -hasta ahora- a casi tres millones de venezolanos a emigrar. Y lo grave es que la cifra cada día aumenta. Son compatriotas que huyen del hambre, la violencia y la escasez. Prefieren lanzarse a lo desconocido y no seguir siendo castigados por la trágica crisis que sufre ahora Venezuela.
El profesor Vega calcula que el 8% de la población venezolana ya ha huído al exterior. Esto evidencia que es un fenómeno que tiende a masificarse, tal como ocurre con las migraciones de centroamericanos y mejicanos hacia Estados Unidos, o las producidas en otras latitudes por guerras y fenómenos telúricos.
Lo grave, insisto, es que esto nunca había ocurrido en nuestro país. La diáspora venezolana, que ha desintegrado la familia venezolana, es otra desgracia más del chavomadurismo en el poder.
@gehardcartay
LA PRENSA de barinas (Venezuela) - Martes, 07 de marzo de 2017
LAPATILLA.COM - Martes, 07 de marzo de 2017.




lunes, 27 de febrero de 2017

CHAVOMADURISMO=POBREZA Y CORRUPCIÓN



CHAVOMADURISMO=POBREZA Y CORRUPCIÓN
Gehard Cartay Ramírez
Fue una mentira colosal aquello de que el chavomadurismo en el poder disminuyó la pobreza, como lo sigue repitiendo la engañosa propaganda del régimen.

Fue tan mentira como aquella otra de su jefe máximo, según la cual “ser rico es malo”, axioma en el que nunca creyó la cúpula podrida que aquel enriqueció y dejó en el poder. Hoy son una de las plutocracias más ricas del mundo, gracias a la corrupción y el saqueo milmillonario de los dineros públicos y de sus criminales negociados con el narcotráfico.

El chavomadurismo nunca hizo nada para reducir la inmensa pobreza que sufre el pueblo venezolano. Nunca lo hizo, ni antes ni ahora. Estos 18 años suyos en el poder se les han ido haciendo demagogia, mintiendo, robando y acabando con Venezuela y su democracia.

Y lo peor es que en todo ese largo tiempo pudieron haber combatido la pobreza y reducido su vertiginoso crecimiento, inaceptable en un país rico como Venezuela. Pudieron haberlo logrado, como lo hicieron Chile, Brasil y Colombia en niveles aceptables y tiempos relativamente cortos.

Pero aquí nunca se lo propusieron con seriedad y de manera efectiva. Porque reducir la pobreza no se logra con “misiones”, becas, ayudas, reparticiones o bolsas de comida. Eso es demagogia, y de la peor. Eso es asistencialismo puro, que puede contribuir a resolver en algo y de manera circunstancial la situación de los pobres, pero no constituye una solución integral.

Lo que pasa es que el asistencialismo forma parte de los populismos criminales, como el del actual régimen venezolano y el que representa el peronismo en Argentina. Lo instrumentan hábilmente porque es una forma de controlar a la gente pobre, someterla por hambre y necesidades, hacerla dependiente del gobierno y usarla para sus fines políticos y electorales.

Una política de Estado dirigida a reducir la pobreza sólo tiene éxito en la medida en que produzca empleos estables y bien remunerados a los ciudadanos, mejorando su seguridad personal, social y jurídica, abriendo al país a la inversión privada, tanto nacional como internacional, e inyectando recursos en obras de gran envergadura, tanto por parte del gobierno como de los particulares, a través de un régimen de concesiones, tal como lo hacen Estados Unidos y países de Europa y Asia.

Está ya demostrado que la perversión populista jamás reduce la pobreza, sino todo lo contrario, tal como lo demuestran recientes estudios y encuestas sobre este gravísimo problema.

Precisamente este sábado pasado se publicó un estudio según el cual la pobreza en Venezuela se duplicó en apenas un año. En efecto, si en 2014 había 48 por ciento de hogares en pobreza, ahora en 2016 llegaron al 81,8 por ciento, es decir, 350.000 hogares cayeron en pobreza en tan breve tiempo, o sea, casi dos millones de venezolanos ingresaron al ejército de los pobres por culpa del actual régimen (El Nacional, 18-02-2017).

Estos datos los acaba de revelar la Encuesta Condiciones de Vida en Venezuela, realizada por un equipo de investigadores de las Universidades Católica Andrés Bello, Simón Bolívar y Central de Venezuela (UCAB, USB y UCV). Estos nuevos pobres -porque antes no lo eran- en sólo un año perdieron su capital en viviendas y pertenencias, “además de conocimientos y destrezas adquiridas por inversión en su educación (por lo que) ya no pueden mantener su estatus de vida porque la situación del país no les permite mantenerse”.

En otras palabras, se trata de venezolanos de clase media que ahora han pasado a ser pobres y que, sumados a los compatriotas que ya antes lo eran, nos muestran un cuadro estadístico dantesco, es decir, una Venezuela que cada día se empobrece más y más.

Mientras tanto, y por contraste, la cúpula podrida se enriquece cada vez más. Todo lo cual demuestra algo que siempre sucede bajo regímenes dictatoriales: la pobreza y la corrupción crecen juntas. Sólo que mientras la primera afecta a la gran mayoría del pueblo, la segunda sólo beneficia a la cúpula gobernante.

Por eso, no son meras casualidades los mil millonarios escándalos de corrupción del actual régimen, ya comprobados en instancias internacionales muy serias, visto que aquí en Venezuela nadie los investiga y menos se castigan, y en los que aparecen vinculados altos jerarcas del régimen chavomadurista, así como sus familiares y testaferros.

