lunes, 18 de marzo de 2013

LA SIEMBRA DEL BUEN SOÑAR

DISCURSO DE ORDEN PRONUNCIADO POR EL DIPUTADO
 GEHARD CARTAY RAMIREZ
 ANTE EL CONCEJO MUNICIPAL DEL DISTRITO ALBERTO ARVELO TORREALBA DEL ESTADO BARINAS.

(Sabaneta, 19 de Abril de 1981)

Grato y alto honor el que me hace el Ilustre Concejo Municipal del Distrito Alberto Arvelo Torrealba en este día.
Lo acepto gustosamente. Nos congregan en esta reunión dos circunstancias, afortunadas ambas. Fue un 19 de abril de 1810 cuando iniciamos nuestro tránsito histórico hacia la libertad, hace ya 171 años. Y fue también un 19 de abril de 1975 cuando nació este Distrito Arvelo Torrealba, mediante acuerdo aprobatorio de la Asamblea Legislativa del Estado Barinas.
La feliz coincidencia de estos dos hechos me obliga a hacer referencia a la importancia de ambos. Hay extraordinaria yuxtaposición entre las dos fechas que hoy celebramos. Si aquél 19 de abril de 1810 fue la génesis de la independencia, este de 1975 constituye el inicio institucional de un Distrito llamado a ser el pivote central de nuestro desarrollo agrícola. Y si este 19 de abril de hace apenas seis años ha servido para consolidar y fomentar la mística y la capacidad de soñar de los hombres y mujeres de este paño de tierra barinesa, el otro, el de 1810, sirvió también para templar el coraje y la resuelta decisión de ser libres que caracterizaron a los patriotas del Ayuntamiento caraqueño aquel Jueves Santo convulsionado y nervioso.
Ambos, uno y otro acontecimiento, tienen además un elemento común: la presencia determinante del Cabildo, el de antes y el de hoy. Aquel Ayuntamiento caraqueño de 1810 fue capaz de destituir al gobierno de Vicente Emparan y nombrar en su lugar una Junta Autónoma de Gobierno. Este Ayuntamiento de hoy, en cuyo seno hacemos estas reflexiones, ha sido capaz de iniciar el difícil camino institucional de echar a andar la administración municipal y de organizar la nada fácil y compleja estructura de servicios y obras que implican modernamente todo Concejo Municipal.
Ambas actitudes guardan una hermosa simbología, respetando -desde luego- la distancia histórica y la dimensión de trascendencia que los separan.
Yo no podría, en honor a la verdad, venir a esta alta tribuna un 19 de Abril y no evocar la relevancia de esta fecha. Permítanme ustedes, señores concejales, que recordemos aquí, brevemente, aquel episodio singular de 1810.

***

Alguna vez dije, hablando ante otro ilustre Cabildo, que actos como estos no tendrían sentido para aquellos que piensan que lo pasado debe ser olvidado.
En cambio, para quienes creemos que el pasado ilustra el presente y forma el porvenir, la lección de la Historia tiene su verdadero sentido en cuanto nos ofrece la posibilidad de afincarnos en lo positivo de su razón y alejarnos del mal ejemplo que muchas veces recoge en sus páginas. Con ese sentido de enseñanza, volvernos a tomar en nuestras manos el libro de la Historia para aprender su lección y recoger el fruto de sus buenos ejemplos.
El 19 de Abril de 1810 es una de esas fechas que nunca deben olvidarse. No se trata, tampoco, de arrodillamos ante el altar de la Historia a contemplar pasivamente el gesto de nuestros Padres Libertadores. No somos beatos de la historia recitada solamente en las grandes ocasiones, ni creemos tampoco que estas fechas apenas sirvan para desempolvar el libro de nuestros hechos republicanos. Para nosotros la Historia es un permanente manantial, al cual acudimos a lavar nuestras culpas y nuestras debilidades, y a tomar el sorbo vivificante del agua inspiradora del futuro. Hoy volvemos, pues, a aprender su lección, no a recitarla de memoria como quien ora sin pensar en Dios, sino a vivirla y a sentirla más cerca de nuestra venezolanidad.
Pero esto tampoco sería suficiente. No basta simplemente recordar por recordar. Sería una estupidez regocijarnos ante la vitrina de la Historia para olvidarnos de nuestros retos presentes. La Historia no puede ser una droga para fugarnos hacia el pasado, ni una excusa para amedrentarnos frente a las responsabilidades de esta hora. Tiene que ser, sí, la palanca fundamental que nos impulse hacia el futuro y nos abra caminos hacia ambiciosas y mejores perspectivas.
Recordamos hoy con estos sentimientos a quienes hicieron posible el 19 de Abril de 1810.

***

Volvamos ahora, con ese propósito aleccionador, a los retos del presente y del futuro, una de cuyas mejores expresiones está singularmente guardada en esta tierra de promisión y de progreso.
Por eso a nadie debió extrañar la creación de este Distrito Alberto Arvelo Torrealba, premio merecido al esfuerzo de sus habitantes, cuya combatividad siempre ha sido la nota distintiva de todas sus luchas.
Estos cortos seis años de existencia de este Distrito han sido sumamente fructíferos y beneficiosos. Las iniciativas y logros han germinado en buena tierra, propia para la labranza y la cosecha de la esperanza. En ese esfuerzo colosal, todos ustedes han tenido participación decidida y resuelta. Tal vez a todo ello concurre la prodigiosa circunstancia de que Sabaneta, su capital, ha sido una especie de encrucijada natural por donde pasan los que van al centro, los que vienen del llano adentro y los que bajan de la montaña.
A muchos de estos viajeros trashumantes el camino se les acabó aquí. Sabaneta congregó a muchos hombres y mujeres de trabajo, provenientes en su mayoría de Barinas y Guanare, según afirma el historiador barinés Virgilio Tosta. Desde tiempos de la Colonia fue siempre un pueblo con vida propia, llegando a tener en 1782 más de 3.000 habitantes. Años más tarde, hacia 1830, sus pobladores habían aumentado a 3.300 y contaba con escuela propia, un preceptor y cura párroco. En los años siguientes, a causa de las guerras civiles y las montoneras revolucionarias que a cada rato surcaban nuestros llanos camino hacia a Caracas en pos del poder, la población sufrió graves estragos, al punto de que el Censo de 1941 estableció en 522 el número de sus habitantes. En 1950 había unos 912 y en 1961 la cantidad llegó a 2.009 personas.
Hoy Sabaneta constituye una de las principales ciudades del interior del Estado, con animosa actividad, un comercio cada vez más extenso, aparte de su tradicional y creciente desarrollo agrícola. Pero esos logros no son producto de la mera casualidad o de la fortuna ajena al trabajo creador. Se trata del resultado de un esfuerzo colectivo de todos los que forjaron su vida y sus ilusiones en esta parte de la llanura barinesa y han visto, desde entonces, florecer sus iniciativas y nacer y crecer a sus hijos y nietos. Sabaneta ha servido para juntarlos a todos, a los de aquí y a los de más allá. A los venezolanos de otras partes de la Patria y a los venezolanos nacidos más allá de nuestras fronteras. A todos ellos se debe, en buena parte, la extraordinaria empresa de convertir a esta tierra en emporio futuro de la actividad agrícola del sur del país.
Aquí estamos, pues, sobre esta tierra recostada al piedemonte. Hacia abajo corre el llano inmenso, el mismo llano que cantó el poeta Arvelo Torrealba, a encontrarse con el brioso río Apure. Y en el medio, privilegiadamente, Sabaneta y Veguita, rodeadas de tierras óptimas para la buena agricultura y la mejor cosecha, como también han de ser mejores para la siembra del futuro...

***

Debo excusarme ante Ustedes porque en esta ocasión no me detenga a hacer consideraciones históricas sobre los hombres, hechos y circunstancias que han rodeado estos recientes seis años de vida del Distrito Alberto Arvelo Torrealba. Confieso paladinamente que si me atreviera a hacerlo sería una temeridad de mi parte, puesto que el tiempo es lo suficientemente corto como para que nadie mejor que Ustedes mismos conozcan esta historia apenas iniciada. Por otra parte, los forjadores de este acontecimiento viven en su mayoría, y son lo suficientemente activos para continuar cumpliendo su papel de protagonistas de primer orden en la tarea del progreso de esta región.
Creo mi deber más bien aprovechar esta formidable circunstancia para hacer algunas reflexiones en torno al papel fundamental de nuestros Concejos Municipales, sobre todo en distritos como el que hoy nos recibe. Tiene que ser así, en mi opinión, porque cada vez se hace mayor la importancia de nuestros Ayuntamientos. Los Concejos Municipales son las instituciones más cercanas a la comunidad y, en consecuencia, mayormente vinculadas con sus más sentidas necesidades y sus más justas aspiraciones. Esa sola circunstancia sirve para medir la tremenda responsabilidad de las municipalidades en el desarrollo de los pueblos y aún en la propia credibilidad del venezolano común en el sistema democrático.
Cualquier Concejo Municipal debe meditar suficientemente sobre la significación de su propia actuación en beneficio de la democracia. En esta materia hay que decir las cosas claramente y con la mayor sinceridad, sin ofender a nadie pero sin callar tampoco lo que todo el mundo conoce. Ustedes saben -mejor que yo- que la experiencia municipal en Venezuela no ha sido todo lo feliz que hubiera podido ser. Hasta hace pocos años, la mayoría de nuestros cabildos adolecían de graves fallas de funcionamiento que los alejaron alarmantemente de sus comunidades y coadyuvaron al descrédito de nuestra joven democracia. La falta de tino de los partidos a la hora de seleccionar sus candidatos, las pugnas estériles que se desarrollaban en su seno, la escasez de medios materiales o la carencia de sensibilidad social o de inquietudes creadoras, debilitaron a nuestros Concejos Municipales y les robaron el aliento para seguir adelante. Hasta hace poco, y todavía aún hoy en algunos casos, el hombre común y corriente nunca vio en los Concejos Municipales un instrumento útil al servicio de todas y cada una de nuestras comunidades.
Pero la culpa no podía achacársele simplemente a los propios Cabildos. Se trataba de fallas estructurales, con causas provenientes de estratos superiores. Por vía de ejemplo, podemos señalar la insuficiente legislación nacional en materia municipalista o la poca o ninguna coordinación en la ejecución de programas o en la prestación de servicios fundamentales con las Gobernaciones de Estado y con el Ejecutivo Nacional. Esas y muchas otras causas, unidas a la más indeseable de todas, la corrupción administrativa, languidecieron gravemente el esplendor y la fuerza que nuestras municipalidades tuvieron en otros momentos de la historia venezolana.
Afortunadamente, la preocupación compartida por todos los partidos políticos y sectores dirigentes del país hizo posible el esfuerzo común para buscarle soluciones efectivas y permanentes a la crisis sufrida anteriormente por nuestros Concejos Municipales. Soluciones que —desde luego— no son la panacea a todos los problemas existentes, pero al menos pueden considerarse propicias para una lucha esperanzadora y firme que convierta a los ayuntamientos del país en instituciones capaces y efectivas, en las cuales el pueblo pueda ver reflejada su confianza cuando plantea sus quejas y exige mejores condiciones de vida.
Dentro de este orden de ideas vale la pena destacar la decisión de separar la elección de los concejales de la escogencia del Presidente de la República y la representación parlamentaria nacional y regional. Al adoptar tal previsión, se proponía el legislador que el pueblo tuviera una mayor responsabilidad al emitir su voto, puesto que —a diferencia de antes— ahora es posible comparar más fácilmente las listas de candidatos de los distintos partidos o agrupaciones electorales respectivas. Al propio tiempo, al separar la elección, los partidos se han visto obligados a seleccionar mejor a sus candidatos y a buscar dentro de los sectores independientes a los más representativos y capaces.
Otro hecho fundamental para mejorar la imagen de nuestras municipalidades la constituye la aprobación de la nueva Ley Orgánica de Régimen Municipal. Mediante este régimen legal se dota a nuestras corporaciones edilicias de una nueva estructura interna, modificando la forma y número de sus integrantes de acuerdo a la población electoral y creando, así mismo, nuevos instrumentos que facilitan la prestación de servicios y la construcción de obras requeridas por la comunidad.
Pero, como ya lo he señalado antes, todas estas reformas serán letra muerta sino cuentan con el empeño y el coraje de nuestros concejales en el fiel compromiso de sus deberes y responsabilidades. En todo caso, digámoslo de una vez, en el futuro inmediato los partidos serán juzgados en las urnas electorales fundamentalmente a partir de la obra y el trabajo que seamos capaces de cumplir desde nuestras municipalidades. Tenemos fe cierta, porque conocemos a sus integrantes, que en la Ilustre Municipalidad del Distrito Arvelo Torrealba hay mucha más voluntad y decisión para afrontar los retos y compromisos, que debilidad y cobardía para dejarse derrotar por ellos.
No puedo dejar de referirme este tema sin decir mi palabra de estímulo y de solidaridad a Ustedes, hombres del pueblo, a quienes muchas veces he visto con mis propios ojos deambular por oficinas y dependencias oficiales buscando solución a problemas, por pequeños o grandes que estos sean, olvidando muchas veces sus intereses particulares, aunque siempre tengan que oír sobre sus espaldas la crítica feroz y destructiva de los que sin hacer nada por el pueblo, se erigen en cuestionadores de todo y de todos.
Otras preocupaciones nos motivan también en esta hora. Formamos parte de una nueva generación de políticos, nacida y forjada en la democracia y para la democracia. Creemos en valores permanentes, y no en mitos circunstanciales. Hemos crecido al calor de la lucha política pluralista, alejada del inmediatismo pragmático y de la tentación de corruptelas. Queremos ser dirigentes honestos y probos, que reconociendo el papel cumplido por quienes nos antecedieron, corrijan sus errores y no copien sus fallas y omisiones. Queremos, también, que quienes nos sustituyan puedan al mismo tiempo ir más allá y ser mejores que nosotros, como lo pedía en su Canto a los Hijos el gran poeta Andrés Eloy Blanco cuando proclamaba:

Lo que hay que ser es mejor
y no decir que se es bueno
ni que se es malo,
lo que hay que hacer es amar
lo libre en el ser humano,
lo que hay que hacer es saber,
alumbrarse ojos y manos
y corazón y cabeza
y, después, ir alumbrando.