El nuevo gobierno que surja una vez que salgamos de esta pesadilla tendrá que establecer entre sus altas prioridades reducir la pobreza y liquidar la corrupción. Se trata de una gigantesca deuda que deja el actual régimen, luego de haber destruido a Venezuela, y para cuya cancelación debemos disponer de la inteligencia y las capacidades que nos exija tal compromiso.
   @gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 21 de febrero de 2017.
 LAPATILLA.COM

miércoles, 22 de febrero de 2017

LA JUSTIFICACIÓN CHAVISTA DEL GOLPISMO



LA JUSTIFICACIÓN CHAVISTA DEL GOLPISMO

Gehard Cartay Ramírez

Venezuela hoy está peor, en todo sentido, que en febrero de 1992, cuando se produjo la intentona golpista de Chávez y su logia militarista.

Sin embargo, en un comunicado publicado el 24 de junio de 1992, aquellos felones intentaron justificar su fracasado golpe de Estado contra el gobierno legítimo de Carlos Andrés Pérez apelando a tres argumentos, falsos entonces y ahora, desde el punto de vista histórico.

Podría decirse que tales planteamientos constituyen algo así como la justificación chavista del golpismo. Ellos se presentaron entonces como unos militares “obligados” a derrocar un gobierno que actuaba en contra de los principios democráticos que “sustentaban” los golpistas (¿?). Aparte de un contrasentido, porque en realidad, aunque pretendieron derrocar por la fuerza un gobierno democrático -como todos los de la República Civil-, una vez en el poder demostraron que nunca han creído en el sistema democrático, pues aquella declaración “principista” la vienen desconociendo desde 1999.

Citemos ahora los “argumentos” de los golpistas de 1992 para justificar su acción. El primero: que el gobierno de entonces “había devenido en una dictadura, que como tal se arroga todos los poderes del Estado”. El segundo: que era necesario “asegurar la estabilidad de las instituciones democráticas y el respeto a la Constitución y las Leyes, cuyo acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación”. Y el tercero: que el gobierno de CAP “violaba de manera diaria y sistemática la Constitución y las Leyes que juraron cumplir y hacer cumplir”.

Son tres argumentaciones falsas porque nada de lo afirmado por los golpistas era verdad en los hechos. Sostener que entonces había una dictadura es una aseveración anti histórica. El gobierno de CAP incurrió en muchos errores, sin duda, pero no actuó como un régimen dictatorial. Tampoco es cierto que se arrogara “todos los poderes del Estado”. Al igual que los gobiernos democráticos elegidos desde 1959 y hasta 1998, el de CAP respetó el Estado de Derecho y la independencia de los Poderes Públicos, tanto que, al final, siendo presidente fue enjuiciado por la Corte Suprema de Justicia y destituido por el Congreso.

El segundo argumento es -por decir lo menos- absolutamente cínico. ¡Cómo pueden unos golpistas justificar su acción contra la Constitución diciendo que con ello “aseguraban la estabilidad de las instituciones democráticas y el respeto a la Constitución y las leyes, cuyo acatamiento estará siempre por encima de cualquier otra obligación”! Eso lo pudieron haber afirmado con propiedad quienes derrocaron la dictadura perezjimenista en 1958 o quienes intenten derribar un gobierno tiránico, siempre que, desde luego, sea para implantar un sistema democrático y de libertades. Pero, obviamente, no era el caso en 1992.

Y el tercer argumento insistía en que el gobierno de entonces violaba -“de manera diaria y sistemática”- la Constitución y las leyes. Quienes vivimos esa época sabemos que también se trata de una exageración. Desde luego, siempre hay violaciones a la Carta Magna y a las leyes en cualquier gobierno. Pero asegurar que se trataba entonces de una violación sistemática es una mentira colosal. Paradójicamente, ahora esas violaciones sí han sido sistemáticas durante el régimen de esos golpistas desde hace 18 años y, lo que es peor, ocurren contra una Constitución redactada y aprobada por ellos mismos.  

Sin embargo, la oposición democrática no ha echado mano a esa “justificación chavista del golpismo”, a pesar de que hoy sobran razones si se aplicaran aquellos argumentos de Chávez y su logia militarista en 1992. No obstante, el régimen chavomadurista la acusa a cada rato de “golpista”, sin presentar pruebas y sin la más mínima vergüenza por ser ellos mismos unos golpistas auténticos, que todavía hoy celebran el golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 como si fuera una fecha patria.

Entre 1958 y 1998, la República Civil nunca aplazó las elecciones previstas en la Constitución Nacional de 1961, como ahora lo hace el CNE sin vergüenza alguna y con la mayor impudicia. Nunca atentó contra el régimen de partidos, ni puso obstáculos para su legalización y muchísimo menos procuró un régimen de partido único, como pretenden los golpistas que hoy detentan el poder.

(Solamente bajo el gobierno democrático de Betancourt fueron ilegalizados el Partido Comunista y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, cuando se alzaron contra la institucionalidad, auspiciaron varios golpes de Estado y hasta propiciaron las guerrillas para intentar derrocarlo. Después, ellos mismos han reconocido que aquello fue error garrafal.)

Hoy, cuando el régimen de Maduro insiste en cerrar todas las salidas democráticas, los venezolanos no podemos vacilar en enfrentar esa pretensión, acudiendo a la protesta cívica y pacífica, con presencia masiva en la calle y utilizando las últimas rendijas que aún quedan para avanzar en nuestra larga lucha por la democracia.  

@gehardcartay
LA PRENSA de Barinas (Venezuela) - Martes, 14 de febrero de 2017.