Y alumbrar es —como lo pedía Andrés Eloy— luchar por un nuevo orden de cosas, en donde sea posible lograr la perfectibilidad de nuestra sociedad y colocar en el estrado que le corresponde a la dignidad fundamental de la persona humana, así como la consecución del bien de todos, o lo que es lo mismo, el desarrollo armonioso e integral que permita la realización personal y colectiva de cada uno de los venezolanos.
Este reto sólo será posible en la medida en que logremos derrotar a
quienes han hecho de la política un negociado para enriquecerse y escalar socialmente. Sólo será posible en la medida en que la honestidad gane terreno en todos los partidos y desaloje a los políticos oportunistas y logreros que hoy los desprestigian. Contra ellos es nuestra lucha por demostrar que la política no es un ejercicio de pícaros y deshonestos, sino un elevado instrumento de servicio y apostolado. Podemos y debemos demostrar que la política y la eficacia; que la política y la decencia; que la política y la honestidad no son excluyentes, sino ingredientes de una misma vocación de grandeza y desarrollo.

***

Señores Concejales:
Al agradecer la invitación que me han formulado para expresar todas estas reflexiones, cumplo también con el deber barinés de recordar al hombre cuyo nombre ostenta este Distrito.
No sería el caso intentar un bosquejo biográfico, puesto que ni el tiempo ni mi preparación me lo permiten. Basten, a este respecto, más los hechos que las palabras. Creo que el mejor homenaje al poeta Alberto Arvelo Torrealba ha sido justamente bautizar a un Distrito llanero con su nombre, siendo él —como lo fue— un llanero de razón y corazón.
Y el otro homenaje, a él que fue también hombre preocupado por el progreso de esta región, no puede ser menos que la lucha constante por el desarrollo y la felicidad de los habitantes del Distrito Arvelo Torrealba. No se trata simplemente de pretender alcanzar el progreso pensando que está al alcance de la mano. Mucho más valedero es el resultado si se sabe que el esfuerzo no fue fruto del facilismo y del paternalismo. En todo caso, Ustedes tienen tierra generosa, agua abundante, hombres y mujeres de trabajo y unas perspectivas de futuro que si son bien conducidas servirán mejor a la felicidad de sus hijos y de sus nietos.
Luis Herrera Campíns, hoy Presidente de la República, nos describió al poeta Arvelo Torrealba alguna vez como un hombre bueno, “pesaroso en el paso, nasal la voz que adquiría impensado humor en las anécdotas y énfasis retórico en la declamación, un aire de melancolía que le invadía todo el rostro le daba cierto aletazo de tristeza a la sonrisa y hacía que con aquel típico rictus de su nariz diera la impresión de que estaba aspirando la dulce flor del ocaso”.
Su figura, digo yo ahora, fue siempre señera y magistral en la canta llanera, muchos de cuyos versos andan en labios del pueblo.
Y él, Alberto Arvelo Torrealba, que interpretó como nadie la fibra del alma popular de estos confines, nos puso en boca de Florentino Coronado, el mismo que cantó con el Diablo en tierras barinesas, aquellos versos que invitan a la lucha y estimulan la esperanza:
Y yo soy el ruletero
de mi envite y de mi azar.
Le abrí parada al destino
pero no perdí jamás
ni el clavel del arrebol
ni el tapiz del arenal,
ni del mantel de mi mesa
el limpio don de mi pan:
porque regué con sudores
la siembra del buen soñar;
y si caminé de noche
sé que vale mucho más
un segundo de lucero
que siglos de oscuridad.

Muchas gracias.



martes, 12 de marzo de 2013

Verdades
UN LEGADO NEFASTO (I)
Gehard Cartay Ramírez

Lo más grave del nefasto legado del régimen de Hugo Chávez es haber hecho retroceder al país un siglo.
No es poca cosa. Venezuela, que en la segunda mitad del siglo XX había alcanzado importantes logros tanto políticos como económicos y sociales, comenzó, a partir del año 2000, a experimentar atrasos históricos considerables en todas esas áreas, por causa de una ambición desmedida de poder vitalicio, sustentada en criterios anacrónicos y autoritarios, contrarios a la democracia como mecanismo de alternabilidad y relevo.
Fue así como este país volvió sobre sus pasos para retornar a taras y perversiones históricas que suponíamos superadas. Fue así como regresamos al caudillismo clásico que sufrieron los venezolanos en el siglo XIX y los primeros 36 años del siglo XX. La presidencia de la República volvió a ser un poder sin contrapesos, acompañado por un oprobioso culto a la personalidad de quien fue elegido en 1998.
El esquema caudillista no tuvo, sin embargo, los modestos niveles de la dictadura del general Juan Vicente Gómez, por citar el más largo ejercicio presidencial. Todo lo contrario. Apelando a los modernos medios de comunicación social, especialmente la TV, la figura del presidente Chávez se hizo omnipresente, a través de largas cadenas radiales y televisivas y del abuso mediático sistemático.
Desde entonces, miles de horas fueron utilizadas para repetir consignas, insultar a los adversarios y convertir aquella figura en un elemento esencial del paisaje y la cotidianidad. Su imagen apareció en todos lados, al igual que sucedió con dictadores como Stalin, Hitler, Castro, Hussein o Gadafi.
Conforme su proyecto personal apuntaba hacia el poder vitalicio, el siguiente paso fue controlarlo todo o casi todo. El Estado comenzó a copar la mayoría de los espacios en detrimento del ciudadano y su iniciativa particular. Era la misma receta de la dictadura castrocomunista cubana -de la que se declaró admirador-, conforme a la cual el Estado debía hacerse dueño de todo o casi todo. Mientras menos influencia tuvieran los particulares y más la estructura estatal, sería factible imponer un proyecto de poder autoritario y neototalitario. Por supuesto que, no siendo Venezuela otra Cuba, este propósito -si bien sigue su curso- no ha podido consolidarse por nuestra particular realidad. Y ya no será posible que se consolide.
Con Chávez regresamos al rancio militarismo que tantas desgracias trajo a los venezolanos anteriormente. 150 años de tropelías y abusos, de golpes de Estado y dictaduras con el sello militarista, volvieron por sus fueros a partir de 1999. Las Fuerzas Armadas Nacionales fueron convertidas en una guardia pretoriana y en un partido militar, al servicio de los intereses políticos y electorales del régimen chavista. Los avances logrados al someter a los militares al mando civil entre 1958 y 1998, como sucede en cualquier democracia plena, fueron echados a la basura, tanto que hoy la cúpula militar participa activamente en la política partidista, a pesar de que se lo prohíbe la Constitución Nacional.
Lo mismo ocurrió con la incipiente pero exitosa política de neofederalismo, regionalización y descentralización puesta en marcha a partir de 1989, con la elección de gobernadores y alcaldes. Con el mayor cinismo, al mismo tiempo que se proclamaban inspirados en Ezequiel Zamora, el líder de la Guerra Federal, decretaron -sin embargo- la muerte del federalismo y la regionalización, para regresar a una República cada vez más centralista y caraqueña. Y así fue como el régimen chavista le arrebató competencias y recursos a los Estados y Municipios, al tiempo que estranguló financieramente a los mandatarios electos que no pertenecían a su proyecto político.
Más grave aún ha sido la siembra del odio entre los venezolanos, dividiéndolos de manera profunda. La clasificación fue maniquea y criminal: ellos, los buenos, y sus adversarios, los malos; ellos, los patriotas; los otros, apátridas, imperialistas, oligarcas, burgueses,  majunches, etc. Fue así como Chávez no escatimó esfuerzos en vilipendiar a sus adversarios e incitar el odio criminal de su gente contra ellos, lo cual no tiene perdón de Dios, ahora que ya no está.
Un proyecto excluyente y neototalitario como este suponía, en paralelo, el desarrollo de una inescrupulosa política de polarización. Hubo entonces y sigue habiéndolos “venezolanos de primera” y “venezolanos de segunda”. Por supuesto, ellos eran los de “primera”. Desde la cúpula del poder se elaboraron listas bochornosas, como la del tristemente célebre diputado Tascón (quien fue, en realidad, un simple prestanombre), al más puro estilo nazi, donde se condenaba a simples venezolanos a no obtener nada del Estado por el sólo delito de haber apoyado la realización del referendo revocatorio de 2004. Aquello fue un crimen de lesa humanidad y sus culpables todavía vivos tendrán que ser enjuiciados algún día.
El siguiente paso fue perseguir a la dirigencia política disidente y a la prensa, la radio y la TV independientes. Apoyado en su control absoluto sobre tribunales y fiscalías, el régimen viene desarrollando una inmisericorde cacería de brujas. Se abrieron juicios sumarios, con la simple orden presidencial en sus cadenas de radio y TV. Por eso hoy, vergonzosamente, hay centenares de presos políticos y miles de desterrados y exiliados, aparte de otros miles de perseguidos de PDVSA que han tenido que irse al exterior  para trabajar y mantener a su familias.
En la próxima entrega analizaremos la debacle económica y social del país, bajo el régimen de Hugo Chávez (Continuará).

  (LA PRENSA de Barinas - Martes, 12 de marzo de 2013)

martes, 5 de marzo de 2013

LA DEMOCRACIA QUE QUEREMOS

DISCURSO DE ORDEN PRONUNCIADO POR EL DIPUTADO
 GEHARD CARTAY RAMÍREZ
 EN LA SESIÓN DEL CONCEJO MUNICIPAL DEL DISTRITO IRIBARREN DEL ESTADO LARA, CON MOTIVO DE CELEBRARSE EL DÍA DE LA JUVENTUD

(Barquisimeto, 12 febrero de 1980)

Nos reunimos hoy para conmemorar los 166 años de la Batalla de La Victoria.
Aquella soleada mañana del 12 de febrero de 1814, bajo el cielo azul de los verdes valles de Aragua, sucedió un hecho singular de la Historia Patria: la contribución decidida, enérgica y egregia de la juventud venezolana a la causa de la Independencia. Tuvo esa epopeya la más intensa carga de simbolismo de todas las batallas republicanas. Se trataba de la lucha por un ideal, la libertad, y a esa cita acudieron presurosos los jóvenes guerreros del momento. Fue su aporte, en nombre de todos nosotros, los jóvenes de hoy y de mañana, al objetivo final de la victoria sobre el invasor español.
Por eso hoy también celebramos el Día de la Juventud. Se quiso perpetuar así la fecha inolvidable del 12 de febrero de 1814. Porque aquello no fue un suceso cruento y violento más de la guerra entre España y Venezuela. Fue, tal vez, uno de sus capítulos más importantes. Fue una batalla cuya trascendencia no puede medirse solamente desde el punto de vista de la estrategia militar. Tal vez ni siquiera por las consecuencias políticas de la victoria de Ribas y sus muchachos sobre José Tomás Boves y sus huestes. Su importancia sólo puede calibrarse, antes que nada y por sobre todo, por el sentido de compromiso de aquellos jóvenes con la Historia de los días futuros de la Patria en trance de nacer. 

***
Actos como este no tendrán sentido si los asumimos como cosa simple, ritual y repetida. Aquí, en este instante, no tendría sentido aplicar la vieja frase según la cual “lo pasado, olvidado”. Aquí nuestro pasado no puede olvidarse, sino que debe recordarse siempre porque la amnesia de los pueblos los convierte en cuerpos muertos e inermes, faltos de su propia identidad nacional.
Pero, digámoslo con franqueza, lo importante no es recordar, sino la manera cómo se recuerda. No se trata de “recordar” buscando en el pasado la excusa vergonzante para eludir las tareas del presente. Se trata, sí, de recordar los esfuerzos del ayer para impulsar nuestros pasos en la lucha de hoy y de mañana.
Me halaga y me honra enormemente que la ocasión para rememorar este nuevo 12 de febrero sea justamente ante el Concejo Municipal del Distrito Iribarren, cuya gentil invitación para que haga algunas reflexiones esta mañana debo agradecer profundamente.  
Particularmente me satisface que este encuentro fraterno sea aquí en Barquisimeto, ciudad procera del país y centro de luces y de inquietudes de todos los tiempos. Aquí han nacido hombres y mujeres que honran y dan lustre al gentilicio venezolano. De aquí han partido a otras partes, a dar ejemplo de trabajo y afán por Venezuela.
Por eso me compromete esta ocasión en que nuevamente tomamos en las manos el libro de la Historia para recordar lo pasado en su dimensión de gloria y de lección.
 En uno de sus más hermosos poemas, con sentida sugerencia de invitación a hacer futuro tomando impulso y empuje del ayer luminoso, así nos lo propone Andrés Eloy Blanco:

Mira, devuélvete por la Historia un instante
Y atrás toma la fuerza de seguir adelante…

Evoquemos, pues, un poco de Historia, como lo proponía el poeta en sus versos.

La batalla
1814 fue un año difícil para el Ejército Libertador. La irrupción de Boves y sus ocho mil llaneros, impetuosos como la tempestad, puso en peligro la existencia de la República. Aquello era un fenómeno telúrico, ciertamente inexplicable. Aquél era un caudillo popular, seguido por masas humanas depauperadas y, sin embargo, esperanzadas.
Por donde pasa el asturiano pueblos y aldeas quedan desiertos. La gente le sigue, bajo el engaño del botín y la venganza. Boves es como una bendición para los realistas. Se ha convertido en un catalizador de grandes sectores populares, lo cual, en cierto modo, resta calor y empuje a la lucha republicana encabezada por el Libertador Simón Bolívar.
La primera confrontación se produce en La Puerta. El Libertador envía a Campo Elías y tres mil hombres a detener el poderoso ejército de Boves. Pero nada pueden los patriotas. Boves triunfa y ordena la muerte a cuchillo de los soldados republicanos. Se abre entonces el primer flanco en las tropas patriotas.
Mientras tanto, Caracas se estremece ante la proximidad de las hordas invasoras. Pero Bolívar no se conmueve. Su genio militar construye alternativas en la estrategia a seguir. Frío y sereno, alentando a su Estado Mayor, mide sus fuerzas. Decide entonces asediar a Puerto Cabello y fija en Valencia su Cuartel General. Desde allí controla la situación militar. Cuenta con Urdaneta en Occidente y ordena a José Félix Ribas improvisar en Caracas una división para marchar sobre el enemigo. Se insta a Mariño a acudir en auxilio del Centro.
Con siete batallones, un escuadrón de dragones y cinco piezas de campaña, José Félix Ribas llega a ocupar La Victoria, amenazada por los realistas. Bolívar le ha confiado esta misión, sabedor del carácter tenaz e incontrastable del joven militar. Ha buscado en Ribas un adversario de temple y fiereza, culto e inteligente, para enfrentarlo a la ferocidad y barbarie que caracteriza a Boves.
Allí está entrando por las angostas calles de La Victoria el ejército de Ribas. Son rostros jóvenes, frescos y rozagantes, cuya apacible vida de estudiantes ha interrumpido la cita con la Patria. Vienen de Caracas y son pocos los que cuentan con experiencia en el manejo de las armas. Pero tienen valor y les sobra coraje. Son los estudiantes de la Universidad que han abandonado las aulas para empuñar el fusil. En el trayecto de la capital hasta La Victoria, algunos han aprendido a utilizar las armas y escuchado los toques de guerra. Se han confundido ya con las tropas de línea y deseosos de que avance el tiempo en procura de enfrentamiento.
Boves, al conocer la noticia, se detiene dos días en Villa de Cura para reorganizar sus escuadrones. Su ejército lo constituyen toscos llaneros y esclavos que blasfeman de la revolución que los hará libres. Hay también peninsulares y canarios que reniegan de la lucha patriota.
Llega, por fin, el 12 de febrero. Boves marcha sobre La Victoria y a las siete de la mañana llega a los aledaños del pueblo. Los destacamentos republicanos apostados en Pantanero no resisten la fiereza de los escuadrones realistas. Avanza el enemigo y toma posesión de las alturas que dominan la ciudad. Algunos, incluso, entran al poblado.
Ribas se ve obligado a retirarse a la Plaza Mayor, desde donde planifica la defensa. Instruye a los militares veteranos para que ocupen las entradas principales. La torre de la Iglesia se adorna de jóvenes y bayonetas y a lo alto ondea la bandera republicana.
Ya se divisan, envueltas en nubes de polvo, las hordas de Boves. Se inicia la encarnizada lucha. El fuego de Morales, segundo jefe realista, alcanza las primeras filas de patriotas.
Parece increíble, pero quienes allí luchan entre sí son venezolanos en su gran mayoría. La presencia de Boves, y su carisma de caudillo, ha enfrentado a los llaneros con los jóvenes caraqueños. Una sin razón histórica que sólo la guerra puede explicar.
El combate continúa con igual fiereza. Ribas, el jefe patriota, alienta aquí y allá, ordena y manda a sus tropas. Lo hace tocado con el rojo gorro frigio -símbolo de la libertad- que luce en su cabeza desde sus días de “diputado del Gremio de Pardos”, como se auto designaba después del 19 de abril de 1810.
Mientras tanto, algunos realistas ganan terreno hacia la Plaza Mayor. Salvando resquicios y ruinas se apostan en las paredes de algunas casas frente a la plaza, causando bajas considerables al ejército republicano. Boves, por su parte, ordena a su caballería cargar sobre la plaza, pero la defensa de bayonetas los rechaza. Sólo algunos penetran al campo patriota y son liquidados. Se cierra la brecha y se fortalece la defensa.
Llega la noche y Ribas apenas cuenta con dos de las cinco piezas de campaña. Para los patriotas, la situación luce insostenible ante la superioridad numérica del adversario. Faltan pertrechos y escasea la moral entre las tropas.

Pero no se ha perdido todo: por el camino de San Mateo avanza Campo Elías, el héroe de Mosquiteros, para reforzar al ejército patriota que batalla contra Boves. Se rompen las filas realistas ante el empuje del auxilio republicano, mientras Ribas abandona la defensa para pasar a la ofensiva. Mariano Montilla, triunfante, se abalanza sobre los escuadrones enemigos. Boves cede ante el militar patriota. Ahora cargan sobre los realistas los refuerzos comandados por Campo Elías. Ribas sale de la plaza en columna cerrada, dispersa a los lanceros del adversario y se hace dueño del campo de combate.
La batalla se ha ganado. El esfuerzo de la juventud venezolana, con su carga de emoción, idealismo y sangre, ha costado vidas humanas, pérdidas todas ellas irreparables. Pero el sacrificio se corona con el triunfo sobre el enemigo. Los jóvenes republicanos han cumplido su compromiso con valentía y gallardía, y así escriben, con sangre y fuego, una hermosa página de la historia venezolana.

La lección de la Historia
La Venezuela de hoy –si queremos construir la Venezuela del mañana- debe extraer estas lecciones de la Venezuela de ayer. Sólo sabiendo quiénes somos y de dónde venimos podremos marchar con pasos seguros hacia el porvenir.
El 12 de febrero de 1814 nos brinda justamente esa oportunidad de reencontrarnos con nosotros mismos, con nuestra vocación esencial de pueblo libre. De las páginas ya escritas debemos aprender la lección de nuestro compromiso permanente con la Historia del futuro. Porque la Historia que nos legaron los de ayer, cambiada y remozada por nosotros, será también la que dejaremos a quienes heredarán la Venezuela del mañana.
La añoranza simple y hermosa de lo pasado no tendría sentido, sino proyectamos ese esfuerzo hacia el futuro. “No creo en la Historia Nacional -escribió alguna vez nuestro Mario Briceño Iragorry- como fuente de romántica complacencia; juzgo, en cambio, con sentido jarpersiano, que sus datos como espejo del hombre, nos ayudan a conocernos a nosotros mismos en la riqueza de lo posible”.
Extraigamos, pues, de la Historia su lección. Inspirémonos en su grandeza y en su fuerza mítica y realista. Al igual que los jóvenes soldados de 1814, seamos capaces de ganar la batalla contra las injusticias de nuestra época. No permitamos que el esfuerzo del pasado pueda perderse en nuestras manos. Pero tampoco anclemos nuestras posibilidades en la contemplación estéril del Altar de la Patria. Vayamos entonces hacia adelante, a cumplir aquella otra invitación de Andrés Eloy Blanco, la que nos dejó en sus Poemas Continentales:

Ven conmigo –dijo el poeta. Hablemos del presente.
No más hablar de ayer; el ayer sea
la calma del altar; nuestros mayores
nos agradecerán seguramente
hablar menos de ellos y hacer más por su Idea.

Brindemos, como lo proponía el poeta, homenaje permanente a los Padres Libertadores con el resultado de nuestros hechos y de nuestras acciones. Porque a los jóvenes no se les puede olvidar que aún faltan muchas jornadas por librar, tan difíciles e importantes como de la de La Victoria de 1814.

La coyuntura actual
Una de esas batallas, tal vez la más importante que nos toca librar a la generación actual, es la de luchar contra los males que aquejan a la Venezuela actual y que –si no lo hacemos- pueden afectar a su porvenir. Son aún muchas las taras que deforman al país de hoy, frente a las cuales los conformistas y los conservadores cierran los ojos y buscan el mejor acomodo de sus intereses.
Tarea fundamental en esta lucha la constituye la derrota de los males que afectan a nuestra democracia. A escasos 22 años de su nacimiento, nuestro sistema democrático sufre ya de achaques y defectos que es menester corregir a tiempo. No se trata de una crítica despiadada y destructiva. Se trata de leales y claras advertencias a quienes tienen la responsabilidad de cultivar su perfeccionamiento.
No vamos a incurrir en el error de menospreciar el camino andado en estos años. Debe reconocerse que desde el punto de vista de su duración en el tiempo el sistema democrático ha sido exitoso. Lo demuestra el hecho de que nunca antes en nuestra historia habíamos disfrutado de un período tan prologado de respeto a nuestras libertades fundamentales -con las naturales excepciones que confirman la regla- consagradas en la Carta Magna.
Parecieran, igualmente, haber sido derrotadas aquellas tesis sociológicas y políticas que pregonaban la validez del gendarme necesario. Las formas de gobiernos dictatoriales, justificadas por la bellaquería intelectual de algunos pensadores e historiadores, que las presentaban como “únicos caminos” para dirigir la vida de pueblos levantiscos como el nuestro, fueron enterradas por la voluntad de las mayorías venezolanas. Ojalá pudiera acontecer lo mismo en otras latitudes latinoamericanas y más allá.
 Pero la democracia tiene que corregirse a sí misma sus fallas y omisiones. Tal vez sea el único sistema que permite renovarse desde adentro. La crítica, el diálogo, el pluralismo y la libre confrontación de ideas, garantizan que podemos y debemos señalar sus lunares y defectos, a tiempo y antes de que sea tarde.
Si algo debemos decir los jóvenes es precisamente que no estamos contentos con esta democracia, aunque reconocemos sus virtudes y garantías. Lo que rechazamos es su ineficacia en muchos aspectos de la vida nacional. Sentimos que debemos defenderla en cuanto nos garantiza la libertad de expresión y de pensamiento. Pero no se nos puede pedir que nos contentemos simplemente con eso. Sería una necedad que nos sintiéramos satisfechos si limitáramos a la democracia dentro del marco de las libertades individuales. Respetamos a quienes lucharon por esos principios, pero estamos comprometidos a ir más allá si es   que queremos que la democracia llene las expectativas del venezolano común.
Justamente por eso, los jóvenes condenamos las lacras que afectan al sistema democrático y a los virus que se cultivan en su seno. Entre esos males, uno de los peores es la incapacidad del sistema para extender los beneficios de la democracia política al campo económico. De nada nos sirven los enunciados teóricos que proclaman el derecho de todos los venezolanos a la educación, al trabajo, a la salud, a vivir dignamente, si en la práctica todavía hay legiones de compatriotas que no tienen acceso a la riqueza, a la cultura y a la participación. Hay que combinar los derechos individuales con la satisfacción de las necesidades reales y sentidas de la población. Lo contrario sería incurrir en la equivocada tesis totalitaria que desprecia la libertad porque garantiza el pan.
Querernos libertad, sí, pero también pan. Queremos democracia política, sí, pero también democracia económica.
El reto de los nuevos tiempos es lograr que la democracia funcione, y funcione a plenitud. La democracia puede potenciar las posibilidades del pueblo para transformar la realidad de hoy y construir una nueva sociedad justa y solidaria. Si lo logra, puede neutralizar al ejército de escépticos que cada día deja de creer en la democracia. Pero para ello es necesario pasar de las palabras a los hechos, de los discursos a las obras, de la teoría a la práctica.
 La democracia que queremos debe ser eficaz en realizaciones, en obras de beneficio público, progreso en la calidad de la vida, en la defensa de los consumidores y de los trabajadores, en estimulo para los productores y los industriales, en avance de la igualdad y de la justicia, en honestidad administrativa y en implacable castigo para los corruptos.
He aquí otro de los graves males de la democracia: la corrupción administrativa. Grave daño ha ocasionado en la fe y en la creencia del pueblo la existencia de este cáncer que amenaza con minar la salud de la democracia venezolana. La gente se ha vuelto escéptica e incrédula cuando observa cómo se ha enseñoreado en algunos ámbitos de la Administración Pública el bochornoso espectáculo del cobro de comisiones, sobornos, tráfico de influencias y diversos actos de corrupción de funcionarios públicos. O cuando, en el menor de los casos, la tentación de robar al erario se transforma en una obsesión que puede dominar al servidor público, por alto o bajo que sea su rango jerárquico. Algunos de esos escándalos han alcanzado sonoridad e impacto extraordinarios en la opinión pública, sobre todo por la notoriedad de sus implicados, gente que se ganó la confianza del pueblo, pero se dejó arrastrar por la concupiscencia del poder y se olvidó del deber con las mayorías.
 En cierto modo, el conocimiento de estos casos de corrupción es positivo para la democracia en la medida en que se enjuicie a los culpables y se castiguen ejemplarmente, cualquiera sea su jerarquía política. Pero, ¡cuidado! ... cuidado si una vasta red de complicidades mutuas puede ablandar la justicia y torpedear el enjuiciamiento de los involucrados. Si eso llegara a suceder, estaríamos jugando con candela. Hay que derrotar a los responsables de la corrupción, pero también a los responsables del ablandamiento frente a los corruptos.
 La democracia gana mucho y no pierde nada si logra el precedente de llevar a la cárcel a los ladrones de los dineros públicos. Aquí no puede valer el chantaje de los culpables cuando por su notoriedad, para librarse del castigo, se escudan en la siempre manoseada “estabilidad democrática”. Hay que estar claros de la democracia no se afectará por esta lucha contra la corrupción sino que se fortalecerá, caiga quien caiga.
 En este sentido, ahora el Poder Ejecutivo tiene la obligación de luchar contra la corrupción administrativa, y no tolerarla porque de otra manera terminará siendo su cómplice. Al Poder Legislativo corresponde legislar y controlar implacablemente para erradicar este virus. Y al Poder Judicial toca aplicar las leyes con rectitud, desterrando cualquier contemplación frente al veredicto final. Sólo así puede funcionar la eficacia democrática frente a la corrupción administrativa.
Pero la democracia debe afrontar con éxito también la lucha contra la inversión de valores que distorsiona nuestros patrones de conducta. Debe combatir a fondo el consumismo que ahoga a nuestras clases media y alta y, por qué no decirlo, también a un cierto sector de la juventud. La cuantiosa riqueza de origen petrolero ha acrecentado la tendencia consumista de los venezolanos, esa que nos hace aparecer en el exterior como los sauditas latinoamericanos, bebiendo a chorros el whisky y el petróleo.
Esta misma sociedad de consumo, alentada por el afán desmesurado de ganancias de empresarios inescrupulosos, productores de cosas inútiles, ha propiciado de igual manera esa conducta bochornosa de algunos nuevos ricos. Son los mismos que al salir al exterior le tapan la boca al extranjero con su nuevoriquismo repugnante y ridículo. Ningún favor, por cierto, nos hace esa actitud del famoso “ta’ barato” del nuevo riquismo venezolano de que nos hablara Manuel Alfredo Rodríguez en días pasados. Esa caricatura de Venezuela que trasmiten al exterior quienes así se comportan, ha abierto —en cierto modo— camino a la inmigración incontrolada que desde otros países amenaza con convertirse en un grave problema nacional.
Tenemos que rescatar, por sobre todo, la propia identidad del verdadero venezolano, su espíritu de trabajo, su desgano por la riqueza fácil, su esfuerzo por producir más y mejor. Derrotemos a quienes pretenden hacernos creer que tener más es más importante que ser más. Hagamos que la espiritualidad del hombre, su dignidad y su libertad valgan más, mucho más, que esta sociedad de consumo que hace al hombre esclavo de sus vidrieras, de sus automóviles caros y sus tarjetas de crédito.
Sin embargo, y a pesar de todo, los jóvenes no somos pesimistas. Somos, más bien, profundamente optimistas, sin que por ello no seamos también crudamente realistas. Que no se llama a engaño nadie. Ni los conformistas que aceptan todo como está porque les interesa, ni los irresponsables que hacen gimnasia reaccionaria con la idea de un golpe de Estado contra la democracia constitucional. A unos y otros rechazarnos vigorosamente porque confiamos, al igual que el pueblo, en que la democracia podrá superar sus propias insuficiencias.

La democracia que queremos
Queremos una democracia deslastrada de todas estas imperfecciones y problemas. Una democracia limpia y pulcra, al servicio del venezolano, capaz de brindarle satisfacción a sus necesidades espirituales y materiales.
Queremos una democracia de participación y no de representación. Una democracia en la que el pueblo asuma su rol de actor, y no de espectador, tal como es hoy. Una democracia que facilite el camino hacia una sociedad en la que todos —y no una minoría— tengamos las mismas obligaciones, pero también los mismos derechos.
 La democracia que queremos debe alimentarse con la participación do todos y no de algunos, como ahora acontece. Una participación que se canalice mediante el perfeccionamiento de los mecanismos electorales actuales. Debemos marchar hacia instituciones partidistas fortalecidas por la influencia de sus bases en la toma final de las decisiones que importan a todos, desterrando así sentido oligárquico y elitesco que aún subsiste en nuestras organizaciones políticas.
 La democracia que queremos debe vincular más al elegido con el elector, superando así el alejamiento absurdo que hoy existe. Debemos marchar hacia la creación de organismos de libre elección popular más cercanos al ciudadano, y pensamos que en esa tarea los Concejos Municipales son los llamados a jugar un papel protagónico de primer orden. Así se fortalecerán y perfeccionarán más todavía nuestros ayuntamientos como célula fundamental de la participación del pueblo.
Este 12 de febrero los jóvenes venezolanos volvemos a ser llamados a cerrar filas para una nueva batalla. La Patria nos reclama, en campos de batalla distintos a la guerra, nuevos y mejores sacrificios. Tenemos, como lo ha dicho Rafael Caldera alguna vez, “hambre de verdad, urgencia de renovación, necesidad de acercamiento y solidaridad”. A los jóvenes, los menos comprometidos con el pasado y con el presente, nos esperan nuevas jornadas en los días próximos. Tareas que inexorablemente el destino colocará sobre nuestros hombros por mandato del relevo generacional que ha comenzado a operarse, y frente al cual debemos estar preparados para no producir una nueva cosecha de frustraciones y de engaños.
 Hoy, 12 de febrero, al evocar la gesta de La Victoria y rendir homenaje a quienes ofrendaron su esfuerzo y sus vidas por la causa independentista, los jóvenes sentimos que debemos renovar nuestro compromiso y marchar hacia adelante, a La Victoria de cada época, sin otro objetivo como no sea el de triunfar en el combate por una Venezuela mejor.
 Muchas gracias.







   









ACEFALÍA, USURPACIÓN Y MENTIRAS
Gehard Cartay Ramírez

“El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”.
Artículo 350 de la Constitución.
    
Estas son las tres características del régimen de facto que, insólitamente, se ha apoderado del país desde el 10 de enero pasado.
Hay una indiscutible acefalía presidencial. La persona que fue reelecta el 16 de octubre de 2012 como presidente de la República no ha tomado posesión del cargo, tal como debió hacerlo el pasado 10 de enero, en cumplimiento de la Constitución Nacional. Y es un hecho claro que, a pesar de la expresa desinformación y ocultamiento que ha propiciado el régimen en esta materia, se sabe que esa persona no está en condiciones de asumir la responsabilidad que se le confió.
Sin embargo, y aún cuando su ausencia ya es indiscutible, no se han cumplido los dispositivos constitucionales al respecto, a pesar de que el mismo presidente reelecto señaló el 08-12-2012 que debían cumplirse, si sobrevenía, como en efecto sobrevino, su incapacidad por razones médicas.
Toda esta situación de facto ha permitido a quien fue vicepresidente hasta el 10 de enero pasado usurpar la presidencia de la República, con la complicidad escandalosa del Tribunal Supremo. Ambos, el usurpador y el alto tribunal, han violado la Constitución Nacional de manera inescrupulosa y aviesa. Aquél, porque detenta un cargo para el que no ha sido nombrado ni elegido. Y si bien es cierto que era vicepresidente, ya dejó de serlo, pues su período feneció el 10 de enero pasado. Y el alto tribunal, porque ha propiciado el incumplimiento de la Carta Magna, cuya interpretación está obligada a hacer, pero sin transgredir la letra, espíritu, propósito y razón de la misma, como lamentablemente lo ha hecho.
Estamos, pues, ante un régimen ilegítimo, que nadie ha elegido y, por tanto, contrario a la normas constitucionales. No hay un presidente de la República ejerciendo el cargo legítima y legalmente. Por tanto, no hay quien dirija el Gobierno; ni nadie facultado para nombrar el vicepresidente y los ministros (a quienes también se les venció su período); tampoco tenemos a quien administre la Hacienda Pública Nacional y ejerza como comandante en jefe de la Fuerza Armada Nacional, entre otras atribuciones que la Constitución le concede al Presidente de la República en su artículo 236. Y ello es así, insisto, porque no hay un Presidente de la República en funciones.
  Ya se ha repetido hasta la saciedad que lo que debió hacerse era cumplir con la norma constitucional, es decir, declarar la ausencia absoluta por incapacidad física (Artículo 233), encargar de la presidencia al presidente de la Asamblea Nacional y convocar a nuevas elecciones, tal como lo ordena esta mismo disposición de le carta magna. Nada de eso se hizo. Por el contario, una camarilla usurpadora del poder, que nadie eligió, con la complicidad del TSJ y  de espaldas al país, se ha apoderado del poder de manera inconstitucional.
En paralelo, han ocultado la situación del presidente enfermo, a quien mantuvieron secuestrado en Cuba -en connivencia con la dictadura castrista- y ahora, aparentemente, han traído al país, aunque sigue desconociéndose su estado real. En otras palabras, a la acefalía y usurpación, la cúpula podrida del régimen ha añadido una descarada campaña de mentiras, con lo cual engañan e irrespetan al pueblo venezolano y, muy especialmente, a sus propios partidarios.
Y todo transcurre como si nada. Las mayorías parecen dormidas, inertes, sin capacidad de reacción. Están en desacuerdo con la usurpación del poder por parte de la cúpula podrida del chavismo, pero dejan que tal aberración siga su curso. Los partidos políticos, las sociedades intermedias y la opinión pública en general han demostrado una impotencia alarmante frente a lo que debería haber sido repudiado por la mayoría de los venezolanos, apoyados en el artículo 350 de la Constitución Nacional.
Como decía Juan Pablo II, ya es hora de “despertar y reaccionar”.

LA PRENSA de Barinas - Martes, 05 de marzo de 2013) 

martes, 26 de febrero de 2013

OPACIDAD, SECRETISMO Y OCULTISMO
Gehard Cartay Ramírez

Al igual que la dictadura castrocomunista y todos los regímenes autoritarios, el chavismo cultiva la opacidad, el secretismo y el ocultismo como políticas permanentes para tapar sus carencias y perversiones.
No es nueva esta práctica. Tiene ya casi el mismo tiempo que el régimen. Pero se ha ido acentuando con los años. Así, su falta de transparencia y sinceridad frente a los venezolanos ha resultado total y nos coloca entre los países donde la información oficial no se corresponde con la verdad, sino que ha degenerado en una manipulación permanente, ocultando la gravísima situación que sufrimos y despreciando a nuestro pueblo como si fuera un atajo de idiotas y débiles mentales.
Comencemos por el principio: el régimen no le rinde cuentas a los venezolanos. La Administración Pública es hoy una auténtica caja negra, donde no hay transparencia de ningún tipo. El presupuesto nacional, por ejemplo, es un inmenso secreto que sólo conocen y ejecutan los ministerios y las dependencias oficiales como les dá la gana, pero a espaldas de los venezolanos, que somos los dueños de los recursos del Estado.
En esta materia, algunos expertos han determinado que el régimen mantiene tres presupuestos paralelos: el “oficial”, aprobado por la Asamblea Nacional, pero administrado con un secretismo insólito; y otros dos que manejan el presidente de la República y la directiva de PDVSA, respectivamente. Estos dos últimos son, en realidad, colosales partidas secretas, manipulados con total discrecionalidad -o sea, como les dá la gana a los altos funcionarios que los manejan- y, por supuesto, sin que le rindan cuenta a nadie sobre su inversión y gasto.
No es muy difícil, entonces, suponer que esos tres presupuestos están afectados por una gigantesca corrupción, si, como en efecto sucede, no hay ningún control sobre ellos. Porque vamos a estar claros: a este régimen nadie lo controla, y si ello es así, la corrupción se expande -rueda libre- a todos los niveles, desde arriba hasta abajo.
Aquí al régimen no lo controla la Asamblea Nacional, como se lo manda la Constitución Nacional. Ese rebaño de incondicionales tapa las irregularidades de la Administración Pública y hasta las justifica, si es el caso, en lugar de investigarlas, por su perruna lealtad y solidaridad automática hacia los altos jerarcas del chavismo. Los diputados oficialistas sólo investigan a la oposición y se ocupan únicamente de casos anteriores al actual régimen, pero no indaga sobre la escandalosa corrupción del presente.
Aquí no controla tampoco la Contraloría General de la República, como es su obligación constitucional. Ese organismo entró en desuso desde hace casi 15 años, al punto de que su ineficiente titular falleció hace algún tiempo y hasta ahora no ha sido sustituido por la Asamblea Nacional, ante el silencio inexplicable de la bancada opositora. Y como ahora centralizaron las Contralorías de los estados, estas han entrado en similar actitud, dejando que la corrupción entre en las gobernaciones y alcaldías chavistas “como río en conuco”. Eso sí: son muy eficientes cuando las gobernaciones son ejercidas por dirigentes de la oposición.
La Fiscalía general de la República tampoco se ocupa de la corrupción chavista. Sólo se ocupa de perseguir a la disidencia, al igual que la Asamblea Nacional y la Contraloría General. Pero al régimen actual no lo toca ni siquiera “ni con el pétalo de una rosa”, como reza el lugar común.
Con este panorama, la actual corrupción no tiene quien la combata, carece de valladares que impidan su crecimiento y hoy es un inmenso cáncer terminal que afecta a todo el Estado venezolano. Esa oceánica corrupción chavista ha permitido que ahora exista una nueva clase económica superpoderosa, una auténtica plutocracia, más rica que todas las anteriores, con millones dólares en el exterior y numerosos bienes en el país.
Por esas razones, cuando se afirma que el actual es el régimen más corrupto y corruptor que hemos padecido los venezolanos en toda nuestra historia, no se exagera. Y eso que, por ahora, se desconoce la cantidad de miles de millones robados al Tesoro Público, ni el monto de las cuentas secretas que sus jerarcas tienen en bancos de algunos paraísos fiscales en el exterior o aquí mismo, protegidos como están por sus banqueros cómplices. Cuando todo esto se acabe, entonces sabremos la total verdad de la corrupción actual, y podemos estar seguros de que los ladrones de los gobiernos del pasado serán unos auténticos robagallinas al lado de la cúpula podrida del chavismo.
La opacidad, el secretismo y el ocultismo les han servido para tapar sus negociados, pero también para esconder a los venezolanos lo que el régimen no quiere que estos sepan. Y el caso de la enfermedad de su jefe único también es un ejemplo al respecto. La contra información y la manipulación han hecho de este caso todo un misterio, al punto que hoy se tejen todo tipo de conjeturas al respecto.
Sin embargo, cuando se conozca la verdad al respecto, entonces quedará al descubierto una de las más inescrupulosas manipulaciones que se hayan hecho en nuestra historia para falsear la verdad y mantener engañados a los venezolanos, y muy especialmente a los propios partidarios del actual régimen.


 (LA PRENSA de Barinas - Martes, 26 de febrero de 2013)